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Literatura
07 10 2018
Dos de sus poemas inéditos y dos fragmentos de sus novelas seleccionados por Marcos Rosenzvaig
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SALA DE ESPERA

Con elegancia virreinal
los hilos van y vienen
hasta entretejer un paquete de confitería.
Uno escapa de los dedos ágiles
y envuelve el anillo terrenal.
Sobre ese camino luminoso
marcha una caravana de abejas
sin alas
todas ellas
fugadas del panal.

Los amantes giran su juventud
alrededor de la alianza de oro,
se prometen recostados en la alfombra mágica,
encendidos se lanzan
del estribo de un tobogán.

Un hilo largo envuelve a la tierra
como el anillo
el temblor de los amantes.

El hombre es un viandante del sedal.
Las abejas giran fatigadas
alrededor del anillo de compromiso
hacen malabares colgadas del brillo del oro.
Una araña cruza la luna,
como una persona tardía la pantalla de cine.
Las patas ladronas tejen un ovillo de aire azul.

Mi gato entra por la ventana.
Y me dice: ¿no viste mi cuerpo?
Cómo explicarle lo incomprensible.
No besé a mi padre, ni a mi madre, ni a mi hermano, ni a mi gato antes de morir.
¿Por qué nadie me enseñó a besar?

 

MUCHOS AÑOS DESPUÉS

la inmigrante toma el mismo subte
con estudios clínicos bajo el brazo.
Se aferra al pasamanos
y se da cuenta que se resbala
porque es de plastilina,
como la humedad del cabello
los días lluviosos,
las veredas nuevas,
el idioma nuevo,
el país nuevo,
su antiguo trabajo,
sus piernas fibrosas
y sus estudios clínicos.
Desciende
la escalera mecánica,
el charco sin saltarlo.
La muerte llegará con zapatos y pasamanos cansados,
ella entregará su mano mojada de lluvia,
alguien le quitará los anillos,
después los anteojos,
y por último una vieja dentadura.
Todo se hará en orden,
con los papeles al día.

 

FRAGMENTO DE “PERDER LA CABEZA”

