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Homenaje
07 12 2015
Encuentro con Fernando Arrabal, Rector insigne de la modernidad por Héctor Loaiza
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En el Festival de Aviñón, en 1972, vi un cortometraje en blanco y negro de Arrabal en un cine. Un Arrabal joven, con anteojos y la barba sin rasurar, llenaba la pantalla narrando en francés con su acento hispánico escenas de lo más absurdas y crueles para provocar una reacción en el espectador. Sus ojos parecían despedir chispas.

Sofía Imber, la directora del suplemento cultural de El Universal de Caracas, me había sugerido en 1985 que le entrevistara. Con su simpatía natural, Arrabal me recibió en su departamento y, por esa época, estaba apasionado por el arte y realizaba pinturas y collages surgidos de su imaginación desbordante. Para hacer dichas obras, utilizaba una pequeña computadora y la programación, de modo que sabía de antemano el resultado de su collage. Eso me sorprendió bastante en una época en que todavía no se conocían los escáneres ni los programas informáticos de diseño. En la presentación de la entrevista, escribí: "Fernando Arrabal, español célebre radicado en París, escribe en la lengua de Góngora y en la de Rabelais. Usa el escarnio y lo absurdo para sacudir al lector o al espectador. Personaje barroco y surrealista, no contento con haber brillantemente invadido el escenario de los teatros y las pantallas con sus fantasmas, desde 1984 ha tomado el pincel y la computadora para dar rienda suelta a su imaginación irrefrenable. El resultado son cuarenta y dos cuadros, collages con acrílico y sobre lienzo, con el sugestivo título de Historias Universales y sus veintidós obras Los amores imposibles".

Arrabal estuvo marcado por la muerte/desaparición de su padre durante la Guerra Civil española y fue denunciado por su propia esposa por ser republicano y agnóstico, como describe con ternura conmovedora en su novela Baal Babilonia y en su película Viva la muerte, basada en la anterior. El gran escritor francés Pieyre de Mandiargues ha escrito: "’Viva la muerte’ es una obra maestra absoluta. Una de las más deslumbrantes vistas en mi vida". Al filmar su infancia de pesadilla con un realismo minucioso, hizo el mayor fresco de la vida cotidiana durante la dictadura del generalísimo Franco. Describió la dominación de las mujeres por medio de reprimendas y de una extrema religiosidad. En la escuela, el niño pasó por la experiencia del castigo, que era el método de enseñanza predilecto. En sus juegos, los niños reproducían el dolor físico y se complacían con la mutilación que hacían a los animales.

Desde 1985, conversé varias veces con él en su departamento parisino. Siempre se mostró curioso por lo que sucedía en América Latina; principalmente, en el Perú. La última vez que nos íbamos a ver fue una cita fallida en 2006: le había prometido ir con Jeanine —la que fuera mi esposa— y Azélia —nuestra nieta de siete años. Por desgracia, ellas se retrasaron mucho en la Cité des Sciences et de l'Industrie en La Villette, en el suburbio noreste de París. Le pedí disculpas por teléfono y él me respondió con su buen humor que mi esposa y mi nieta me hacían sufrir mucho.

Esta vez, preferí tomar un taxi para llegar a la hora convenida a mi nueva cita con Arrabal considerando que tiene tantos amigos y admiradores que van a visitarle; sobre todo, después de haber estado enfermo. Durante el recorrido, cavilaba en la relación de Arrabal con España. Empezó con su exilio en París, en 1955, donde encontró el ambiente necesario, así como amigos intelectuales y artistas de diversas nacionalidades y un mayor interés por sus primeras obras dramáticas. En 1967, cuando regresó a su país, escribió en una dedicatoria de un libro suyo la frase: "Me cago en Dios". La Policía franquista le detuvo por ese "delito" en el Hotel La Manga de Murcia y, esposado, le llevaron a la Dirección General de la Policía de la Puerta del Sol, en Madrid. Franco le hizo condenar a doce años de prisión. Samuel Beckett, Eugène Ionesco, Gabriel Marcel, François Mauriac, Arthur Miller y otros intelectuales solicitaron su libertad. Después de pasar un mes en la prisión de Carabanchel (Madrid), fue liberado y regresó a París. Pese a la instauración de la democracia en España, Arrabal siguió siendo un exiliado, porque los críticos ignoran su obra prodigiosa. Su Teatro completo fue publicado en dos volúmenes de más de cuatro mil páginas por la Colección Clásicos Castellanos de la Editorial Espasa. Pese a que recibiera el Gran Premio de Teatro de la Academia Francesa, el Espasa de Ensayo, el Worlds Theater, la Legión de honor francesa y su La Torre herida por el rayo premiada con el Nadal de novela y el Nabokov internacional, Arrabal sigue siendo ignorado en su país natal. El año pasado, declaró que Picasso en vida y él ahora no habían perdonado a España por su indiferencia. Por supuesto, escribir una biografía de Miguel de Cervantes —como hizo Arrabal— revelando que no solo era judío, sino también homosexual, fue la mayor afrenta que se podía hacer al chovinismo hispánico.

