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Narrativa
04 07 2016
Miedo al mal moral y otras prosas de Gerardo Carrera Castaño
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MIEDO AL MAL MORAL

Tengo miedo de cerrar los ojos y encontrar a la Tristeza en pompa, con la piel tersa y blanquecina, queriendo que la azote y probar a excitarse. Y que le guste y quiera más y la rojez de sus nalgas me deslumbre y ciegue y piense que quiero más. Que la Tristeza se arañe y desgarre y su rostro se agriete en la Desidia, y Desidia, vieja y gorda, siga queriendo más y yo siga por costumbre. Y la vieja gruña y su placer se diluya en el tiempo de sus arugas, y yo no sepa que la azoto porque sigue su gruñido de canto de sirena varada, mohosa en la piel mojada, y que los hongos la cubran con sus hifas, y sobre su piel crezca una joven, pálida y pura, y que ella no quiera mirarme, y yo seguir por costumbre, azotando el culo en pompa, pero que en realidad me avergüence, y yo quiera que me mire y me perdone, y que ella no quiera mirarme y perdonarme. Y yo siga hasta que el moho me cubra por completo, y mi esqueleto de hueso y esporas que sujeta, por costumbre, a una niña con el culo en pompa que no envejece, y la mano, en su trayectoria, hace tiempo que se haya parado, petrificada e inmóvil, queriendo seguir, por costumbre, detenida, por el tiempo.

Tengo miedo de abrir los ojos y encontrar a la Tristeza degollada.

 

ALMAS MARCHITAS

El Vendimiador se me acercó en una esquina. “Venga usted, le veo muy triste”. Nos acercamos a un trastero en el que había tres hombres sentados en torno a una baraja. De vez en cuando alguno cogía una carta y la volvía a tirar. Siempre caían boca abajo. “Traigo a esta alma triste”, dijo el Vendimiador. “Siéntese, no nos ofenda”, dijo el Vendedor. Los otros dos estaban vueltos. El Vendimiador y yo nos sentamos, y el Vendedor hablaba: “no piense que no sé lo que le pasa, usted necesita un alma más pura, un alma de ninfa. Le ofrezco un alma de una niña recíen sangrada”. “Yo no necesito un alma nueva”, le dije. “Ellos dijeron lo mismo –dijo el Vendedor–, que no necesitaban un alma, y la suya se agrietó y se quedaron sin rostro”. Los dos hombres se volvieron y me mostraron sus rostros lijados a hierro. “Y si le compro un alma nueva, ¿qué pasara con la mía?”, le pregunté. “Usted me dará entonces su alma a cambio; pero no se preocupe, la suya es un alma sin valor, solo la podré usar para apostar”. “Si tan poco vale mi alma, hagámoslo”, le dije. “Tu alma a cambio de la de la niña, ¿es ese el trato?”. El Vendedor me tendió la mano. Se la apreté con fuerza, con delicadeza, con temblor... La niña fue niña hace años, y la humedad sin cuerpo la pudrió.

 

ODA DE LA BRUJA AL MONSTRUO –EL PENE DE UN VIOLADOR.

¡Oh, Tapuica! Adelanta tu pierna izquierda, luego la derecha, el muslo central y encorva la serpiente enroscada. Déjala que ladre al desgarrarse y rasga el suelo con tus zarpas.
¡Oh, Tapuica! No te engañes o te dejes engañar; deja que se abrasen tus ojos, que el calor erecte tu cuerpo y la piel tirite de rigidez.
¡Oh, Tapuica! Si te piden que pares embiste, asusta si no quieren que aparezcas: escóndete entre el follaje, camuflado, y acércate cuando te den la espalda.
¡Oh, Tapuica! Y si te cae una lágrima no llores, que seguirán asustados. ¿Qué hay más horrible que un monstruo que se arrepiente?

