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Literatura
02 11 2019
Luis Benítez: la inspiración poética y novelística, la marcha del mundo y la posteridad (entrevista) por Rolando Revagliatti
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¿Cuál fue tu primer acto de “creación”, a qué edad, de qué se trataba?
Un cuento, a los doce años, horrible, titulado “La rata verde”, con el que gané un concurso en el colegio. Afortunadamente no conservé ese texto.

¿Cómo te llevás con la lluvia y cómo con las tormentas? ¿Cómo con la sangre, con la velocidad, con las contrariedades?
Me encantan la lluvia y las tormentas, en especial el olor del ozono y el de la tierra mojada. Ver sangre no me gusta, especialmente si es la mía. La velocidad me parece detestable, sobre todo porque les agrada a la mayoría de los tontos que conozco, y en cuanto a las contrariedades me revientan pero, viviendo en la Argentina, me tuve que acostumbrar a sobrellevarlas.

“En este rincón” el romántico concepto de la “inspiración”; y “en este otro rincón”, por ejemplo, William Faulkner y su “He oído hablar de ella, pero nunca la he visto.” ¿Tus consideraciones?
La inspiración es algo que hay que acostumbrarse a invocar a voluntad, para poder arrancar con el trabajo de escritura. En poesía cumple un papel fundamental, pero en narrativa la cosa es muy distinta: hay que disciplinarse uno mismo y también disciplinar a la inspiración, caso contrario no podés escribir una novela de 528 páginas.

¿De qué artistas te atraen más sus avatares que la obra?
De ninguno. Detesto que se ponga en primer plano lo que un tipo padeció, dijo, hizo o intentó, cuando lo que me interesa primordialmente es su obra. Sobre todo cuando la subrayada referencia alude a sus vicios y miserias, que parecen empaparse de grandeza solamente porque le corresponden a un genio. Siempre es más fácil imitar de algún grande las flaquezas que los méritos. Pero aunque Dylan Thomas era un borrachín, no cualquier borrachín puede ser Dylan Thomas.

¿Lemas, chascarrillos, refranes, proverbios que más veces te hayas escuchado divulgar?
“El buey solo bien se lame”, ese es mi favorito.

Qué obras artísticas te han —cabal, inequívocamente— estremecido? ¿Y ante cuáles has quedado, seguís quedando, en estado de perplejidad?
“El Jardín de las Delicias”, de El Bosco, la primera vez que lo vi en el Museo del Prado. Yo estaba dando vueltas por la sala contigua y como quien no quiere la cosa, mi mujer me llamó desde la siguiente, sin decirme de qué se trataba. Fui hasta donde ella estaba y me lo señaló, sin agregar nada. Fue un shock ver las tres tablas allí, cubiertas de tanto universo. Y también, en Roma, las ruinas del palacio de Augusto, rojas sobre el Monte Palatino. Y el Palacio de Cnosos, en Creta, con sus 4.500 años de antigüedad, pimpante y absoluto a un costado de la ruta. Y Micenas, en Grecia continental, con la “tumba de Agamenón” (donde nunca fue sepultado Agamenón) junto a la Puerta de los Leones. Todo lo que desde niño leí sobre estos sitios y esa pintura, vinieron a mi mente en esos sendos momentos y cada vez que los recuerdo, como ahora cuando escribo sobre ellos, me sacude algo maravilloso, no hecho de palabras sino de sensaciones poderosas.

¿Qué pensás sobre la noción de “posteridad”?
La seguridad de que yo no estaré allí para ver de qué fue la cosa con mis obras. Eso también puede ser una suerte para uno, bien mirado el asunto.

“¿La rutina te aplasta?” ¿Qué rutinas te aplastan?
La rutina es imprescindible para un autor. Ayuda a ordenar el mundo y ubicar en él ese lapso destinado sola, exclusivamente a la escritura. Si no existiera esa rutina —y debe de existir cada día— sería imposible escribir obras de largo aliento. En cuanto a la rutina que sí me aplasta, es la que tiene que ver con gente que hace siempre lo mismo, dice cosas similares, piensa de modo invariablemente parecido, y que, por causas de fuerza mayor, debemos tolerar a nuestro lado. Eso me agobia y me resulta absolutamente insoportable.

