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Narrativa
02 01 2020
El Loco (cuento) por Miguel Montoya
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Como dicen algunos, de los que se interesan por la historiografía del lugar donde viven o por la biografía de los que les son extraños: cuando yo llegué iba de paso hacia el Sur y me quedé, porque conocí a los habitantes y porque sentí el Pathos del pueblo.  Recuerdo que fue un Septiembre, que me quedaba por las noches hasta muy tarde dando vueltas, pensando, en el silencio y los aromas de las calles y en un par de días, supe que aquí era el Sur. Desde cualquier lugar y a cualquier hora del día, en una calma establecida tal vez por los colores de la vegetación o por un acuerdo entre los Hombres desde la fundación, y mirando en la dirección del viento que soplaba susurrando al ras del suelo, podías ver la esfericidad de la Tierra. Y cada madrugada, antes que aclarara el día, cuando los hombres iban al trabajo en las plantaciones, se podían ver decenas de fueguitos, como en el pueblo de Neguá. Lo del pueblo de Neguá lo contó Galeano en “El libro de los abrazos”. Aquí apenas eran decenas de hombres que pasaban en sus bicicletas elementales, que, con un brillo de los fueguitos, se percibían similares y secundarias. Yo había traído mis libros, entonces no debía volver y mi viaje fue una mudanza definitiva. Bueno: eso de volver hubiese sido imposible, en mis viajes yo iba dejando los lugares en mi Inconsciente, para regresar a ellos en mis sueños. Y entonces: la cercanía y la lejanía se unificaban por afuera de los recuerdos. Eso pasaba cuando yo salía del lugar llevando mis libros, porque todo lo que llevaba iba en la Voluntad de la mudanza. Inclusive, como en un juego, al salir con mis libros de un lugar he anotado el nombre del pueblo donde habitaba y después continuando ese juego he mirado mapas en las bibliotecas y no pude ubicar el lugar. Se iban borrando de mi vigilia. Ese ejercicio lo repetía porque era un juego que como tal daba señales del niño que sostiene mi adultez.
Cada mañana los hombres dejaban un fuego encendido en el fogón de afuera de las casas y de lejos se podían ver las figuras irrepetibles de las llamas, discretas, que subían al cielo, y como todavía no había trajín en las casas que perturbara esa escena de la Humanidad, ese era un idioma del fuego, que iniciaba la Vida de ese día en cada casa. Fuegos cotidianos y posteriores al fuego de Heráclito donde se inicia la Vida de todos los fuegos que se encienden y brillan para que los Hombres duren.
Me alojé en la casa de una familia, que en pensión y por unos días me alquilaron una habitación. Con un bolso mediano donde traía toda la ropa y seis cajas grandes con libros y papeles con mis trabajos, cabíamos, casi, cómodamente en la pequeña pieza. Fue sólo por un poco más de tres semanas, hasta que alquilé una casita, pequeña en la última calle que corta a la calle principal. Mejor dicho: no la corta, esta  va de Este a Oeste y viceversa, al Oeste termina en esa otra, en “la última”, que va de Norte a Sur y viceversa. Todas las calles “van y vienen”, así se decía en el pueblo, ya que eran pocas y suficientes. No había tantos vehículos y las casas y los comercios quedaban cerca. “Principal” le decíamos a esa calle, porque era la que tenía más casas y donde estaban distribuidos los comercios. Por entonces no había “centro” ni rasgos de urbanidad, para que determinara si yo viviría lejos o cerca. Cuando alguien dice: vivo cerca o vivo lejos, hace referencia a una urbanidad que conforma el centro. Cuando yo llegué, la ciudad de hoy era sólo un vecindario, amable, con unas pocas calles con unas pocas casas bajas y todo rodeado por un horizonte que daba testimonio de la infinitud, y eso aclaraba la angustia en los hombres que habitaban el lugar. Aunque ellos no lo supiesen. Con la conformación de la ciudad, no se alivió la angustia de los Hombres, sino que se mezcló con una neurosis y con una soledad que alejó esa angustia fluctuante y cotidiana de la angustia primitiva originada en el misterio de la Vida.
