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Literatura
01 09 2019
Tres escritores borrosos por Antonio Costa Gómez
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Pessoa se llamaba Persona, que es como llamarse Alguien, o Nadie. Personne en francés significa nadie. Pessoa no sabía quién era. Era como el hombre sin cualidades de Robert Musil. O como Sa Carneiro, que decía: “Yo no soy yo ni soy otro,/ soy cualquier cosa intermedia”. Pero vivía en Lisboa, una ciudad real.
Borges no se conocía muy bien. No sabía si era el otro, o el mismo. Si escondía dentro una biblioteca de Babel o un libro de arena. Para él la filosofía solo era una rama de la literatura fantástica. No hay conocimiento posible, a no ser por la literatura o la mitología. Pero vivía en Buenos Aires, una ciudad muy real. Una ciudad que a veces olía a las mercancías del puerto que salían hacia el mundo entero.
Kafka sentía una culpa radical, no sabía si matar al padre o matarse él. Sentía que el padre lo anulaba, lo disolvía. Estaba perdido entre papeles, era un extranjero que no podía acceder al castillo. Vivía en Praga, una ciudad tan íntima, tan real. Con su castillo en lo alto y sus iglesias negras.
Pessoa decía que era un fingidor, y no sabía cómo emocionarse. No podía ser sincero porque no sabía cuáles eran sus sentimientos ni sabía quién era. Su mundo se disolvía en palabras y en pensamientos. Nada era real, nada tenía consistencia. Y sin embargo vivía en Lisboa, una ciudad donde los zapatos suenan contra los adoquines.
Borges se buscaba a sí mismo en filosofías caprichosas y en mitologías. En “Otras inquisiciones” decía que la persona no existe. Se emocionaba a veces levemente y hacía versos con los antiguos héroes. Admiraba a autores tan distintos de él, como Stevenson, como Schopenhauer. Sábato se cabreaba con él porque no existía. Pero los dos estaban en Buenos Aires y Buenos Aires existía mucho.
Kafka vagaba sin forma por las calles de Praga. Se asombraba de todo y se asombraba de sí mismo. Se enamoraba de chicas pero le daba miedo quedarse con ellas. Era un ser anónimo en una oficina pero paseaba su angustia y sus deseos de existir por los libros. Y su padre lo anulaba. Luego lo anularon los comunistas. Yo tuve que poner flechas una vez en el cementerio: Kafka está por aquí. Y ahora la gente va a Praga a nombrarlo.
Los tres andaban perdidos en tres ciudades. Las amaban sin amarlas y no sabían quiénes eran. Los tres dudaban de todo, incluso de sus ciudades. Pero son tres ciudades muy reales y ahora sus ciudades los aman.
Y ellos también eran reales, aunque no lo creían. Y también tenían carne, aunque no lo notaban. Kafka ponía la angustia en carne viva cuando preguntaba de qué lo acusaban. Se sentía como un insecto y en mitad de la tormenta intentaba conectar con el castillo. Borges se creía un puro intelectual sin riñones pero a veces soltaba una emoción reluctante, le dolían los límites y los recuerdos. Ponía en sus poemas algo de sangre de los viejos generales. Pessoa vivía una agonía interior. Creía que solo era una mezcla de nada y sueños, pero quería vivir y se inquietaba en algunos poemas. Decía que no creía en nada pero concibió una mística apasionada. No creía en nada, pero exaltó Portugal como el Quinto Imperio que salvará el espíritu, y el sebastianismo como el regreso de la vida plena. Decía que solo había palabras, como Mallarme, pero las palabras acaban chorreando sangre.
Pessoa se dividió en personalidades, jugó a ser ficticio e inventado. Alberto Caeiro era el materialista, Ricardo Reis era el clasicista, Alvaro de Campos era el metafísico. Bernardo Soares era el desasosegado, el propio Pessoa sería un personaje más tan irreal como los otros. Nada tiene importancia según Soares. Nada provocaba entusiasmo. Pero eso le produjo una desazón muy auténtica. Y en “Mensagem” llamó al rey Don Sebastián para que viniera a rescatarlo y rescatara a Portugal. No había nada que conocer, todo eran chorradas esoteristas como las de Aleister Crowley. Pero buscó el absoluto y anunció la saudade de Teixeira de Pascoa es. Y Kafka anunció la angustia. Y Borges la melancolía.
Y casi toda su obra fue saudade. Nostalgia de ser, deseo de ser alguien, y de serlo en carne y hueso como diría Unamuno. No tenía rostro, se paseaba como un espectro por Lisboa. Toda la ciudad se evaporaba en vaguedades y en estados de ánimo sin conexión. “El libro del desasosiego” niega tanto la vida que produce desasosiego. Y entonces uno se da cuenta de que la vida existe. Y Lisboa existe. Y Pessoa era de carne y hueso, y llenaba sitio sobre la silla en el restaurante Martiño de Arcada, y a veces iba al servicio a orinar. Pero el libro te deja un poso de elegía, de herida, de deseo de vivir. Y Lisboa está tan llena de vida. Pessoa creía que era una calavera sin rasgos, pero estaba deseando tener cara. Y al final tenía cara. Porque al final todo nos caracteriza. Y Borges se queja por los libros que ya no volverá a leer. Y Kafka dice al final de “El proceso”: “como un perro”, porque sabe que no es un perro.
Pessoa era muy moderno pero también era muy tradicional. Era de cualquier parte, pero también era muy portugués. No tenía nombre propio, se llamaba Persona, pero acabó teniendo más nombre que muchos. Era una sombra, pero la sombra se hizo carne e inquietó a tantos lectores. Y se puede hablar con él, como se puede hablar con Lisboa. Y Borges era de todas partes, pero también era muy argentino y muy de Buenos Aires. Y a Kafka solo lo imaginamos en Praga.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Antonio Costa Gómez nació en Barcelona en 1956, creció en Lugo. Es licenciado en Filología Hispánica y en Historia del Arte. Publicó libros de todos los géneros: “Revelación” (con prólogo de Ernesto Sábato), “El tamarindo”, “Las campanas”, “La reina secreta”, “La seda y la niebla”, “Las fuentes del delirio”, “La calma apasionada”, “Mateo, el maestro de Compostela”, “El fuego y el sueño”, “El huevo”, “El misterio del cine”. Llegó a la última votación del Premio Nadal 1994 con “Las campanas”. Estuvo entre los finalistas del Premio Herralde en 2014 con “El misterio del cine”. Y entre los finalistas del Azorín en 2018 con “El saber apasionado”. Fue traducido al francés y al rumano.

 

 

 

 

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