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Narrativa
02 08 2017
El anillo y otro cuento corto de Nélida Duarte
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EL ANILLO

Él la miró. Ella se conmovió de la cabeza a los pies. Algo la paralizó.
Él apartó la vista.
Ella se miró el anillo delator. ¿Lo habrá visto?
No pudo sacárselo y esconderlo, aunque, si él desvía la mirada…
Un anillo delator de viejas ataduras y ella que ahora ansía otra cosa, una ilusión; quizás recuerda.
Recuerda el día que le colocaron ese anillo. Su emoción, su miedo. Había llegado el día. Ese día que parte en dos la vida de toda mujer.
La novia avanzaba vestida de blanco, y la novia era ella.
Bella y segura. Sabía, casi con certeza, que iba a fracasar.
Pero apostó su carta.
Un nudo le oprime la garganta. Lloraría si pudiera. El cansancio se lo impide.
Él vuelve a mirarla. Plena y despiadadamente. El viejo juego de la seducción.
Ella toma un diario de otra mesa y juega a hojearlo.
Él parece perder la esperanza. Parece, pero vuelve a mirarla, ahora disimuladamente. Es el típico machista, no quiere “quedar pagando”.
Ella ríe en su interior. Juega ese juego en varias ocasiones, pero siempre es nuevo e impredecible ¿qué pensará él? “Esta mina es una histérica”, “es casada y tiene miedo” “mira para provocar”.
Todo el chiste machista desfila por su mente.
Pero es difícil saberlo. Quizás no sea un machista, un Don Juan de cartón pintado.
Al menos, no lo parece.
No tiene el gesto despectivo, ni el aire de perdonavidas que caracteriza a estos sujetos.
Parece tímido. Aunque quizás sea estrategia, la estrategia de la araña.
Está bien vestido. Elegante sport.
Ella recuerda una publicidad de cigarrillos que vio en su infancia. El protagonista era su ideal masculino; francés, alto, parecido a Alain Delon, sin corbata, con un piloto blanco; entregando el pasaporte en el sector embarque de un aeropuerto. El ideal de varón, mundano y displicente. Éste no tiene aspecto de francés. Pero tiene ojos claros. Es bajo. En su mirada húmeda hay calidez humanidad.
Con esa mirada, ya la atrapó.
Pero no hay que precipitarse.
Ella le dispara una de sus miradas desnudas y fatales.
Él intenta esbozar una sonrisa.
No lo logra.
Ella siente ganas de correr a abrazarlo, de pedirle que la salve de sí misma, que la saque de allí y le invente una vida nueva.
Él se levanta. La vuelve a mirar. ¿Me voy?, parece decirle. Y ella no quiere que se vaya. Se le humedecen los ojos.
Algo, en su interior, le dice nunca más.
Se queda rígida en la mesa sin mirarlo.
Él se da vuelta y se va.
Ella mira la puerta.
El anillo ganó esta vez.

 

LILY MARLEN

La soltería ya le pesaba. Le pesaba en los pies, en el alma, en la ropa que Gloria le regaló. Esa ropa de boutique, perfecta, que la hacía parecer joven y rica.
En la planta baja del supermercado al que solía acudir había una isla. Así la llamaban y lo era. Un cuadrado realizado con cuatro mostradores, botellas de whiski y licores de todo tipo y marcas, budines y tortas tan enormes como irresistibles, el paraíso de un goloso. Un mozo de moñito que parecía un cantinero de Hemingway, discreto y displicente. Amable. Faltaban los asesinos y los borrachos, no era lugar para ellos.
Había señoras cargadas de bolsas, algunos jubilados y toda la pequeña burguesía trasnochada que podía albergar ese sitio a las cinco de la tarde.
Y ella con su blusita de encaje y su pantalón de satén. Pero, ¿quién estaba en la caja? Eso era lo lujoso y extravagante. Una mujer bella, de larga cabellera, una estrella de cineclub con poca suerte. Una miss Francia, displicente y sensual. Amable y distraída, sus modales no eran argentinos.
Felina y delicada, decía los precios, cobraba y daba el cambio. ¿Qué hacía esa sirena sin cola en un lugar tan pedestre? Más de una vez me lo pregunté.
Un día le comenté que con treinta y cinco años no me había casado, ni tenía hijos. Me dijo, con la sonrisa del gato de Alicia, que todavía era joven, que lo lograría.
Lenguaje oracular el de la estrella. Así fue, poco después, para gracia o desgracia, me casé. Tuve un bello hijo.
Ese lugar, refugio de mis penas, no existe más. La última vez que vi a la estrella fue como cajera en el supermercado. Mi destino no se había cumplido aún. La vi más fuera de lugar que nunca. ¡Pobre pitonisa! Ojalá haya regresado al cine, del que nunca debió salir.
Puede que allí encuentre al príncipe al que estaba destinada, antes de nacer pobre, de nacer bella, de nacer mujer. Ifigenia.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Nélida Duarte, nació en la ciudad de Rosario (Argentina). Cursó la carrera de Letras en la Facultad de Humanidades de la Universidad de su ciudad natal. Estudió teatro en la Escuela de Arte Dramático. Ha publicado un libro, “Violación”, y recibió los siguientes premios: Editorial de los cuatro vientos, Plaza de los poetas, Editorial Dunken que le permitieron participar en dos antologías. Desde hace 8 años hace radio.