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Literatura
31 10 2019
Entrevista a Rubén López Rodrigué (segunda parte) por Oscar Jairo González
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Cada poeta y escritor busca un lector, desea tener un lector: ¿escribe para un lector determinado, concreto?
Trato de escribir para que un lector me entienda aunque tenga una mínima cultura. Si tengo que renunciar a muchos lectores es pensando en la coherencia estética, en la idea de que no hay que darles todo mascado como si se tratara de unos idiotas, a la manera de una gallina alimentando sus pollitos. No escribir tonterías es el mayor respeto que se le debe tener al lector. No es necesario decir lo que suponemos que ya sabe. Pienso que la obligación del escritor con el lector es hacer su obra lo mejor que pueda, es decir, según le permitan sus capacidades.
Uno siempre espera tener muchos lectores y que no le pase lo de Borges: ser mencionado por muchos pero conocido solo por pequeñas capillas de devotos. El fenómeno literario es esencialmente colectivo, el hecho estético del escritor solo se cumple cuando tiene un lector. Pero al mismo tiempo uno espera que el lector sea tan exigente que pida coherencia estética, la construcción de un mensaje válido para otros. El lector debe ser conmovido, debe ser cambiado, así sea un poco. Un texto, sin importar el género, nunca se termina, no cesa de escribirse sencillamente porque no tiene fin, y el lector al interpretarlo lo sigue escribiendo, elaborando así su propia versión.
Lo difícil, y que a veces puede complicar mucho la tarea, es crear un destinatario ideal. Además de los destinatarios reales, o sea los contemporáneos que van a comprar y a leer el libro, es necesario construir un lector ideal que siempre está virtual en el estilo, que debe ser lo suficiente permisivo como para tolerarle al escritor la emergencia de sus conflictos, de sus formas de identificación. Tampoco se trata de que le permita desembuchar cuanto delirio se le ocurra. Si quiero hacer literatura una de las condiciones es construir un lector ideal que me permita ser coherente estéticamente, producir un mensaje con rigor y, al mismo tiempo, desplegarme como ser y expresar mis pulsiones.

¿Qué escritor(a) ha sido decisivo(a) en la formación de su escritura? ¿Y por qué? ¿Qué ha extraído, cómo se ha liberado de él o de ella?
García Márquez siempre ha sido mi escritor favorito. Entre el psicoanálisis y la literatura me decidí por la segunda, y en este oficio difícil como ninguno mi corazón no da tregua, incluso habiendo tomado por maestro a un escritor como él, sobre todo por su estilo clásico, nada intelectualizado, de una gran musicalidad y visión poética de la realidad. Un tanto decepcionado del psicoanálisis porque no cura me ocupé a ultranza de la literatura, consciente de que para no sucumbir al suicidio literario hay que cuidarse de los extremismos e hipérboles del realismo mágico, que no ha de entenderse como lluvia de mariposas amarillas, sino como los sucesos absurdos que pasan en el trópico y hacen parte de la realidad.
Hay influencia del realismo mágico garciamarquiano en mi libro de relatos La estola púrpura, es verdad. Pero con mi primera novela, que está inédita, ya me siento liberado. ¿De qué manera? Entendiendo que las influencias son inevitables, que es válido imitar en comienzo a un maestro, pero no quedándose estacionado ahí, con el fin de encontrar un estilo, una voz propia. «Matar» al padre es necesario para madurar.

¿Qué trascendencia y proyección le concede usted a los talleres literarios en la formación de un escritor?
Primero que todo, en un taller no le enseñan a escribir a nadie. Raymond Carver decía que tomar clases de escritura creativa, de cerámica o medicina, no hacen que nadie se convierta en un gran escritor, ceramista o médico. Es más: ni siquiera obtiene el logro de que el tallerista sea bueno en esas actividades. Lo que no quiere decir que los talleres literarios sean dañinos: alientan la lectura y motivan a conocer nuevos escritores. Uno tiene que aprender por medio de sus propios errores. Todos alguna vez escribimos barrabasadas. El talento es algo natural, ningún taller lo proporciona.
En el Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, en el que participé varios años, a los que escribían chambonadas Mejía Vallejo los mandaba a sembrar papas, yucas o arracachas; pero a quienes les reconocía sus cualidades los animaba a seguir escribiendo y a publicar, incluso les escribía el prólogo de sus libros. Uno tenía que pescar los pequeños detalles en el aire, como sucedía cuando él nos calificaba y comentaba los textos que le pasábamos. Pero sin esos detalles (como evitar la prosa rimada o, en lo posible, el adjetivo que puede matar al sustantivo) también se puede escribir, como lo han hecho tantos que nunca participaron en talleres. Manuel relataba muchas anécdotas que podrían servir de materia prima para la creación literaria; además de responder a preguntas manifestando sus profundos conocimientos sobre literatura universal en torno a los surrealistas, los parnasianos, los románticos, los realistas...
Ahora toman para mí más fuerza que nunca dos principios de Mejía Vallejo en el taller de escritores de la Piloto. Primero: no hay que tomarse muy en serio. Y segundo: siempre hay que dudar de lo que uno escribe.

