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Arte
06 10 2014
Oswaldo Vigas: Cuando un amigo se va por Elizabeth Burgos
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De los venezolanos que conocí en el París de los años sesenta, Oswaldo se distinguía por su amabilidad, su discreción, su serenidad, su disponibilidad, y sobre todo, su ternura, características poco usuales entre los hombres de esa época. Tenía la capacidad de transmitir en su trato el artista que llevaba dentro. En él, lo masculino estaba tamizado por lo femenino, que es lo propio de la creación artística, pero que rara vez se expresa en el trato personal.
Vivía en la rue Dauphine, en un edificio en donde se alquilaban habitaciones con una pequeña cocina. La mayoría de los inquilinos eran exiliados españoles, por lo que Jorge Semprún, en su novela La Algarabía, inmortalizó el lugar. El edificio era señorial, pero vetusto, como casi todos los edificios del París de la época. Hoy, remodelado, se ha convertido en un hotel de lujo.
Entre la rue Dauphine, la rue Mazarine y la rue de Seine, circulaban los pintores venezolanos que en aquella época coincidieron en Paris: Omar Carreño, el "Chino" Hung, El "Indio" Hernández, Mario Abreu, Abilio Padrón, Jesús Soto. También, el hermano de Isidora Duncan, Raymond Duncan, vestido a la manera clásica de la Grecia antigua, fabricaba él mismo su vestimenta, sus muebles, sus enseres, había fundado su "Akademia", inspirada en la Academia de Platón, en donde impartía clases de danza, artesanía, música. Existe una entrevista de Raymond Duncan realizada por Orson Welles.
La figura de Oswaldo se distinguía por su aspecto siempre impecable. No actuaba de bohemio, no consumía alcohol, pero tampoco se las daba de puritano, nunca en él asomaba el deseo de diferenciarse del resto, más dados a la bohemia. Tampoco mostraba interés por el mundo de la política. Se limitaba a sonreír. Él andaba en su mundo. Era un caso extraño de sensibilidad. Se percibía que era sensible al mundo que lo rodeaba, pero lo sometía a su química muy personal para nutrirse y transformarlo en figuras.
No era que no tuviera una vida social, que en aquella época de gran pobreza se limitaba a invitar a los amigos a compartir un paquete de arroz, acompañado de un queso camembert y de una "baguette" en la pequeña cocina en un rincón de su cuarto que a la vez era también taller. Él imponía su tiempo. Siempre se desplazaba muy rápido, como si un compromiso urgente lo esperara. Era la vuelta al estudio y a los pinceles. Trabajaba sin cesar.
Mi amistad con Oswaldo fue para siempre. Cuando abandonó París y regresó a Venezuela, cada vez que volvía a Francia me buscaba. Una vez llegó del Perú, me regaló unas muñecas indígenas antiguas que todavía poseo.
En los últimos años, Janine, su compañera de siempre, ha mantenido conmigo la comunicación. Asiduos lectores de mi columna en Zeta, Janine me envía cotidianamente, artículos y noticias que pueden interesarme y darme ideas para la escritura de la misma. Gracias a ella, a esa colaboración, me he mantenido informada de cuanto sucede en el país. Por ella he sabido, cuánto sufría Oswaldo por la situación del país.
También lo que me unía a Oswaldo era su origen valenciano. Esa manera muy particular de ser venezolano.
De su obra hablarán y escribirán los especialistas. Por mi parte, mi deseo es dar testimonio del entrañable hombre que fue Oswaldo. De su exquisita manera de ser humano. De su extrema humildad.
En él se plasma esa dimensión muy particular de Venezuela que es la de producir grandes talentos en la pintura y en la poesía.
Cuando un amigo de tanto tiempo se va, una parte nuestra también se va. Es un trecho de vida que regresa en el recuerdo, pero que ya se ha ido.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Elizabeth Burgos, nacida en Valencia (Venezuela). Abandona las comodidades familiares y milita en los movimientos de izquierda en los años sesenta. Así conoció al que sería su futuro esposo, el filósofo francés Régis Debray. Graduada en Psicología Clínica en la Universidad de París VII y en Antropología e historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS). Su compromiso político con Latinoamérica la llevaron a Colombia, Ecuador, Perú y Chile. Coautora del libro "Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia", Editores Siglo XXI, Madrid, 1998, sobre la vida de la dirigente indígena guatemalteca ganadora del Premio Nobel de la Paz en 1992. Directora de la Casa de América Latina de París y del Instituto Cultural Francés de Sevilla. Actualmente se consagra a la investigación histórica sobre temas contemporáneos de América latina.