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Homenaje
01 06 2015
Vivir un año sin ti por Héctor Loaiza
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Aquel otro anochecer de mayo de 1969 estará siempre en mi memoria. Ella vivía desde hacía tres años en el Cuzco, mi ciudad natal, donde había sido enviada por el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS) de Francia para preparar una tesis de doctorado de Estado de Geografía Humana sobre el Cuzco y su región. Durante su estadía allí, se ganó la simpatía de sus habitantes por su sencillez y amplitud de espíritu, ya que poseía la simpatía necesaria para entablar buenas relaciones con las autoridades y con los miembros de diversas clases sociales.

Recorriendo el terreno objeto de estudio en su tesis, tuvo un accidente en una carretera de la alta montaña, la puna, que baja hacia los valles cálidos y la selva amazónica atravesando la cordillera oriental de los Andes. El jeep Toyota que conducía cayó en una profunda cuneta y, como consecuencia de ello, se fracturó los huesos del hombro izquierdo. Los diarios de la época elogiaron su abnegación y su presencia de espíritu al esperar durante varios días, junto con sus acompañantes, la llegada de los primeros auxilios desde el pueblo más cercano. Fue llevada al hospital de Cuzco y, poco tiempo después, conducida por avión a Lima para ser operada en una clínica franco-peruana.

Por mi lado, yo había hecho estudios de Letras en la Universidad de San Marcos de Lima. Cansado de la vida bohemia que llevaba con otros compañeros y amigos aspirantes a escritores y poetas, y después de haber publicado varios cuentos en revistas literarias, decidí partir a París para continuar mis estudios de letras. Había regresado a mi ciudad natal con el propósito de ver a mi familia y también de pedirles que me ayudaran financieramente a realizar ese viaje.

Les hice leer fragmentos de mi primera novela inédita y algunos poemas a los amigos que se reunían en un café-restaurante situado en uno de los portales de la plaza de Armas, en Cuzco. Cuando se enteró de mi proyectado viaje, uno de ellos —profesor en la facultad de Letras de la universidad— me dijo que conocía a una amiga francesa que, tal vez, podría facilitarme contactos en París.

Un atardecer, estaba sentado con el grupo de amigos alrededor de una mesa en dicho café-restaurante y vi llegar a Jeanine. Su rostro era anguloso, y sus hermosos ojos verdes estaban adornados con sus largas pestañas entornadas. Más tarde en Lima, otro amigo —el poeta Leoncio Bueno— me comentó que la pureza se translucía en su mirada. No obstante, su cara mostraba esa noche una expresión trágica, como si no pudiera reprimir una antigua herida que el tiempo no había cicatrizado. Su figura me parecía conocida cuando ella se acercaba a nuestra mesa, como si ya la hubiera visto en otro lugar. Su tristeza me hizo pensar que era huérfana. Un poco como yo. Pero esa imagen no correspondía con su situación en aquel momento: iba a coronar una carrera universitaria ejemplar con su tesis.

Al encontrarnos solos, hablamos mucho sobre nuestras respectivas vidas. Así, de confidencia en confidencia, nos enamoramos y empezamos a amarnos. No queríamos separarnos más. Ambos estábamos marcados por una tragedia personal. Jeanine no había podido olvidar el hecho de que su padre, miembro de la resistencia contra el ocupante nazi, fuera arrestado por la Gestapo y fusilado en Tolosa, en abril de 1945, cuando ella apenas tenía siete años. El martirio paterno había hecho germinar en ella una voluntad que —según un primo suyo franco-venezolano—, se convertía en una mística: la única manera de emular a ese padre que se había sacrificado por Francia era destacarse como una buena alumna en la Escuela Primaria y brillante estudiante en las Escuelas Normales y en la Universidad de Burdeos.

En cuanto a mí, aún recordaba la separación de mis padres y el hecho de que me hubieran abandonado en casa de mis abuelos maternos. Las vivencias de mi niñez me sirvieron para escribir la novela, Diablos azules, muchos años más tarde y alentado por Jeanine. En definitiva, éramos dos huérfanos que se encontraron para construir, desde el principio, una relación profunda y duradera. Tras vivir algunos meses juntos, surgió espontáneamente en nosotros la necesidad de tener un hijo al que daríamos la ternura que nos había faltado siendo niños.

En noviembre de 1969, me despedí de ella antes de volver a Buenos Aires —donde había vivido durante tres años— para visitar a algunos miembros de mi familia que se habían establecido allí. Acordamos vernos en Burdeos, y más tarde me contaría que entonces no estaba segura de que yo fuera a reunirme con ella. Algunos meses después, me embarqué en Buenos Aires con destino al puerto de Vigo (España). Visité Madrid y viajé en tren a París. Finalmente, me encontré con ella en Burdeos, y estaba muy ilusionada de hacerme conocer Francia. El CNRS la había nombrado investigadora en el Centro de Estudios de Geografía Tropical, donde redactaba su tesis de doctorado. También formaba parte de un grupo de investigadores sobre América Latina en París, adonde viajaba frecuentemente. Los miembros de ese grupo decían que Jeanine aportaba espontaneidad —que ellos llamaban "frescura"—, humor, simpatía y sencillez.

