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Poesía
01 03 2016
Para viajar fuera del tiempo por Osvaldo Vargas Salomé
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I
… UNA BOTELLA EN EL ESPACIO.

Cuesta mucho elaborar
una memoria si la
vida en términos es
corta, y por su parte,
el tiempo sobra;
en un plano solitario,
oscuro, frío y desolado,
donde brillan negras
las estrellas, atravesadas
por mil agujas indoloras
que trasportan verdades
monstruosas.
 
Pero aún recuerdo, en
tan poco confiable sea
mi memoria, esos días
que vestía sinceras ropas
y no apariencias andrajosas.
Cuando, acaecidas las
primeras formas de vida,
el albor de la inteligencia
rayaba la razón, y no era
la razón signo de deficiencia.
 
Sí, aún recuerdo el
resplandor que suponía
concebir la futura herencia;
antaño, cuando en nos,
a los que llaman dioses,
existía el amor y no
la indiferencia.

Tiempo antes de saber
lo que de nuestras manos
emergía. Degeneradas, tercas
criaturas, que en los fangos
de su especie se retuercen,
tras cerrar el ciclo con fuego
y heces; lágrimas fugaces
derramamos y a las que su
inmisericordia pide deseos.
¿Es que no hay para su sed
de dolor y miseria llenadero?
 
Hoy se acaba para nosotros.
Es el fin para los que les
permitieron ver la luz de mil soles,
y espero, por los que me precedieron,
que llegado su momento, hayan
aprendido más de dos lecciones.
Pues he de confesar que, en mi
juventud, previa a la inmortalidad,
yo sabía reír, sabía llorar
sabía herir y odiar; era terco,
egoísta y obstinado, y a pesar
de ello, preferiría ser
recordado por el epitafio:
¡Todo soy menos humano!


II
… UNA CARTA VARADA EN LA VÍA LÁCTEA.

Y conviene pensar…
Pensar…
¿En qué pensar?

Dios en el cielo,
en su castillo de cristal,
mira hacia abajo;
los campos de cuerpos sembrados,
momificados…
Y el mar…
Así huele la muerte.
Comparte el aroma a sal.

Sí, conviene admitir
que de besar dan ganas,
a la tierra con las nalgas.

Clava…
Clava como afilado puñal
en el horizonte la mirada.
Aspira…
Siente…
Disfruta…
Fuego en la piel;
hielo en el alma.
Dan a ofrecer la tercera llamada.

Parte la escena:
la belleza en las miserias,
el mar en las guerras.

Tristes…
Tristes sinalefas….
Tragedias…
Intransigencias…
Testimonios en la playa,
en la ceniza,
que antaño tuvo rostro;
hogaño mentira,
en sueño sonrisa.

Conviene…
Conviene…
En aguazada melancolía,
dar a saborear el postre:
la vida de millones de familias.
Intrascendentes…
Sin voz ni defensa,
familias enteras,
arrastradas
por las cálidas corrientes,
en indolora agonía.

Conviene, sí, conviene,
al miedo debatir,
estirar la mano,
acariciar sin daños en el alma
ni astillas en la consciencia,
el ancho lomo de la bestia;
aquella que carga a la raza humana…
Móvil de históricas peripecias,
símbolo de nuestra naturaleza.

Y a lo lejos, por lo cerca,
en torno a la fogata,
escucha desde las gradas,
desde la profundidad ígnea de las aguas,
croar aves menguantes,
apreciar el aleteo de un escualo;
irreverencia sin engaño,
verdades estimulantes
¡Disfruta el espectáculo!

Conviene aplaudir:
¡Anda!
Truena las palmas,
escupe risotadas…
¡Clap, clap!
¡Ja, ja, ja!
¡Clap, clap, clap!
¡Monos a bailar!
Rojo se cierra el parpado,
no te quedes sin arrojar
un tomate más;
míralo estallar…
Al cerrarse el telón,
nada quedará.

Y una voz anonadada,
sin aliento,
entona la balada final:


III
… UN CANTO PLANETARIO.

A la deriva del espacio,
calmo,
calmo,
raudo…
 flota un teatro…
silencioso y solitario.

Es, al cabo de mil herencias
en esa estrella,
siempre y nunca primavera,
donde nadie y todos practican:
la tragedia,
el drama,
el romance
y la comedia,
sin actores en escena.

¡Ilumina!
Faro en lo alto,
nocturno presagio,
al los restos vacíos de mis hermanos
¡Ilumina!
¡Ilumina y con mil ojos mira!
¡Mira allá en lo bajo tu escenario!
los cuerpos y vestigios,
ruinosos, desvaídos y abandonados,
restos del ingenio de aquel…
¡Aquel ilustre desgraciado!

A tal punto la duda hace mella
sobre la verdad de tu pasado.
Mira, observa el itinerario,
las firmas y los nombres
de quienes te pisaron.
Allí prolifera la vida
pero mueren las letras.
No hay poetas en invierno
ni poemarios en verano;
todo actor transmite desencanto.

Y la audiencia reprime el llanto,
contiene la risa,
resguarda su natural descaro.
Causa el tiempo clímax semejante,
que produce expectación
incluso en el más ignorante;
de ver como vuelta y vuelta
borra la inocencia
el epitafio
de la cripta que erigieron
los fantasmas que te poblaron.

¡Ilumina!
Fuego fatuo;
despliega tu cabello dorado
torno a la pira de mis hermanos.
¡Ilumina!
¡Ilumina y se testigo!
¡Mira allá en lo bajo el escenario!
los cuerpos y vestigios,
ruinosos, desvaídos y abandonados,
restos del ingenio de aquel…
¡Aquel ilustre desgraciado!


IV
… UNA CRIPTA ERRANTE; TRES EPITAFIOS A LOMOS DEL COMETA HALLEY.

De fútiles monumentos a imponentes rascacielos,
ninguna obra mía en vida se compara a la de hoy día.

De los niños el candor y los adultos los estragos.

Vivo del sueño, sin querer despertar jamás.
Si despierto, ella desaparecerá…


V
… UN EPÍLOGO ESCRITO EN EL DORSO DE UNA SERVILLETA.

Después de tanto buscar
la respuesta a una pregunta universal,
ella misma nos encontró: la evolución…
la cumbre de la sana inmortalidad.
Pero, para evolucionar, había que heredar.
Para heredar… había que morir.
No sé si fue la impaciencia,
nuestra característica en esencia,
lo que condujo tan simple empresa
a una erradicación sin precedencia.
No lo sé… y poco nada queda para averiguar,
a base de especulaciones, lo que pude ser:
lo que ya no será…
y es que el oxígeno se acaba, el reloj avanza…
mi vida…
se acaba…
Sólo me queda aguardar tan fatídico final,
y en el transcurso mirar, a través del cristal
de la ventana al mundo; nuestro antiguo hogar,
adquirir su arrebatada tonalidad.
Y… a pesar de tener objeciones, perdonad, pero…
me alegra fracasara nuestro plan.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Osvaldo Vargas Salomé, oriundo de Mochitlán, Estado de Guerrero (México), 1996. Sus intereses personales abarcan un amplio abanico de temas, aunque no ha tenido la ocasión de revisarlos detenidamente. Comenzó a leer libros a la edad de 16 años, una tarde sin electricidad que terminó en el enfrascamiento absoluto de la novela, “El caso de Charles Dexter Ward”, de H. P. Lovecraft. Fue su primera incursión a las letras. Sus géneros preferidos van desde el drama, la tragedia hasta la fantasía, la ciencia ficción y el terror.