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Homenaje
07 12 2015
ArraBaal en busca de Babilonia por Domingo González Pujante
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Ingresar en lo de Arrabal es sumergirse en un mundo maravilloso y fascinante. Es descubrir discretamente una parte de la historia literaria y artística del último siglo. Es como beber vino "Arrabal" etiquetado exclusivamente para él. Es cortar el jamón serrano en la cocina con Luce Moreau-Arrabal, su "novia", esposa y musa con caras múltiples de sus obras (Lis de Fando y Lis, Laïs de El jardín de las delicias, Lucasa de Ceremonia para un negro asesinado, Li de Concierto en un huevo, Silda de La Coronación, L. de Una cabra sobre una nube, Liska de Una tortuga llamada Dostoievski, Loïs de Una naranja en el monte de Venus, Lili de El cielo y la mierda II, Elisa de El Rey de Sodoma, etc.). Es descubrir en los inodoros los numerosos premios recibidos. Consiste también en compartir una conversación con otros amigos, un joven actor y director. Es hablar de Topor, Jodorowsky, Picasso, Sartre, Simone de Beauvoir, de André Breton, de Boris Vian... Es descubrir unos ojos brillantes y una expresión infantil cuando abre la caja que encierra el pequeño robot rojo que le ofrezco y recibo a cambio unos libros raros. Es sentir la humanidad del genio.

Arrabal, que llevaba una camiseta negra con una versión de "pánico" (fotomontaje de Christèle Jacob y fotos de Maxime Godard) de La Lección de anatomía del Doctor Tulp de Rembrandt, donde los jefes de todos los personajes, el doctor y el cadáver incluidos, fueron reemplazados con su propia cabeza, ha puesto, lleno de satisfacción, mi trabajo en el piano, ubicado detrás de su trono. Por encima del piano, había un cuadro pintado por S.M. Félez a partir de bocetos de Arrabal, representando la Última Cena, donde Jesucristo es el propio Arrabal, el Santo Espíritu Roland Topor (en el cielo) y donde los doce apóstoles son representados por grandes artistas del siglo XX: Dalí, Ionesco, Nabokov, René Thom, Kafka, Beckett, Mishima, Kundera, Wittgenstein, Duchamp, Picasso y Borges. Comparten libros, vino y pan. Era la oportunidad de ver una vez más la importancia de la (con)fusión de las artes en su concepción vital, artística y de compartir el principio de la creación.

En mi mente y en mi corazón, solo puedo asociar la figura de Arrabal que al del gran humanista valenciano Juan Luis Vives. Vives nació en Valencia en 1492, el mismo año cuando los Reyes Católicos conquistaron Granada, el último reino musulmán en la península ibérica, el mismo año en que Cristóbal Colón llegó a América. Arrabal ha pasado poco tiempo en Valencia, como Vives solo ha estudiado dos años en la Universidad de Valencia, de 1507 a 1509. Sabemos que la familia Vives desempeñó un papel importante en el mundo de los comerciantes judíos, religiosos y ricos de Valencia. Para proteger sus vidas y evitar ser expulsados se vieron obligados a convertirse al cristianismo. Sin embargo, para practicar su culto siguieron asistiendo a la sinagoga donde se les sorprendió en plena liturgia lo que desencadenó un proceso de la Inquisición. De manera que el padre envía a su hijo Luis a estudiar en el extranjero. Se le encuentra en la Sorbona en 1509. Después de haber terminado su doctorado, se establece en Bruges, donde le llega la noticia que su padre ha sido condenado y quemado en 1526. En cuanto a su madre, Blanca de March, muerta en 1508, será desenterrada y sus restos quemados en 1529. Algunos siglos más tarde, una historia paralela que se repite con algunas variantes en los "poemas" La Piedra de la locura (1963) de este gran poeta llamado Arrabal, libro considerado por André Breton como una obra maestra del surrealismo.

Fernando Arrabal, como Luis Vives, es el resultado de una circunstancia única que marcó y cambió el curso de la Historia, de su historia. Retoma el testimonio de un padre ultrajado que le dice: ¡acuérdate de mí! Y Arrabal precisa: "A menudo me preguntan lo que tiene mayor influencia en mí, lo que más admiro, y luego, olvidando a Kafka y Lewis Carroll, el terrible paisaje y el palacio infinito, olvidando a Gracián y a Dostoievski, los confines del universo y el sueño maldito, yo respondo que es un ser de quien solo consigo recordar sus manos contra mis pies de niño: mi padre."