¿Qué sucesos te producen mayor indignación? ¿Cuáles te despiertan algún grado de violencia? ¿Y cuáles te hartan instantáneamente?
Me indignan y me ponen violento casi todas las noticias que leo en los medios de comunicación, porque describen un mundo signado por la hipocresía, el interés sectorial, la mala fe y la falta más absoluta de compasión. Me hartan de inmediato los pedantes, una fauna que abunda por todas partes, cuando tan evidentemente se transparenta en ellos la pequeñez y la estupidez más concretas y groseras. Me indigna el abuso de poder, precisamente porque sé que el poder no corrompe, simplemente delata.

¿Qué postal (o postales) de tu niñez o de tu adolescencia compartirías con nosotros?
La de un niño feliz, en los años sesenta, subido a un burrito en La Falda, Córdoba. Dichoso meramente por estar subido a un burro en La Falda, sin mayores necesidades que seguir allí, sobre el lomo de aquel animalito.

¿En los universos de qué artistas te agradaría perderte (o encontrarte)? O bien, ¿a qué artistas hubieras elegido o elegirías para que te incluyeran en cuáles de sus obras como personaje o de algún otro modo?
Me hubiese gustado estar en una borrachería de Madrid, en el siglo XVII, donde cada tarde se reunían a molestarse mutuamente, pelearse y tomarse el pelo Miguel de Cervantes Saavedra, don Luis de Góngora y Argote, Lope de Vega y Francisco de Quevedo. Se querían tanto que casi no se podían ver. En cuanto a la segunda posibilidad, me hubiera gustado ser un personaje secundario en alguna de las narraciones de Cesare Pavese, por ejemplo, “La casa en la colina”.

El silencio, la gravitación de los gestos, la oscuridad, las sorpresas, la desolación, el fervor, la intemperancia: ¿Cómo recompondrías lo antes mencionado con algún criterio, orientación o sentido?
Son elementos sustanciales en muchas de mis obras, tanto en narrativa como en poesía, pues expresan al hombre y el hombre es el protagonista de cuanto escribimos. Es en los textos donde intentamos sentar sobre ellos —y muchos otros elementos más— algún criterio, darles una orientación, adivinarles un sentido. Eso solo sucede en la ficción, que invariablemente obedece a la premisa de ser un universo ordenado, así su temática sea el caos. En lo que llamamos “la realidad” todo sucede de modo diferente, sin criterio, orientación o sentido, simplemente sucede y, por lo general, no conduce a ninguna parte, no tiene ninguna necesidad de ello. En la ficción sí, obligadamente.

¿A qué artistas en cuya obra prime el sarcasmo, la mordacidad, el ingenio, la acrimonia, la sorna, la causticidad… destacarías?
Al Erasmo de Rotterdam que escribió sobre la montura de su caballo el “Elogio de la locura” y terminó de revisarlo en la casa de su amigo, Tomás Moro. En una semana dejó para siempre escrito uno de los textos más actuales… redactado en 1515.

¿Qué apreciaciones no apreciás? ¿Qué imprecisiones preferís?...
Las reseñas literarias escritas por conveniencia, a sueldo de un avisador, abundantes en adjetivos vacíos, lobbistas, y aquellas donde al que escribe solo le interesa “lucirse” como un marmota, en vez de introducirnos en la obra de un tercero, que es lo que de veras queremos conocer. Prefiero las imprecisiones del hombre común, que no sabe que es parte de una especie que puede muy bien ser definida como “el animal que narra”, porque todo el tiempo estamos contando algo, a los demás o a nosotros mismos. Y quien no sabe que está narrando lo hace de un modo exquisito, pleno de alusiones y elusiones que ignora que está empleando, pero que si le prestamos la adecuada atención a lo que dice, se tornan evidentes e inmejorables.

¿Viste que uno en ciertos casos quiere a personas que no valora o valora poco, y que en otros casos valora a personas que no quiere? ¿Esto te perturba, te entristece? ¿Cómo “lo resolvés”?
La contradicción casi permanente es una de las características que nos define como humanos. Eso generalmente me perturba, en ocasiones me entristece y siempre me asombra. No lo resuelvo nunca.

