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Narrativa
16 10 2017
Federico Spoliansky: observador de lo inobservable
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El infinitivo escribir me ha traído problemas. Ocupé tres días de febrero repitiéndolo en voz alta, doblándole la punta para que dejase de ser infinitivo. Un infinitivo tiene algo de cosa militar: pisan los soldados, los sonidos buscan una silla para esconderse. Solo hay música en el infinitivo ser cantante.

Escribo soslayando la cresta de la ola, sentado en la panza, no soy holgazán. La panza me permite quedar a salvo. Escribo con datos, ocurrencias, garabatos: baja sombra el abedul. Sentado en la panza escribo de a ratos. Olvido mucho, pero alcanza: palo, guampa, tereré. Los datos sacan del letargo al holgazán. Escribo en postergo.

Es febrero en Argentina. Los meses se escriben con minúscula, es el castellano. Argentina se escribe con mayúscula, es un país. El paisaje es duro: ESMA, AMIA, Tren Fantasma, Cromañón, entongues, camorra. Argentina tiene giba, soporta el peso de tanto país.

El camello se rebela, no pide un hombre a cuestas. Nace y muere con jorobas. Nace, trae, lleva.

Vivo en un país de ríos; no son ríos mansos. Camino hacia la estación frente al río, tren y río, tren y río hay en mi país. En mi país hay pejerreyes, dorados y surubíes, rellenos y desnutridos; merenguitos, pastafrola, pastelera, churros. Si hay azúcar impalpable debe ser mi país rico.
Los trenes dividen el paisaje donde sea que haya vía. El tren le escapa al sol, es tren. ¿Anda el tren? Anda mal, el paisaje anda mal. En mi país sobran las palabras. Cuando sobran las palabras hay goteras. Sobramos donde sea: taco, puntera, suela, entresuela, cordón, capital, provincias. Sobrar trae goteras. Sobran forros y plantillas.

Dudar, matracar sobre penurias es propio del bonaerense y del porteño, sean doctos o iletrados; toda charla parece interconsulta. Es difícil contener la duda, la contamos. Rueda como el tambor de un lavarropas, de principio a fin y da capo al infinito no se agota de girar sobre sí. Dudar es un vaivén: sacar la cola o meterla, sacar la lengua y meter púa, guantear, ¿guanteamos? Si contamos nos opinan.
La tramoya de la duda opera en el conurbano y en la CABA. Dalmiro Sáenz dijo: “Dudá solo en voz baja”. Escribo solo en voz baja. Escribir es un vaivén: sacar la cola y meterla, sacar la lengua y meterla, pisar y meter la pata, mano, mula, subir y bajar la capucha. Escribir endeudado mandamás: ¡Sacá pecho! ¡Poné cara! ¡Meté panza! Pecho, cara, panza, pucha; habiendo pucha pongo pucha.
Dalmiro fue mi proxeneta. Voy y vengo en lo que dijo o entendí: “Dudá en un corral de capones. Dudá de un corsario; si va a pata no es corsario ni pirata, es mochilero. Dudá en cualquier embajada. No dejes de escribir ni un día, leé en la trinchera y conocé a Napoleón Tolstói”.

No existe mortaja para vela. No existe cementerio ni momento vela. Una vela no recibe pensión ni se jubila, trabaja hasta el no doy más. El lugar para una vela es un zaguán, un oratorio, un estar vecino al kohinoor, una partida de chinchón. ¿Qué profesión puede elegir? “¡Vamos!, ¿de profesión?”. “Vela”. “¿Qué hace?”. “Velo”, responde trans. ¿Cuántos avatares puede resistir? Le exigimos a una vela más que a un percherón.

