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Narrativa
11 06 2019
El guardián de los espejos por Ángel Mota
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Esteban fijaba sus ojos en un quiebro de luz que violentaba las ondas de un charco. Y era en ese charco, en ese cúmulo de lluvia, como un brote llano entre matorrales, hojas de abedul y helechos, que el joven meditaba, sentado sobre la hierba.

Una y otra vez, ese onduleo callado, entre las copas de árboles negros, por debajo de sombras de nubes, cuando ya la luna era una entera nuez, se cobijaban sus ojos en todas las imágenes difusas a su alcance. Y era no poco su esmero el de mantenerse en paz. De esta forma, sintió el asiduo acoso que lo hacía retraerse, y ahora, bajo sombras, entre líneas de violeta de noche, ese asedio lo sofocaba con imágenes constantes. Evocó, con el vientre metido en una tierra entre sus dedos, cómo hacía años, cuando él era un niño de ocho años, vio bajar a su hermano drogado, como siempre, por unos escalones de la casa. El padrastro, un hombre corpulento, “de rostro simiesco”, se adelantó a cortarle camino antes de que saliese de casa. Con un golpe recio lo tumbó al piso, pum, con otro, le partió la nariz, y era tal su saña que hundió una navaja en las costillas del mayor. La madre, levantándose de una mesa donde comía, tomó un cuchillo de la cocina y, empuñándolo, intentó hundirlo en la espalda del agresor. Esteban corrió y detuvo la mano de la madre.
–¡No, mamá, no!
“No quise salvarle la vida a aquel mono –explicó años más tarde a un amigo−, solo quise que mi madre no acabara en la cárcel, por culpa de ese idiota.”

Como guardián, recordó cuando su hermano quiso descuartizar a su madre. Drogado, esquizofrénico, la amenazó una y varias veces. En cuanto a su madre, la llamó a los Estados Unidos, donde había migrado, tomó el primer vuelo. No pudo dormir desde que ganó la casa materna, y siempre se mantuvo en vela, a la espera del acecho de su hermano, que de noches vagaba por la ciudad y con los ojos que amenazaban cumplir su sentencia. No hubo noche que Esteban no estuviese a la puerta del cuarto de su madre. Listo a detener las cuchilladas. Por fin, el hermano, entre sicotrópicos, rodeado de amigos, recibió una llamada telefónica suya. Sin darse cuenta el enfermo, entre drogado y distraído en su propio cuarto, apenas notó cuando entraron tres enfermeros y lo tomaron por los pies y las manos. Así se lo llevaron a un manicomio. La imagen del hermano despavorido, le persiguió por años. Y fue “curado” con choques eléctricos en el cerebro.

Como guardián, Esteban evitó el robo de la herencia de su madre, a manos de un tío. Un impostor que se apropió de todas las identificaciones necesarias para el cobro de seguros y, durante el funeral, empezó con trámites, omitiendo nombres y falsificando documentos. Esteban se enfrentó al impostor y salvó la mísera herencia. Canceló documentos y le cerró el paso al tío.

