Literatura
02 01 2018
Cabeza de tigre (novela) de Marcos Rosenzvaig
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En tiempos en que escasean los héroes, José Antonio Grimau continuó la tradición familiar manteniendo en alto el nombre de sus antecesores. El primer eslabón Grimau, algo borrado por la ominosa pluma de la historia y las clásicas leyes del olvido a las que estamos sometidos los hombres, se llamó Francisco. Se había afincado en las islas Canarias, según certifica el Cronista y Decano Rey de Armas Don Vicente de Cadenas y Vicent, y era dueño de un escudo heráldico.

De niño, José Antonio había memorizado ese dato aportado por su padre. La historia de ese testimonio, probablemente descendido de los barcos y relatado una y otra vez por innumerables voces ajadas a lo largo del tiempo, se convirtió en leyenda. No obstante, José Antonio se ocupó de certificarlo acudiendo al Archivo Nacional.

El segundo Grimau del que se tenga noticia había llegado durante la Colonia y, según consta en el registro Nacional, se llamó Cayetano Grimau y Gálvez. La necesidad de fuerzas militares en la época lo había convertido en oficial del octavo regimiento. Apañado por Liniers, combatió con apenas once años en las Invasiones Inglesas. A los veintiún años, la historia lo nombró “el chasqui de la Independencia”.

Cayetano, nuevamente, se llamó el tercer Grimau. El cuarto, el chacarero Cipriano, fue quien se instaló en Los Surgentes, según consta en el registro notarial de un caserío vecino, mucho antes de que el francés Carlos Sauberán donara tierras para cimentar ese pueblo. Comprar campos en Córdoba en esa época era una bicoca francesa.

Ramiro fue el quinto y vivió en Córdoba en los tiempos del presidente Ramón Castillo. Le tocó ser conscripto y marchar junto a la guarnición de Campo de Mayo para derrocar al Gobierno. No entendía mucho de política ni de batallas. Le habían asignado la misión de llevar agua para los cañones, en el verano y de a pie, pero invadido por la sed se la había ido tomando en el camino, además de convidar a los soldados. Por ventura los cañones nunca tuvieron oportunidad de ser disparados y aquello terminó siendo un paseo por Buenos Aires. Cuando regresó a su provincia tuvo un hijo, José Antonio, quien terminó viviendo, por obra de la casualidad, en Los Surgentes, la villa que habían habitado sus antepasados, un campo antiguamente llamado Cabeza de Tigre.

José Antonio cursó estudios como seminarista en la ciudad de Córdoba, pero no pudo alcanzar el tercer año; su renuncia marcó el regreso a Los Surgentes. Allí, la providencia quiso que conociera a Ana, que se casaran casi de manera inmediata y que al mismo ritmo tuvieran dos hijos.

El apellido Grimau persistió en el país a través de seis generaciones y Cayetano se transformó en la gota de sangre preciada de la historia familiar. José Antonio, orgulloso de su estirpe, tenía por costumbre contarles a sus hijos cómo Cayetano se había codeado con armas antes que con juguetes, cómo sus cartas de presentación habían sabido ser la puntería con el trabuco y la destreza con la espada. Les hablaba de Liniers y de la admiración que este sentía por aquel jovencito, casi un niño, capaz de trasladar a un prisionero inglés desde Quilmes hasta Ensenada –resulta difícil imaginar que el mismo Liniers le haya dado la orden, que el chico la haya cumplido e incluso que haya recibido de sus manos la medalla al valor, pero estas mismas cosas las había aprendido José Antonio de su padre durante las noches de infancia–. Había aprendido y les contaba a sus hijos que Liniers quiso morir con los ojos abiertos, mirando a sus matadores, y que alguien escribió, aquí cerquita, en Cabeza de Tigre, sobre el tronco de un árbol las iniciales de los cinco fusilados: CLAMOR, aunque la O del obispo Orellana se salvó porque la Junta conmutó su pena.

Les contaba que el clamor de los moribundos siempre sería escuchado por Dios, aunque sus designios no puedan ser comprendidos por nuestras mentes.

Ramiro solía sentarse al borde de la cama de José Antonio y pintar con lenguaje campero los atributos del héroe Cayetano. Su teoría era que cada persona tenía asignado un casillero hermético, de vidrio. Que todos nos observamos detrás de esa transparencia. Se comparaba con un insecto; decía que unos y otros agotan –agotamos– el casillero auto prefijado para vivir. Lo hacen y lo hacemos –decía– buscando una salida, intentando trepar por los lados hasta gastarlos de puro obstinados.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Marcos Rosenzvaig, nació en Buenos Aires en 1954. Dramaturgo, ensayista y escritor. Curso estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Málaga (España) que se coronaron con una tesis doctoral “Ser e identidad en el teatro de Copi”, sustentada en la misma universidad. Fue profesor de Letras en la Universidad Nacional de Tucumán (Argentina), 1982. Ensayos publicados: “Técnicas actorales contemporáneas”, Editorial Capital Intelectual, 2011; “El teatro de la enfermedad”, Editorial Biblos, Buenos Aires, 2009; “Il teatro inopportuno di Copi”, Editorial Titivillus, 2008; “Copi: Sexo y teatralidad”, Biblos, 2003; “Copi: Laberinto de espejos”, Editorial Universidad de Andalucía, 2003, Málaga; “La historia del teatro idish en la Argentina”, Cuadernos de Investigación teatral del San Martín, 1991, Nº 1. En la Editorial Leviatán de Buenos Aires: “Tadeusz Kantor o los espejos de la muerte”, 2008; “El teatro de Tadeusz Kantor”, 1995; “Prólogo y entrevista a Fernando Arrabal”, 2000. Obras teatrales: “El veneno de la vida”, Biblos, 2011; “Tragedias familiares”, Leviatán, 2010; “El pecado del éxito y otras obras”, Leviatán, 2006; “Niyinsky y otras obras”, Leviatán, 2003; “Regreso a casa - Qué difícil es decir te quiero”, Leviatán, 2000; “Tres piezas de teatro”, Leviatán, l998 y “Teatro”, Leviatán, 1992.