Una lombriz no es mascota. Un perro, un gato, una cobaya sí. Una lombriz no es almuerzo ni cena, un bife de entraña sí. Un bife está lleno de nervios, tragamos los nervios bajo amenaza: “Si no comen les meto por un embudo la entraña”.
Si tiramos baldes con agua y lavandina las lombrices salen de la tierra. Tiramos baldes, las lombrices salen, las ponemos en un frasco, damos vuelta el frasco. Son mascotas por un rato.
Una lombriz no tiene ni perfil. Ni cola. Tiene perfil y cola si la fileteamos y ponemos al filete de perfil, sin pinza, microscopio ni saber de anatomía.
Una lombriz no tiene pedigrí. Una garrapata tampoco.
Una lombriz y una garrapata no comparten perfil.

El sol no mira de costado, mira de frente, a la cara, a la nuca y, por qué no, el sol mira de costado. No podemos sentarnos en el sol ni en capricho, el sol tiene porque sís: es don, patrón y amatronado. No se sienta la yerba en el agua, o sí, la yerba se sienta en el agua, el sol mira de costado, el mate se toma con las manos, nos tomamos de las manos. ¡Son tantas cosas las que se pueden y tantas las que no! Tirado en la cama miro las manchas de humedad; en la pared hay un diploma licenciado, debajo una zapatilla enchufe; si hay un par de zapatillas, más enchufes. ¡Son tantas las cosas que hasta la palabra “añeja” nos pide tipearle una ñ! Las palabras se toman en serio, pero no deberían tomarse al pie de la letra. El vino no se toma en serio, tiene humor, no se toma en serio ni siendo infiltrado; el vino se toma y se plancha, el vino hace la plancha. Y el sol surf.

En Mar del Plata hay perros de a montones. Algunos son abandonados por los vecinos, otros por familias turistas en verano. Curtidos en balnearios, tajeados con puntas de azulejo, duermen en la calle, en los baños de las estaciones de servicio o mientras caminan. Algunos no llegan a las cuatro patas; les falta un pedazo de oreja, de cola. Nacen así o se las tijeretean. Otros tienen los ojos desviados de tanto mirar las olas partir al Atlántico Dulce.
Conocí en Mar del Plata a Verónica Paz. La llaman Vero Paz, Vero. A Vero Paz la apasionan Silvina Ocampo, Charly García y el cine. Vero Fellinia ha rescatado perros en situación de calle, ha corrido con tripas al cuello, una frente apoyada sobre su frente, churrasco contra churrasco. Se compró con dos aguinaldos una bicicleta con canasto, un celular de alta gama para llamar al 911. En vísperas de feriado un cretino le aflojó el manubrio. Fellinia se acostó en el medio de la avenida Luro, cortó el tránsito hasta que una pareja de mieleros la alcanzó a Zoonosis; tenía una cartuchera llena de hocicos que había encontrado en una bolsa de consorcio. Una madrugada de Navidad pedaleó con una chihuahua parturienta en el canasto. En vano, los cachorros nacieron en la puerta del Casino; los adoptó la suegra de un guardia.
Vero Paz ha cargado ulcerados, rosáceas y percances, como si en lugar de cineasta y profesora hubiese estudiado para enfermera ambulante. Ha puesto en la vida a perros de la calle, los ha ubicado bajo techo y hasta le consiguió trabajo a un cocker para vigilar en el fondo de una taberna baldes con pulpos vivos. Vero Paz salvó perros de los ladridos de otros perros. Un perro que sobrevive es un héroe cercano, no Sarmiento.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Federico Spoliansky nació en Buenos Aires en 1970. Posee un Master en Cine (London Film School). Es licenciado en Psicología (UBA). Cursó estudios de Régie en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Publicó Atlántov (Novela, Ediciones del Dock, 2016, contratapa de Luisa Valenzuela), Duda patrón (Microrrelatos, Alción, 2010), El agujero (Cuentos, Ediciones Florida Blanca, 1995). Recibió el Primer Premio Nacional Iniciación de Poesía, Ministerio de Cultura de la Nación (Bienio 1991-1992), el Primer Premio del Concurso de Cuento de la Municipalidad de Puerto Madryn / Fondo Nacional de las Artes, 1994). Ha dado clases de historia de la ópera y de la música vocal de cámara en la Biblioteca Nacional, AMIA, Museo MAR, Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes.