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Literatura
02 08 2017
Goytisolo: un recuerdo personal por Edgardo Cozarinsky
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Fue Juan Goytisolo quien me enseñó, en París, hacia fines de los años 70 del siglo pasado, a leer en Américo Castro todos los indicios de que Cervantes era “cristiano nuevo”, es decir converso, a reconocer en el “Quijote” las huellas no solo de un origen judío sino de su simpatía por todos los expulsados de la península en 1492. “España en su historia”, el libro de Castro que Goytisolo me hizo leer, “le explicará por qué murió solo, aislado del mundo académico, no reconocido en España”.
De Goytisolo yo había leído en Buenos Aires, sin mucho entusiasmo, dos novelas de su primera época, la del realismo social, y cuando me instalé en París adquirí una imagen falsa del personaje: intelectual antifranquista de lujo, asesor de Gallimard. Ignoraba que Juan estaba viviendo por esos mismos años una radical transformación de su militancia ya no meramente política sino histórica y cultural contra la España hegemónica surgida de la Reconquista, de la que Franco no era sino el último, tardío avatar.
Lo conocí a través de Monique Lange, su esposa, secretaria de Gallimard, amiga de Jean Genet, escritora de “nouvelles”, relatos ceñidos a la más clásica tradición francesa del análisis de sentimientos, aliviados por una fuerte dosis de autoironía. Fue ella la que dio (en “Les cabines de bain”) con la fórmula más seca para explicar la aceptación de la homosexualidad latente por parte de su marido: “ha resuelto sexualmente sus problemas políticos, manteniendo relaciones con hombres no educados en el sentimiento cristiano de culpa”. Pero de esto solo me enteraría por comentarios del mundillo literario.
La conversación con Juan en mis ocasionales visitas al 33 de la rue Poissonnière sobrevolaba toda intimidad. Me ilustró sobre una tradición de “heterodoxos españoles” más allá de los historiados por Menéndez Pelayo; me desengañó, por ejemplo, de que Blanco White, a pesar de su nombre, no era un personaje de ficción sino un escritor y teólogo católico español del siglo XIX que eligió el protestantismo. Su noción de heterodoxia llegaba hasta Cernuda.
Solo pude medir la audacia de su disidencia cuando leí tardíamente “Reivindicación del conde don Julián”, novela de 1970 que había debido editar en México para eludir la censura. Su héroe es el traidor que, según la leyenda, para vengarse del ultraje de su hija por un rey visigodo, permite la entrada a la península de los primeros invasores árabes. Por ese entonces Juan se había embarcado en un desmenuzamiento de las formas narrativas y del lenguaje del realismo español que habían acatado sus primeras novelas. “Makbara” (1980) iba a señalar el punto extremo de esta disolución de los límites convenidos entre poesía y novela.
Poco más tarde supe que se había instalado definitivamente en Marrakesh. Hablaba el árabe coloquial magrebí y se mimetizó con la vida cotidiana de la ciudad, lejos del espíritu cosmopolita que décadas atrás reinaba en la “zona internacional” de Tánger y cierto turismo mundano intentó reimplantar en Marrakesh, alrededor de la plaza Djema-el-Fnaa, con sus narradores ciegos y encantadores de serpientes.
Juan, en cambio, viajó a Sarajevo en 1993. En la ciudad devastada por la “purificación étnica” de Bosnia por Serbia, bajo francotiradores apostados en todos los techos, fue un gesto de solidaridad con la herencia multicultural que se pretendía borrar; entre otras tropelías, las tropas serbias habían reducido a cenizas una de las bibliotecas más antiguas y ricas de los Balcanes. “A poco de llegar a Sarajevo, al Sarajevo asediado y convertido en un campo de concentración de invisibles alambradas, la comparación con nuestra guerra civil y el cerco y bombardeo de Madrid se impone como una realidad insoslayable” (“Cuaderno de Sarajevo”).
Solo volvería a cruzarme con él en un Hay Festival, en Segovia, a principios de este siglo. Nunca olvido, le dije, que fue su intervención lo que decidió que Jorge Herralde publicara mi “Vudú urbano” en 1985. Desde luego, no recordaba el episodio, o por modestia fingió haberlo olvidado; en cambio, aunque por comprensible higiene intelectual no leía ninguna novedad, estaba al tanto de que yo había estado publicando “encarnizadamente” (recuerdo su palabra) a partir de una edad en que otros se llaman a reposo.
En 2015 le fue otorgado el premio Cervantes. Su discurso de aceptación fue el más breve, apenas diez minutos, en la historia del premio. A los 84 años, con voz inesperadamente potente, Goytisolo pidió “volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del “Quijote”. Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia”.
La Hispanidad ofendida por la traición de Goytisolo a sus principios históricos se manifestó en los días siguientes a su muerte. “El País” creyó necesario publicar las miserias del final de la vida del escritor, recubiertas por un almíbar de elogio moral. Menos hipócrita, “El Mundo” ventiló intimidades que no asustan a nadie pero intentaban ensuciar al hombre.
Prefiero recordar a Juan por su sonrisa generosa y su afabilidad. También, como él mismo se vio reflejado en miradas ajenas: “Castellano en Cataluña, afrancesado en España, español en Francia, latino en Norteamérica, nesrani en Marruecos y moro en todas partes, no tardaría en volverme a consecuencia de mi nomadeo y viajes en ese raro espécimen de escritor no reivindicado por nadie, ajeno y reacio a agrupaciones y categorías” (“Señas de identidad”, 1966).

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Juan Goytisolo (Barcelona 1931 — Marraquech 2017). Novelista español. Estudia Derecho y en 1956 se instala en París, donde comienza a trabajar como asesor literario de la editorial Gallimard. Entre 1969 y 1975 imparte clases de literatura en universidades de California, Boston y Nueva York, actividad que continúa a lo largo de su vida. Es autor de una extensa y variada obra narrativa y ensayística, prohibida en España por la censura franquista desde 1963. Sus primeras novelas, inscritas en las tendencias del realismo social de los cincuenta, son “Juegos de manos” (1954) y “Duelo en el paraíso” (1955). Su segunda etapa se abre con “Señas de identidad” (1966), donde abandona el realismo de su periodo anterior. Continúa con la “Reivindicación del conde don Julián” (1970), novela sobre el exilio, y “Juan sin tierra” (1975). Su interés por el Magreb y la civilización árabe aparece también en los ensayos “El problema del Sahara” (1979), “Crónicas sarracinas” (1981) y “Estambul otomano” (1989), así como en la novela “Makbara” (1979). El humor y la ironía aparecen en la novela “Paisaje después de la batalla” (1982) y en la autobiografía “Coto vedado” (1985). Otras obras suyas son “Las virtudes del pájaro solitario” (1988), “La cuarentena” (1991) y “Las semanas del jardín” (1998). Sus artículos periodísticos fueron recogidos en “Disidencias” (1977) y en “Contracorrientes” (1986). Ha recibido distintos reconocimientos internacionales, el Premio de Ensayo y Poesía Octavio Paz (2002) y el Premio Juan Rulfo (2004). Fue galardonado con el Premio Cervantes 2014.