¿Para qué escribe? ¿exorcismo, liberación o condenación?
Es difícil saber para qué se escribe. Yo podría decir que escribo para atacar el tedio, para combatir la monotonía, sobre todo para llenar con letras un vacío; pero eso no sería más que una racionalización. La escritura es una producción del inconsciente como los sueños o las pesadillas. Sé que hay una pulsión que me empuja a hacerlo. Es una forma de exorcizar los fantasmas, de liberarlos. Como nos ronda el fantasma de García Márquez por todos lados, a ese también hay que exorcizarlo, de igual modo que Borges y Cortázar son los grandes fantasmas que tiene que matar todo escritor argentino para no cavar su propia tumba, para no ser eclipsado por ellos. A través de la creación se llega a la libertad del espíritu, a liberarse de la dominación ejercida por los prejuicios. Los prejuicios nos mantienen locos a todos. Pero no hay que confundir libertad con facundia, con la habladuría fácil, la verborrea que no dice nada, la inclinación a escribir cualquier cosa.
La ficción es un medio para llenar los vacíos que las personas descubren a su alrededor y tratan de poblar con los fantasmas que ellas mismas producen. Es esencial llegar al fondo de este vacío, de la sensación de que a nadie le importa si uno existe o deja de existir. Entonces el escritor tiene que multiplicarse. ¿De qué manera? Dejando que surjan sus fantasmas o sus agresiones. A raíz de la publicación de un libro quedamos con la sensación de un vacío existencial, pues los libros publicados son como hijos que se van y nos queda la ilusión de intentar llenar de nuevo ese vacío con la escritura de otro libro.  
Escribir debe ser ante todo un acto de creación y demolición. Por eso se habla del «milagro» de la creación en el narrador nato que es capaz de convertir la piedra más rústica en una joya.  

¿Qué papel e importancia le concede al análisis y a la crítica literaria en su formación? ¿y por qué?
A través del análisis y el pensamiento se llega a decir más y hablar menos. Hay que pensar, deconstruir un tema, incluso analizar, como hizo Freud, aquello que en el hombre no es lo más humano. En el ensayo hay que procesar de manera conciente, no de forma automática, los materiales para pensar. Es escribir para saber y no saber para escribir.
Respecto a la crítica, aunque yo piense que lo que dice el crítico literario no tiene nada que ver con mi obra, hay que aceptar que toda producción artística es básicamente irracional, un producto del inconciente, y por lo tanto otro puede advertir lo que uno como autor no ve. Asimismo las falencias en mi escritura. Tengo que admitir que el crítico interpreta lo oculto del autor. La crítica literaria es necesaria pues le sirve de faro al lector en el mar sin fondo de las publicaciones. Pero en nuestro país prácticamente no existe la crítica, quizás porque la confundimos con el ataque personal y entonces el crítico literario se granjea muchos enemigos.
Pero hay algo más. Existen muchas críticas afectivas más que cognitivas. Y un escritor no puede amedrentarse por la tempestad de críticas que su obra pueda suscitar. Hay que tener en cuenta que la crítica mezcla argumentos objetivos e ideológicos, nunca es totalmente objetiva. No existe en Colombia una cultura de la crítica, ni mucho menos de la autocrítica. Muchas cosas cambiarían si nos criticáramos a sí mismos en lugar de vivir criticando a los demás.

