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Historia y culturas
01 11 2013
La música latina
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La circulación internacional de las músicas populares prefigura la globalización de finales del siglo XX. A partir de los años 1920, la radio y el disco de vinilo difunden fuera del país de origen las guarachas, danzones, boleros y otros ritmos (1). Estas mezclas de géneros se caracterizan por no ser norteamericanas, sino que encarnan la otra cara del continente, oscura, sensual y reacia al puritanismo imperante en el país del Norte. La música “latina” está compuesta por ese tutti frutti, por emplear aquí una expresión aplicada a un número interpretado magistralmente por Carmen Miranda. Rompe sin complejos las fronteras nacionales y la especificidad histórica de estos géneros musicales, como antaño los Jesuitas habían borroneado deliberadamente las especificidades musicales de cada grupo étnico. Las circunstancias que vieron nacer canciones singulares desaparecen en beneficio de un exotismo discreto. Cuando la “Adelita” y “Valentina” cantadas por Jorge Negrete y reinterpretadas en las películas con una orquestación más sofisticada, pierden su espíritu revolucionario que les dio vida para volverse melodías típicas. Asimismo, uno puede bailar perfectamente sobre el aire del “Comandante Che Guevara” haciendo caso omiso de una parte de su historia y sin preocuparse por la situación actual de Cuba.
Bajo la etiqueta genérica de “rhumba” (con “h”) se graban sones, guarachas y danzones para la exportación. El procedimiento que consiste en imponer un término general englobante, que borre así las especificidades instrumentales y coreográficas en favor de una categoría fácilmente identificable, no es nada nuevo, aunque los medios empleados y la escala no tengan nada que ver. Ya lo conocimos durante la época colonial con la generalización del mitote (2), del taqui (3), del guineo (4) o del fandango (5). Las industrias culturales de principios del siglo XX exigen una definición clara de los productos lanzados. Miguel Matamoros es uno de esos artistas que combinan los géneros, como en el son-guaracha de 1924, “La China en la rumba” (6). Hoy, su criterio adquiere además consideraciones prácticas: un disco o una obra inclasificable no se puede ordenar correctamente en las estanterías de una tienda.
El cine ha sido el mejor agente de difusión de los aires latinos. “Aquarela do Brasil” de Ary Barroso fue descubierta por Walt Disney, quien la escogió para ilustrar un dibujo animado que acontecía en Brasil y cuyo personaje principal era Zé Carioca, un malandro interpretado por un loro, símbolo de Brasil desde el siglo XVI. Otras canciones de Barroso aparecen en “The Three Caballeros”, una película que marcó a varias generaciones de niños en el mundo entero, rodada por Norman Ferguson en 1944 (7). Desde sus inicios, el cine concede a las danzas y a la música un lugar privilegiado. El séptimo arte es el que difunde en Occidente (y más allá) una imagen alternativa de la otra América, con sus pulsiones sensuales y sus pasiones. Las primeras películas de vaqueros incluían siempre rancheras.
Uno de los filmes que contribuyó a forjar una imagen “latina” del continente iberoamericano fue “Los cuatro caballeros del apocalipsis”, rodado en 1921 por Rex Ingram. Su estrella es Rodolfo Valentino, vestido de gaucho argentino, que se desenvuelve en un tango "made in USA" como un elegante e irresistible “latin lover”. Afortunadamente, un vals peruano volverá a colocar las cosas en su sitio:

"Si de Rodolfo Valentino
la muerte se sintió con dolor
siendo no más que actor,
la triste muerte de Gardel
es bien más lamentable,
pues él, fue un cantante
y compositor formidable (8)."