¿El mundo fue, es y será una porquería, como aproximadamente así lo afirmara Enrique Santos Discépolo en su tango “Cambalache”?
Sí, lamentablemente sí. Creo que es una consecuencia de nuestra misma condición de humanos. Somos un experimento fallido de la naturaleza y la hemos suplantado por un ámbito artificial, imposibilitados como estamos de volver al natural. Lo que hemos construido en torno de nosotros, para habitarlo, fue hecho “a nuestra imagen y semejanza”: es cruel, hostil e irracional, como el mono agresivo e inescrupuloso que no admitimos que somos en realidad. Mas como todo experimento fallido, albergamos en nosotros mismos la fuente de nuestra propia destrucción. El “mundo” que creamos desaparecerá con nosotros y a pesar del destrozo que hagamos, la Tierra a lo sumo demorará cinco mil años en restaurarse, como ya sucedió antes con extinciones masivas y sucesivas que tuvieron lugar. Alguna vez desapareció el 95% de la vida en el planeta y allí sigue estando todo él, esperando a que desaparezcamos de una buena vez.

Por la fidelidad y entrega a una causa o proyecto, ¿qué personas (de todos los tiempos y de todos los ámbitos) te asombran?
Nelson Mandela. Veintisiete años recluido por sus verdugos en una mezquina habitación de pocos metros cuadrados de superficie, privado de acceso a cualquier tipo de información acerca de lo que sucedía fuera de esas cerradas paredes. De esa celda que hubiese enloquecido a cualquiera salió para dirigir los destinos de su país, demostrando que el cuerdo era él.

¿Qué te hace “reír a mandíbula batiente”?
La imbecilidad, el lado idiota que todos tenemos, como lo especifica Paul Tabori en su libro “Historia de la estupidez humana”, lectura memorable. Tabori muestra y demuestra en ese volumen no solo que la bobería existió en toda época y cualquier lugar, sino que también, como ajustadamente afirma este autor rumano, es invencible. Recuerdo lo que dice de una plaga medieval, una oruga que se estaba comiendo todas las vides de Francia: la urgente medida fue excomulgarla y luego pasada al juzgado civil. Desde ese fuero se mandó apresar a una de las orugas para colocarla en el banquillo de los acusados; se le asignó un defensor letrado pero el discurso del fiscal del reino pudo más y el insecto fue condenado a la pena capital. El hacha del verdugo lo partió en dos, en solemne acto ante el rey, los obispos y el pueblo vociferante. Ese año las orugas devoraron cuanto quedaba de las vides y cientos de miles de personas murieron de hambre.

¿Cómo afrontás lo que sea que te produzca suponerte o advertirte, en algunos aspectos o metas, lejos de lo que para vos constituya un ideal?
Con una dosis adecuada de resignación, entendiendo dos cosas: que en la mayoría de las cuestiones uno no tiene arte ni parte en el rumbo de lo que finalmente sucede, lo que está en manos de terceros y sin que medien en absoluto las actitudes ni las aptitudes de uno. En segundo lugar, sabiendo que la perfección es una muy ambiciosa unidad de medida griega, apenas un punto de comparación y no una meta, por lo inalcanzable que resulta ser. Entonces, ¿a qué apesadumbrarnos si terminamos a varios kilómetros de lo que nos proponíamos ser o hacer?

¿Cuál sería tu definición del amor?
Como pude en cada etapa de mi vida, a veces bien, a veces mal, generalmente terminando en tablas la partida. En el amor solamente ya en la edad madura tuve la fortuna de alcanzar la felicidad conyugal de la que ahora disfruto. La contemplación siempre fue adecuada para “detener el mundo” y mirarlo cara a cara, para intentar nuevamente comprenderlo: siendo parte de todo lo que da vueltas en el lavarropas es imposible entender cómo funciona el aparato.

¿Cómo ha sido tu relación con el dinero?
El dinero es cosa utilísima si nosotros lo utilizamos a él y no él a nosotros, pero conseguirlo sale caro, por lo que es más inteligente racionalizar la búsqueda y limitarse a bregar exclusivamente por la cantidad necesaria. Más allá de ella, quien toma las riendas no somos nosotros y eso es bien peligroso y hasta mortal. Se vende el alma por dinero —los ejemplos nos rodean— y a los cincuenta o sesenta añitos un buen infarto de miocardio viene a coronar una vida de traiciones, zancadillas, mentiras y simulaciones. Llegamos antes, detrás del bendito dinero, al destino que nos espera a todos, héroes y villanos, justos e injustos, réprobos y santos: nos convertimos en 15 ó 20 kilos de osobuco tirados en una fosa repleta de gusanos.