Ya se ha dicho que un escritor debe leer, para tener unos elementos que le permitan desarrollar su formación: ¿qué lee? ¿para qué lee?
Uno se forma escribiendo, emborronando miles de páginas. En promedio escribo un párrafo en toda la mañana y me va bien si logro escribir una página. También uno se hace leyendo a otros escritores, detallando bien cómo escriben, tratando de encontrar las costuras de sus escritos. Como muchas reglas gramaticales se conocen sin que nos demos cuenta, podemos escribir sin conocer apenas las normas. Pero también es verdad que el uso adecuado del lenguaje se aprende, sin uno saberlo, leyendo a los buenos escritores, en especial a los clásicos: Sófocles, Cervantes, Chéjov, Tolstoi, Maupassant, Flaubert, García Márquez, Borges, etcétera, etcétera. Prefiero leer a los clásicos por cuanto sus obras son inagotables, debido que enseñan a pensar y a vivir siempre de una forma nueva. Son los grandes maestros de la literatura los que nos ayudan con eficacia en la dura tarea de escribir. Sin embargo no descuido (como lo hice un tiempo) la lectura de los contemporáneos para saber hacia dónde se dirige la literatura. Asimismo leo sobre temas que quiero tratar en la escritura. Y de vez en cuando leo basura para hacerme una idea de cómo no se debe escribir.
Uno nota que escribe mejor a medida que va conociendo las reglas de la gramática. Tampoco se trata de volverse academicista, pero si quiero erosionar o transgredir las normas gramaticales, si quiero romperle el espinazo a la sintaxis, primero tengo que conocerlas.
Como narrador para mí es muy importante leer a los poetas a fin de adquirir presencia de la poesía en mi prosa. La poesía me parece primordial en la formación del estilo. En resumen, en la medida en que uno lee más, menos imita. El escritor se forma también leyendo, aprendiendo de qué manera otros escritores, antes que él, han solucionado los mismos problemas a los que él se enfrenta ahora. Creo en el dicho que dice: «Dime qué lees y te diré qué escribes».

¿Cómo observa o no su obra literaria y ensayística en relación con el panorama colombiano, desde la que usted conoce y ha leído?
En el mapa de la literatura colombiana soy un perfecto desconocido pues llegué relativamente tarde. Mi obra literaria todavía está prácticamente inédita. Tampoco me he preocupado lo suficiente por darla a conocer. Mis textos literarios han sido publicados más en revistas del exterior. En cuanto a una parte de mi obra ensayística, los primeros libros fueron de psicoanálisis y solo le interesan a un público que trabaja ese tema o se interesa en él.
La literatura colombiana se me antoja muy variada y difícil de aprehender. Antes solo se conocía en el exterior por la “María”, “La vorágine” y las obras de García Márquez y Germán Arciniegas. Ahora la realidad es otra, son muchos los escritores que son conocidos en otros países. Aunque todavía no termino de conocer la historia literaria de Colombia, tengo la impresión que los literatos se preocupan más por las formas de la expresión literaria que de su contenido filosófico. Por mi parte libro una lucha sin cuartel tanto en la forma como en el contenido, aunque se diga que son indisolubles, aunque se diga que la forma es el contenido y el contenido es la forma.
No me identifico con aquellos escritores que escriben buscando solo el dinero o la fama y con tal fin acuden a temas como la sicaresca. Los escritores ansiosos por publicar y que desprecian la perfección en la escritura no llegan a ningún Pereira, como tampoco los que escriben para ganar concursos literarios. Hay críticos o reseñistas que caen en las trampas del mercadeo elogiando lo que no debe ser, sobredimensionando globitos que luego se desinflan por el olvido. Me identifico con los escritores que, además de escribir muy bien, tienen una obra sincera que por su originalidad le abre nuevos ojos al lector y no hacen concesiones estéticas con lo que el público quiere escuchar.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Rubén López Rodrigué es escritor y editor. Nació en Santa Rosa de Cabal (Colombia), pero es antioqueño por familia y formación. Fue fundador y editor de la revista Rampa. Hizo estudios inconclusos de antropología y sociología. Tuvo una columna sobre Medellín en El Muro, la guía cultural de Buenos Aires. Fue integrante del taller literario de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, dirigido por Manuel Mejía Vallejo. Hizo parte del staff de la revista literaria española Oxigen y de la revista internacional de arte y cultura Francachela. Ha sido colaborador en distintos medios escritos de Colombia y el exterior. Miembro del jurado del I Concurso de Cuento Resonancias, de Francia, en 2012. Es autor de los libros “Contra el viento del olvido” (Hombre Nuevo, 2001, en coautoría con William Ospina y John Saldarriaga), “La estola púrpura” (Los Octámbulos, 2009), “Las heridas narcisistas de la humanidad” (ITM, 2013), “El carnero azul” (Tiempo de Leer, 2013), “Flor de lis en el País de la Mantequilla” (Tiempo de Leer, 2014).

 

 

 

 

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02 11 2019