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Literatura
01 09 2019
Bienalados (novela) de Fátima Beltran Curto
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Margarita llevaba un par de semanas instalada nuevamente en la que había sido su casa. Por la educación de la niña y las comodidades que esta ofrecía para ella, decidió quedarse allí en lugar de regresar con sus padres y sus hermanas. Los días transcurrían como era acostumbrado, sin grandes sobresaltos. La pequeña de las once flores se había volcado en la crianza y cuidados de Mabelina. Sentía cierta culpabilidad por haberse apartado de ella durante tantos meses y pretendía expiar su obligado error cuidando de la pequeña con los cinco sentidos. Por ello, se ocupaba personalmente de todas las necesidades que esta pudiera tener, relegando de esta manera a Jacoba y a Felicidad en su papel de madres de la criatura.

Eran las nueve de la mañana y la recién llegada paseaba por el jardín de la casa con la niña en brazos, mostrándole la belleza que la naturaleza desplegaba, majestuosa, a lo largo y ancho de su caminata matutina. Mabelina era una niña despierta, alegre, algunas veces taciturna, a la que le encantaba observar cualquier pequeño detalle y explorarlo con la punta de sus pequeños deditos.

Margarita decidió sentarse un rato en uno de los bancos madera que había en el jardín. Colocó para la niña una mantita de lana en el suelo para dejarla sobre ella y vigilar cómo la pequeña se entretenía, abstrayéndose en la contemplación de una hilera de hormigas rojas que desfilaban, casi marciales, ante sus curiosos ojitos verdes.

La llegada del otoño había hecho que descendieran levemente las temperaturas, pero con el tibio sol sobre las cabezas todavía se estaba bien en los exteriores de la casa. Margarita sonreía complacida al ver cómo la pequeña barruntaba, con sus regordetas manos, la tierra, intentando dar caza a alguna de las hormigas que componían la castrense hilera. Se sentía reconfortada al haber recuperado el papel de madre que, de forma abrupta y repentina, decidió abandonar. Inmersa en estas cavilaciones, inclinó la cabeza hacia atrás para contemplar cómo las nubes desfilaban parsimoniosas también en el cielo. Al igual que su hija con la procesión de hormigas, ella misma se quedó ensimismada contemplando el lento fluir de aquellos inmensos y lejanos cuerpos de algodón, y fue precisamente en ese instante que sintió una fuerte punzada en la boca del estómago, tan intensa y aguda que la dejó inmovilizada y tuvo que abrir la boca para tratar, de alguna manera, de paliar aquella sensación de sentirse atravesada por un proyectil insonoro e invisible. Seguía con los ojos abiertos mirando al cielo en el que, al momento, adivinó pintados en intenso color rojo sangre los puntos que dibujan la constelación de Perseo.

De inmediato, Margarita supo que Evaristo había caído mal herido en un manglar lejano y que ahora ya había pasado a formar parte de los espíritus que habitan más allá de la vía láctea.

Dos lágrimas se escaparon de sus ojos, que seguían clavados aún en el dibujo del guerrero en los cielos, mientras este se iba, poco a poco, difuminando hasta desaparecer, tal y como Evaristo lo estaba haciendo, tendido sobre el lodo en el campo de batalla.

El mayor de los Bienalado, antes de expirar y de que su cuerpo se tornara un envase vacío, logró sacar del bolsillo de la chaqueta que portaba la única pertenencia que le había acompañado abrigándole el corazón durante aquellos años de exilio lejos de Arrielo: la primera carta de amor que una Margarita niña le había hecho llegar. La tomó entre sus debilitados dedos para llevársela hasta los labios y dispensarle un postrer beso, pero el implacable avance de la muerte en su cuerpo le impidió culminar aquella sentida despedida. Antes de que llegara a conseguirlo, su brazo derecho se desplomó, inerte, contra la húmeda tierra, junto al pedazo de papel que tenuemente todavía alcanzaba a sujetar y que, tras el brusco desplome, acabó hundiéndose en el lodo. Meses después, justo de aquella porción de cieno en la que había quedado sepultada la epístola, nacería un robusto y frondoso mangle blanco, cuyas hojas, a contraluz, dejarían adivinar en clorofílicos trazos, las infantiles e ilusionadas primerizas palabras de amor de una niña. Los nativos lo bautizarían como el árbol de las promesas bellas.

Tras unos minutos intentando asimilar lo que acababa de ocurrir y de ocurrirle, Margarita se reincorporó, tomó nuevamente a la niña entre sus brazos arrebatándola del suelo y entró en la casa, de la que salió, horas más tarde, vestida de riguroso luto.

Cuando llegó a Arrielo el telegrama procedente de Santiago de Macaya, remitido por don Arturo Segovia, en el que se anunciaba, de manera suscita, pero sentida, el trágico final del primogénito de los Bienalado, Margarita ya llevaba dos meses enlutada. Toda la familia se unió al pesar de la menor de las once flores y comprendieron que, tal vez, aquella extraña mañana en el jardín esta tuvo la premonición de la terrible noticia que ellos acababan de conocer a través de la oficina postal de correos.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Fátima Beltran Curto nace en Tortosa (España) y es la mayor de dos hermanas, se licencia en Derecho por la URV y se instala en Barcelona para vivir redactando demandas y poder dar vida a relatos e historias como las que ahora se han puesto a la venta. Ha ganado pequeños premios de poesía y relato breve, habiendo colaborado con diversas publicaciones digitales.