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Literatura
16 10 2017
Laberinto Cortázar por José de María Romero Barea
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En las últimas décadas, la fama del escritor argentino Julio Cortázar (Bruselas, 1914 – París, 1984) parece haber cedido algo de terreno frente a la de su paisano y coetáneo Jorge Luis Borges. Tal vez porque al lector común le gusta lo políticamente correcto. Tal vez solo por eso. Se sabe que Cortázar incurrió, sobre todo en los últimos años, en una serie de faltas, todas ellas contra el pensamiento único. Se le puede afear todo menos su compromiso político, eso sí, a favor de una causa perdida. Aun así, sigue atrayendo a multitud de escritores con un alto grado de angustia estética: los que gustamos de los retorcimientos y pasajes incompletos de Kafka; los que disfrutamos las endechas de Beckett contra su propio encanto y elocuencia.

Podría decirse que Cortázar sigue siendo la forma más romántica de dar respuesta a lo anti-romántico. Apenas 30 años de su muerte en París y ya hemos olvidado que, en sus libros y en su vida, el autor argentino no solo logró dejar atrás al siglo XX, limpiamente y con decisión, sino que nos preparó para los siglos venideros, un regalo para las generaciones futuras de una riqueza material e invaluable. Lectura o visionado. Literalmente, bio-grafía: preludio de una búsqueda, invitación a adentrarnos en la saturación del recuerdo, en la faceta lúdica de una vida. “Las casualidades, mágicas en apariencia (…) se repetían casi a diario como señales misteriosas”. Cortázar siempre gustó de presentarse a sus lectores como un mago, un maestro de ceremonias literarias, un hacedor de textos llenos de trampas e interpretaciones. En su semblanza del argentino, el escritor y periodista Jesús Marchamalo (Madrid, 1960), con ayuda del ilustrador Marc Torices (1989), logra salvar los dos escollos en los que solemos caer los cortazarianos: la tendencia a la mitomanía y el abandono a la sobre-erudición.

Cortázar (Nórdica, 2017) es una suerte de bildungsbiografia (si me permiten), crónica de un ménage à trois: el que mantienen un periodista madrileño, un dibujante barcelonés y un mítico escritor argentino nacido en Bélgica, relación que nos enseña a amar la literatura y a utilizarla como puerta a otros mundos. En lugar de una hagiografía, una serie de instantes ilustrados: la “tristeza recurrente, sorda e inexpresada, desde que su padre se marchó” siendo el autor de Rayuela (1963) un niño; el encuentro “un día, saliendo de una librería en Saint Germain (…) con Edith Aron”, la Maga, “alta y delgada”; sus últimos días en París, “siempre acompañado por Aurora, Luis Tomasello, Saúl y Gladys Yurkievich”. Recuento gráfico, larga entrevista a tres bandas, anti-glosario caprichoso del vocabulario iluminado del poeta de Salvo el crepúsculo (1984).

“Cortázar acostumbraba a anotar en sus libros: aspas y subrayados, comentarios”. Se entrelazan las preguntas de Marchamalo con las respuestas dibujadas de Torices y la escritura del “enormísimo Cronopio” y todo lo anterior con la felicidad que nos provoca esa mágica sinfonía. La alegría de vivir es central a un libro que se esfuerza por recrear la embriaguez de la lectura, a veces con citas directas, a veces imitando el estilo del homenajeado: “Le divertía dialogar con los autores, felicitarlos o discutir con ellos”.

No en vano, su novela Rayuela es la historia de la desintegración mental de un intelectual argentino en París y Buenos Aires. Se pueden leer las dos primeras partes del libro como una sola narrativa continua: el relato fragmentario de los romances truncados de Horacio Oliveira en París, su regreso a la Argentina, su trabajo en un circo, luego en un manicomio y su descenso a la locura. Este enfoque, relativamente sencillo, se complica por la naturaleza episódica de los capítulos, que saltan entre los personajes y las perspectivas narrativas (monólogos, diálogos, historias cortas, cartas) pero, con el tiempo, el lector llega sano y salvo al capítulo 56, lo que parece ser un final satisfactorio.
El segundo enfoque es más enrevesado, y nos remite a los 99 fragmentos que se enumeran como “capítulos prescindibles” en la página de contenidos. El lector puede saltar entre los episodios, siguiendo la tabla de la introducción, y construir así una segunda perspectiva, más completa, sobre la acción. Este proceso de lectura es lo que da al libro su nombre, y el juego de la rayuela es sólo una de las muchas metáforas en este elaborado estudio sobre la subjetividad radical de la experiencia. En el camino, se nos presenta al lector Morelli, un antiguo escritor que compone una novela de fragmentos asíncronos.