A los vecinos que iba conociendo, en las presentaciones correspondientes, yo les decía como me llamo, aunque sé que ahora cuando hablan de mí no usan mí nombre. Les extrañaba y tal vez les asustara que en una de mis piezas hubiere más libros que en todo el pueblo y en los pueblos vecinos. Yo sabía que hablaba de cosas que ellos extrañaban, pero había quienes buscaban hablar conmigo. En los saludos de todos los días, eran reticentes y pudorosos. Si en la relación habíamos adquirido un poco de confianza, los abrazaba y si les regalaba un poema o una frase con un pensamiento que nos atañe, su extrañeza hacía que mi actitud fuese más exótica que una planta de bananas. Yo buscaba la manera de insinuarles que el extrañamiento entre los Hombres, era exótico para una Sociabilidad saludable. Por entonces, para mis conocidos yo era: el Profesor o Ramón para los que me tenían más intimidad. Ahora las calles aquellas, con unas pocas casas, que recibían a quienes buscaban la tranquilidad del clima y de la geografía, habían sido penetradas por el mercado y por el aspecto y los vicios de la ciudad. Y tenía armonía la vida cotidiana de los habitantes con el cartel de entrada, que dice: “Ciudad de la Bien Aventurada”. La armonía que señalo, se da, en lo de ciudad, claro está y poco o con la cuota de tensión que trae la urbanidad, en la cotidianeidad de los habitantes. Calles asfaltadas, abundancia de semáforos, negocios sucursales de los negocios de la capital, insuficiente limpieza, excesiva cantidad de autos. Lo de “excesiva” es tal cuando las calles tienen escaso lugar para los hombres, las mujeres, los niños y los perros. Nuestra ciudad ya tiene los mismos vicios que las de “la otra ciudad” y una neurosis parecida, aunque con un hospital público único y más deficiente y una escuela pública con menos bancos y más descuido. Digo: de la ciudad que marca el patrón de la convivencia, saliendo por la televisión.
Seguramente también hubo cambios en mí, y sería por eso que, en mi ausencia, ya no me nombraban por el nombre como los primeros días. En el trato con mis vecinos y aún, con los que no lo eran tanto, en el trato yo conservaba modales que el positivismo de la nueva ciudad, había ido negando junto a tantas negaciones que necesita tener la urbanidad en una modernidad con entusiasmo tecnológico. Me gustaba y necesitaba atravesar, caminando, la ciudad de punta a punta, caminando y deteniéndome a hablar a quienes tenían la voluntad de escucharme. No soy más que un artista callejero, un portador de la Palabra. De la palabra para “hablar”, no para consentir y murmurar. Hay hombres más jóvenes que yo, unos, y menos jóvenes otros, que en alguna esquina concurrida tocan un instrumento y recogen unos pesos en la gorra o en el estuche del instrumento. Pero eso es lo inmediato, el acto donde el que se detiene a escuchar y pone unas monedas se involucra con el artista en una actitud de salvación. Ellos que llevaban el Arte y el otro que “paga” por escuchar, porque esa música les provocaba algo, habitan, durante eso que sucede, un ámbito donde el Hombre se pone a salvo. Habitan el camino de regreso a la Tierra, de regreso del desarraigo supuestamente posible, únicamente enajenante. El Arte es un camino seguro de regreso. Eso de los artistas callejeros y de los artesanos, es lo único bueno que trajo el aspecto de ciudad que ahora tiene “La Bien Aventurada”. Yo voy por las calles y entrego documentos, a quienes me conocen y a quienes no, a modo de presentación. No me ocupa que me conozcan, sino que me lean, para provocarlos. Cada uno de mis textos debe funcionar como un atizador, como una varilla que golpea a uno de esos tizones del fuego encendido en los fogones de la mañana y que se queda adormecido quemándose sin llamas, sin brillos, sin producir alumbramiento y si lo golpeamos o lo movemos que le dé el aire en otra dirección, se enciende y entonces tiene el calor y la luz. Nada de esto lo cuento, generalmente hablo poco. Pero ahora decidí contarles a ustedes aspectos de mí tránsito. Bueno: una extensa intimidad que comienza, cuando llegué a “La bien Aventurada”, qué si lo era desde entonces no tenía cartel a la entrada de alguna calle que fuese principal.