Comenzamos a vivir juntos en Burdeos, lo que era un desafío a las normas establecidas por la sociedad francesa. Sus amigos y sus colegas, considerándonos tan diferentes en apariencia, suponían que lo nuestro no duraría mucho. Vimos a muchos matrimonios separarse y divorciarse desde entonces.

Empecé a conocerla aún más durante los primeros años de nuestra vida en común. Poseía una inteligencia y una memoria excepcionales, y era sensible al sufrimiento de los seres humanos. No era una universitaria clásica, con la ciencia infusa, sino que tenía un carácter alegre y le gustaba reír y cantar las viejas canciones francesas, así como las más recientes de Georges Brassens, Leo Ferré o Jacques Brel.

A veces, yo le decía que era una "pura" —como se llamaban entre sí los creyentes de una comunidad herética maniqueísta del siglo XIII, los cátaros o albigenses, arraigados en la región de Languedoc—. Durante una visita que hizo al Museo de Mazamet —en el sur de Francia— en su época de estudiante, lloró mucho al enterarse de las atrocidades cometidas durante la cruzada del Conde de Tolosa contra los cátaros. Su visión del mundo era transparente quizá siguiendo inconscientemente el ejemplo de éstos. Era incapaz de mentir o de simular para promocionar su carrera profesional. Trataba a sus semejantes con una gran gentileza y generosidad, por lo que tenía muchos amigos en Burdeos, Perú, Chile, Argentina, Venezuela y España. Daba mucho sin esperar recibir nada a cambio.

Dio a luz a nuestro hijo, Daniel, en abril de 1972, en Burdeos. Esa criatura, a la que habíamos esperado con ansia e ilusión, nos aportó la alegría de vivir y, a su vez, recibió nuestro cariño y nuestros cuidados.

Al presentar su tesis monumental de seiscientas páginas, que era un compendio no sólo de geografía humana y física de la región de Cuzco, sino de su historia durante los siglos XIX y XX. Uno de los miembros del jurado, un profesor parisino, se permitió reprocharle su implicación afectiva con los individuos que constituían su objeto de estudio: los olvidados y marginados, los indios. ¿Cómo habría podido ignorar la pobreza y las privaciones de los campesinos de los Andes? Ella conocía a fondo la región del Cuzco y, algunas veces, se había alojado en las humildes cabañas de los habitantes de pueblos aislados. Al final, su tesis fue aprobada por unanimidad y recibió los elogios del jurado.

En nuestra vida cotidiana, me corregía a veces al oír de mi parte una observación crítica sobre el defecto de una persona que no se había portado bien con ella o conmigo, o que había cometido una torpeza o dicho una estupidez. Siempre encontraba los pretextos para justificar sus conductas y no dañar sus imágenes. Nunca la oí dar una opinión mezquina sobre alguien.

Para huir de las intrigas, del arribismo y de la competición en el CNRS, aceptó el nombramiento como profesora de Geografía Humana en la Universidad de Pau, en el suroeste de Francia. Prefería el contacto humano; sobre todo, el de los estudiantes. Durante los años en que desempeñó su cargo, sus discípulos la querían y la respetaban mucho porque era diferente a los demás catedráticos.

Sus estudiantes extranjeros —especialmente los africanos y norteafricanos— recibieron su comprensión, ayuda y amistad, ya que era generosa con quienes necesitaban protección y aliento.

Tras veinticinco años consagrados a la enseñanza y la investigación, se jubiló. Abandonó los anfiteatros, las salas de clase en las que se había desempeñado de manera ejemplar sin faltar ni un día. Por ejemplo, escogió el período de las vacaciones universitarias cuando tuvo necesidad de ser operada por tercera vez del hombro izquierdo —secuela de su accidente en los Andes— para ponerle una prótesis. De este modo, se quedó en casa para escribir ese anhelado y viejo proyecto sobre la vida de su padre. Así compartimos los días de sus últimos años: ella en su escritorio y yo en el mío.

Viajera impenitente, fue varias veces a Buenos Aires, para visitar a nuestro hijo —que se había establecido allí—, a nuestra nieta Azélia y a su madre, Alix. Después, viajó dos veces a Bogotá cuando Dan rehizo su vida con Paula y se fue a vivir allá. En su último viaje, conoció a nuestro nieto recién nacido, Adrián.