¿Qué decís sobre la religión?
En cuanto a la religión y sus alrededores menos reputados, yo respeto por método todas las creencias, inclusive las supersticiones más estúpidas, porque a fin de cuentas es un rasgo más de lo humano y porque la razón, tan primitivos somos, apenas tiene unos trescientos años de historia, tal como la conocemos ahora. El resto del tiempo estuvieron siempre la mayoría de las personas en manos del pensamiento mágico, con los resultados que ya conocemos. Y no por eso la suposición de la existencia de lo sobrenatural dejó de existir, sino que aprendió a convivir con la razón formando un cóctel desconcertante. Hay estudiantes de lógica que van a un examen llevando en el bolsillo una pata de conejo y científicos hincados frente a un pedazo de yeso pintado. Así de contradictorios somos.

¿Y la política?
Soy francamente escéptico en cuanto a que la humanidad alguna vez pueda organizarse de un modo más justo, equilibrado e inteligente. Tuvo muchas oportunidades, desde la polis griega, la república romana y otras intentonas fallidas. Todas fracasaron y no hubo revolución que no terminara en una monarquía plebeya, lo que permite deducir que el apetito de poder y supremacía de unos cuantos termina por someter a cualquier principio que esos mismos individuos digan albergar en favor del resto de la humanidad. A lo sumo, lo que se puede lograr en el actual estado de evolución de nuestra especie es un sistema que permita llevar una vida sin excesivas estrecheces y eso, como objetivo extremadamente máximo.

¿Cómo reordenarías esta serie?: “La visión, el bosque, la ceremonia, las miniaturas, la ciudad, la danza, el sacrificio, el sufrimiento, la lengua, el pensamiento, la autenticidad, la muerte, el azar, el desajuste”. Digamos que un reordenamiento, o dos. Y hasta podrías intentar, por ejemplo, una microficción.
El desajuste de la visión es el bosque y su ceremonia y el pensamiento la autenticidad, cuando el azar de la muerte se traduce en la danza de la ciudad, la lengua del sufrimiento y el sacrificio, con todas sus miniaturas. Lo anterior parece un “cadáver exquisito” jugado en solitario.

“Donde mueren las palabras” es el título de un filme de 1946, dirigido por Hugo Fregonese y protagonizado por Enrique Muiño. ¿Dónde mueren las palabras?...
En el impreciso límite que les impone su reducida capacidad de expresión. Lo inexpresable, lo inefable, lo que llamaríamos “lo real real” está más allá de las fronteras que alcanza el lenguaje. La poesía es capaz, en sus logros más acertados, de aludir a lo que está más allá del poder de las palabras, aunque, paradójicamente, esté hecha enteramente de palabras.

¿Cómo te cae, cómo procesás la decepción (o lo que corresponda) que te infiere la persona que te promete algo que a vos te interesa —y hasta podría ser que no lo hubieras solicitado—, y luego no sólo no cumple sino que jamás alude a la promesa?
Como una demostración más de lo primitivo y bajo que albergamos como parte constitutiva de nosotros mismos, mal que nos pese. Por supuesto que esta comprensión del asunto no quita que jamás vaya a perdonar u olvidar tamaña bajeza y siempre la tenga presente, como es mi estilo en las relaciones personales.

No concerniendo al área de lo artístico, ¿a quiénes admirás?
A las mujeres y los hombres comunes, los soldados rasos de la humanidad, que viven en un mundo que no tiene piedad por nadie, que no intenta ni por asomo comprender a nadie, que no respeta la existencia ni las necesidades más básicas de nadie, y siguen esforzándose por seguir con vida, ignorando generalmente el grado de heroísmo que eso implica.

¿Qué artistas estimás que han sido alabados desmesuradamente?
Ningún artista genuino es alabado lo suficiente.

