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Literatura
09 12 2018
Diálogo con Marcela Iacub: El Che Guevara histórico que escondía el mito por Debora Campos
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“La principal crítica que se le puede hacer a la leyenda del Che es que nos impide contemplar la vida de Ernesto Guevara”, dice Iacub a Ñ por teléfono desde la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), allí es directora de investigación del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS). Desde la izquierda francesa, no le ahorraron cuestionamientos: “Para las clases dominantes y sus pitbulls mediáticos, debemos terminar con la resistencia, con “las grandes historias” y los mitos que llevan la justicia social, la igualdad, el cumplimiento de mujeres y hombres”, dispararon.

“Hay dos leyendas que conciernen al Che: la leyenda castrista y la leyenda crística en la que se apoya sobre todo el filme hollywoodiense Che de Steven Soderbergh, protagonizado por Benicio del Toro”, explica. En el libro, ella postula que el Che se convirtió en una figura crística a partir de la foto de su cadáver. “Quizás el mito no habría existido sin esta foto tomada horas después de su ejecución y para la cual se preparó su cuerpo cortándole el pelo, cambiándole la ropa e inyectándole formol en el rostro. Gracias a la luz de los flashes, los ojos del Che estaban llenos de luz”, explica.

El mundo entero vio esa foto perfecta, con la que el Che demostró que era un mártir en el sentido cristiano del término: “La pose, la mirada serena y llena de luz, el héroe vencido. Ahora bien, hay otras imágenes: las que fueron tomadas justo después de su ejecución y que fueron ocultadas durante veinte años. Son horribles y nunca habrían dado lugar a tal adoración”, agrega Iacub. La imagen tomada por Freddy Alborta en el lavadero del Hospital de Nuestra Señora de Malta, en Valle Grande, Bolivia, tiene para la jurista algo del óleo Lamentación sobre el Cristo muerto, una de las obras más célebres de Andrea Mantegna. Y encarna, además, un milagro (así se titula el último capítulo del libro, por cierto, Milagro en Valle Grande): el de transformar a un hombre cargado de contradicciones y de crímenes, en un paradigma moral. Esa imagen sumada a la celebérrima tomada por Alberto Korda en 1960 “se hicieron famosas en todo el mundo unos días después del asesinato gracias a un editor italiano que las reprodujo en millones de carteles”, anota en el libro editado por Robert Laffont.

Por eso, afirma: “La leyenda del Che se basa en esta contradicción aparentemente insuperable: un asesino puede deslumbrarnos con su esplendor moral”. En el procedimiento, dos formas de juicio que son incompatibles se enfrentan: una religiosa, sacrificial; y la otra racional, legal, moral. La primera prevalece sobre la segunda. Y como los crímenes no pueden ser omitidos, entonces se los evoca suavizados, justificados. La dicotomía alcanza a casi todos los biógrafos de Guevara: “No hay estudios históricos sobre él, solamente mitológicos. Incluso los autores que no son comunistas no quieren ver cómo fue. O sea que no es una figura histórica”, apunta.

Le Che á mort capitaliza las lecturas históricas pero sobre todo la propia producción escrita de Guevara. “En su adolescencia, no estaba comprometido políticamente, pero había decidido morir como un mártir. Eso se puede leer en algunos de sus poemas y en sus Diarios de Motocicleta (sobre su periplo en América Latina a los 20 años). Por eso, para realizar un análisis psicológico del personaje, me basé en sus escritos. Ante todo quería darle la palabra, porque además escribía bien. Creo que inventó su personaje desde su juventud leyendo novelas de aventuras. Tenía un ideal para sí mismo muy elevado”, dice Iacub.

Otros antes que ella han trazado un paralelismo entre esa construcción del mártir y las prácticas suicidas de los yihadistas. “La asociación entre el terrorismo moderno y las mecánicas de Guevara ya se hizo varias veces. Bernard K. Freamon, R. Scott Appleby y Olivier Roy son algunos de los intelectuales que trabajaron este tema. Por eso, en mi libro eso está apenas retomado”, explica. Sin embargo, ese punto sedujo a los medios franceses y anticastristas que explotaron la simetría. Para Iacub, el libro cuenta “la historia de un alma”, dice.

—¿Qué imagen de Guevara tenía en ese momento inicial?
—Nunca me había interesado como personaje y me empecé a hacer preguntas tras el atentado a Charlie-Hebdo porque retomé la conexión entre el discurso del Che y el de los terroristas que postulan la idea de dar la vida como un acto de propaganda. Luego empecé a leer y a revisar toda la iconografía que es increíble y muy poética. Todo cuanto leía sobre él me parecía monstruoso. Sin embargo, el resultado no es un libro que lo condena sino uno que lo comprende. Es tan triste su vida y a la vez tan universal: todos tenemos algo del Che, miramos hacia un ideal, tenemos el deseo de castigarnos.

–En el libro, se detiene en los crímenes que cometió: “El Che mató a 14 personas sospechadas de traición en Sierra Maestra y 23 en Santa Clara. En la prisión de la Cabaña hizo ejecutar a 164 esbirros reales o supuestos de Batista”. Estas menciones generaron muchos enojos.
–Yo no lo trato como a un criminal. La historia es mucho más compleja. El modo en el que su personalidad se disocia en dos, esa decisión de morir heroicamente que lo atraviesa desde la adolescencia, su llegada muy tardía a la política... Trato de explicar ese proceso. Es cierto que en Francia la gente no tiene tanto fanatismo. También es cierto que hay sectores de izquierda que se pusieron locos de rabia con el libro. Pero en general tuvo aceptación porque se trata de un mito que no tiene sentido sostener. Su vida de verdad fue muy interesante.

–En lo personal, ¿qué le dejó este trabajo sobre la figura de Guevara?
–Fue una experiencia muy emocionante que tocó algo muy profundo en mí. La antropóloga E. Burgos —lo conoció y fue esposa de Régis Debray— me hizo notar que, tal vez, yo haya logrado percibir esa relación tan fuerte con la muerte que él tenía porque compartimos la misma cultura de origen. Por otra parte, me parece conmovedora esa relación que el Che tenía con la literatura. Él se imaginó como personaje literario, como un Sandokán, y la ficción ocupó un lugar central. Por eso, es tan dramático su final, cuando delante de los soldados que lo van a terminar matando, les ruega: “No disparen”. En ese momento, descubre que no quiere morir, pero ya es tarde. Es terrible ese momento, el peor de los fracasos y, a la vez, la más grande belleza de su existencia.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Marcela Iacub, Buenos Aires, 1964. Es abogada, jurista, investigadora, pensadora y ensayista feminista argentina que posee también la nacionalidad francesa. Estudió derecho en Buenos Aires, se especializó en derecho laboral y a la edad de 25 años se fue a París con una beca de estudios para especializarse en bioética. Realizó su doctorado en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) y allí fue aceptada como miembro del Centro de Estudios de Normas Jurídicas. Vive en París con su compañero el filósofo Patrice Maniglier, con quien publicó en 2003 “Famille en scènes: bousculée, réinventée, toujours inattendue”. Es miembro, desde 1998, del Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS), en el Laboratorio de demografía y de historia social de la EHESS de París. Es conocida por varios de sus libros, particularmente “Le crime était presque sexual” (El crimen era casi sexual).