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Literatura
16 10 2017
El horror de la aporía por Karel Apodaca
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De pronto me encontré con la palabra aporías. Me asusté. Sabía de antemano, gracias a mis conocimientos —que aunque escasos, fueron suficientes—, que se trataba de un plural. Pero lo que resultaba atemorizante de la palabra —también amenazante— era que el filósofo francés Derrida la había pronunciado —y por favor, que la palabra “tal”, como tal, no sea considerada una fatal falta de respeto—, y no sólo eso, también la había usado de una forma por demás singular, como título para un libro que había escrito, junto a otras palabras, construyendo determinada oración. Y es bien sabido que cuando se escucha una palabra extraña y extravagante como esa, acompañada de alguna frase mística para conformar todas juntas un sustantivo de peso –es decir, el nombre de un libro– no queda más que creer que se trata de algún asunto filosófico, un poco inmiscuido en los asuntos de la palabra y el significado –algo muy válido, pues no podemos quitarle ese derecho, el de inmiscuirse, como madre que es, a la filosofía–.
Y en efecto, lo era –es, será, no sé–.
Valientemente decidí adentrarme en su significado. No corrí al diccionario «ni que estuviera en tiempos de Derrida, cuando escribió semejante sustantivo», pensé, corrí hacia la compu y consulté la RAE. La busqué, y la RAE me informó lo siguiente: “La palabra aporías no está registrada en este diccionario. La que se muestra a continuación tiene formas con una escritura cercana”. Miré un poco más abajo y descubrí la palabra aporía, subrayada y en letras azules —¡Lo sabía, era un plural!. Moví el mouse e hice clic en el singular, apareció lo siguiente: “Aporía. F. Fil. Enunciado que expresa o que contiene una inviabilidad de orden racional”. Lo primero que pensé fue «¿qué demonios es F. Fil?». Busqué: “F., femenino, nombre femenino; Fil., filosofía”.
Me sentí un poco más ignorante, porque sabía que inviabilidad era una palabra más común y menos filosófica que aporía, y yo no estaba tan seguro de su significado. Luego recordé que todo aquello era un asunto filosófico —las abreviaturas habían llevado el énfasis a aquello— y como tal, se podía prestar a malas o insuficientes interpretaciones, lo cual me hizo recuperar un poco de la confianza perdida. Busqué el significado de inviabilidad en el diccionario. La respuesta fue la típica: “F. Cualidad de inviable”. Ya no me preocupé por la F –en este punto ya empezaba a preocuparme la lógica del ser humano– y retomé la búsqueda a través del clic: "Inviable. Adj. 1. Que no tiene posibilidades de llevarse a cabo. Un proyecto inviable”; supuse que era un adjetivo —ya me estaba cansando de buscar—.
Después de esto la aporía cobró significado para mí, pero no le perdí el miedo –más bien creció un poco más–. Cerré el diccionario y comencé a buscar, quería profundizar, leí algo de aquí, algo de allá, ya no solamente era Derrida, ahora también leí palabras de quienes lo comentaban, leí la traducción al español de una carta que posteriormente sería traducida al japonés, y que uno de los problemas que discutía dicha carta era la futura traducción en sí.
Leí hasta que me ataranté –no fue mucho, la verdad, lo que leí–, y luego apareció la palabra deconstrucción –que en esa versión de la carta decía desconstrucción– y dije “¡no más!”, y dejé de buscar y de leer.
Para no sentirme mal, recordé nuevamente que aquello era un asunto filosófico, y como tal, cualquier cosa que dijera sería nada, aunque llegara en ese momento a descubrir el hilo negro –es decir, a todo–.
Me alejé de la compu, de la deconstrucción o desconstrucción, de la inviabilidad y las aporías creí alejarme también, pero me siguieron hasta el sillón en el que me recosté a digerir lo que venía filosofando —si es que yo, como un “no filósofo”, tuviera “derecho a”— a causa de lo leído.
Y después de un análisis exhaustivo-reflexivo-divagador, creí conveniente que esta palabrota, que había crecido todavía más junto con la deconstrucción o desconstrucción, no debería de ser de uso exclusivo de la filosofía, pero, por sus magnitudes cósmicas, quizá, —por asociarle un estilo lovecraftiano que en realidad, se acerca más al horror indescriptible que para mí representa—, tampoco debería permitírsele pasar al dominio público, sino que convendría transferirse a la psicología y a esta ciencia consignarla únicamente a esta palabra, puesto que en su significado —me atrevo, incluso filosófico— está encerrado el reflejo de la ilógica actitud de cada acto de cada uno de nosotros, los seres humanos.
Y si eso no es fuente de horror —repito, la ilógica actitud de cada acto de cada uno de nosotros, las aporías—, entonces no sé qué será.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Karel Apodaca, Culiacán, Sinaloa, México, 1978). Escritor de microficciones, cuento y poesía. Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica por la Universidad Autónoma de Sinaloa (México). Hasta el momento ha publicado dos poemarios cortos: “Después de las once” y “Recipiente” de manera independiente en Amazon. En 2018, publicará un libro de microrrelatos por el Instituto Cultural de Sinaloa. En su ciudad, ha participado como invitado en eventos de difusión cultural, en los que ha revelado una parte de su obra. También ha dado conferencias a estudiantes de bachillerato de la Universidad Autónoma de Sinaloa, acerca de “el oficio de ser escritor” para impulsar la lectura y la creación literaria.