Yo, Marco Avellaneda, que nací en Catamarca, que estudié en Tucumán y que a los veintiún años ya era abogado, pienso que una cabeza muerta sin brazos ni piernas ni cuerpo que la sostenga es casi inofensiva. Digo casi porque las mujeres que cruzan esta plaza se han propuesto enterrarme. Seguramente para que no sufra la penitencia a la vista de los paseantes, ni para que las inclemencias del tiempo sigan decolorando lo que, en otra época, fue un relicario de mujer adolescente y enamorada. Yo, Marco Avellaneda, que fui decapitado a los veintiocho años por haberme opuesto a vivir amordazado con un chaleco punzó, un sombrero con cinta color punzó, un poncho punzó y con el maldito color punzó hasta en el culo, he muerto y mi cabeza hace dos semanas es exhibida en la plaza Independencia de la ciudad de Tucumán. En cuanto a mi alma, debo decir que ignoraba la velocidad de la muerte, que sabía acerca de la crueldad de los represores pero que jamás imaginé tantos años vagando como un niño perdido para siempre.
La plaza está desierta. El calor ahuyenta a los transeúntes a sus casas. Una mujer espera en un banco empecinado. Fortunata García, resguardada por la sombra de un naranjo desde el mediodía hasta el atardecer, no hace otra cosa que espiarme desde el vértice mismo de la plaza. En el extremo opuesto, formando un triángulo isósceles perfecto tomando mi cabeza como vértice, el comandante de la guarnición. Un hombre comprometido a garantizar la seguridad de mi cabeza...
Como si pudiera escapar.
Ella finge leer un libro pequeño. Seguramente se trata de una Biblia. A la altura de su boca el libro tiembla y sus ojos atardecidos de laguna de campo alunizan en los míos desteñidos. Mis ojos, si pudiera palpar mis ojos. El color, ¿habré perdido el color? ¿Qué quedó de mí? ¿Quién soy? Ni siquiera un actor, algo menos que un bufón, una cabeza de kermesse; un objeto triste repleto de recomendaciones como las de una madre a un niño el primer día escolar: “No cruces la calle solo, tampoco te olvides los útiles, si querés ir al baño pedile permiso a la señorita y no te asustes... Cuando seas grande es posible que casi no me necesites, pero te vas a acordar siempre de mí”.
Tampoco ustedes van olvidar mi cabeza de espantapájaros, mi cabeza de mierda ultrajada por la mirada de todos y hasta por las palomas de este maldito sol de Tucumán.
Ahí está ella, obstinada. Aferrada a cualquier ilusión, estorbando mi libertad con un vientre ocupado por un hijo mudo de por vida, un hijo que jamás tendremos porque me separé de ella a la edad de dieciocho años. Pero ella persistió en amarme sola durante toda la vida, como lo hace ahora desde un banco. A distancia, temerosa de las miradas federales, disciplinada con su cinta punzó. Con miedo de que alguna de las mujeres emperradas en enterrarme pueda pensar que ella, Fortunata García, continúa aún enamorada.
Sí, de a poco me voy secando. Poco a poco. Serenamente, sin urgencias, sin demandas. Lo sé, aunque no tenga un espejo.
Envidio a los hombres que llegan al final con ojos cansados de haber amado bellas mujeres y conocido tierras fantásticas. Quizás para ellos todo sea distinto, no lo sé.
Fortunata deja el libro pequeño sobre su regazo y abandona los ojos a la deriva como quien ya no busca una explicación a las cosas. Ella se entrega a la molicie de la noche. Ya no le interesan el qué dirán ni el cotilleo del pueblo. Hace un esfuerzo para que nadie note la oscuridad en la que se ha sumergido. Por eso continúa respondiendo mecánicamente los saludos de aquellos que, para ahorrar distancia, cruzan la plaza en diagonal sin inquietarse por el horror de una cabeza que cuelga de un árbol.
Aún me recorre un zumbido de patas al galope. Una sábana de polvo de patas. Un cielo surcado de sables y de gritos. Yo, esforzándome por desafiar el pánico, empapado de sudor y empapando las crines de las bestias asustadas, con las manos resecas de tanto sol, cortajeadas por la fuerza de las riendas, sostenido a las riendas como a la vida, despanzurraba el viento a sablazos. Los pingos intuían que Quebracho Herrado era el principio del fin, después seguiría Famaillá y mi huida desbocada y la de Lavalle hacia el norte, y la traición de Sandoval y Oribe escribiéndole a Rosas: “La cabeza de Marco brillará como un sol o como un espejo en la plaza, para que cada tucumano se mire y piense”. Y Rosas contestándole: “Dios es infinitamente justo”.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Marcos Rosenzvaig, nació en Buenos Aires en 1954. Dramaturgo, ensayista y escritor. Curso estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Málaga (España) que se coronaron con una tesis doctoral “Ser e identidad en el teatro de Copi”, sustentada en la misma universidad. Fue profesor de Letras en la Universidad Nacional de Tucumán (Argentina), 1982. Ensayos publicados: “Técnicas actorales contemporáneas”, Editorial Capital Intelectual, 2011; “El teatro de la enfermedad”, Editorial Biblos, Buenos Aires, 2009; “Il teatro inopportuno di Copi”, Editorial Titivillus, 2008; “Copi: Sexo y teatralidad”, Biblos, 2003; “Copi: Laberinto de espejos”, Editorial Universidad de Andalucía, 2003, Málaga; “La historia del teatro idish en la Argentina”, Cuadernos de Investigación teatral del San Martín, 1991, Nº 1. En la Editorial Leviatán de Buenos Aires: “Tadeusz Kantor o los espejos de la muerte”, 2008; “El teatro de Tadeusz Kantor”, 1995; “Prólogo y entrevista a Fernando Arrabal”, 2000. Obras teatrales: “El veneno de la vida”, Biblos, 2011; “Tragedias familiares”, Leviatán, 2010; “El pecado del éxito y otras obras”, Leviatán, 2006; “Niyinsky y otras obras”, Leviatán, 2003; “Regreso a casa - Qué difícil es decir te quiero”, Leviatán, 2000; “Tres piezas de teatro”, Leviatán, l998 y “Teatro”, Leviatán, 1992.