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Narrativa
01 10 2016
La noche de las calderas por Rubén López Rodrigué
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Aquella noche de invierno en Boston, en el inquilinato que Johan Smith comparte con tres compañeros de la universidad, se avería el disco duro de su computador. Ante el riesgo de perder la tesis para graduarse, la misma que considera su promesa de grandeza o mediocridad, sale con la única mujer entre sus compañeros hacia una papelería para fotocopiar los diez capítulos que la componen. Llevan puestos un gorro de lana y guantes que se llenan de copos de nieve. Las motitas se bambolean cayendo perezosas sobre techos, carros, factorías, faroles, calles, gorros y abrigos, cubriéndolo todo con una gruesa capa.
      De la tesis depende que me gradúe o no con honores, le dice Johan a la muchacha, que con una bufanda se tapa la nariz y la boca.
      A dos cuadras de la papelería el estudiante universitario tropieza en la nieve y la tesis cae, por entre una reja, a las calderas de la universidad. Siendo de noche no se puede ingresar al claustro, así que traza un plan con la joven para entrar sin ser visto: mientras ella entretiene al portero conversándole, él se cuela a la sordina hasta alcanzar las calderas. Así sucede.
      Pero se lleva tremenda sorpresa al encontrar en el lugar un vagabundo que tira al fuego páginas de su tesis. Clava en el sujeto los ojos con desprecio rabioso como si se tratara de un gusarapo. Lo primero que le nota, en la frente junto a la sien, es un cardenal producto quizá de la última borrachera, los párpados hinchados como si hubiese tenido una noche invernal adolorida y en el rostro la pesadumbre de impresiones aterradoras.
      Los ojos azules de Johan Smith, que por cierto sufren de musarañas, se interesan más en detectar las cicatrices del alma. Por fortuna suya, de las ochenta y cuatro páginas que componen la tesis el vagabundo sólo ha quemado tres.
      Pasados varios días, mientras las noches invernales de Boston levantan una bruma luminosa sobre las edificaciones, desde la alta ventana del inquilinato Johan vigila el carro-casa que recién habita el vagabundo (él mismo le ofreció hospedaje: ya fuera una casa, o ya fuera un carro-casa), esperando que no se le escape con la tesis que podría ser el faro para alumbrarle el camino del éxito.
      El vagabundo ha decidido tomar la tesis como su rehén. «Este universitario me mira ni siquiera con indiferencia como a una piedra, sino como a una mierda», cavila. Desde la noche de las calderas el joven estudiante sabe que su destino depende ahora de que un alcohólico, fanfarrón y desarrapado le devuelva sus valiosos papeles. La tesis podría ser el medio para alcanzar la grandeza: «Algunos premios Nobel enseñan en la universidad y uno podría ser el consentido de alguno de ellos. ¿Cómo voy a perder esta oportunidad única en la vida?» se dice Johan.
      El vagabundo, que frunce las cejas con aire grave cada vez que su ronca voz afirma algo, quiere explotar al máximo el tesoro que tiene entre manos: devolvería página por página de acuerdo a los favores recibidos del estudiante. Necesita comida, necesita botellas de vino, necesita cobijas, libros y abrigo; sobre todo en las noches de invierno mientras mira la nieve que pone flores blancas en los árboles. Levantando el índice, con la angustia reflejada en la dolorosa dulzura de su mirada, el vagabundo le espeta resuelto a Johan:
      Yo te doy si tú me das. Es la ley de la reciprocidad.
      Siente ahora la posibilidad de vivir mejor aunque fuese por un corto periodo; porque, más que perdedor en la vida, al parecer se ha dado por vencido. No está dispuesto a dejar escapar la oportunidad cuanto que cada hoja, cada página de la tesis le representa dólares para conseguir lo que tantas veces le ha sido negado, para compensar las muchísimas privaciones de su hilacha de vida, una existencia que se refleja en las piedras de colores que, anidando en sus bolsillos, conmemoran gratos recuerdos: sus escarceos amorosos, la última noche en que durmió bien, uno que otro plato apetitoso...