Casi misteriosamente me encuentro con vos. Yo como todos los días caminando por la calle de la ciudad y como no entregué ningún documento, voy contándotelo en voz alta y vos tenis la voluntad de escucharme. O es que vamos caminando juntos por las calles de “La Bien Aventurada”, ambos en silencio. Yo en silencio disfrutando de tu compañía, que me hace sentir que somos una multitud, aunque camine dispersa. Y tú vas leyendo el documento que terminé anoche, para exponerlo desde hoy en la mañana. Misteriosamente nos encontramos cuando salí de mi casa y vos te detuviste a señalarme las flores amarillas de la orilla de la calle y yo a cambio te di estas cuantas hojas. Y ambos para manifestar la Voluntad del amarillo de las flores y la Voluntad del concepto de mis textos, decidimos caminar juntos por las calles, que es exponer nuestra Voluntad en la Voluntad del día……. Misteriosamente.
Bueno: ……. usamos este término para expresar cada vez que nos referimos a lo que consideramos que no es posible de conocer. Si lo usamos para referirnos a lo que podríamos conocer, lo debilitamos. Porque es un concepto, aun no construido por algún Hombre, porque tiene su primitividad en el “misterio de la Vida”. Inclusive, tal vez también el significado de “concepto” salga de esa misma primitividad. Ya que al concepto lo construimos los filósofos para el desencubrimiento, como un suceder desencubridor, sobre cuya base el Hombre existe. Necesitamos el concepto, y no es absoluto ni tiene la totalidad, siempre es sesgado. Porque el concepto de concepto tiene su origen en aquella primitividad del “misterio de la Vida.
El mundo se conserva por “el misterio”. Y le pongo comillas para remarcar el misterio. No se va a acabar el mundo, porque “el misterio” es insondable. Pero no hay “un mundo”. Hay tantos mundos como Sujetos hay. Y hablo de Sujeto porque son los individuos haciendo su mundo. Ya que hay individuos haciendo pasivamente su mundo o no haciendo su mundo. Digo esto de otra manera: hay individuos arrastrando residuos de la hechura de otros mundos. O asistiendo, sin fruncir el ceño a la hechura de su mundo por el poder político y económico y por el criterio de la cotidianeidad. O sea, por el patrón determinante del “hombre medio”. Y aunque lo de “hombre” sea una generalidad, me niego a ponerlo en mayúsculas, porque no se lo merecen. Estos son portadores de actitudes reveladas, como la verdad revelada que les palidece la mirada.
Bueno: si el mundo se conserva por el misterio y el mundo es el mundo de cada hombre que se intersecta con el de otros. Podría decir que “la Vida se conserva por el misterio” y como el misterio es insondable y eterno: ¿por qué la muerte?  ¿Será que se agota el misterio? Y ¿qué sería que se agote el misterio? O será que el Hombre le encuentra la interioridad al misterio, que lo deshace y por la culminación del misterio, el hombre muere, que es la disipación de su mundo. Y lo que se conserva es la intersección de los mundos que quedan, lo que yo denomino “Mundanidad”. Esto como respuesta, a ¿por qué la muerte?  Y, a lo que yo denomino Mundanidad es a lo que le llaman “Mundo”. “El mundo” como si fuese único, como si hubiese un solo mundo.
