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Narrativa
01 02 2019
Los libros (cuento) de Aitor Reverón o el acabose de la casa nostra
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Cuando empezó a llover nos refugiamos en la biblioteca. Era una habitación amplia y alargada. El portón de madera daba a una especie de hall con sillas y lámparas apostadas a ambos lados de la estancia; donde uno podía sentarse, o tumbarse, si prefería, a leer alguno de los tomos que padre había recolectado durante años.
Era, sin lugar a dudas, el sitio más propicio para la soledad. De niños, Ernesto y yo habíamos pasado incontables horas de estudio arropados por aquellos libros; acurrucados a la luz de las lámparas.
Es especialmente claro el recuerdo de esas historias durante el invierno. Entonces nos sentábamos más cerca el uno del otro, con mantas sobre las piernas o hasta el cuello, cada uno con su libro y con los dedos congelados de tanto sostener los tomos.
Ahora esos libros, esas estanterías, esas mesas y sillas, acumulaban el polvo de años a la espera de una generación que nunca llegó. La humedad de la habitación golpeaba con el mismo entusiasmo, sí, pero la biblioteca ofrecía un aspecto sombrío, alejado del recuerdo, y de esa calidez que ofrece una casa habitada.
Tras la muerte de padre cada uno había tomado su camino. Ernesto se marchó a estudiar a Inglaterra y yo me dediqué a dar tumbos por la ciudad. Ignoramos todo lo que se puede ignorar la responsabilidad de gestionar nuestra herencia. Rechazamos inquilinos y compradores que nos hubiesen facilitado la vida (sobretodo durante aquellos años de crisis), y dejamos todo tal cual lo había dejado el viejo. No sé que había pasado por la cabeza de Ernesto pero, para mí, esa negativa constante era un intento desesperado de preservar lo poco que nos quedó de padre; una reacción, quizá, al remordimiento que ambos sentíamos por no haber estado a su lado cuando murió.
No fue hasta mucho después, cuando yo ya había conocido a Alicia, que se tuvo que poner en orden todo aquello. Siendo los únicos herederos, y con Ernesto en el hospital, no me quedaban más excusas.

Estuvimos Alicia y yo arreglando la casa durante más de una semana. Barriendo, pintando, barnizando, tirando cosas inútiles, quedándonos con otras para nuestro apartamento (los cuadros de Monet que tanto le gustaban a ella, los libros de Dostoyevski y Kafka por los que yo tenía predilección); en general, adecentando el lugar para poner la vivienda en el mercado.
Fue duro. No éramos conscientes de lo inmensa y fría que era la casa hasta que nos pusimos manos a la obra. Tomamos la antigua habitación de mis padres como refugio, y empezábamos cada turno de limpieza desde ahí, recorriendo la casa hasta el lado opuesto.
Yo me despertaba primero y preparaba café.  Al rato, desvelada por el aroma, aparecía Alicia, que siempre necesitó de más tiempo para volver entre los vivos. Tras desayunar nos poníamos manos a la obra. Despejábamos la mesa de la cocina y juntábamos nuestro pequeño arsenal de limpieza: fregonas, bayetas, sprays, guantes; elegíamos nuestras armas y cada uno se dirigía a la habitación asignada para ese día. Solíamos dar por finalizada la jornada a la hora de comer. Si alguno se sentía especialmente inspirado, cocinábamos alguna cosa sencilla, pero, la mayoría de veces, encargábamos a domicilio.
Por las tardes, Alicia fumaba y se sentaba a la mesa del comedor a pintar con sus acuarelas. Podía pasarse horas ensimismada, en silencio y casi sin respirar, coloreando paisajes, objetos y recuerdos. Si le agradaba una acuarela en particular no decía nada. Se alejaba de allí dejando la obra en la mesa para que yo la viera, esperando mi aprobación, como si eso fuese suficiente. En cambio, cuando la acuarela le disgustaba se oía el chirriar de las sillas por el suelo de la cocina. Alicia encolerizaba y destrozaba la acuarela en mil pedazos.
—No sé ni para que me preocupo —decía

Aunque abandonada, la biblioteca era, de largo, la habitación más cómoda de la casa. Las tardes yo las dedicaba a repasar todos los libros. Me sorprendió el que me costase reconocerlos. Apenas recordaba los tomos y autores que, con rigurosa eficacia, padre había ordenado alfabéticamente. Mientras ojeaba las estanterías iba seleccionando mentalmente aquellos tomos que me llevaría de vuelta conmigo, pero caí en la cuenta de que aquella iba a ser una tarea impossible. Tendría que trasladar la biblioteca casi al completo, lo cual era una idea ridícula teniendo en cuenta el poco espacio que teníamos en nuestro apartamento.
Cuando no estábamos en casa dábamos largos paseos por la avenida y el parque municipal. Aprovechábamos esos ratos juntos para hablar de todo. De nuestros fantasmas, de nuestras preocupaciones; de la ansiedad ante la venta de la casa. Pero celebrábamos que, a pesar de las penurias de los últimos años (la muerte de padre, la enfermedad de Ernesto) aún nos teníamos el uno al otro. Eso nos hizo retomar el trabajo con energías renovadas. Nos tomamos ese objetivo como una oportunidad para disfrutar más el uno del otro, con un poco de suerte, todo iría tomando forma.

