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Narrativa
09 12 2018
Camila (cuento) por Patricia Schaefer Röder
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“Se hechan las cartas. Se dán vaños y despojos”.

—Oiga, ¿y cómo es eso?, Camila le preguntó a la mujer más vieja sentada en aquel tarantín del mercado, señalando el anuncio escrito a mano sobre un cartón torcido.
—Buenos días, dijeron las dos mujeres.
—Buenos días, respondió Camila, intentando esconder un tanto de vergüenza en una sonrisa nerviosa,¿cómo les va?
—Bien, gracias a Dio’, dijeron a una voz.
—Mire, es que tengo una duda: ¿cuáles cartas echan y cómo lo hacen?
—Bueno, nosotras usamo’ la baraja española. Primero le echamo’ las cartas pa’ ve’ su suerte y luego le damo’ baños o despojos, según lo que necesite, contestó.
—¿Y quién lo hace?
—Lo hace mi hija, dijo la vieja, señalando a la mujer más joven sentada a su derecha. Yo no practico.
—Yo lo hago. Yo echo las cartas, afirmó la joven de unos veinticinco años. Yo digo to’ lo que veo. Uno tiene que contá’ to’ lo que ve; to’, todito, to’.
—¿Y usted tiene algún poder especial?
—Sí; yo tengo poderes y mi mae también. Mi hermano también nació con ellos, dijo.
—¿Y cómo sabe una que tiene poderes? ¿Se siente algo especial?
—Bueno, eso se sae’ po’que se ven cosas.
—¿Como clarividencia?
—Sí; así mismo e’.
—Mire, yo le pregunto porque mi mamá era clarividente, y yo no sé si tengo los poderes. Sí sé que he visto cosas del futuro, pero como no es muy frecuente, no estoy segura.
—Bueno, esos poderes o se tienen o no se tienen. Si usté’ los tiene y yo le echo las cartas, se van a juntá’ nuestros poderes y van a subí’ a la cabeza.
—¿Como si estuviéramos más iluminadas?
—Así mismo e’.
—¡Qué bien! ¿Y las velas para qué son?
—Son pa’ pedile’ a los santos. Cada vela es pa’ un santo. Nosotras sólo hacemo’ magia buena, dijo la vieja, señalando una pared cubierta de velones votivos de todos los colores. Tengo el agua corriendo pa’ que se lleve la mala energía, las cosas malas.
—¿Y en esas botellas qué hay?
—Esencias pa’ la suerte, pal’ amor, pa’ la salú’, pal’ dinero y pal’ trabajo. Lo de siempre, pue’. To’ el mundo busca lo mismo. Y nosotras no hacemo’ magia negra.
—Ya veo… ¿Y esas latitas pequeñas que tiene ahí en la esquina? ¿Qué son? No las puedo ver bien de lejos.
—Son polvos de personalidá’, dijo la joven, mostrando las pequeñas cajitas de metal con etiquetas que decían “Rosa”, “Gilberto”, “Margarita”, “Ponciano” y “Eleuterio”.
—¿Y eso qué es? ¿Por qué tienen nombres de personas?
—Tienen el nombre de la personalidá’ que les va mejó’. Por ejemplo, Rosa es apasioná’, Margarita es natural y Ponciano es sencillo.
—¿Y para qué sirven?
—Esos son pa’ la gente que siente que le hace falta algo de eso. O pa’ la gente que quiere cambiá’ su manera de ser.
—¡Qué maravilla! ¿Y funcionan bien?
—Claro que sí. Aquí to’ funciona bien.
—¿Y usted por qué no practica?, le preguntó Camila a la vieja, que se había levantado de la silla y se estiraba sobre los talones.
—Yo no practico po’que cuando estaba en el vientre e’ mi amá, lloré. Eso me hizo perdé’ poderes desde antes de nacé’, explicó la vieja, que tendría cerca de sesenta años.
—Entiendo, dijo Camila, y mirando a la joven, le propuso: ¿será que me puede echar las cartas ahora?
—Si usté’ lo desea, así será. ¿Está prepará’?
—Como nunca antes, afirmó Camila, y desaparecieron juntas detrás de la cortina negra.
Era un cuartucho improvisado, oscuro, con dos sillas plegables y una mesa pequeña cubierta con un trapo negro. Se escuchaba el rumor del agua que corría incesante por una fuentecita portátil. Algunas velas rompían la oscuridad con su tímida luz y su olor se mezclaba con el del incienso y ciertas esencias indefinidas que le daban al ambiente una dimensión totalmente desconocida para Camila. Le tomó unos instantes acostumbrarse al cambio de luz.
—¿Cuál es su nombre?
—Camila.
—Pue’ siéntese aquí, Camila, que ya vamo’ a empezá’.
Las dos mujeres tomaron asiento. Camila respiró profundamente y dejó salir un fuerte suspiro. En verdad estaba preparada. Siempre había sentido la curiosidad de entrar en ese mundo extraño para ella y hoy era su oportunidad.
—Corte la baraja, Camila. Vamo’ a ve’ qué hay aquí. Hmm… no veo ná’, no veo ná’…
—¿Cómo que no ve nada? Algo tiene que haber ahí.
—Eso pasa a vece’.
—¿Sí? ¿Y por qué? ¿Qué significa?
—No puedo ve’ ná’ po’que sus poderes me lo tapan.
—¿O sea que sí tengo poderes? Pero no los sé usar…
—No importa que no sepa; sí los tiene. Ahora es el momento. ¡Rápido, déme las manos!
Emocionada, Camila entregó sus manos a la joven. Cuando hicieron contacto, una tremenda descarga de energía que salía de la mulata fulminó a Camila instantáneamente, dejando sólo una fina ceniza esparcida sobre silla y suelo.
Unos instantes después, la joven se estiró en su asiento y llamó a su hermano.
—¡Eustaquio, trai una lata! ¡Tenemo’ polvo e’ Camila!

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Patricia Schaefer Röder, escritora y traductora literaria venezolana. Vivió en Alemania y EE.UU., y desde 2004 en Puerto Rico. Sus escritos han merecido premios nacionales e internacionales, como el Primer Premio en narrativa del XX Concurso Literario del Instituto de Cultura Peruana en Miami, EE.UU., por su cuento “Ignacio”. Sus cuentos y poemas aparecen en muchas compilaciones, como Crónicas de María: Voces para la Historia. Su libro Yara y otras historias fue publicado en 2010 por Ediciones Scriba NYC, que en 2014 también publicó su poemario Siglema 575: poesía minimalista. Desde 2015 organiza el Certamen Internacional de Siglema 575 “Di lo que quieres decir”, del cual se publica una antología con los mejores poemas del concurso. Entre sus traducciones literarias destacan las novelas El mundo oculto de Shamim Sarif (Ediciones Scriba NYC, 2016); El sendero encarnado de Amanda Hale (Verdecielo Ediciones, 2008) y Mi dulce curiosidad de Amanda Hale (Ediciones Scriba NYC, 2017).

 

 

 

 

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