Entonces en el medio de lo inexplicable de la no-conservación del mundo de cada Sujeto, diría yo: La Mundanidad se conserva por el misterio. Y le di vueltas a como decirlo por aversión a aquella palabra, o, mejor dicho: al significado de aquella palabra. Claro: tengo necesidad de conservar el misterio. Mejor dicho: soy-siendo por esa necesidad. Tal es que evito esa frase que tiene el tono de un suspiro “¡Que misterio, no! O que nos suele salir, a veces, en reemplazo de un suspiro. Como si esa alteridad entre el suspiro y la frase fuese necesaria. Y si lo fuese, será para no intoxicarnos, o mejor: cuando estamos repletos de Vida, cuando casi nos desborda y puede ser que ese desborde es lo que nos provoque angustia. Ese instante de estar frente al mundo. Cuando se hace lucido el “ser-en-el-mundo”.
Y vuelvo a eso de, ¿qué se muere: el mundo o la Mundanidad? No me causa alivio que sea la Mundanidad. A pesar de lo que con otros conceptos dice Schopenhauer.
Sería terrible para nuestra tranquilidad que no fuésemos claros y que la frase que pronunciamos sobre el misterio, en vez de llevar los signos de admiración bien puestos y bien pronunciados, se confunda con los signos de pregunta y la frase suene “¿Qué misterio, no? Y el interlocutor se confunda porque no pronunciamos ni bien ni con claridad los extremos de los signos, que no los pronunciemos rectos y los pronunciemos con curvas y suene como pregunta. Y el tipo por cortesía o por vanidad de una respuesta que le sale no sabe de dónde, y sea la explicación del misterio y al rato se le acabe la Vida y nadie sepa porqué. Que nadie sepa por qué sería lo que no es importante. Y el misterio quede oculto en el misterio de dónde pudo salir la respuesta.
El misterio de la Vida es la esencia de la Vida. Si no nos damos cuenta que sostenemos nuestra humanidad en la Incertidumbre y en la Contradicción nos alejamos de lo esencial. Y “el darse cuenta”, es una búsqueda en una disputa.
Nadie de la ciudad puede comentar de donde vine, porque yo olvidé de dónde vine y fue posible que al yo olvidarlo que soy el protagonista de lo que cuento, todos lo hayan olvidado simultáneamente. Y esos “todos” son los que me vieron partir. Los que me vieron llegar sólo pueden preguntarlo o suponerlo, porque yo no pude contarles de dónde vine. De no ser así: eso es, que yo haya olvidado y algunos otros y otros aun lo recordaran, se trazarían líneas muy fuertes de tensión que reemplazarían a las líneas de la Intersubjetividad que terminarían destruyéndonos como Sujetos. Si sé, que al llegar me sedujo la presencia, durante cinco días de la semana, de la Luna cerca del Sol. Durante la vigilia, y en las noches se queda sola. Esto determinaba y determina el comportamiento de los Hombres, de manera tal que por ahora haya una mayoría de bohemios y que el insomnio que durante mucho tiempo fue tratado por los médicos, se haya convertido en un estado de producción artística, de pensamiento, de lecturas y escrituras. Y se hayan confundido, casi hasta el abandono, los horarios de entrada y de salida de los empleos públicos. Que al vuelo y la algarabía de los pájaros no los calme ni los debilite la hora de la oración.  Así le llamamos en la ciudad al transcurso del ocaso. Y “la hora de la oración” por sostener una denominación que juntas con otras de uso popular nos conecta con la antigüedad de este territorio antes de que fuese ciudad. Sólo eso porque el orden y la castidad que divulgaba la iglesia se fue trastocando con las evidencias de la Naturaleza, las lecturas nocturnas, la Palabra que fuimos llevando y comprendiendo como la “morada del Ser”, y no hubo más cabida para la culpa y la servidumbre y por lo tanto la oración dejó de ser la oración. Y los artesanos que ahora tendían sus paños a lo largo de la calle principal, habían contagiado un cuestionamiento al concepto capitalista del trabajo. Esto es “otro” de lo bueno que trajo el aspecto de ciudad que ahora tiene “La Bien Aventurada”. Y “otro”, entre comillas, para marcar la distribución discreta de objetos de “lo bueno” que trajo la penetración por la ciudad, de aquella habitabilidad que tuvimos.
