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Narrativa
01 02 2019
La mirada (fragmento) por Rubén López Rodrigué
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Uno

Al nacer lanzó un gritó estridente que sonó como una ráfaga en el reposo de la clínica, mas no rodó lágrima alguna por sus mejillas de uva champaña. Miraba hacia distintos lados de la habitación iluminada, examinando con gravedad de filósofo trasnochado a quienes asomaban a su reino. Dirigió el ojo derecho, húmedo y tierno, hacia la lámpara que iluminaba el cielorraso, a la vez que fijaba el ojo izquierdo sobre la cara trigueña de su madre; se hizo largo y traspasó el cristal que relumbraba en la ventana con persiana y retornó como si fuera a buscar la medida del tiempo en el reloj de pared que marcaba las cinco menos cuarenta de la madrugada. Sus ojos no nacieron fijos, pero sí como los de un ser de otro mundo y sin la telita opaca que nubla la vista.
Cuando su madre, Ada Luz Fuentes, comenzó a hablarle y hacerle pucheros, un fenómeno retuvo su atención: el bebé miraba con un ojo para delante y con el otro hacia un lado. El médico murmuró al oído de la enfermera: Venga y vea unos ojos de camaleón.
La enfermera cargó al niño y mientras lo acunaba abrió una ráfaga de asombro: con un ojo el chiquitín le daba un vistazo y con el otro atisbaba de reojo al médico, a la manera de un camaleón meciéndose en una rama florida. Con sus grandes ojos seguía las acciones de las enfermeras, le guiñaba uno a la más atractiva y el otro lo dirigía hacia los guantes y el estetoscopio del médico de turno que lo auscultaba. A diferencia de cualquier bebé distinguía los colores y focalizaba con claridad objetos y ademanes. Nunca había ocurrido algo semejante en el mundo y menos en los ochenta años de existencia de la clínica de Mafala, ubicada en el sur de la ciudad.
Ada Luz le impuso el nombre de Roberto, que por cierto no era del gusto de su marido, Alfaro Matiz, un comerciante de gafas y lentes con poco tacto y falta de visión. Era el nombre de un joven de quien ella se había enamorado en la adolescencia, en especial de su mirada cándida, colmada de serenidad; pero él nunca supo que ella existía.
¿De qué color serán esos ojitos?, se preguntaba su madre en la casa, besando y mirando la cabeza del recién nacido mientras le daba agua de panela con leche del biberón. Aquellos ojos cafés le parecían al recién nacido bellos, profundos y apacibles.
El asombro invadía la familia al advertir que por momentos los ojos del bebé lucían cafés como tabaco, negros como torta envinada, pardos como hembra pinzón, grises como cielo plomizo, azules como cielo de verano, verdes como hierba de invierno, dorados como trigal del llano. Los ojos le cambiaban de tonos claros a oscuros y de oscuros a claros, no tanto por el paso de las horas como por los objetos que a diario cruzaban frente a él. Su mirada adquiría el tinte de una cosa que observara en ese instante, siempre y cuando predominase en ella un solo matiz: el azul de un sonajero, el marrón de un techo, el blanco de una pared...
A los seis meses de edad podía realizar lo que cualquier bebé haría a los nueve, hecho inusual que se reflejó en un acontecimiento. La mañana clara en que Ada Luz lo cargaba en su habitación, pero sobre todo lo veía en el espejo, el niño vivenció una intensa felicidad al ver su imagen por primera vez. Con un júbilo de mímica gozosa se volvió hacia su madre para buscar aprobación y esto era un indicio de que reconocía su cuerpo distinto al de ella. Ada Luz mostró una tetina ante el espejo y el bebé volteó de nuevo la cabeza para dirigir la mirada hacia ese objeto, y como entendía que la tetina estaba en otro espacio distinto a la luna de cristal, ya se reconocía a sí mismo; contrario a cualquier otro bebé que habría estirado la mano hacia el espejo para tratar de coger la tetina, todavía no se reconocería en él y al frente vería a otro niño, como el gallo de pelea que ataca al gallo del espejo.
Identificaba su cuerpo («Ese soy yo») con las palabras de su madre que le permitían registrar su imagen: Mire a mi bebé, qué ojos más lindos…
Lo que Ada Luz no resaltaba era su capacidad camaleónica para mover por separado cada uno de los ojos. Eso le parecía horroroso. En cambio, le fascinaba que sus ojos podían cambiar de color de acuerdo con las cosas que mirasen.
Convencidos de tener un hijo enfermizo por lo esmirriado, los esposos Matiz decidieron trasladar su cuna a la alcoba de ellos. Una mañana el bebé los vio revolcándose entre las sábanas y desde entonces su miradera mortificaba a la pareja, que sentía vergüenza de su propia desnudez, motivo por el cual lo ubicaron en otra habitación con vista a la ciudad. A pesar de no temerle a la oscuridad, pues una vista nictálope le permitía ver en medio de ella, Roberto despertaba en las noches y el miedo a la soledad lo hacía estallar en llanto. Don Alfaro se levantaba para acostarlo en medio de la cama matrimonial.
