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Literatura
02 01 2020
Una guerra en el limbo (novela) de Antonio Guerrero
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Prólogo

Se desnudaron rápidamente. Primero la parte superior del cuerpo y después, entre risas, la inferior. Al poco lanzaron las prendas enmarañadas al interior del maletero del coche, de donde extrajeron una mochila. Tras escuchar el chasquido metálico del vehículo, al cerrarse, se alejaron en busca del parque. Ese era el objetivo. Y para evitar ser vistos aprovecharon las sombras de los edificios y el silencio de la noche. Las llagas y cicatrices en los pies, de otras ocasiones en las que habían caminado descalzos, les impedían ser ágiles en sus movimientos.
Cuando llegaron al fin al parque se regodearon en la sensación a ubicación natural. Entonces se dejaron caer sobre el césped y percibieron la humedad de la hierba; inspiraron compulsivamente el aire en derredor. Ensimismados en aquel éxtasis, se dedicaron a contemplar la oscuridad de la noche. Eso les proporcionó una sensación parecida a la ingravidez. A la sazón el hombre, recordando el motivo por el que estaban allí, susurró a la mujer: «vamos a prepararlo todo». Inmediatamente asió la mochila y extrajo algunos objetos que colocó sobre el suelo. Una vez allí los observaron con atención. Instantes después cogieron dos pasamontañas negros que se plantaron en las cabezas, dejando un hueco para la nariz y para los ojos. A continuación devolvieron la mirada al resto de los utensilios. La mujer echó mano de una sierra y el hombre de una pesada maza. Al tenerlos en las manos los sintieron como parte de sí mismos. En esa pose solo les restaba buscar un lugar oculto. Y así lo hicieron; analizaron bien los recovecos del derredor y fueron a cobijarse cerca de unos espesos matorrales junto a los árboles.
Minutos después apareció Roberto Naveros. Su existencia marcaba el sentido de aquella noche porque era la persona que estaban esperando. Al verle se entusiasmaron. Desde que hizo presencia agudizaron su mirada y siguieron sus pasos. Roberto llegó por el camino interior del parque. Siempre cogía ese sendero porque era la forma más corta de llegar a casa, evitando un rodeo por la calle. Cuando estuvo tan solo a unos metros, el corazón de cada uno aumentó el ritmo para que la sangre circulase con mayor rapidez. Sabían que aquel acontecimiento era inevitable, irremediable e irreversible. Y consecuentemente el hombre tocó el brazo de la mujer para que estuviera preparada. Ella asintió de espaldas a él. Cuando advirtieron su presencia, en el lugar exacto donde se encontraban, comenzaron a levantarse; anduvieron varios pasos con sigilo, tratando de hacer el menor ruido posible. Entonces el hombre miró a la mujer. Ella respondió al guiño con una mirada cómplice.
A raíz de eso, y casi sin pensarlo, el hombre se llenó valor y salió de las sombras de la maleza. De un salto se colocó frente a Naveros, sorprendiéndole. La mujer, al verlo, hizo lo mismo: saltó a su encuentro siguiendo el ritmo de su compañero. Y Roberto, que no esperaba nada de aquello, se asustó estrepitosamente. Retrocedió unos pasos casi al borde del infarto. Segundos después, y extenuado, se detuvo a observar la situación: tenía frente a él los cuerpos desnudos de dos jóvenes. Estos, además, tenían en sus cabezas unos pasamontañas negros. Y, por si fuera poco, cada uno de ellos portaba en las manos una herramienta contundente. Aquello no tenía sentido –pensó–. No podía ser. La situación era inimaginable para una persona que, abatido por un largo día de trabajo, solo ansiaba regresar a casa y desaparecer entre las sábanas.
De todas formas los jóvenes siguieron con lo previsto. No quisieron dejarle tiempo para reaccionar. Por lo que se enrolaron en su objetivo con obcecación. A partir de ahí sucedieron unos hechos muy insólitos: el hombre comenzó a golpearle la cabeza con la maza hasta dejarlo inconsciente. Los brotes de sangre le salieron rápidamente, incluso antes de perder el conocimiento. Sus gritos fueron espeluznantes. Cuando el cuerpo estuvo sobre el suelo, la mujer aprovechó para contarle las manos con la sierra. Poco a poco fueron sesgando su cuerpo con ensañamiento, con crueldad, desprovistos de cualquier rastrojo de humanidad. Se dejaron llevar por un no saber, no regir, no sentir, que extendía a su alrededor un silencio transcendental. Fragmentaron las extremidades y el tronco con la naturalidad propia del enfermo o tal vez con la del profesional. Y, si hay que decirlo todo, disfrutaron al hacerlo.
Aún con el ánimo eufórico ella le dijo a su compañero: «vámonos de aquí». Y apenas la percibió el hombre, comenzaron a correr con las herramientas y los cuerpos impregnados de sangre hacia el vehículo. En su paso dejaron un reguero rojo que traslucía desde lejos. Mientras huían trataron de evitar sospechas, por eso hicieron el menor ruido posible. No obstante, con algo de suerte, llegaron al coche sin ser descubiertos y rápidamente abrieron el maletero. Dejaron los útiles en el maletero y cogieron las prendas de ropa que antes habían dejado. Se vistieron con lo más imprescindible, con apenas unos pantalones y una sudadera que se manchaba con las huellas rojas de las manos. No recabaron en ello más de lo necesario. Después, y extenuados, se introdujeron en el interior de habitáculo; arrancaron el motor y salieron a toda velocidad de aquel lugar. En la fuga golpearon algunos vehículos aparcados y rompieron varios espejos retrovisores. Minutos después, al alcanzar la avenida principal y dejar atrás aquel conjunto de calles que rodeaban el parque, respiraron algo más tranquilos. Entonces el hombre indicó: «ya podemos quitarnos los pasamontañas». Y añadió: «los del grupo nos van a felicitar. Le hemos hecho un favor a esta sociedad ». A continuación se desprendieron de la prenda negra. Al quedar liberados, la mujer le miró y aseveró: «matar me ha gustado más que el sexo. Tener el poder de quitar la vida a alguien es increíble. Ningún orgasmo me había asemejado tanto a Dios».

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Antonio Guerrero, nacido en Huelva en 1971 y residente en Almería, es graduado en filosofía y articulista de prensa. Ha publicado “La mentira Zurda. Cuentos de Joseph Landowski”, IEA (2011); “Literatura Zurda”, IEA (2017); “Temperamento. Pensamiento filosófico en la obra de Mary Shelly”, Apeiron Ediciones.(2017); “Apuntes de Filosofía Moral” y “Una Guerra en el Limbo”, Playa de Ákaba (2018), libro reeditado en el 2019 por Parnass Ediciones. Es su primera novela y con ella hace una reflexión sobre la revolución que nunca ocurrió en Occidente tras la crisis. Actualmente colabora con Diario de Almería, Diario 16, Quimera, Clarín y REF (Red Española de Filosofía), entre otras. Es además miembro del instituto de Estudios Almerienses. Ha participado en una decena de antologías y ha obtenido premios en algunos concursos literarios. A su vez es el creador y director del proyecto Filosofía en la calle, proyecto multidisciplinar e itinerante diseñado para impulsar la filosofía en la calle, el ágora, la plaza pública.