¿Acordarías, o algo así, con que es, efectivamente, “El amor, asimétrico por naturaleza”, tal como leemos en el poema “Cielito lindo” de Luisa Futoransky?
La gran Luisa es de una precisión quirúrgica en sus textos. El amor, efectivamente, es desigual, y por ello existen, perduran y desarrollan tranquilamente sus respectivas patologías el sujeto que ama y el que es amado. Pero, en el amor pasión —la forma más prestigiosa— ello no es obstáculo alguno, sino incluso todo un mérito. ¡En latín “pasión” —passio— significa sufrimiento, y encima viene del griego pathos! Tomemos a Dante Alighieri, por ejemplo: vio solamente nueve veces a Beatrice, quien tal vez observada por otros ojos que los del divino hijo de Firenze era objetivamente una abombada. Ella nunca le dirigió siquiera la palabra y Dante se vengó del destino de amar y no ser amado escribiendo para siempre la Divina Comedia. ¿Qué hubiese pasado si la cosa se hubiera resuelto de manera distinta, si la Bea le hubiese dado bolilla al narigón talentoso, hubiesen establecido una rotisería o un maxiquiosco a las orillas del río Arno y criado unos veinte hijos? Fue la asimetría del amor la que disparó las tres secciones de la Divina Comedia, aunque para el autor significó vivir continuamente en el Inferno. Lo malo es que podés ser —estadísticamente lo más probable es eso— alguien que ama y no ser el Dante. Suena tontuelo lo que digo, pero es rigurosamente cierto. Y trágico. Y millones de veces repetido.

¿Qué dos o tres o cuatro “reuniones cumbres” integradas por artistas de todos los tiempos y de todas las artes nos propondrías?
Dylan Thomas, Jimmy Page, Joe Cocker y François Rabelais en un billar de La Boca, bien cutre. Salvador Dalí, Amedeo Modigliani, Pablo Picasso y Xul Solar en el Cementerio de Flores, al fondo de la calle Varela, cada uno provisto de pinceles y latas de Albalatex, a ver qué hacen. Enrique Molina, Francisco Madariaga, Élida Manselli y Genoveva Benedit, en la que era mi casa de Palermo, otra vez, otra vez y otra vez, como cuando nos reuníamos en los ’90 a comer homéricos asados y por unas horas la vida era bella y nosotros eternos.

Seas o no ajedrecista: ¿qué partida estás jugando ahora?
La misma de siempre, con una señora huesuda que usa una capa negra con capucha echada sobre la brillante calavera: ella intenta por todos los medios darme el jaque mate y yo me las voy ingeniando, hasta ahora, para robarle otro peón y arruinarle la partida.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Luis Benítez nació en Buenos Aires en 1956, ciudad en la que reside. De entre los ensayos y antologías a propósito de su obra citamos “La poesía es como el aroma. Poética de Luis Benítez”, de Camilo Fernández Cozman, “La novelística de Luis Benítez. Aproximaciones críticas a la historiografía, la mitología y la masculinidad patriarcal”, de Assen Kokalov (2015). Publicó a partir de 1980 los poemarios “Poemas de la tierra y la memoria”, “Mitologías / La balada de la mujer perdida”, “Behering y otros poemas”, “Guerras, epitafios y conversaciones”, “Fractal”, “La yegua de la noche”, “El venenero y otros poemas”, “La tarde del elefante y otros poemas”, “Manhattan Song. Cinco poemas occidentales”, etc. Publicó a partir de 1997 las novelas “Tango del mudo”, “El metro universal”, “Hijo de la oscuridad”, “Sombras nada más (una novela del peronismo mágico)”, “Madagascar” y “Los amantes de Asunción”. De su dramaturgia se socializó en 2006 la pieza “18 whiskies”, así como de su cuentística fueron dándose a conocer, por ejemplo, “Zapping” y “Las ciudades de la furia”. Algunos de sus libros de ensayo son los titulados “Juan L. Ortiz: el contra-Rimbaud”, “El horror en la narrativa de Alberto Jiménez Ure”, “Jorge Luis Borges: la tiniebla y la gloria”, “La novelística de Teódulo López Meléndez: escribir desde la fisura”, “Carl Jung: un chamán del siglo XX”, “Sigmund Freud. El descubrimiento del inconsciente”, “Erich Fromm. El amor, el psicoanálisis y el hombre”, “Digresiones”, “Historia de la poesía argentina”.

 

 

 

 

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