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Narrativa
02 08 2017
La niñera por Andrés Mora
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—Para diseñar su rostro un programa se basó en las películas favoritas suyas y de sus hijos —le explicó el técnico encargado de la puesta en funcionamiento—. Sin embargo, siempre se opta por el diseño más asexuado posible.
Dentro de la cocina de los Silveira, una de esas con una repisa de granito en el centro como una isla, rodeada de ollas y todo tipo de utensilios, Rubén y Clara, casados hace ocho años (sumando incluso el año y medio que estuvieron separados a la mitad de la relación), hablaban con un responsable de la empresa Aurora. Él les explicaba que su producto, la niñera, no requería mantenimiento adicional al que venía incluido mensual, provisto contractualmente por la empresa. Ruben lo miraba con ojos penetrantes y cuestionadores, revisando cada detalle y preguntando cada cosa que se le cruzaba por la cabeza, desde la vestimenta del robot hasta qué pasaba si tenía una falla.
Le preguntó incluso por su idioma y quedó agradecido que entre todos los que hablaba tenía también castellano neutro. Lo eligió por el momento. Clara por su parte, con los brazos cruzados y apoyada con su cola sobre la fría repisa, los escuchaba, como quien sale de una fiesta a fumar, alejándose del parlante más y más. Enfrente suyo, un metro setenta de perfección permanecía inmóvil, con una expresión que daba la impresión que lo primero que haría el segundo que se activara era formar una sonrisa, pausada por tiempo inimaginable en sus labios de silicona, o cual material fuera; ya se había perdido entre términos de materiales y aleaciones.
—Sandra —dijo el técnico, como si tirara combustible sobre unas humildes chispas, haciendo que sus ojos se activaran, como si millones de constelaciones se crearan en su iris de un segundo para otro, como un Big Bang. La confianza de Clara en ella se redujo aún más. A ella le llevaba una media hora por día ponerse radiante.

Al mediodía siguiente, al terminar la pareja el almuerzo salieron como bólidos por la puerta, no sin primero darle un beso a sus hijos, Nicolás y Greta y un saludo meticulosamente neutral a Sandra, como si de una empleada humana se tratase, asegurándose de no proyectar una imagen demasiado confianzuda demasiado rápido; a fin de cuentas, era su primer día.
—Clara —le dijo Sandra. Ésta se detuvo al lado de la puerta, disgustada por la inconveniencia.
—No te olvides de tu peine —le señaló el mismo en la repisa a su derecha. La expresión de Clara se borró lentamente, como si un telón se bajara en una obra de teatro, soltando las defensas que se le habían formado en los pómulos y las mandíbulas que parecían asomarse.
—Gra…gracias —dijo y se fue.
En la televisión seguía sonando uno de los canales básicos que había dejado la madre de Rubén esa mañana cuando fue de visita (en realidad fue únicamente por la curiosidad por esa raza nueva de amas de casa). —No me gusta —había dicho al instante que la vio, sin darse cuenta que tranquilamente podría haber estado hablando sobre una persona ya que su apariencia estaba perfectamente diseñada. La realidad es que siempre había desconfiado también de las mucamas y niñeras en general.  
Estaba empezando un ciclo de telenovelas colombianas que duraba unas cuatro horas. Nicolás y Greta le hicieron señas a Sandra desde el sillón para que los acompañara. Si bien estaban dibujando y coloreando en cuadernos y cuadernolas varias, el aura de la televisión estaba directamente enfrente suyo. Sandra se sentó a su lado y los vio, observando a su vez los programas “Sangre de tu sangre”, “Condenada” y “Pasiones que matan”. En el segundo hasta un personaje se llamaba como ella, Sandra.
En el mismo, una familia proveniente de la burguesía terrateniente colombiana, los Correa-Jaramillo, enfrentaba problemas amorosos, legales, financieros y familiares, de alguna forma mezclando los cuatro elementos siempre en la misma ecuación. Una de las historias que se entrelazaban, (aparentemente la de más rating ya que fue estirada a su máximo y más allá) involucraba a una cocinera de la casa, Sandra, y al padre de familia, que curiosamente se llamaba Rubén.

