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Narrativa
01 04 2019
El libro (cuento) por Roberto Buelvas
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¿Puedo?
Este libro es muy viejo, trátalo con cuidado.
Claro que sí. Yo sé cómo quererlo.
Lo conseguí en una pelea.
¿Cómo fue eso?
Había un borracho que lo llevaba y me lo apostó.
¿Y aceptaste?
¡No! Lo ignoré.
¿Ajá y entonces?
Un tipo al lado mío sí lo oía. El reto era decir la historia más bella.
¿Y el man la dijo?
No, él contó algo sobre sus padres y sus abuelos. El borracho lo venció contando cómo nace el río Pance.
¿Estás seguro que no fue al revés? ¿Cómo el nacimiento de un río fue más bello que la familia?
Es que fue la forma cómo la dijo.
Ah, bueno. ¿Pero entonces cómo conseguiste tú el libro? ¿Contaste una historia?
No, ya te dije que lo gané peleando.
¿Cómo?
Bueno, el tipo que perdió tuvo que pagarle al ebrio, y cuando sacó los billetes se formó la pelea. Me parece que le debía a otro tipo y a ése lo enojó que le diera plata a un borracho. Total, fue un mierdero.
¿Y eso qué tiene que ver contigo?
La pelea fue grande. Se metieron un poco de sapos y cuando vine a ver yo ya estaba dentro. Quedé atrapado.
¡Mi madre! ¿Y qué hiciste?
Entonces miré a mi alrededor buscando una salida. No me llamaba la atención ponerme a pelear, aunque ya había recibido varias patadas incitadoras. Ahí fue cuando vi al dueño del libro que no peleaba, sólo procuraba protegerlo. Pero se le acercaba la gente con afán de lincharlo.
Pobre tipo.
No sé qué me llamó a ayudarlo. Igual me metí a sacarlo de ese hoyo. Apenas llegué recibí un puño en la cara, que devolví con alegría. De inmediato se abrió la multitud, se apartaron del borracho del libro y se dirigieron a mí. Por suerte ya llevaban un buen rato peleando, y estaban heridos y mamaos. Pude irlos derribando y llegar hasta donde el dueño del libro, que estaba tirado en el piso, protegiendo su carga con su cuerpo. Traté de levantarlo pero él pensó que iba a robarlo. Protegería ese libro por encima de su vida. Le hablé para calmarlo pero no me escuchó, susurraba para sí algo inentendible. Mientras tanto volvieron los tipos a pelear. Me cogieron por los hombros y me echaron atrás. Oí al borracho gritando por ayuda, casi llorando. De detrás del ronco acento del alcohol, vino una voz infantil. Así que me levanté, aparté a los idiotas que me habían halado y me deslicé hasta el borracho. Un tipo con mirada extraña lo agarraba por el cuello de la camisa. La mano me dolió después de golpearlo en la cabeza. Tuve que darle una buena tanda para que soltara su presa. Entonces sí entendió que yo quería ayudarlo, y se dejó sacar de allí, aunque no aflojó el agarre del libro, que apretaba contra su pecho. Tuve todavía que enfrentarme a dos tipos más antes de poder salir. Me patearon y me escupieron, hasta que logré darle a uno en el estómago y lo puse a vomitar. El otro, solo, fue fácil de vencer. Salí con el borracho a la calle.

Personas que habían yacido inconscientes por un golpe en la cabeza despertaban luego para volver a meterse en la pelea. Por eso no me sorprendió ver que el tipo de la mirada extraña venía hacia nosotros. Parecía que ya conocía al dueño del libro. Salió tras nosotros, con sus oscuros ojos fijos en este libro, decidido a apoderarse de él. El borracho no intentó huir. Se quedó clavado ahí donde estaba, esperando estoico la embestida del enemigo. Yo me puse en medio para evitar que lo alcanzara. Llevaba una carrera que habría acabado con el flaco cuerpo del ebrio si no me hubiera interpuesto. La fuerza del choque nos dejó en el suelo. Dejé de escuchar por un tiempo. Mi cabeza había golpeado el piso. Vi al tipo revolviéndose, poniéndose de pie. Traté de hacer lo mismo, pero no tuve fuerzas para lograrlo, mientras que el otro ya casi se levantaba por completo. Miré al borracho, que tembló al ver mi cara. Apretó con más fuerza su libro. El tipo de la mirada extraña dio un primer paso y sentí el deseo de rendirme, hasta que vi de nuevo algo infantil en el ebrio. Su rostro mostraba mi expresión triste, que rechacé. Aun así, todavía me faltaban las fuerzas para levantar mi cuerpo. Sentí de pronto un pie cerca de mí. El tipo se había sentido tan seguro al ver que yo estaba en el suelo todavía y que el borracho permanecía inmóvil, que se tomaría su tiempo para humillarme. ¡Qué estúpida decisión! Me pateó varias veces, riéndose. Quería actuar, sólo que el dolor me lo impedía, pero pude aguantarlo lo suficiente como para agarrar uno de sus pies. Perdió el equilibrio y pude tomar ventaja. Era por fin la hora de la venganza. Claro que, aunque estaba loco por eso, no iba a cometer su mismo error. Lo golpeé un poco contra el suelo, pero no me demoré. Lo dejé derrotado y me llevé al borracho, que apenas reaccionaba. El resto de la historia es mucho más tranquilo, lo llevé hasta donde me pidió. Nos bajamos en una calle por la que no se veía a nadie. Lo seguí a su ritmo hasta la que supongo era su casa y allí me despedí, pero él no quiso que me fuera enseguida. Yo insistí en que me tenía que ir, porque ya era muy tarde y el lugar sencillamente me disgustaba. Él, en todo caso, percibió mi urgencia y se dio por satisfecho con hacerme escribir mi nombre en una de las últimas páginas del libro, entre varias otras firmas de apariencia antigua. Después de eso me fui y nunca más volví a ver al borracho. Casi llego a creer que todo fue un sueño extraño, hijo de mis preocupaciones y el trago. Pero un día, cuando ya habían pasado unos cuatro meses del incidente, al despertar sentí algo cerca de mis pies. Miré y descubrí que este libro estaba al borde de mi cama. Nada más tocarlo supe que aquel borracho había muerto y que a mí se me había encargado protegerlo en su lugar. Así fue cómo lo obtuve.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Roberto Buelvas (Cartagena, Colombia, 1994) es escritor, ingeniero egresado de la Universidad de los Andes y actualmente estudiante de doctorado en McGill. Ha publicado cuentos en diversas revistas electrónicas.

 

 

 

 

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11 06 2019