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Poesía
01 06 2015
Poema de Cuernavaca por J. Andrés Herrera
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I - Prefacio boca abajo

Tú no te entregues, si hubo vida no recuerdes
el campo        los labios        las frutas
No recuerdes que cortaba pomelos en julianas,
las bocas engullendo nísperos,
el nombre náhuatl de una niña.
Tú no recuerdes la violencia contra los muros,
las almas amuralladas de Domingo Diez.
Olvida tu piel sazonando la hojarasca,
los muslos pétreos, el agua de guayaba,
la piel rizada de las piernas prietas.
Atesora un mirador nocturno por la fábrica de cartuchos
sobre el arma de libélulas de Cuernavaca.
A tus pies, el camposanto cae aguamala entre los ojos.
Ésta no es otra ciudad de muertos.


II - Primera entrada

Soy un caballo herido en tu vientre,
soy el mago esquizofrénico de tus sueños,
Ciudad carmín, crecerás hasta el incendio de los cielos
y el desbocamiento de los dioses.
Flotas y llueves y no entiendo dónde cae el agua
ni para qué la cólera consume la basura de las calles
y tapa las coladeras, y te enlodas, y te sacias, y ya no me necesitas
pero, en tus calles de vapor,
el arlequín lava su cabello rojo como granada
y delirante como tu cara en un espejo
para gritar con su sonrisa que eres templo
de payasos y reino de actrices y mundo de titiriteros
y muelle sin mar y estanque sin agua y pluma que nunca cae
y zapato sin goma que ensucia el charco de aguardiente
donde incendia el artista su melena.


III - Estación sin golpe

Me presento, nací en tus ojos
cuando la clínica militar
estaba adentro de la veinticuatroava,
el año en que Juan Pablo II
hizo su segunda visita a este país
donde celebras la voz del centro
de la primavera del verde de los bosques de casa.
Soy de tus artes acuosas, de tus nidos amatista.
Nací en el tiempo de los colibríes por un cerro de ocotes.
Fui la fiesta del archivo de la zona militar
entre chinelos, tacos acorazados y mole de Tepoztlán.
Mi cautiverio fue una libertad de madre guerrerense
en tierras más templadas.
Somos aquí tantos los hijos de los hijos de Guerrero
que hasta parece que fueras ciudad nieta de Iguala
o esposa viuda de Xochitla, Taxco o Teloloapan.
Bauticé mis tres ruedas en tus jacarandas muertas
y desde entonces conozco las calles azules,
los sueños distendidos en el concreto y su corazón de agua.


IV - Estancia de golpes

Polvos solos en futuros y pasados,
polvos aquí en mi pecho, donde nadie aborda la travesía.
Huyo para enamorarme una vez más antes del aullido que suicida,
huyo para hallar otros dientes.
En tu centro, mi corazón es un niño que levanta piedras
y sólo basta abrir los ojos en tu espalda
para recuperar el vuelo de los amados.
Mi boca ya es amarga.
En tu iris despojado del ruido,
poco a poco me desoriento y desvarío.
Me basta uno de esos blues donde canta una mujer,
que seguramente me rechazaría y quedó loca.
Me basta que sea gringa, negra, de los años cincuenta.
Me basta un hotel en una calle de Chamilpa,
donde mi mujer me espere desnuda en la cama,
un cigarrillo ocasional, ya sin vicios
y llorar en la bañera -yo nunca tuve bañera-
mientras afuera, Ciudad voyeur, tus piernas se humedecen
recordando mi carne adentro diez minutos antes.
Pero mis sueños no son tan terrenales
y por imposibles te esbozo en un beso una mentada,
y un rezo, y te conjuro en las barrancas,
y te quemo, y te hago una perforación en humo
y una estatua de flamas azules.
Ciudad lila, nunca olvidaré tus jacarandas.


V - Salón del ruido

No quiero morir ni amar la rabia sin darme cuenta
de que éste es el mejor momento de mi vida
porque te escribo en el quicio de la última puerta.
Te reinvento encerrado en un baño de Chamilpa.
Acá adentro, tono casual,
hay un joven arrancándose la piel en la bañera.
Sin lastimar a nadie, enciendo otro cigarro.
Mi quejido se revela: te tuve envidia
porque te amaron otros inmensamente y tú a mí me quisiste poco.
Las señales adornaron tu delirio.
Me basta mi mujer allá afuera esperando una despedida en el pubis.
Me basta su calor a salvo trescientas noches.
No hay en el mundo, Ciudad piedra, otro corazón sin líquidos.


VI - Salida del sol hacia el Texcal

Te entrego mis riñones y mis diástoles.
Mis ojos no son una evolución del mar.
Giros y giros y giros sobre tu frente
me retuercen y saturan mis pulmones.
Mis ojos son una pésima evolución de la lluvia.
Cabalgo sobre tus casas como bocas enredadas
en jardines repletos de sexos.
Camino entre tus calles como bocas
recibiendo amaneceres a chorros.
Corro entre tus alcantarillas buscando el amor
como una ráfaga de nueve milímetros.
Mis ojos son una evolución del rocío,
un destello bifocal que te duplica,
un mareo sobre tus olas de gemidos.
Ciudad-vagina, me devora tu madrugada.
Mis ojos son un felino que te acosa,
una lámpara olvidada sobre tus puentes
y un vagabundo leyendo un libro en el abismo.


VII - Bajo el volcán

Dicen que te criaste sobre ruinas,
por eso sólo se te escribe en nostalgia y melancolías,
pero no eres triste ni estás cerca de ser la mujer perdida,
el dolor del silencio de los planetas
o el olor de las casas vacías.
Acaso me recuerdas en mi mente infinita de pasado
las batallas de gigantes de gas contra meteoros de arena.
Me recuerdas una estampa de hielo en el cielo
o una fotografía en el agua.
Si te digo carmín es por las jacarandas
que se sonrojan con el calor que evocan tus casas,
tus balcones en barro oxidado,
tus edificios cortos, tus calles estampadas
en el rojo de la tierra, tu gente en llamas.


VIII - Despedida (canto hasta atrás)

Siento que te perdiera toda de un tajo,
que antes te despojé de tus ropas,
que antes te reclamé mis desvelos,
que antes me acabé las canciones
anidando en tus calles una luz en el pecho
y un rencor en los huesos.
Te amo y te dejo como una gota
de mezcal a las cinco de la tarde
en el bosque de La Herradura.
Hora en que tengo que caminar
monte abajo y olvidar el manto
que cubre tus ojos de mi llanto.
No tenemos tren, pero tú eres
Ciudad bala, mi escupitajo.
Te dejo con un proyectil de salivazos
de extraviado, de ciego, de borracho.
Noches en que te escribo de las patadas
al viento y tus paredes se resecan,
en un sueño se evaporan
                                       y ya no te veo.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: J. Andrés Herrera, (1990). Poeta y escritor del Estado de Morelos (México). Colaborador de la revista Tajo y Ombligo. 1er lugar en el XVI Premio Universitario de Poesía "Décima muerte" (UNAM, 2013). Ha publicado los poemarios: “Eso que revienta” (2012), “El morbo y las promesas” (2014).