Cuando yo llegué a este lugar de pocas calles y de pocas casas y dije a algunos vecinos que me quedaría para siempre. Por alguna extensión del misterio, supieron y se extendió de boca en boca que eso, de: “para siempre” no era riguroso o era metafórico o era un deseo que llevábamos los Hombres. Un deseo de conjurar la angustia.  Que era un síntoma del dolor más doloroso y simulado, que nos provoca la contradicción de lo Finito-Infinito. Tal fue así que hombres y mujeres repetían hablando solos, cuando caminaban por la calle o esperaban en algún trámite: “para siempre” “para siempre”, como una obsesión o como una necesidad de conjurar una desesperación.
Yo ando caminando por las calles, escribo y llevo la Palabra, de una punta a otra de la ciudad, entre los Hombres. No todos me conocen, pero he visto y escuchado discusiones con mis textos.
Veo hombres y mujeres que caminan por las calles de una punta a otra de la ciudad. Sé que buscan, con necesidad, el lugar donde se puede apreciar la esfericidad de la Tierra. Que está intacta, aún, a pesar de tanto cemento y de tanta publicidad sobre los cuerpos. Sé que los habitantes de “La Bien Aventurada” no necesitan el horizonte para tener testimonio de la Infinitud, aunque los calma observarlo, y entonces también lo buscan. Aunque hay un lugar donde se puede apreciar la Lejanía, a pesar de tantas máquinas y tanta oculta soledad. Y los habitantes de “La Bien Aventurada”, tal vez con una necesidad entrañable de reclamo y de confrontación, dicen que no hay un patrón para referenciar al Hombre y que por lo tanto el Hombre es perfecto. Y esto como elevación de la Palabra. Esto es el inicio de una larga caminata por el silencio y el aroma de las calles.
Ahora mismo yo camino por las calles, y cuántos de ustedes para escuchar lo que estoy diciendo vienen conmigo. Hemos caminado varias cuadras, llevando nuestra expuesta clandestinidad. Cuando estemos de regreso por la orilla Oeste de la última calle, de la que corta a la calle principal. Mejor dicho: no la corta, esta “última calle” va de Norte a Sur y viceversa, y la que va de Este a Oeste y viceversa termina en ella. Todas las calles “van y vienen”, así se dice en el pueblo, ya que son pocas y suficientes. No hay tantos vehículos y las casas y los comercios quedan cerca. “Principal” le decimos a esa calle, que tal vez le copió su dirección al camino, que todos los días, tiene el Sol. Le decimos principal porque es la que tiene más casas y donde están distribuidos los comercios.
Cuando vean los fueguitos que se mueven, son los Hombres como en el pueblo de Neguá y cuando, en las casas, vean los fuegos encendidos, es el inicio de la Vida. Es el fuego de Heráclito, multiplicado en tantos mundos.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Miguel Montoya, escritor y filósofo, nació en San Juan (Argentina), 1948. Estudio Ingeniería en la UNSJ y se pos-graduó como diplomado superior en Ciencias Sociales, mención Sociología, y después como Magister en Ciencia Política y Sociología en la FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales). Además cursó posgrados de Psicología Social y de Psicoanálisis; entre otros. Profesor Titular Exclusivo en la Universidad Nacional de San Juan. Ha publicado libros, de filosofía, de psicología social, de educación y ha participado con sus cuentos en convocatorias nacionales e internacionales. Ha escrito para semanarios provinciales y revistas de Sociología.