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Arte
09 04 2012
Siquier expone en el Centro Recoleta de Buenos Aires
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Pasa en el espacio lo que pasa en mis cuadros: hay superposiciones. Una redundancia”, explica el artista Pablo Siquier sobre los trabajos que exhibe actualmente en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta. Atípicos dentro de la producción a la que Siquier nos tiene acostumbrados –obras planas, inmensos murales en carbonilla y vinilo de dibujos intrincados–, en esta ocasión el artista decidió, en cambio, arriesgar: la muestra que presenta en el Recoleta expone tan sólo cinco obras, la mayoría de ellas fuertemente desplegadas en el espacio. Una rareza, para los “stándares-Siquier”, siempre tan pictóricos, generalmente sin volumen.

Curada en conjunto por el propio artista y por Elio Kapszuk, la muestra Murales e instalaciones tuvo desde su génesis algunos objetivos claros: bucear en el pasado, buscando obras antiguas, de los comienzos (eso que los artistas llaman “obra de juventud”) con la intención de recrearlas; exponer instalaciones antes que cuadros; y presentar una inmensa obra flamante –de tres toneladas y trece metros de largo– terminada in-situ dos horas antes de la inauguración.

Todo esto significa que la curaduría tuvo, desde el principio, la intención de ser antológica, es decir, de seleccionar y presentar solamente aquellas obras consideradas más representativas dentro de la carrera del artista. ¿Y qué es lo que Siquier y Kapszuk piensan que lo representa a Siquier…? Una sala monocromática totalmente intervenida con bandas –quirúrgicamente recortadas, digitalmente realizadas– de telgopor; otra sala de colores oscuros, llena de maderitas apiladas, pintadas rústicamente a mano; un gran mural hecho en carbonilla; otro de vinilo, pegado sobre la pared. Y una gigantesca estructura de hierro, preparada en conjunto con una metalúrgica, que ocupa el corazón de la Sala Cronopios, y lo contagia todo: no hay forma de observar los murales o las salas sin sentir su contundente presencia metálica, fuerte, pesada. Como si fuera el esqueleto de un fantasma que huyó pero que, aun así, dejó sus restos, haciendo sentir su espíritu.

Imagino: ¡qué difícil debe ser elegir sólo cinco piezas, de entre cientos que Siquier lleva producidas! Me pregunto cómo hacer semejante recorte… ¿Cómo elegir, entre tantos hijos, sólo algunos favoritos…? Las razones habrá que buscarlas paralelamente en el origen y en el presente, según lo explica el mismo Siquier. Sobre todo en ese momento en que, en los años ochenta, él era un joven pintor que, a puro pincel y acrílico, pintaba obsesivamente circulitos y más circulitos, inspirado en el estudio de la ornamentación de las culturas no occidentales.

“Creo que eso se ve en esta sala de las maderitas”, explica serenamente Siquier, mientras camina mirándolo todo, recorriendo Cronopios. “Quería mantener un espíritu aparte, con las maderitas. Imaginate, fue una obra proyectada en el 87, una época de mi vida en la que estaba fascinado por el arte bruto y las producciones primitivas. Creo que el hecho de que sea una instalación manual, con infinidad de pequeñas piezas realizadas a mano, le confiere un espíritu diferente al del resto de los trabajos, en su mayoría diseñados por computadora”.  Parte del contenido de esta pieza comunica esa exacerbación casi demencial por la repetición, una constante de todas las obras de Siquier.

“Sí, muestra una actividad manual casi demencial”, comenta el artista. “Eso, en los trabajos posteriores, me parece que se mantuvo pero con otras condiciones de producción: por ejemplo, al mover una y otra vez el mouse de la computadora, de una manera obsesiva.” Si bien la sala de las maderitas es la obra más antigua de las que Siquier presenta, hay algunos detalles que son claves fundamentales para comprender cómo un artista que hacía círculos pintados a mano, llegó –veinticinco años después– a montar setenta módulos de metal de líneas rectas, dentro de una estructura gigante. Las claves secretas se ubican en la vitrina de la entrada, poco antes del ingreso a la Cronopios; y en las fotos que están allí al lado, ilustrando la biografía del artista.

En la vitrina hay varios cubitos viejos, artesanales, de madera, que muestran círculos pintados. Fueron realizados en los años 80 y son el disparador de toda la obra posterior. En las fotos, en cambio —sobre todo en las dos primeras— pueden verse dos instalaciones de comienzos de la carrera de Siquier, también manuales, también pintadas. Cero PC, cero mega-producción grupal, durante esos momentos. Todo era fruto del interés y la obsesión individual. Dice al respecto Siquier: “Al principio parecía que en mi trabajo había una ilusión de desarrollo, de progreso lineal. Pero después me di cuenta —y últimamente más, aún— que todo fue un desarrollo circular, que siempre estuve rondando los mismos temas; que a pesar de endurecerse la línea o multiplicarse los elementos, era siempre, una y otra vez, la misma imagen. Como si hubiese pintado un solo cuadro toda mi vida, variando sólo algunas cosas. Me parece que esta muestra da cuenta de eso. Muchas de las obras que tienen un aspecto y procesos de producción muy diferentes, en realidad están muy relacionadas. Por ejemplo, desde el punto de vista conceptual, de la repetición y de la cantidad, son situaciones similares.

¿A qué se refiere con “repetición”?
Hay artistas que resuelven por síntesis y hay otros que resuelven por cantidad. Yo, claramente, soy unos de estos últimos. Pruebo. Y si con cien no funciona, no pruebo con diez, pruebo con mil. Y si con mil no funciona, entonces pruebo con diez mil. Así hasta llegar a un lugar satisfactorio. Por eso los puntitos se vinculan con la estructura de hierro: ella también es una acumulación. La repetición siempre produce una nueva forma . Vos podés intentar poner cien maderitas derechas, pero la ciento una seguro que se te va a caer o se te va a desvirtuar. Eso me interesa. Por eso les dije a mis asistentes que lo hicieran lo más derecho posible. Yo sabía que iba a salir torcido. Eso se ve en las artesanías: hacen triangulitos perfectos, pero el último esta girado.

Entonces la torpeza se convierte en fortaleza, ¿no? Si estas columnas de maderitas, por ejemplo, fueran perfectas, no tendrían el mismo efecto.
Sí, me parece que ése es el atractivo que pueden llegar a tener: la irregularidad dentro de la serie, más allá del intento de regularidad. Las anomalías distorsionan la pieza, le dan ese aspecto de crecimiento orgánico, de inestabilidad.

Seguro de sí mismo, tranquilo, Siquier va hablando mientras se pasea junto a sus piezas. Son confusiones de líneas y círculos. O tal como él las describe: la opresión urbana pero en clave hermética.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Pablo Siquier nació en Buenos Aires en 1961. Formado en la Escuela Prilidiano Pueyrredón, en el taller de Pablo Bobbio y en el de Araceli Vázquez Málaga. Es uno de los artistas argentinos de mayor proyección internacional. Desde 1991, realizó muestras individuales en las galerías Ruth Benzacar (1995 y 2003) de Buenos Aires, Annina Nosei Gallery de Nueva York, Ines Sicardi Gallery de Houston, Alejandra von Hartz Gallery de Miami, en el Museo Nacional de Bellas Artes, el Fondo Nacional de las Artes de Buenos Aires y en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. Participó también en bienales como las de Porto Alegre y San Pablo.