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Narrativa
02 01 2018
Una historia de asfalto y hospital (fragmento) por Enrique López Sierra
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Rubén sonrió, animado ante las palabras que escuchaba. Había buen ambiente en la sala de espera. Parecía que nada hubiese ocurrido, y que el fatal accidente no hubiese sucedido nunca. Oyéndolos hablar el optimismo parecía florecer en sus voces. Un optimismo que intentaba camuflar las lágrimas, la rabia y el miedo que les habían invadido en aquellos días. Todos ellos lo habían sufrido. Cada vez que sonaba el móvil, temían un mensaje o llamada que les dijera que la vida de Enrique López había tocado a su fin. Esa sensación parecía pertenecer al pasado, pero hasta hace escasamente unas horas era su único presente tangible.
No tardó mucho en avisarle Alberto de que ya por fin le tocaba pasar. Tragando saliva, se dispuso a entrar. Le pareció un gran cuadrado blanco, como en las películas, lleno de camillas en los extremos en las que los pacientes dormitaban, mientras les recorrían mil cables por sus cuerpos, transportando Dios sabe que sustancias a los enferm0s para que pudieran seguir con vida.
En esas condiciones encontró a Kike. A pesar de las sensaciones que le habían transmitido en la sala de espera, le costó retener la emoción en sus globos oculares. Hace unos días, estaban bromeando después de jugar un partido de pádel. No podía parecer más lejano aquel recuerdo en aquel momento.
Intubado como estaba, con varios cables que le salían de la espalda y el cuello, sumado ello a dos mujeres que estaban al pie de su cama, parecían la viva imagen que los cineastas elegían para las escenas dramáticas, en las que la muerte era parte indisoluble de una película.
Se obligó a no pensar en ello a medida que sus pasos le conducían hacia la cama de su amigo. Mover las piernas le estaba resultando toda una heroicidad, como si caminara hacia el mitológico león de Nemea en vez de a ver a su amigo.
Una de las mujeres miró hacia su posición por fin y le dedicó una sonrisa que ayudó a Rubén a completar el trecho que le separaba de la cama de Enrique. Inma se acercó a Rubén, y le dio un beso en cada mejilla. La encontró cansada, pero nada parecía perturbar aquella sonrisa, como si en vez de en el hospital con su hijo, le hubiera recibido en una fiesta.
—Inma, que bien te veo —dijo con una sonrisa sincera.
—Ay Rubén, muchísimas gracias por venir. Creo que te acordarás de mi hermana Araceli, de cuando viniste a Cantabria –y acto seguido, la aludida saludó a Rubén.
—Ya está a punto de despertar. Ya le han quitado los fármacos para mantenerle en coma, y bueno estamos tratando de que responda algún estímulo. Mi hermana y yo estábamos tratando de cantar el Himno del Centenario del Atleti, de Joaquín Sabina.
—Mira lo que le he traído –comentó Rubén, con una sonrisa, y se metió la mano en el bolsillo. Sacó del mismo una bandera del Atlético de Madrid, gigantesca. La había firmado y le había puesto una inscripción motivadora, en la que había tratado de inyectar a partes iguales sentimiento rojiblanco como el profundo afecto que le unía a su amigo.
Inma lo miró un momento, mientras sus ojos brillaban por la emoción. Susurró un “Gracias, Rubén”, y le invitó a que se acercara a la cama, mientras ella y su hermana Araceli comenzaron a tararear:
—Con dinero y sin dinero somos los primeros, que viva mi Atleti de Madrid —tal y como rezaba la canción de Sabina, que tanto significaba para su hijo por la vinculación con los colores rojiblancos.

Mientras tanto, Rubén se aproximó silencioso donde reposaba su amigo. Se atrevió a tocar a Enrique. Multitud de recuerdos le venían a la cabeza: cuando fueron a Santander; en el Calderón, celebrando victorias, derrotas,… pero sobre todo, le venía a la mente la cantidad de veces que se habían llamado mutuamente, que habían compartido una caña juntos, para contarse que tal estaban, y sentir que aquellas conversaciones habían servido a ambos dos para avanzar.
Le miraba una y otra vez, sintiendo la impotencia por no poder hacer nada para ayudarle. Pero él, un hombre tan pasional, no podía quedarse de brazos cruzados sin hacer nada. Debía hacer llegar a la adormilada conciencia que, aunque no fuera a estar cuando despertase, él estaría siempre ahí y nunca dejaría de apoyarle, porque sabía que él tampoco le abandonaría.
Por eso, extendió la bandera, y sacando fuerzas del interior, exclamó:
—¡Forza Kike campeón! —como si alentara a uno de esos jugadores que tanto quería de su equipo.

Nunca habrá un dictamen médico que certifique que eso fue lo que le hizo reaccionar. Pero en ese momento, Enrique abrió los ojos como platos, y se quedó observando a Rubén unos instantes, sin poder reconocerle. Rubén, sorprendido por ese gesto, se quedó sin reacción. Sintió que le faltaba el aire. Las piernas le flaquearon, las lágrimas de alegría recorrieron su rostro. El corazón le empezó a latir fuertemente. Necesitó de dos médicos para que le atendieran, le dieran un vaso de agua y le tranquilizaran, como si fuera un enfermo más de aquella sala.
No pasaba nada. Daba igual. Enrique estaba vivo. Lo había conseguido, había devuelto a su amigo a este mundo. Había vuelto a la vida. Su Champions particular estaba ahí, y eso era algo que nadie le podría quitar.
Tras echar una vista atrás, se dispuso a salir de la UCI, comenzando a silbar una alegre melodía, audible los domingos en la ribera del río Manzanares, la cual sonaba así: “Atleti, Atleti, Atlético de Madrid…”

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Enrique López Sierra (Madrid, 1994) es un estudiante de Doble Grado de Derecho y Administración de Empresas apasionado por la lectura y la escritura. Su vida dio un vuelco total cuando un 11 de Septiembre de 2015 sufrió un violento atropello en medio de la Castellana en Madrid. Tras varios días en que estuvo entre la vida y la muerte, pudo salir adelante, aunque con importantes secuelas, que persisten aún al día de hoy. Comprometido con las causas sociales, ha decidido empezar su carrera literaria con el libro “Una historia de asfalto y hospital”, para lanzar un mensaje a la sociedad sobre una realidad a la que apenas se presta atención.