Narrativa
03 08 2015
Aquel año que pasé en Roma por Mariano Rodríguez
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Me levanto como a las ocho. No porque tenga que hacerlo, (aunque sí debo hacerlo) sino porque una parte de mi cerebro quedó enganchada a la hora de Buenos Aires y hay un partido que quiero ver. Aunque, como dije, tengo que levantarme a esa hora.
Mientras preparo café, acepto mi futuro inmediato; voy a ver el partido y llegar tarde a donde debería estar yendo. Treinta minutos después (puchitos más/menos) suena el teléfono.
—Hola.
—Te hemos dicho que cuando aceptaras este trabajo ibas a tener que cambiar.
—Sí, me acuerdo. Estoy en medio de un mega problema.
—Me imagino.
—Es muy vergonzoso.
—¿Sabes cuánto duele un tiro en la pierna?
—¡¿Te pegaron un tiro en la pierna?!
—No eres exactamente rápido, ¿verdad?
—¡Ah! Hablás de mí, perdón, entiendo, yo sería...
—El del tiro en la pierna.
—El del tiro en la pierna, exacto. Es una amenaza.
—Ajá.
—Bueno, no quiero averiguarlo.
Gol de Vélez.
—Pero creeme que estoy hasta las bolas con todo este tema acá.
—¿Qué tema?
—Por favor, no me hagas mentirte. Un tema vergonzoso y grave, de otra manera estaría con ustedes, allá.
—Di una vuelta por tu apartamento el otro día.
—Bien.
—Y hablé con el panadero, cruzando la calle.
—Todo acorde a un país libre.
—Me dijo "¡Así que su amigo es mafioso! Me encanta todo eso del crimen organizado."
—Mmm... no suena a algo que diría don Silvio.
—Bueno, pero lo dijo. Me pregunto, ¿es posible que andes por ahí diciendo que eres de la mafia?
—Absurdo, aunque sí tengo un vago recuerdo de charlar con don Silvio. Creo que, dejame recapitular...
El panadero acude a mi mente. También aparezco yo diciendo:
—Don Silvio, me dejé la billetera en el departamento.
—No hay problema, me paga después.
—Gracias, se lo traigo enseguida. Puede confiar en alguien que trabaja para la mafia italiana.
Fin de la recapitulación.
Golpean la puerta y corto el teléfono. A una persona que te estaba hablando por teléfono le podés mentir que se te cortó, pero si hay alguien del otro lado de la puerta y escucha la tele prendida y que estás hablando, ahí no te podés hacer el tonto.
Abro. Es un señor que (creo) trabaja conmigo. Estoy casi seguro de que se llama Vito, pero me da como sospecha que se llama Tito. No quiero quedar mal. Si me pongo colorado tardo como quince minutos en descolorarme.
—Cómo va, don Vito.
—¿Vito?
—No dije eso.
—¿Qué haces en tu casa?
—¡Pues aquí vivo! ¿Qué hace usted, déjeme preguntar?
—Vengo a buscar micrófonos.
—No tengo micrófonos.
—¿Y cómo lo sabes?
—Pues hombre, es como que me diga "vengo a buscar la pintura de los perros jugando al póker". Tampoco tengo una y lo sé.
—¿De qué demonios hablas niño?
—Micrófonos.
—Apártate.
El tipo entra y me muevo porque tiene un par de hombros que apenas pasan por la puerta. En el perfil que me enseña puedo observar unas diecisiete cicatrices. Violentos, estoy rodeado de ellos. Vito abre su gabán, que por la mugre que tiene seguramente detendría una puñalada, y saca un aparatín bastante gracioso con una antena en forma de rayo. Ahora caigo que el tipo busca micrófonos como de la policía o algo así.
—¡Ah, micrófonos de esos! ¡avisá!
Vito me mira y sigue dando vueltas por la habitación, yo busco una tijera.
—¿Qué haces, niño?
—¿Querés media pepa? Haceme la segunda porque si no la voy a tomar toda.
—¿LSD? Eso es para negros y latinos.
—Si guardo la otra mitad la pierdo, ¿vos viste el tamaño que tiene esto?
Penal para Vélez y suena el teléfono de nuevo. Dios, esta gente no entiende que soy un espíritu libre, voy a trabajar y trabajo, pero el día que no voy, no fui.
 —¿Señor Rodríguez?
—Cierto.
—¿Usted mandó un cupón para el concurso "Vietnam hoy"?
—No lo dude.
—Ha ganado.
Apenas puedo contener un grito de alegría. Gol de Vélez (además).
—¡Don Vito, me voy a Vietnam!
—¿De qué demonios hablas, niño?
—Me pego una ducha. Llámeme un taxi al aeropuerto mientras, no sea mal amigo.
Entro a bañarme. Me propongo hacer una ducha record. La pepa no debe pegar en el taxi o en el check in. Ya una vez sentado en la zona de abordaje es aceptable.
Debería mandar un mail al laburo y pedir disculpas. Esta gente, a fin de cuentas, confió en uno. Aunque ¿por qué esta sensación tan oscura de que tenía cosas que hacer?
El stress nos juega malas pasadas a todos.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Mariano Rodríguez nació en Buenos Aires en 1983. Nieto de gallegos y asturianos por partes iguales. Reside en Argentina. Trabajó como realizador audiovisual, guionista de comics y TV, dramaturgo, operario en fábrica de helados y otros empleos notables, y encargado de un hostal, por nombrar algunos. Ahora se dedica a escribir cuentos.