En la Exposición Universal de Chicago de 1932, la rumba de salón, despojada de sus toques salvajes, recibe el reconocimiento internacional. Es esta versión civilizada la que presenta en Londres un profesor de baile, M. Pierre, quien se exhibe con Doris Lavelle. La película “Rumba” (1935) tiene como protagonista a un bailarín interpretado por George Raft, especializado en desempeñar papeles de gánster. “La Rumba Azul” del cubano Oréfiche (1936) es una música que se baila, muy alejada de las rumbas salvajes de los orígenes. “Babalú aye”, de Margarita Lecuona, más cercana del modelo negro, es una composición cosmopolita que cosecha un inmenso y duradero éxito en el mundo entero. En la difusión de ese ritmo, Xavier Cugat tuvo un papel importante y, según él, Desi Arnaz, rey de la conga, fue el embajador de la “latinidad” musical reelaborada en EE.UU.
Los ritmos del Caribe fueron introducidos en Norteamérica por los portorriqueños, devenidos ciudadanos americanos desde 1917, y por los cubanos que emigraron a Nueva York a lo largo de los años 1920 y 1930. Antonio Machín fue quizá el primero en difundir con éxito la música cubana en EE.UU. En 1930, actuó con su Havana Casino Orchestra en un teatro de Nueva York y causó sensación con su “Manisero” ("vendedor de maní"), uno de los mayores éxitos de la música latina hasta hoy (9).
Para complacer al público estadounidense, los cubanos y portorriqueños tuvieron que elaborar un repertorio ecléctico. Así se originó el latin jazz (10). En Cuba, invadida por el turismo norteamericano, las grandes orquestas que actuaban en los clubs y salones entonaban melodías más cercanas a su público, como los bailes lentos o los charlestons, así como los aires locales "blanqueados" y adaptados al gusto dominante (11).
La brasileña Carmen Miranda, nacida en Portugal, será probablemente la mejor embajadora de la “latinidad made in USA”. Esta joven, pícara y de gran belleza, triunfó en Río de Janeiro donde cantó sambas célebres, como “Ta-hi”, que formaban parte de la tradición carioca de principios de los años 1930. Emigró a EE.UU. y adoptó los tres géneros latinos por excelencia, la samba, la rumba y el tango, moviéndose por un decorado de palmeras, cocoteros y bananeros. Su vestimenta típica de la "bahiense", se recarga de collares y turbantes sobre los que se amontonan frutas tropicales. Carmen Miranda creó el estereotipo de la latinoamericana sensual, simpática y desbordante de vida, que conoció sus días de gloria en los años 1940.
Aunque la música "latina" sea ante todo comercial, puede presumir de haber producido algunas canciones de calidad como “Tabú”, una de sus mejoras joyas. Pero habrá que esperar varias décadas antes de separar los aires hollywoodenses de la música latinoamericana. Citemos dos ejemplos de dichas artes mestizas del siglo XXI —no son los únicos–: el destacado uso de los géneros latinoamericanos y del flamenco por Osvaldo Golijov, israelita de origen argentino, en su “Pasión según San Marcos”, y la interfaz entre las flautas andinas y las melodías de Taiwan.

1. Leymarie, Isabelle, Musique des Caraïbes, 2005, p. 45.
2. Palabra de origen nahuatl designando el hecho de bailar. En México colonial, se aplica a las fiestas donde danzaban indios y mestizos.
3. Danzas y cantos de origen inca.
4. Danzas y cantos “negros” de la península ibérica. Forman parte del conjunto “negro” o “negrilla”.
5. Fiesta ruidosa y danza sensual. En España, género musical y vocal del flamenco.
6. Ibid., p. 64. Descubrimos términos empleados antaño en canciones "negras": "a la reina de la rumba / a esta china si le zumba."
7. Mac Gowan & Pessanha, op. cit., p. 36-38, Aquarela se convierte también en la música de la película Brazil de Terry Gilliam, sueño de belleza para escapar de una sociedad totalitaria.
8. Borras, 2009, op. cit., p. 323. Este vals se encuentra incluido en el Cancionero de Lima.
9. Leymarie, 2005, op. Cit., p. 90-92. Varias versiones de Manisero han visto la luz, entre ellas la de Louis Armstrong. La primera es únicamente instrumental y data de 1930: The Peanut Vendor.
10. Ibid., p. 83-89.
11. Ibid., p. 132-134.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Carmen Bernand se graduó en antropología en la Universidad de Buenos Aires en 1964. Especialista de la Historia de América Latina. En 1964, empezó en París un doctorado con Claude Lévi-Strauss, tesis sostenida en 1970. Emprendió una tesis de doctorado en 1972 sobre el campesinado de Azogues (Ecuador) que fue sostenida en 1980. Hizo investigaciones antropológicas en los Andes (Argentina, Perú y Ecuador) pero también en México y Texas. Tuvo una larga carrera docente en la Universidad de Paris X desde 1967 hasta 2005. Fue invitada como profesora en España, Italia, Guatemala, Honduras, Brasil, Santiago de Chile y Buenos Aires. Desde 1994 es miembro del Instituto Universitario de Francia y a partir de 1999, directora adjunta del Centro de Investigaciones de los Mundos Americanos de París. Publicó "Les Incas, peuple du soleil" (1988), "De l'idôlatrie. Une archéologie des sciences religieuses" (1988) con Serge Gruzinski, "Histoire du Nouveau Monde" con S. Gruzinski (1991 y 1993), "Pindilig. Un village des Andes équatoriennes" (1992), "Buenos Aires" (1997) y "Un Inca platonicien, Garcilaso de la Vega 1539-1616" (2005).

 

 

 

 

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