Recibimos noticias del primer comprador a la semana siguiente. Un tal Lluís Samper, que ya tenía negocios en la isla. Fue Alicia quien descubrió el email y vino corriendo con el portátil. Me lo leyó dos veces y nos quedamos mirándonos como idiotas.
—¿Va en serio? —dije
—Pues ¿Tú qué crees?
Y me señalo con vehemencia la cifra que salía en la pantalla. Esa noche no pegamos ojo.

Apenas tres días después de la oferta comenzó a llover. Las primeras gotas cayeron por la mañana, mientras Alicia escribía en la cocina y yo desempolvaba los viejos libros de literatura inglesa de Ernesto. No le dimos mayor importancia. La lluvia acariciaba las ventanas como queriendo disimular, generando una atmósfera casi hipnótica. Me acomodé en uno de los sillones con un viejo volumen de cuentos de Joyce, entrando en calor a medida que pasaba las páginas, cuando Alicia irrumpió en la biblioteca.

—Está entrando agua por la cocina
Absortos por el monótono tintineo de las gotas, no nos habíamos dado cuenta de que la lluvia se había transformado en tormenta. Corrimos con paños y mantas a taponar los huecos. Apartamos las sillas y la mesa para acorralar las goteras y, en poco tiempo nos vimos desbordados.
—No va a ser suficiente —dijo ella
El agua oscureció los paños y las mantas, llenó los cubos y siguió avanzando.
La lluvia azotaba las ventanas cada vez con más violencia y las goteras se multiplicaban por todas partes. A pesar de que corríamos como locos, no dábamos a basto. Dejamos los cubos bajo las goteras y trancamos las puertas, bloqueando los huecos bajo ellas. Fuimos retirándonos por los pasillos como si nos persiguieran, cerrando puertas y ventanas hasta acabar en la biblioteca, donde no nos quedó más remedio que atrincherarnos.
Alicia sollozaba. No nos quedaba otra que permanecer allí, a la espera de que todo terminase. Seguía lloviendo y seguíamos incomunicados. Pasamos la noche en la biblioteca. Yo leía sin parar, como si se me acabase el tiempo y Alicia, no se separaba del móvil, siguiendo a cada minuto las actualizaciones meteorológicas. A lo lejos, se escuchaban relámpagos.

La tarde que se nos fue la luz Alicia me instó a revisar las palancas de la entrada. Yo había salido a pies juntitas, como si el hecho de hacer ruido fuese a alertar a la lluvia de mi presencia, y había descubierto que la entrada estaba completamente inundada.
Al principio no sabíamos cuanto duraría aquello. La desesperación fue sucumbiendo al aburrimiento, a la larga espera. Comenzamos a vivir como ratas en nuestra propia casa. Subsistiendo con lo puesto y adaptándonos a los horarios que dictaba el tiempo; a expensas de la luz que hubiese o no cada día.
Es conveniente decir que nos salvamos porque me desperté con el rugido de algo que no sabía de donde venía. Primero lo oí en sueños, mientras vagaba por un pasillo interminable buscando dios sabe qué. Yo avanzaba sin parar, ansioso por encontrar el origen de aquella cosa, abriendo y cerrando puertas invisibles cuando, de pronto, comencé a escuchar un lejano gorgoteo, como el gruñido de un perro, que lentamente invadía el sueño. ¿Y ahora qué? Pensé con fastidio, más preocupado por lo que buscaba que por darle atención a aquella impertinencia. De improviso, desperté.
Con la manta sobre los hombros, di vueltas y más vueltas a la biblioteca. Tratando de localizar el origen de ese ruido. Alicia dormía. Me acerqué a las estanterías hasta casi pegar el oído contra los tomos, desplazándome a lo largo de ellas hasta percibir el creciente gorgoteo desde el otro lado de la pared. Entonces lo supe. En silencio, me deshice de la manta y corrí a despertar a Alicia.
—Vamos, recoge tus cosas.
Ella, por primera vez, me miró con miedo. Nos echamos encima lo indispensable y nos apresuramos a salir de allí. El ruido nos perseguía. La casa temblaba, crujía, a medida que avanzábamos. Nos dirigimos hacia la trampilla del vestidor de la habitación de mis padres. Abrí la trampilla y un chorro de agua cayó sobre nosotros. Empapados y muertos de frío, estuvimos un buen rato asiéndonos mutuamente contra la lluvia hasta que logramos salir.
Ya en el exterior fuimos conscientes del desastre. No existía la calle. Una gigantesca marea marrón cubría el barrio, las farolas y arrastraba los coches. Nuestra casa había sido embestida por uno de los lados. El agua, indómita, se filtraba por cada recoveco, doblando la casa a su gusto, engulléndola, era cuestión de tiempo que acabase completamente inundada.
Parapetados en el tejado bajo nuestras chaquetas, nos acurrucamos el uno al lado del otro. A lo lejos, algunos vecinos hacían lo propio, impotentes y mudos bajo la lluvia. En algún momento Alicia me acarició el brazo, mientras yo miraba insistentemente hacia el horizonte, pensando en la desgracia que nos asolaba, y en la angustiosa y terrible perdida de la casa y de todos los libros.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Aitor Reverón, nació en Arrecife de Lanzarote, España, 1990. Estudió Periodismo en la University of East London (UEL), graduándose en 2012. Actualmente cursa estudios de Máster en Traducción e Interpretación y escribe cuentos en sus ratos libres. Reside en Brighton, Reino Unido.

 

 

 

 

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11 06 2019