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Narrativa
01 10 2016
Negocios familiares por Jhonatan Duquino
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Entre el maletín con la ropa que me fue entregada para vestirlo, encontré una pequeña fotografía en la que se le veía con la que quizá fuese su hija.
No había podido conciliar el sueño en dos noches, todo habría empeorado de no ser por la llegada de mi hermana y su perseverancia para obligarme a tomar un sedativo para dormir. Despierta, pero distraída, deshice la maleta y escogí una de las camisas de cuadros y una chaqueta que hiciera juego. Junté la ropa en la cama y salí del cuarto.
En el sofá mi hermana aún dormía. Atravesé la cocina intentando no hacer ruido, pero al final mis movimientos la despertaron. Bebimos café, sin mirarnos, junto a la estufa. Iba a ser un día largo, las dos lo sabíamos, por eso nos ahorramos las palabras. Ella fue la primera en bañarse y me pareció extraño que no se avergonzara de su desnudez. Paseó por la casa sin ropa antes de entrar al baño, como si sólo estuviéramos las dos, lo cual era cierto pero yo no terminaba por aceptar. Recordaba haberla visto así sólo desde que éramos niñas y los fines de semana mamá nos metía juntas en una alberca, al abrigo del sol que se filtraba por entre las ropas colgadas en el patio. Su cuerpo había ganado volumen, lo comparé con el mío, siempre más magro y anclado en el pasado, y concluí que era un buen indicador de lo que había sido la entrada a la vida adulta en cada una. El agua me despegó el sopor del medicamento y un poco más consciente vi frente al espejo empañado la herrumbre de unos ojos que no me pertenecían.
La primera parada la hicimos en un almacén de variedades en donde mi hermana compró un vestido de baño y unas sandalias que impregnaron el auto de un olor penetrante a caucho quemado. Sentí ganas de vomitar frente al volante, tenía ganas de pararme frente a un semáforo, detener el auto y negarme a continuar. Ya era tarde, mi vida pendía de un delgado hilo que amenazaba con romperse de un momento a otro. Por eso continúe pisando el acelerador.
En la agencia de viajes nos recibió un tipo que no paraba de sonreír y guiñar los ojos. Mi hermana preguntó lo de la silla de ruedas y según nos explicó, lo único que debíamos hacer era llegar con mayor anticipación al aeropuerto para que la aerolínea dispusiera del personal que se encargara. Según lo acordado, compramos los tres pasajes de avión para viajar en la noche.
Después de separarse de su primer marido, mi hermana adquirió la costumbre de comer más de lo que, humanamente, le era posible digerir. Mientras comíamos yo pensaba en su sueño de ser cantante, en su forma de bailar, en la terrible conclusión de que si quería vivir del dinero que le daba la música sus días deberían ser de cuarenta y seis horas. Recordé la tarde en que papá la lanzó al suelo de una cachetada al enterarse de que estaba encinta. Ella tenía catorce años, yo con once no entendía muy bien lo que ocurría.
Comí poco, tenía mucha sed. Cuando salimos del restaurante, mi hermana me dijo que viéndome comer se había acordado de cuando pasábamos las vacaciones encerradas en casa memorizando capitales y ríos de una enciclopedia que parecía no tener final. Yo no le conté lo que había recordado.
Conduje de regreso a casa con el corazón helado. Tras la fila de carros tuve la idea de echar abajo todo, no hacer el viaje, recobrar mi vida, volver a las actividades corrientes, recuperar la débil seguridad que me daba tener una rutina diaria que cumplir. Mi hermana parecía hacer un recuento de las cosas que compraría y de los lugares a los que viajaría. No escuché la música, ni las palabras de ella y dejé de pensar. Entré en la casa con la misma desazón con la que había salido horas atrás. Revisé la bañera, todo seguía de la misma manera. Mientras mi hermana veía un documental en la tele yo reorganicé las maletas y revisé una última vez el correo.
A las siete en punto ya lo habíamos sacado a la sala, mi hermana le aplicaba un poco de rubor en las mejillas y yo terminaba de ajustarle los zapatos. Tratamos de sostenerle las manos en una posición que resultara natural y al final la cinta adhesiva nos ayudó a situarlas del modo adecuado. Escogiendo las gafas que debía colocarle, sentí que las pocas fuerzas que aún me quedaban terminarían por abandonarme. Mi hermana lo notó y me obligó a tomar una píldora parecida a la que me había hecho dormir la noche anterior.
El señor que contraté llegó puntual con un camión. No hizo ninguna pregunta, ningún comentario. Mi hermana se sentó en la parte de adelante. Yo iba atrás trancando la silla de ruedas y las maletas. Nunca imaginé llegar al aeropuerto subida en la parte de atrás de un camión con un muerto. Dejé fugar en la oscuridad de ese vehículo todas las lágrimas que me había tragado desde el día en que había aceptado participar en el negocio. Estropeé el maquillaje que mi hermana, mientras me reprendía, intentaba acomodar. Tuve una crisis de paranoia al verme entre las personas que recorrían los pasillos del aeropuerto con enormes maletas. Me sentí señalada, observada, sospeché hasta de mi hermana. Discutimos, la grité, me empujó a un baño e hizo correr por mi cara chorros de agua fría. Después, esperamos el llamado para el abordaje.
Aterrizamos en Barcelona un día de principios de verano. Al final lo conseguimos, cruzamos el Atlántico con el cuerpo rígido de alguien a quien no llegamos a conocer con vida. Pronto vendrían por él, rajarían su lívida piel y aquellos paquetitos de droga camuflados entre sus vísceras, empezarían a distribuirse por toda la ciudad. Con dinero en las manos y el camino libre, la vida volvería a tener sentido para mi hermana y yo.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Jhonatan Duquino (Bogotá, Colombia, 1987), finalista del Concurso Nacional Universitario de Cuento, organizado por la Universidad Autónoma de Colombia en 2011 y del Concurso de Cuento y Poesía 2012 de la Fundación Fahrenheit 451. Ha participado en el Taller de Escritores de la Universidad Central y en el Taller de Novela Corta del Fondo de Cultura Económica.