A fines de 2013, ella enfermaba frecuentemente y los médicos no llegaban a diagnosticar su mal. Su cuerpo se debilitó, enflaqueció y se sentía fatigada y deprimida. Hice todo lo que estuvo a mi alcance para ayudarla. Yo tenía mucha confianza en los progresos de la Medicina, y sabía que los médicos iban a encontrar las causas de esa enfermedad desconocida que la estaba minando por dentro.

Soñaba frecuentemente con ella varios meses antes de que enfermara, y en esos sueños siempre estaba a mi lado, como lo había estado durante nuestras existencias. Me sentí un poco sorprendido por eso, porque no solía soñar con ella antes, Tal vez, desde una dimensión espiritual, me estaba advirtiendo que muy pronto nos abandonaría.

Los primeros meses del año pasado adelgazó mucho y se sentía muy fatigada. Todos los análisis y exámenes que le hicieron para detectar un posible cáncer fueron negativos. Ella luchaba con coraje todos los días contra ese mal desconocido.

Con entusiasmo, yo estaba concentrado en terminar un viejo proyecto literario, una ambiciosa novela, en la que cuatro géneros se mezclaban: el esoterismo, la historia de las religiones, la ecología y la informática. Como si la hubiera contaminado con mi pasión, y pese a su extrema debilidad, ella seguía escribiendo el libro sobre la historia de su padre, acerca del papel que había desempeñado en la resistencia contra la ocupación nazi en el suroeste de Francia.

Como ella no tenía apetito y seguía perdiendo peso, cometí el error de aceptar el consejo de una de sus amigas para trasladarla a una casa de reposo en espera del último examen que le iban a hacer en el hospital. La víspera de su partida, estábamos sentados mirando una película en la tele, en nuestro salón. Se levantó para ir a la cocina y, entonces, me dijo "¡Vas a hacerme mucha falta!" como si tuviera la premonición de que no volvería más a nuestro hogar.

La llevé a la casa de reposo y tenía esperanzas de volverla a ver llevando una vida activa y continuando con la escritura de ese libro sobre su padre. Sin embargo, su traslado fue el final. En lugar de recuperar fuerzas, su salud empeoró. Era muy posible que le dieran un sedativo para hacerla dormir y, cuando se despertaba al día siguiente, se sentía agobiada y deprimida.

Mientras permanecía allí, una noche soñé que me decía en nuestro salón: "Ahora voy a caer en un sueño profundo". Desperté preocupado por su advertencia.

Un viernes por la tarde, frente a mis reclamos de que no le administraran más ningún sedativo, el médico de la casa de reposo me reveló que, debido a su decaimiento general, ella tenía una insuficiencia cardíaca. Fue llevada en una ambulancia al servicio de urgencias del hospital y, como no había sitio, trasladada al día siguiente a una clínica situada en los alrededores de Pau. Por fin, pude verla la tarde de un sábado en una sala de cuidados intensivos. Parecía estar mejor, me recibió sonriente y optimista. Hablamos de lo que más nos interesaba: nuestro hijo y nuestros nietos. Viéndola así, sonriente y optimista, confié en los progresos de la ciencia médica. Me despedí de ella diciéndole que regresaría al día siguiente.

Lo irremediable sucedió esa tarde del domingo 25 de mayo. Mi celular sonó cuando me dirigía en auto para visitarla y ya estaba cerca de la clínica. Era una enfermera que me dijo que fuera lo más pronto posible. Supuse que Jeanine se impacientaba por verme y no me imaginé lo peor. Al llegar al servicio de cuidados intensivos, la cardióloga me anunció que mi esposa había fallecido quince minutos antes. Me permitieron verla en la sala donde se encontraba, tenía el rostro apacible y se parecía mucho a su madre. La besé en la frente y en las mejillas. No había lágrimas en mis ojos al salir de la sala, pero sentí un dolor inmenso. Tuve la impresión de que cuanto me rodeaba se desmoronaba a mi alrededor. Lo único que quería era salir de allí, caminar afuera, donde había algunos árboles.

Ahora que escribo este homenaje, lamento que ella se hubiera ido tan rápidamente sin darnos tiempo para pasar juntos algunos momentos más. Para pasear por un bosque cercano a nuestra casa, para hablar mucho —como acostumbrábamos—, visitar un museo de arte —como lo habíamos hecho en París, Florencia, Madrid y Londres—, ir a la exposición de un artista amigo o al cine, a ver una película latinoamericana.

Su desaparición fue para mí como un fracaso personal. Ambos habíamos tratado de encontrar un equilibrio mental y físico para nuestras vidas. No obstante, una enfermedad desconocida o la negligencia de los médicos provocaron su partida de nuestro mundo.

Pau (Francia), 25 de mayo de 2015