Con el pasar de los días los niños no tuvieron reservas en expresar su amor incondicional hacia Sandra, mientras los padres parecían estar descansando bastante mejor; evidentemente la confianza en la tecnología de la empresa Aurora comenzaba a instaurarse en la casa.
Sandra, siempre que los recibía a las 19:15 aproximadamente, dejaba lo que estaba haciendo, en otras palabras se levantaba del sillón, y en base a sus miradas tomaba un curso de acción que podía ser dejar corriendo el agua de alguna bañera, o cocinar algo dulce. En otras ocasiones, instrucciones ya habían sido mandadas vía celular con las tareas a hacer; eran esos días en los que no mandaban nada, que era evidente que estaban cansados, que ella estaba más atenta a lo que quisieran.
Estar en el sillón no era todo lo que hacía. Limpiaba meticulosamente toda la casa de dos pisos y sótano, regaba las plantas y hasta recibía paquetes y sobres. Más y más fue evidente que su día se iba estructurando de tal forma que podía estar sentada el mayor tiempo posible viendo las telenovelas, en especial “Condenada”. Al principio el tiempo que le podía dedicar eran diecisiete minutos, pero esta cifra no demoró en ascender a veinticinco, treinta y hasta poder ver con seguridad la totalidad de los capítulos. Si tenía mala suerte, un mensaje con indicaciones de parte de sus amos le llegaba justo durante un episodio, aunque con el tiempo fue aprendiendo a esperar a leerlos durante la tanda.
Una cosa inusual que comenzó a pasar con la serie fue que al principio, cuando la pareja llegaba, y la serie seguía sonando en el televisor, Sandra no le daba importancia al ruido, dejando todo por sus amos. Pero esto cambió. En determinado momento, siempre que llegaba la pareja Sandra apagaba la televisión, como si algo dentro suyo, una intuición, le dijera que estaba viendo algo prohibido, algo que la ama Clara desaprobaría sin duda, algo que tenía que esconder y proteger a toda costa. Hasta miraba con recelo a los niños intermitentemente, tratando de detectar algún soplón en ellos.

Dos días después de una tormenta, cuidando el jardín vio algo.
Se puso las botas de lluvia y salió al mismo, esquivando charcos de barro.
—¡Hijuemadre, qué calor! —dijo. El aire estaba pesado y el barro, si hubo en algún momento, se había secado por completo. Cerca de la vereda, al lado de la base de un árbol un nido con forma de cuenco yacía roto, como una taza de café caída y partida en pedazos grandes. Un colibrí sobrevolaba alrededor. Se agachó curiosa y notó un par de huevos en el suelo entre hierbas entrelazadas con barro.

Una tarde como cualquier otra, a las 19:05 Rubén llegó a casa. A Sandra le habían llegado instrucciones de Clara de que llegaba a las 20:10, hora a la cual quería bañarse. Rubén la vio distinta. Una expresión más cálida emanaba de su mirada y boca. Pero no solo eso, cierta curiosidad carnal parecía sudar de sus poros, humedeciendo a su vez sus labios. Sus curvas parecían más acentuadas, casi grotescamente, exhibidas en mayor detalle por posiciones corporales recién descubiertas por ella. Esa fue la primera vez que Ruben se fue del comedor con la merienda en una bandeja y una leve erección en los pantalones. Éste fenómeno se repetiría casi como un reloj suizo cada vez que su esposa llegaba más tarde de trabajar. Con el tiempo esto abarcaría incluso los momentos en los que su mujer se bañaba.
Las insinuaciones y las técnicas de seducción parecían provenir de un catálogo que no terminaba; se tocaba el pelo mirándolo un día, otro día le pedía ayuda agarrando la escalera mientras ella buscaba ingredientes en repisas altas con faldas cortas. También había risas acompañadas de un tanteo de brazo, con su posterior cara ruborizada, sacando la mano, como si toda la serie de movimientos fuera parte de uno solo premeditado, con las intenciones escondidas bajo sus pestañas aceleradas que miraban hacia el suelo.
El primer error de Rubén fue no decir nada. Le dio el beneficio de la duda. Comenzaba a creer que no le daba importancia el tema, sin entender del todo que subconscientemente algo le gustaba. Su segundo error fue que, cuando se dio cuenta que el idioma había cambiado de un castellano neutral a uno más colombiano o venezolano, no dijo nada. No entendía de dónde salía ese acento pero no le molestaba; hasta lo excitaba un poco.