Ahora,  a la luz de esa luna, se duele de lo vivido. Se duele de esos hechos que lo han mantenido siempre vivo con sus ecos, con sus furias. Y se pregunta, ¿por qué, yo, un guardián, por qué en ese momento era yo? Se ve los dedos, la deformidad genética, viva desde hace generaciones; una deformidad presente en su abuela, en su madre y en todas sus tías, en todos los de la familia Espinosa de los Monteros. Entonces, poco a poco, escucha una voz, como sombra, como cañaveral, cuando más se siente el llano, el abrevadero en la ensenada. Sí, no tenía duda, era la de su madre, como si estuviese sentada junto a él, como si la hierba fuese ese dulce clamor de estío entre un  cuerpo ya difunto.
−Hijo, no temas, sabes que no has de temer.
Esteban permaneció callado, aún más callado, como midiendo el tiempo, no la certeza de esa voz.
−Nosotros, hijo, somos los Espinosa de Los Monteros, y tú has sido mi guardián, fuiste mi guardián hasta mi muerte. Ahora en este espejo, justo es que veas este reflejo de familia.
Esteban miró a la nada, al barullo del aire sobre la hierba, y al eco de su madre, se quedó en espera, si dudar, un segundo, que se tratase de ella. Imagen que lo seguía como sueño cada noche, que sentía, desde su muerte, hacía algunos meses.
−Es como un cuento, como una historia, que deberás contarle a tus hijos. ¿Ves tus manos, ves la llaga de la deformidad, estos dedos sin uñas y cortados a mitad?, pues todos los Espinosa de los Monteros la traemos, porque somos guardianes desde hace muchos siglos. Tus manos son testimonio de mi palabra. Al amanecer ve y lee, pregunta, y verás que no te he mentido. Lo cierto, hijo, es que, estos dedos los tenemos así desde hace más de mil años. Sí, hijo. Debes saber que en el 991, el Conde de Castilla, don Sancho García, cuando los moros contenían toda la península ibérica, tenía el deber de proteger Castilla del invencible Almanzor, azote de Europa. Pero sus súbditos estaban poco contentos con él, por lo que cristianos y judíos se unieron con Almanzor para vencerlo. Y como era amigo de Sulaimán-Al-Mustáin, califa de Córdoba, a quien auxilio con sus huestes en las guerras civiles de la ciudad de los jardines y las fuentes, sucedió que eran muchos los conspiradores contra su vida, y entre ellos su propia madre y un lacayo de cámara. Se concertó asesinarlo, y la principal conspiradora era su madre en apoyo a los califas y reyes circunvecinos. Sólo un hombre, uno sólo de entre sus guardias, se enteró del lance. Un tal Espinosa, de un pueblito de Burgos. El tal Espinosa, antes de que se perpetrara el plan, notificó al Conde. Asustado e indignado por la traición de su propia madre, mandó encarcelar a todos los sospechosos, ejecutándolos. Y al tal Espinosa, le nombró su guardia real. Desde el año 1000, entonces, por decreto, todos los hombres que viniesen de su pueblo serían parte de la guardia personal del Rey de España, de los que custodiarían su vida, de cerca, con sólo una daga, de  noche. Se les llamó los Monteros. Con el tiempo todo el poblado de origen del tal Espinosa fue llamado Espinosa de los Monteros. Y desde entonces, hijo, los guardianes de cámara del Rey de España son todos Espinosa de los Monteros. La deformidad de estas manos es porque los Monteros venían todos del mismo poblado, para preservar la hidalguía y merced real sólo se pudieron casar entre primos, y así entre primos nació este mal y el deber de ser guardián. Tú fuiste mi guardián, hijo. Ahora ya no tienes cargo, eres libre. Ahora sólo eres guardián de los espejos, los espejos de la memoria, de quién eres y de quiénes somos. Hijo, ya descansa, que bien has cumplido tu labor. Es hora de que descanse el espejo y duermas, duermas bien.

Y el eco, como un vapor nocturno, un esmero de azotes de la madrugada, se fue disipando, y Esteban, enmudecido, quieto, se cubrió con la hierba.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Ángel Mota, Ciudad de México, 1970. Desde 1992 reside en Montreal. Ha obtenido un doctorado en literatura comparada en la Universidad de Montreal. Imparte conferencias en festivales de literatura y en universidades de Canadá y México. Ha publicado sus poemas y cuentos en diversas revistas y libros colectivos de Canadá, España, EE.UU, México, Italia y Chile. Sus ensayos sobre arte y literatura fueron editados por la UNAM de México, University of Toronto, el Fondo de Cultura Económica (México), Viceversa (Montreal-París) y la revista Hispanohablante de la Universidad de Montreal. Ha publicado tres libros: “La casa de Nadie y otros relatos”, cuentos sobre la violencia en Ciudad de México en los años 90, Editorial Lugar Común, Ottawa, 2010. “La confesión en el paraíso”, novela histórica del México colonial, Ediciones Milenio, Lleida (España), 2014 y el poemario bilingüe, erótico-amoroso: Un écho de ta voix-Un eco de tu voz, L’Harmattan, París, 2017.