Cuando llegué al cuarto piso, Arrabal me estaba esperando en el rellano, decorado con obras de arte para conmemorar el año nuevo de la Patafísica en el 143º aniversario del nacimiento de su creador: Alfred Jarry.
No le había visto desde hacía más de diez años, y me impresionaron su rostro jovial y, como siempre, su buen humor. Su departamento es un museo. En los muros de su salón, se ven lienzos de Picasso, Botero, otros grandes artistas y los cuadros de gran formato que, a partir de sus croquis, artistas amigos han pintado retratos suyos y algunas escenas imaginadas por él. Los rincones están decorados con esculturas y otras obras de arte. Me invitó a sentarme frente a él. Teníamos la mesa entre nosotros, cubierta de libros y otros objetos. Yo admiraba a ese rostro que, con más de ochenta años de edad, parecía candoroso como el de un niño cuando cerraba los ojos en actitud de recogimiento. Entonces, le dije que su cara era única en el mundo, y más bien parecía surgida de una película de ciencia-ficción. Su rostro era más transparente que el de Carlos Castaneda, que, cuando le conocí en 1982 en Ciudad de México, se mostraba arrugado como un botón de peyote.

Hablamos de cine y de literatura. Le comenté que, últimamente, muy pocos novelistas habían logrado realizar películas que perdurarán en la memoria de los espectadores. Las únicas excepciones eran Robbe-Grillet, Marguerite Duras y Arrabal, ya que largometrajes como ¡Viva la muerte! o Iré como un caballo loco quedarán como clásicos del cine universal. Le comenté el rotundo fracaso de la película La posibilidad de una isla, dirigida por Michel Houellebecq, en la cual Arrabal interpretó el papel de emperador. Le pregunté cuáles eran las razones de semejante revés: el guión era malo, el director no supo manejar a los actores para crear una atmósfera adecuada o era un problema del argumento. Arrabal me manifestó que, seguramente, la novela del escritor francés era muy difícil de adaptar al cine. Tenía razón, hay que comparar la novela de Arrabal Baal Babilonia —con un estilo tan límpido—  con la complicada estructura de la obra de Houellebecq.

Como cada vez que nos encontramos, me habló de un antepasado suyo, el poeta del siglo XVI Diego de Silva y Guzmán —sobrino de Feliciano de Silva, autor de una versión de La Celestina— que llegó al Cuzco con Hernando Pizarro poco antes del sitio de la capital imperial por parte de Manco Inca. Tras la derrota del descendiente de los emperadores, Diego de Silva y Guzmán se arraigó en la ciudad y, durante las guerras civiles entre los conquistadores, tomó el partido de los hermanos de Francisco Pizarro contra los hermanos Almagro. Se convirtió así en el vecino principal de Cuzco, poseyendo una de las mansiones más lujosas del nuevo Virreinato de Perú. Hasta ahora, la pequeña plaza donde estaba su casa se llama plaza de Silva.

Viendo la situación ideológica tan confusa en Francia durante un período preelectoral en el que se veía el crecimiento de la extrema derecha, le pregunté qué pensaba de la crisis. Me respondió que nos había tocado vivir una época magnífica que incitaba a la creación. Me recitó uno de los poemas de Quevedo, en el que se quejaba del estado de España en el siglo XVII, y comentó que esa crisis había dado el Siglo de Oro de la literatura hispánica con Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, el mismo Quevedo, Baltasar Gracián y otros.

Cuando Arrabal empezó a citar a Platón y la crisis, sonó el timbre del interfono anunciando la llegada de un nuevo invitado, pero resultó ser una invitada. Apareció también su esposa, Luce Moreau, con su dulzura y cortesía características, de quien Arrabal dijo en otra oportunidad que era su musa. En efecto, su esposa es personaje de su drama Fando y Lis y también en otras obras. Reconocida hispanista en el ambiente universitario, Luce Moreau sustentó en 1997 su tesis de doctorado de estado Literatura española —  1500-1700 — Monstruos en la literatura, que es un inventario de las criaturas fabulosas y de las razones que explican el nacimiento de ese bestiario. Luce Moreau es también escritora, publicó el libro Monadas (1).

Como nuestra conversación se interrumpió con el arribo de la nueva invitada, me acompañó hasta el rellano y nos despedimos. En el ascensor, me pregunté: "¿Cuándo el jurado del Premio Nobel se convencerá de la importancia y el alcance de la obra grandiosa de Arrabal?" Espero que muy pronto.

 

 

 

 


(1) Edición bilingüe en francés y español, Libros del Innombrable, Zaragoza, 2007.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Nació en Cusco (Perú). Vivió en Buenos Aires de 1959 a 1962. Estudios en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos de Lima. Sus cuentos fueron publicados en revistas literarias. Reside en Francia desde 1969. Publicó en francés “Le chemin des sorciers des Andes”, Robert Laffont, París, 1976, “Botero s’explique”, La Résonance, Pau (Francia) en 1997, “El camino de los brujos andinos” en Diana de México, 1998 y la novela “Diablos Azules”, Editorial Milla Batres, Lima, 2006. La edición francesa de la novela “Démons bleus à Cuzco”, Éditions La Résonance, Pau (Francia), 2009. La reedición en español de "Diablos Azules" fue publicada por Éditions La Résonance, Pau (Francia), 2010. Desde 1976, es miembro de la Société des Gens de Lettres (SGL) de París y de la Société Civile des Auteurs Multimédia (SCAM). Entre 1981 y 1999, ha colaborado en semanarios y revistas de París y en diarios latinoamericanos con artículos sobre literatura y arte. De 1998 al año 2000, fue director de la revista en francés Résonances que —a partir de enero de 2001— se convirtió en el website, Resonancias.org.