Un día que se quedó en cama con un fuerte resfriado le pareció escuchar una voz, entre sueños, que le recriminaba algo.
—¿Cuándo nos vamos a ir juntos de acá? —le pareció escuchar, como un eco que se desfiguraba en su cabeza. Fue una de esas series de sueños en los que uno se despierta a medias muchas veces, y mientras el tiempo parece no pasar, el sueño parece no soltarse. No recordaba en ningún momento ver a nadie a su lado pero la voz persistió por un buen rato. La misma le daba la impresión que tenía cierto tono rencoroso.

La sensación rara de sueño febril después de su siesta no se prolongó mucho. Enseguida se dio cuenta de qué estaba pasando, una vez que fue a la cocina a buscar un vaso de agua.
—¿Ya lo pensaste? —le preguntó Sandra. En sus ojos parecían asomarse cualidades nuevas. Nuevamente vio en su iris esas constelaciones, que si bien eran constelaciones falsas, que albergaban todo tipo de ideas, deseos y promesas artificiales, eran constelaciones a fin de cuentas.
Le costó responder. Sabía lo que se sentía decepcionar a alguien con una respuesta, pero no a un robot. No terminaba de encontrar el tono ni la forma para decirlo. Optó por una cara perpleja, sin entender a quién o qué miraba, ni qué escuchaba.
—¿Por qué los humanos mienten tanto? —le preguntó ella, rozándole la cara con su mano. Sus dedos se deslizaron desde la mejilla derecha de él hasta darle una vuelta por atrás de su oreja, como si lo estuviera peinando, aunque sus pelos no llegaban ahí; como si peinara los pelos fantasma de un novio anterior.
—Después de vivir con ustedes esa es la diferencia máxima que encuentro entre ustedes y yo —confesó—. Yo no miento, le dijo, agarrándolo de la entrepierna y simulando nuevamente una de sus caras seductoras e inocentes.
El mix de emociones que parecía mezclar sin problema era caótico y sin sentido. Ruben la miraba, mientas sus ojos le giraban en sus cuencas sin parar, sin entender del todo el ritmo de la charla, ni de dónde provenía la misma, ni mucho menos adónde iba a llegar. Por momentos él era el que se sentía como un robot; un robot averiado, trancado en un movimiento tembloroso y sin respuesta.