Conocemos la historia. Fernando Arrabal Terán nació 11 de agosto 1932 en Melilla, un enclave español en el norte de África. A los cuatro años, comenzó a vivir intensamente la experiencia traumática de la guerra de España, mal llamada guerra civil, más bien "incivil" como el autor lo dice a menudo. Esta guerra dejará secuelas inolvidables en su memoria, en su cuerpo y en su producción. El autor habla de su padre, detenido, condenado a muerte y luego desaparecido en un texto muy conmovedor, escribe poco antes de su detención y encarcelamiento por la policía durante su visita a España en julio de 1967.

[...] A veces, cuando pienso en él, la naranja y el cielo, el eco y la música, se visten de tela de saco y púrpura.
[...] Y cuando le llamo, el silencio se llena de escaleras de hierro y de alas.
[...] Pero he viajado con él de la mano -en la imaginación- , por senderos y galaxias, acariciando bestias inexistentes, bebiendo de los manantiales y de los agujeros de agua dulce en la arena.
Mi padre era un "rojo". [...] Me gusta pensar que tengo las mismas ideas artísticas y políticas como él. Y como él, yo canto con la emoción temblorosa, de espejos nadando en el mar, y en el delirio.
[...] Sin embargo, la calumnia, el silencio, el fuego y las tijeras no han apagado la voz de la sangre que atraviesa las montañas, y me baño de luz y de linfa.
[...] Me lo imagino en el centro de un caleidoscopio iluminando mis penas y mis inspiraciones…
(Viva la Muerte. Baal Babilonia, 1971).

Todos estos elementos están presentes en su primera novela, Baal Babilonia de 1959. Aquí está el principio: "Un hombre me enterraba los pies en la arena. Era en la playa de Melilla. Recuerdo sus manos alrededor de mis piernas y la arena de la playa. Ese día hacía sol, me recuerdo”. En este relato, una voz infantil se impone en primera persona para hablar insidiosamente a una madre odiada —por haber denunciado ante las autoridades franquistas al padre, al menos en la imaginación del autor, y por usurpar su poder— y al mismo tiempo idolatrada, presente y contradictoriamente ausente. Lo que más conmueve en esta novela es la ternura, el susurro interior, el despertar inocente a la sexualidad y al deseo más puro en un universo de crueldad generalizada, el pecado y el castigo, hasta la ignominia, donde el narrador-niño se siente extranjero, torpe e incomprendido.

Pensé que podría empezar diciendo: "Mi mamá es una flor" o bien "Mi mamá es una rosa". La hermana me dijo que estaba bien. Le pregunté si era mejor con la rosa o con flor. La hermana me dijo que con la flor.
Pensé que podría empezar diciendo: "Mi mamá es la flor más bonita.” La hermana me dijo que no toque el primer verso y buscara el segundo. Me puse a pensar en el segundo verso.
Pensé que podía decir: "Mi mamá es la más bonita flor —y la quiero más que un motor.” Lo leí en voz alta y vi que rimaba. La hermana me dijo que era demasiado prosaica.
"Mi mamá es la más bella flor — y la quiero con todo mi corazón"
"Mi mamá es la más bella flor — que Dios le dé felicidad", "Mi mamá es la más bella flor — desde España al Ecuador." La Hermana eligió: “Mi mamá es la más bella flor – que Dios le dé felicidad."

Cuando tú llegaste a Villa Ramiro, leíste mi poema en el comedor. La cara me quemaba. Entonces me besaste. Lo aprendí de memoria. Y no lo he olvidado más:

Mi mamá es la más bonita flor,
que Dios le dé felicidad.
cada día la querré más.
y yo me recordaré siempre.

Y tú, mamá, ¿te acuerdas?