      Con  todo, han empezado una fraternal amistad hasta el punto de que, en varias ocasiones, el vagabundo acompaña al estudiante a la biblioteca de la universidad. La última vez este le reclama al claustro una beca de sostenimiento para aquel viejo por los servicios prestados a la patria en un astillero.
      No te lo acepto, Johan. No soy un objeto de lástima, le dice el vagabundo al salir de la oficina, levantando el dedo con su mirada vidriosa y las mejillas hundidas, tomando como limosna lo que es un deber del Estado. Y continúa: Un poema de Whitman dice: «En todos los hombres me veo, ninguno es más ni menos que yo, / Y lo bueno y lo malo que digo de mí, lo digo de los otros». Y yo creo, como el poeta, que una hoja de hierba no es menos que el camino recorrido por las estrellas.
      Por no estar habituado a lujo alguno el vagabundo había elegido vivir en el carro-casa (propiedad de un amigo de Johan que viaja en el exterior), eso sí, acompañado de unas botellas de vino que bebe a diario. Es un sujeto casado con el alcohol, la bebida que le enciende los ojos, divorciado de relaciones con los seres humanos como un habitante del subsuelo refugiado de crudos inviernos y miradas indiscretas.
      Al fin y al cabo, bastante sufrimiento me han ocasionado con el desprecio. Y del amor sabemos su crueldad, dice con su cara de dolor y un gesto de repugnancia.
      Yo pienso que el hombre está condenado a una eterna soledad, le dice Johan mientras el otro contempla el vapor de su aliento en la fría noche de invierno.
      Y si juntas la soledad con el vino tus pupilas amanecen como dos grietas de sangre, dice el vagabundo. Pero ahora me siento contento: como bien, bebo, leo y canto. Ya no tengo que aplastar la nariz contra las vidrieras de los restaurantes, ni buscar monedas en el suelo, ni siento la agonía del estómago. Me siento como navegando en un globo y mirando tranquilo hacia abajo. Porque ojos que no ven...
      Corazón que no siente, le interrumpe Johan.
      ... no, pisan mierda.
      Por vez primera el universitario comprende que la soberbia es propia del beodo. Existe algo singular en los ojos vidriosos del viejo harapiento, hecho que lo alienta a considerar graciosa su fanfarronería, en particular cuando levanta el índice al hablar con su voz aguardientosa. Ha empezado a acostumbrarse a su característico olor de mil noches a la intemperie.
      Cuando el vagabundo aspira el olor de una tarde un perro callejero lo mira a los ojos, no percibe temor en ellos, lo sigue y lo elige como su amo. Por instantes el viejo se complace en mirar el secreto y la placidez del animal de almendrados ojos castaños. La verdad es que prefiere vivir con animales, no con personas. Cada vez que el vagabundo echa a bailar una peonza, que siempre lleva consigo, el perro se pone contento dando brincos. Cuando la noche invade sus pupilas el perro dormita con un ojo abierto y para las orejas. Y si el amo reniega porque la gente lo mira con lástima como a una escoria, lo escruta con encono como a un sospechoso, o es objeto del vituperio, el lanudo can lo observa directo a los ojos.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Rubén López Rodrigué es escritor y editor. Nació en Santa Rosa de Cabal (Colombia), pero es antioqueño por familia y formación. Fue fundador y editor de la revista Rampa. Hizo estudios inconclusos de antropología y sociología. Tuvo una columna sobre Medellín en El Muro, la guía cultural de Buenos Aires. Fue integrante del taller literario de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, dirigido por Manuel Mejía Vallejo. Hizo parte del staff de la revista literaria española Oxigen y de la revista internacional de arte y cultura Francachela. Ha sido colaborador en distintos medios escritos de Colombia y el exterior. Miembro del jurado del I Concurso de Cuento Resonancias, de Francia, en 2012. Es autor de los libros “Contra el viento del olvido” (Hombre Nuevo, 2001, en coautoría con William Ospina y John Saldarriaga), “La estola púrpura” (Los Octámbulos, 2009), “Las heridas narcisistas de la humanidad” (ITM, 2013), “El carnero azul” (Tiempo de Leer, 2013), “Flor de lis en el País de la Mantequilla” (Tiempo de Leer, 2014).