—Rubén, estoy embarazada —le dijo, a lo que él se quedó mirándola mudo. El único contacto físico que había tenido con ella había sido un agarre de su mano a su brazo días atrás. No entendía ni qué estaba pensando, si ella era tan solo una máquina.
Su primer movimiento fue con su mano derecha, hacia su bolsillo. Sacó el celular, dando la impresión que con un ojo buscaba el contacto del técnico mientras que con el otro observaba los alrededores de su casa, rezando porqué sus hijos no estén escuchando nada de esa locura. Sabía bien que ellos habían aprendido a ser muy sigilosos, escondiéndose entre las sombras de la escalera y escuchando todo, capaces de mantenerse horas en el mismo lugar, como si de un francotirador que espera hasta un día entero para su tiro o como un simple juego de espías.
El primer movimiento de ella fue agarrar un cuchillo, llevando el filo cerca de su panza.
—¡Decime algo o lo mato! —dijo, apuntando a su panza. Ahora que la observaba bien, estaba hinchada. Luego de verla unos instantes notó que una almohada sobresalía por debajo de un costado de su cintura. La almohada rosada que muchas veces Clara ponía bajo sus lumbares, cuando intentaba dormir con dolor. La misma había desaparecido hacía semanas.
—¡Quereme cabrón! —le gritó.
—¡Sandra apágate! —le ordenó. Fue en vano.
—Yo no soy Sandra. Ahora sé mi nombre real. Ambos sabemos que a mi padre lo mató el tuyo, y que por lástima me mantuvieron en la familia desde niña —le dijo. A Rubén los ojos parecían querer saltarle para afuera, mientras venas en la frente parecían aparecer por primera vez en su vida.
Ella le agarró la mano y se la llevó a su vientre. La almohada se cayó a sus pies y ella la apartó de una patada. Lo más extraño fue que, una vez que pudo tocarle la panza directamente con la mano, sintió algo adentro de la misma. Apartó la mano, horrorizado, y la empujó hacia atrás. Ella le lanzó una mirada de madre protectora que lo asustó.
En ese momento se dio cuenta de todo. A su derecha, a través de la barra de la cocina que daba al comedor vio que en la televisión estaban pasando lo que parecía ser una telenovela colombiana en mute. El control yacía perfectamente simétrico en el borde del sillón, como si hubiera sido apoyado ahí con el máximo respeto y cuidado. Al mismo tiempo identificó el sonido que parecía lejano pero ahora no tanto de alguna canción de pop latino provenir de unos auriculares que ahora, por el movimiento brusco, colgaban de los bolsillos del buzo de ella.
Sus hijos, efectivamente escuchando todo desde la escalera, se incorporaron, asomando sus dos cabezas, una arriba de la otra, mientras su padre les devolvía una mirada en shock. Sudor profuso le caía por la frente.
—¡Nunca me quisiste! —le gritó Sandra, cortándose ambas muñecas con el cuchillo, pero no salió sangre; no hubo efecto alguno. Ella las miró, y por unos instantes no entendió. Esos procesadores famosos que le había dicho el técnico que tenía, capaces de resolver cualquier problema en milésimas de segundos, parecían estar en un segundo plano, mientras ella dedicaba buenos segundos a entender por qué no había un charco de sangre a sus pies. Los niños gritaron.
Se abalanzó hacia atrás con el cuchillo, gritándole que no se acerque. Miró a su espalda y vio una ventana. Siguió acercándose hacia atrás, palpando con la mano hacia la nada hasta que tocó el marco de la misma. Él, con el teléfono sonando en su oído la miraba, mientras le gritaba a sus hijos que se escondan en su cuarto inmediatamente.
Empezó a sonar la puerta. Ambos llevaron sus ojos al reloj de la cocina: 19:20; era Clara.
—Si estás tan empecinado en quedarte con ella cabrón, no te lo voy a impedir —le gritó mientras se sentaba en el borde la ventana.
—¡Mamá! —gritaron los hijos desde la escalera, mientras Sandra observaba ese intercambio entre ellos y Clara, mientras en su cara se posaba un lagrimón imaginario y su piel sintética desde el mentón al labio parecía temblar. Tiró el cuchillo al suelo de la cocina al mismo tiempo que se tiraba hacia atrás por la ventana. Un estruendo hizo a la familia retorcerse en horror.
Una vez que la pareja estuvo en el jardín la vio, en una posición violenta con los brazos y piernas, con la mirada trancada en un acelerado tick.
Componentes y pedazos de su cuerpo parecían haberse salido ligeramente de sus compartimientos, con las piernas y abdomen levemente separados de la cintura. De abajo de su blusa algo comenzó a moverse. Clara emitió un grito y se tuvo que agarrar de Rubén, permaneciendo en estado semiconsciente.
El movimiento aumentó, hasta que de la blusa se asomaron pedazos de cáscara de huevo y un colibrí salió volando hacia la libertad.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Andrés Mora, Montevideo (Uruguay), 1989. Escritor, estudiante de Contador público y administrativo en un banco. Publicó la antología de cuentos cortos “Las venas de Tristán Narvaja” en Amazon (2016), y varios de sus cuentos fueron publicados por la revista venezolana (Letralia) y la mexicana ( Pretextos literarios por escrito).