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Poesía
02 02 2017
Testimonios poéticos de la soledad humana de Sergio A. Ortíz
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DOM PERIGNON

Aquí estamos en el Jacuzzi
preparando un baño de burbujas para dos
con un suero hecho en américa,
mezclado en Laos y enviado de vuelta
a su sitio de origen.

Es difícil creer que él está en mi baño desnudo
haciendo estallar mi corcho. Que a través de un puñado
de malos acompañantes llorones, garras y falsos perfiles en línea,
lo encontré junto a mí en un urinario,
que a través de ese urinario me meaba
con meado de cerveza clara. Pero aquí estamos,

un año más tarde en mi bañera jugando
como niños, después de luchar en el barro del patio trasero,
haciendo barbas de burbujas y vertiendo champán
de cinco estrellas en nuestras bocas.

Es difícil creer que agua caliente sigue brotando del grifo
de nuestros acuíferos y a pesar de nuestra desnudez y virilidad
ninguno de nosotros se envino la espuma.

Nos dormimos en la chiquitita bañera hecha fuera del mundo
en que el despertó en su tibieza, sin burbujas, mareado
y completamente sin madre.

 


SI ULISES MURIESE UN DÍA MARTES CUALQUIERA

Es el calibre del agujero que dejas,
la intensidad de la herida,
la cuenta bancaria (dentro de mi corazón)
donde guardo las páginas
agotadas de mi vida.

Es imaginar lo inimaginable,
las lánguidas calles laterales,
mi Ulises sin su Dublín.

Es el clima tácito al que nos referimos
cuando no hay campeón
ni comodidad alguna dentro de mi bungaló.

Sé qué textura tus muslos se ven obligados a rendir en mis sueños.

Soy yo quien no quiere clausura.
Que tu voz no desvanezca sobre un horizonte
separado del mío.

 


DÁNDOME UNOS TRAGOS CON ORFEO

Después de oscurecer, el bar lleno de hombres
que parte de mí ama?la parte que se desnuda
afuera de la ventana de del señor Omar,

recién divorciado dueño de una pistola,
oh, señorito Omar, ¿Dónde estás ahora?

Orfeo dice que él no pereció, no se convirtió
en ceniza de la luz brutal, encontró un buen trabajo,
ganaba buen dinero, tenía su propio seguro y

una casa, era un esposo decente. Sé que el empobrecimiento
reside en la palabra descenso. El ruido del bar
hace una especie de silencio. Cuando Orfeo

me entrega sus gafas de sol, veo cómo el fuego
lo cambia todo. En mi mente estoy detrás de un hombre

cuyo sobretodo se eleva por encima de sus caderas,
tan firme como lo permite el tacto, diciendo
que no me olvide cuando me convierta en el líquido

de donde nacen los nombres, leche de sal, leche-dulce,
leche de animal. Quiero ser un ser humano

sobre el cuerpo, desarraigado y derecho, un doblez
de súplicas liberadas, pero soy una herida negra,
lo que queda después de haber firmado el contrato.

 


POEMA EN DISPUTA

Pobre Señor de los Insultos, quiere robar la miel de mi desierto. Mi petróleo es inofensivo,
excepto por el rastro de pobreza que deja. ¿Por qué no te miras desde el fondo del río?
A la noche le hace falta lluvia, algo que limpie los restos del pasado. Que limpie incluso: la
violencia viciosa de las palabras, que libere a la piedad de dioses que perdieron su orgullo.
No tienes derecho a abrir el rosetón de tu alma para renovar tus desechos. En el día del destierro,
te quedaras desnudo, nadando en las tuberías oxidadas de aguas residuales.

 


ASÍ ACENTÚAS LOS PLIEGUES DE MIS OJOS

Mi viejo hechicero,
lento desgarrar

de mi tibia negrura,
golpeas tu cuerpo sobre

mis costillas mientras
me desdoblo

y te miro desde la esquina
de mi cama mordiendo

mi espalda, acariciando
pezones, acabando

con mi rio, fatigado,
arropando en mi noche.

 


LOS MOMENTOS DESVANECEN SIN SABER POR QUE

Tu y yo
dentro de un espacio ordinario
debajo de una pila de hojas secas
El silencio taconea     a través del desorden
pescado blanco      cruciforme a la deriva en un paño de té    
finalmente     no tengo bálsamo
para decir lo que las cosas aparentan

Sin ti aquí
me olvido de no querer tocar bronceados de peón agrícola en flor
tatuajes en la clavícula
flequillos oscuros     a través de ojos extraños

Sin ti en casa
este amor es un tirón estirado hasta que se afloja
aunque soy el punto quieto alrededor del cual tú marcas
tu travesía

Nunca eres sólo tú el que vagabundea