Leer Rayuela, es como leer varios libros agrupados al azar en uno solo. Su retrato de un París bohemio, lleno de intelectuales obsesionados con el arte, la música, la literatura y el free jazz que tanto influyó en la escritura del argentino, es claramente una reminiscencia de los vagos de Nueva York en V de Thomas Pynchon, publicado el mismo año, mientras que su relato de la paranoia en un manicomio de América del Sur tiene la problemática compulsiva de Bernhardt. En algunos pasajes, se exploran las técnicas de collage de los dadaístas y surrealistas para generar frases extrañas, que cambian la perspectiva del relato; en otros, se proponen idiomas inventados, metáforas exóticas o extrañas contorsiones de lo familiar.

A medio camino entre la reverencia y el ensimismamiento, lo elocuente y lo íntimo, Marchamalo/Torices desdibujan su propia personalidad para diluirla en la del biografiado. Logran con creces su objetivo: acercarnos al cuentista de Bestiario (1951), su compromiso con la vida, su afinidad con la literatura. Concluyen: “Está enterrado en el cementerio de Montparnasse. Una tumba que semeja ser un libro y donde es costumbre dejar flores y notas sujetas con guijarros (…) a veces un libro suyo abierto y subrayado, a veces un paquete de cerezas”. Los lectores que conocemos a Cortázar obtenemos el deleite de reconocerlo (y no siempre cuando el propio escritor está siendo citado). Los que aún no lo han leído serán felices de seguir a Marchamalo/Torices a través de los seductores senderos del laberinto que han urdido.

Esta biografía, sin embargo, principia al final. La búsqueda dolorosa del personaje concluye en ese dédalo de espacios y tiempos, donde el biógrafo queda atrapado mientras el biografiado se pierde en la distancia. La muerte pone fin a una vida y la restaura. La cronología se sustituye por la memoria en Cortázar, mientras la capacidad de biógrafo e ilustrador para recordar intenta devolvernos al personaje, reconstruyendo fragmentos de su vida en una crónica sorprendente en la cual las ausencias y las presencias son tan importantes como los hechos conocidos.

El madrileño, al escribir desde nuestro tiempo, mira hacia atrás sobre nuestra memoria colectiva. Se mezclan intimidad, biografía, historia y crónica detectivesca. El resultado es un híbrido que cambia a medida que medita sobre la naturaleza del tiempo y la identidad. Cortázar es un descubrimiento que circunda alrededor de un hombre que pasó su vida huyendo de todos, pero sobre todo de sí mismo. El tono muta hábilmente entre las diferentes capas del recuerdo y entre los diferentes tonos: unas veces oímos la voz desapasionada del historiador, otras la íntima del interlocutor, que deja que las palabras del escritor se mezclen con las propias. La actualidad devora lo histórico, el pasado cae en la zona de sombra mientras arroja destellos de luz sobre el presente.

Al escribir sobre la muerte del argentino, el periodista intenta recuperarlo y, al mismo tiempo, dejarlo ir. Pero aquel no se va en silencio. Los muertos nunca mueren. Una mezcla de crítica y estilismo logra capturar características recurrentes del arte de Cortázar: su pasión por la política, su infancia como portal de descubrimientos y su tendencia a asignar su propia narrativa familiar a la novela del mundo. Su biografía no solo muestra lo injusto que un autor puede llegar a ser, incluso con los que más quiere; también evoca el heroísmo de un hombre que, confrontado por la pobreza, la mala salud y los desarraigos interminables, encuentra en sí mismo el valor para escribir una obra que exalta a la gente común y las complejidades de sus mentes. Cortázar es la crónica de esa aventura, de ese ejemplo a seguir.

Sevilla 2017

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Julio Cortázar, (Bruselas, 1914 – París, 1984). En Buenos Aires desde 1918, estudia en la Escuela Normal Mariano Acosta. En 1934, ingresa en la Facultad de Filosofía y Letras. Profesor en un colegio de Bolívar (Buenos Aires). En 1938, aparece “Presencia”, poemas, con el seudónimo Julio Denis. Entre 1944-45, es profesor de literatura francesa en la Universidad de Cuyo, Mendoza. En 1946, publica su cuento “Casa tomada” y en 1949, el poema “Los Reyes”. En 1951, su primer libro de cuentos “Bestiario” y en el mismo año con una beca del gobierno francés, se instala en París y trabaja como traductor en la UNESCO. Publica “Final de juego" cuentos (1956), “Las armas secretas” cuentos (1959), “Los premios” novela (1961), “Historias de cronopios y de famas” (1962), “Rayuela” (1963), “Todos los fuegos, el fuego” cuentos (1966), “La vuelta al día en ochenta mundos” (1967), “62, modelo para armar” (1968), “El libro de Manuel” (1973), “Octaedro”, cuentos, (1974), “Queremos tanto a Glenda” cuentos (1980), “Los autonautas de la cosmopista” (1983) y “Salvo el crepúsculo” poemas (1984). Su obra ha sido traducida a casi todos los idiomas.