 

EL COBRADOR Y LA ESTANQUERA

Como cada día el Cobrador de Almas paseaba por una ciudad esquinosa. Una de las esquinas, con una vertical de cuerdas de lino verde y un toldo triangular, hacía de estanco. La Estanquera se subía las ligas mientras un gato negro corría a toda prisa. El Cobrador se paró y la saludó. La mujer entornó las cejas. “¿A que no sabes a quién cobré hoy?”. “No, ni me interesa”. El Cobrador, con sus largas manos de huesos, se apoyaba en las cuerdas. Crujían sus articulaciones, chirriaban los dientes y su larga sombra parecía reírse disfrutándolo. “Le cobré al judío Agulia, su alma no merecía la pena de arrugada”. La Estanquera despertó de su hastío y el gato se acercó de nuevo, sorteó las cuerdas y se disolvió en la sombra de las piernas ligadas. “¿Te llevaste comisión, Cobrador?”. “Un cuarto de su alma y la mitad de sus posesiones”. “El judío Agulia era muy rico, ¿verdad?”. La fina piel del Cobrador palpitaba desde un pozo de líquido invisible y correoso. “Muy rico, eso dicen”. “Y la mitad de sus posesiones es mucho dinero, ¿no?” –la Estanquera suda de artificio y su piel enrojece, se quita la blusa y saca dos grandes pechos–. “Sí, eso dicen” –se quita la falda y aparecen sus muslos cruzados, y el gato sigue sin aparecer pero el Cobrador no lo piensa–. “¿Y cuál es mi comisión, Cobrador? –el Cobrador se entrega, piensa que todos le pertenecen, que todos le temen y le deben. La Estanquera, llena de hastío, mientras un gato pardo huye de la esquina de lino verde, piensa en su próximo hechizo.

 

RENCOR CIEGO

La prostituta y el ciego toman un café.
–He pensado dejar de ser ciego. No para mí, entiéndame, digo para los demas. Mi madre me decía que siendo desdichado no hay que parecerlo, y si no se encuentra remedio al menos fingirlo. Y creo que al final todos descubren mi ceguera aunque siempre procure pasar por los mismos lugares, que ya me he aprendido de memoria, e intente no cruzarme en el camino de nadie. Pero al final siempre alguien acaba viniendo: –he descubierto su secreto–, piensan, “¿necesita ayuda?”. Y yo sé que piensan: –pobre desgraciado– y que sienten: ‹‹ayudándole me sentiré mejor, escalaré un pasito en mi bienestar por comparación ventajosa de su desgracia››; o sea, mi defecto me pone a sus pies como un gusano, y yo no quiero hacerles felices con mi pena. No sé si me entiende usted.

La mujer madura, dentro de la dureza de un caparazón de llagas y arrugas por años de trabajo, de sabiduría por el y al uso, y el historial escrito en su ropa interior, se siente conmovida. El ciego continúa:
–Pues bien, he barajado ciertas opciones y he llegado a la conclusión de que yo lo que necesito es una buena mujer. Cuanto más de mundo mejor, se entiende, y cueste lo que cueste. Que no sientan pena y sientan envidia, que su misericordia malvada se desvíe por un sentimiento que me ensalce o que al menos desaparezca –en realidad piensa: “sé como eres, puta vieja y gonorréica, ellos se olvidarán de mi ceguera para sentir lástima por ti, puerca”–. ¿Querrás hacerme el favor? Le pagaré lo que haga falta, se cobijará en mi casa, la amaré como es debido, o si no quiere dormir con un ciego, que lo comprendo, dormiré en el suelo a sus pies –mientras piensa: “suerte tendré de no mirarte, sucia ramera”–. Hazlo por mí, por favor.

La vieja prostituta, conmovida y desbordando lágrimas de sal y sangre curada, sentía que aquel joven ciego necesitaba su ayuda. Ella espantaría las burlas de caridad y le acurrucaría y mimaría como lo hubiese hecho con aquel primer niñito que le hicieron perder.

El ciego y la prostituta paseaban por la Calle Mayor. El ciego, incómodo, pregunta:
–¿Alguien me mira? ¿Alguien se apena?
–Ninguno se atrevería –responde la prostituta mientras sus ojos dentellan el aire intentando romper la luz que desprenden hacia los ojos ociosos de los demás.
–¡Mira qué monstruo –dicen unos–, ese tipo ha de estar ciego para andar con esa!

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Gerardo Carrera Castaño, nacido en Madrid (España). Músico profesional de flauta travesera y estudiante en la Universidad Politécnica de Madrid. Escritor novel de cuentos, poesía y teatro, cuyas obras se mantienen inéditas. Pasión por la composición musical y la literatura.