El título Baal Babilonia forma precisamente parte del universo bíblico y religioso en el que el autor se crió. La madre alude en la novela cuando cita a una máxima de ese Dios que castiga, intolerante frente a la diferencia de otros pueblos y otras religiones: "Yo castigaré a Baal en Babilonia" frase pronunciada cada vez que el niño deseaba conocer el destino de su padre. Maurice Nadeau califica a la novela de extraña rapsodia, y Dominique Sevrain señala que el libro narra la historia fascinante y bárbara de una infancia quebrada como la tierra que lo ha acunado. Este libro, "que refleja el horror y el caos de la historia, es [...] la novela más violenta de la crueldad." Aquí está el germen de toda producción posterior del autor, muy autobiográfica: un padre desaparecido, símbolo de la libertad, y una madre castradora que encarna la traición, la figura ambigua, amada y detestada, presente en toda la obra arrabaliana. Babilonia representaría de cierta manera aquella ciudad secreta que encierra los recuerdos en claroscuro de su infancia.

EMPERADOR. - ¡Azótame con el látigo! [...]
ARQUITECTO. - ¡Arre caballito! ¡Más rápido! ¡Tenemos que llegar a Babilonia! ¡Más rápido! ¡Arre!
EMPERADOR. - ¡Cómo! ¿No te has puesto las espuelas? […] ¿Cómo quieres que lleguemos a...
ARQUITECTO. - A Babilonia.
El EMPERADOR, asustado. - ¿De dónde sacaste esta palabra? ¿Quién te la ha enseñado? ¿Quién viene a verte durante mi sueño?
Se abalanza sobre él y lo estrangula un poco.
ARQUITECTO. - Eres tú que me la has enseñado.
EMPERADOR. - ¿Yo?
ARQUITECTO. - Sí, tú dijiste que era una de las ciudades de tu imperio, de Asiria
(El Arquitecto y el Emperador de Asiria, 1967).

Arrabal, que vive en Francia desde 1955, que recibió la Legión de Honor francesa y mantuvo su nacionalidad española como un tesoro, encarna la figura y el destino del extranjero, del desterrado, como piedra angular de la civilización europea, desde el punto de vista social y cultural como también religioso. Se trata del último avatar de un recorrido que comienza como Julia Kristeva lo recuerda en su ensayo: Extranjeros a nosotros mismos (1988), en la Grecia antigua con sus “metecos”, y "bárbaros", en los Judíos que pusieron a Ruth la Moabita, la extranjera convertida a los fundamentos de la estirpe del rey David o San Pablo que predicaba entre los trabajadores inmigrantes que se convertirán en los primeros cristianos. Arrabal se inscribe sin ninguna duda, en la estirpe de Vives, pero también en la de los autores citados por Kristeva: Erasmo, Rabelais, Montaigne, Diderot, Nabokov o Camus.

Fernando Arrabal rememora en ¡Champagne para todos! (2002), un título que parafrasea la famosa invitación de Roland Topor, esos fértiles años de amistad cómplice y de creación lúdica y abundante, amistad loca y revoltosa vivida junto a ese gran y prolífico escritor francés de origen judío y polaco, muerto prematuramente en 1997, esos años "pánicos": "Auto-expulsándonos… sin jamás rodar demasiado rápido a la inmortalidad [...] en el Café de la Paix... ¡mierda! [...] Nos negamos a conocer los encantos y la agresividad de las excomuniones y las entronizaciones... de partidos, de grupos, de movimientos o grupúsculos más o menos artísticos. ¡Sin pena ni escalofríos! "
Aquí lo tienes. Sucede... Que las puertas de Babilonia se abran para recibirle como se debe: ¡Viva ArraBaal!

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Fernando Arrabal nació en Melilla (Marruecos Español) en 1932, de padre republicano y madre franquista. Su padre era oficial del ejército español. Desde 1954 reside en París. Algunos títulos de sus dramas: "El cementerio de automóviles", "La comunión solemne", "El arquitecto y el Emperador de Asiria"... Sus películas: “Viva la muerte", en la que describe su infancia, atormentada por la desaparición de su padre durante la guerra civil española y la dictadura franquista. Además es poeta y pintor, como lo muestra el voluminoso libro de arte, "Arrabal espace", editado en francés en 1993 por Ante Glibota, y que presenta su obra literaria, dramatúrgica, cinematográfica y artística. Recibió en España el Premio Nacional de Teatro 2001, el Premio Nacional de Literatura Dramática 2003 y en 2006 le concedieron la Legión de Honor francesa.