A sus cinco años de edad, contiguo a la casa, vivía Ofir, una niña de ojos color aceituna, con un verde lánguido de la mirada propenso a la tristeza, que gustaba proyectarse sobre el agua inmóvil de un estanque florecido de lotos junto al lavadero. No era pizpireta como su madre, pero tampoco sansirolé como su padre. Luego de un intenso ojeo mutuo en el andén, que Roberto no pudo mantener por la mirada sostenida de la pequeña, vocalizaron unas cuantas palabras por iniciativa de ella. Ofir era una chiquilla pálida, delgada como un alambre; con los ojos circundados de ojeras, unas veces adormilados y sin alarma, pero en otras con un asomo de picardía. Aquellas miradas suplían el despojo afectivo del niño, entre otras razones por no haber sido alimentado con el pecho materno.
Tiempo después, en la calle de la vecindad la encontró sucia, raída la falda a cuadros blancos y azules. Ofir se ruborizó al sentir la mirada aguda sobre todo su ser y entró a la casa avergonzada. Si bien a partir de ese momento la niña ya no le gustaba lo suficiente, su mirada seguía con un no sé qué que lo hacía vibrar. Alentado por el juego de las ojeadas mutuas, cuando quería jugar tocaba la puerta de la vivienda de la pequeña; algunas veces le decían que estaba dormida y esa frustración le producía disgusto («El día no se hizo para dormir»).
En la época decembrina el tío Vidal llegó desde la población de la Felicia con el primer regalo de alguien que no fueran sus padres, una pelota de caucho de pintas rojas y azules envuelta en un celofán transparente. Lo que más le impactaba del tío era su hábito de sentarse en un taburete con cuero de vaqueta y fijar la mirada perdida sobre el espacio vacío hasta quedarse dormido. Era la única forma en que el tío Vidal callaba la voz, una voz nasal que usaba a través de frases muy largas.
Un día brumoso, Roberto estrenó la pelota jugando fútbol en la calle con los amigos de la cuadra. El esférico se fue por encima de un muro de la casa de Ofir, cuyo borde estaba provisto de filudos pedazos de vidrio para atender a los ladrones, rompió una telaraña y fue a dar a la cabeza del padre, que en ese instante se lustraba los zapatos en el patio. Presa de la rabia, el hombre de mirada torva y negra como la de un gallinazo sacó una navaja del llavero que guardaba en el bolsillo trasero del pantalón, tasajeó la pelota casi hasta un polo y la tiró vuelta hilachas a la calle donde los niños aguardaban con mirada expectante.
En una ocasión, en el solar de la casa de Ofir, sembrado de manzanos, Roberto jugaba escondidijo con la niña; los pollos seguían tras la gallina y picoteaban granitos y gusanos. De un momento a otro la pequeña se sintió muy cansada, como una llama que parpadea para luego consumirse, y sin decir palabra se dirigió a su dormitorio, se tumbó sobre la cama y se durmió al instante.
A Roberto le había resultado suficiente con un vistazo en la alcoba para apreciar allí muy pocos juguetes. Reprodujo en la mente la imagen de una muñeca, en lo alto de un escaparate, con ojos azules de vidrio y un vestido con frutas de colores, mirando indiferente la pared donde desfilaba una apretada hilera de hormigas.
En el solar, donde crecían matas de plátano, no podía olvidarse que el padre de Ofir fue el tirano que había destrozado el preciado aguinaldo del tío Vidal. Sus ojos grandes y soñadores, que el paisaje pintaba siempre de acuerdo con su color, quedaron como fijos hacia lo lejos, ceñudos, tramando una venganza. Agarró uno de los pollitos que picoteaba en la tierra, lo envolvió en un pedazo de periódico que encontró a la mano y con una piedra lo destripó contra el suelo.
De un modo lento a la niña, que había heredado de la abuela materna el verde desvaído que alumbraba su alma, se le iba entristeciendo la mirada aceituna como si empezara a sentir la enfermedad que la llevaría a la muerte, al modo de aquellos insectos que nacen al amparo de la noche y nunca ven el día porque mueren antes del amanecer.
En casa de Roberto, en la cocina Ada Luz rallaba coco para hacer un dulce y Saray y Zenobia, las dos hermanas mayores, le contaron que Ofir había muerto de neumonía. Al escuchar la noticia desde el comedor, en que ingería de media mañana leche fría con bocadillo de guayaba, Roberto no sintió sufrimiento alguno.
Se fue de viaje y volverá con su picardeo de ojos, fue lo único que dijo.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Rubén López Rodrigué es escritor y editor. Nació en Santa Rosa de Cabal (Colombia), pero es antioqueño por familia y formación. Fue fundador y editor de la revista Rampa. Hizo estudios inconclusos de antropología y sociología. Tuvo una columna sobre Medellín en El Muro, la guía cultural de Buenos Aires. Fue integrante del taller literario de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, dirigido por Manuel Mejía Vallejo. Hizo parte del staff de la revista literaria española Oxigen y de la revista internacional de arte y cultura Francachela. Ha sido colaborador en distintos medios escritos de Colombia y el exterior. Miembro del jurado del I Concurso de Cuento Resonancias, de Francia, en 2012. Es autor de los libros “Contra el viento del olvido” (Hombre Nuevo, 2001, en coautoría con William Ospina y John Saldarriaga), “La estola púrpura” (Los Octámbulos, 2009), “Las heridas narcisistas de la humanidad” (ITM, 2013), “El carnero azul” (Tiempo de Leer, 2013), “Flor de lis en el País de la Mantequilla” (Tiempo de Leer, 2014).