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Literatura
02 01 2020
Esencia y excedencia de la poesía contemporánea por Ulises Varsovia
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LOS NUEVOS
Es sintomático que después de la guerra civil española no ha producido el mundo de habla castellana poetas de la talla de García Lorca, Pablo Neruda, César Vallejo o Gabriela Mistral. Están –o estuvieron- por supuesto Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Ángel González y nuestro Nicanor Parra en el ámbito de la antipoesía. Pero ninguno de ellos ha logrado sacudir y enriquecer el árbol de la poesía como lo hicieron sus predecesores. Ciertamente, nunca se había producido tanta poesía como en nuestros días, nunca se había escrito tanta poesía en español, nunca había habido tantos libros de poesía en el mercado, y especialmente en internet. Pero ninguno de los poetas contemporáneos ha sido capaz de remecer el idioma como lo hicieron Darío y los clásicos del siglo XX.
Parece ser que en la primera mitad de aquel siglo se produjeron hechos que cambiaron la fisonomía de la poesía no sólo de lengua española, sino universal, afectándola, no sólo en la manera de escribirla, es decir, en la superficie, sino en sus mismos cimientos.
Los «cimientos de la poesía» quiere aquí significar el valor intrínseco o fenomenológico de ésta, la filosofía que está implícita en la manera de considerar su esencia íntima. Vale decir, la poética.

LOS TEÓRICOS
Parece haber consenso en considerar la Poética de Aristóteles como el conjunto de ideas y tesis que pusieron las bases de la consideración de la poesía universal en la antigüedad. Este opus del Estagirita señoreó durante milenios la mentalidad de los teóricos de la poesía, y, por ende, de los poetas mismos, sin que nadie fuera capaz de contradecirle decisivamente.
Pero en la primera mitad del siglo XX se producen hechos que van a cambiar radicalmente la actitud de los teóricos de la poesía y de los poetas frente al fenómeno de la creación literaria –por lo menos de la mayoría de ellos. Este trabajo pretende dilucidar esos hechos y sus consecuencias.
La esencia de la poesía fue considerada tanto por los antiguos como por los modernos como la quintaesencia de la belleza. Así lo entendió Píndaro, así lo entendió Virgilio, y el Dante, y Shakespeare, y Góngora, y Goethe y nuestro Darío. Esta consideración ha conseguido mantenerse hasta nuestros días en amplios círculos del quehacer literario, pero hay una parte importante de los literatos que abjura de esta manera de pensar, y prefiere buscar la esencia de la poesía en elementos más inmediatos de los fenómenos socio-culturales.
Un primer signo de ruptura –aunque no decisivo- parece encontrarse en la famosa frase de Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud : « Pero una noche senté a la belleza en mis rodillas, y vi que era amarga, y la insulté ». Muchísimos teóricos y críticos literarios citan al poeta francés a la hora de explicar los cambios referentes a la poética moderna y contemporánea, y en gran parte tienen razón, -pensemos solamente en el valor que le atribuía Neruda a Rimbaud como luminaria de los poetas de su generación. Efectivamente, Arthur Rimbaud pone en cuestión la consideración clásica de la belleza como una entidad metafísica, y se esfuerza por darle un cariz más cercano a la realidad. Pero, considerada en su conjunto, la poética de Rimbaud –así como se aprecia en sus poemas- no difiere radicalmente de la de sus contemporáneos, a pesar te toda la rebeldía que rezuman sus escritos.
A mi parecer, la ruptura decisiva en la manera de considerar los mecanismos íntimos que dan lugar a la poesía en nuestro tiempo, tiene lugar con los escritos de Sigmund Freud. El psicólogo vienés puso en tela de juicio no sólo nuestras ideas acerca de las relaciones familiares y sociales, reinterpretando y revalorando el valor de la sexualidad, sino las bases mismas de nuestro sistema de valores referente a la cultura toda.
Elemento esencial en la cosmovisión freudiana sobre la creación –no sólo literaria- lo constituye el concepto de libido, vale decir, el apetito sexual subyacente en el ser humano, el cual, al ser reprimido, y de acuerdo con las circunstancias en que se encuentre la persona, daría lugar (para nuestros propósitos) a la obra de arte. La historia de la cultura representaría, por lo tanto, una larga cadena creciente de sublimación de la libido por parte de los agentes culturales pertinentes. La famosa poiesis platoniana, por lo tanto, no consistiría, como quería el filósofo, en extraer una obra de arte de la nada merced a los marcados talentos creativos del vate, del pintor o del escultor, sino en algo muy concreto, por mucho que oculto en el laberinto de la fenomenología de la psiquis.
La visión freudiana del origen y desarrollo de la cultura comenzó a abrirse paso en los años 20-30 del pasado siglo, y en poco tiempo se difundió en el exclusivo mundo de la psicología, alcanzando posteriormente el mundillo de los teóricos y críticos literarios y de los literatos mismos. Entre los intelectuales que asumen las tesis de Freud a este respecto destaca en los años 60’ Herbert Marcuse, cuya obra Eros y Civilización tuvo una gran vigencia y ejerció un amplio influjo entre los jóvenes de mi generación, especialmente entre los estudiantes. Pero paralelamente a las tesis de Freud tenía lugar la revolución rusa, que en los años 20’ y siguientes difundía sus ideas por Europa y por el mundo entero, y con ello sus ideas acerca del sentido de la cultura, por ejemplo, de la literatura. Ésta ya no podía seguir teniendo el sentido burgués de creación de una minoría privilegiada para goce estético de los lectores, sino inscribirse en el nuevo sistema de valores de la revolución, y ponerse al servicio de los logros de la clase obrera. Nacía así el concepto de «realismo socialista» de la literatura y las artes. El objetivo de la poesía no podía seguir siendo la búsqueda de la belleza, de una belleza con una sospechosa connotación burguesa, sino ponerse al servicio de la revolución, denunciando la explotación de la clase obrera y ayudando a edificar el «hombre nuevo», adaptando para ello sus recursos estilísticos, como bien lo dice Boris Pasternak en Doctor Zhivago: «La poesía (tradicional) ha muerto. La revolución la mató ». Todavía hubo otro intento por liquidar a la poesía, a propósito de la barbarie de la segunda guerra mundial, específicamente de los campos de concentración nazi. Ante tal magnitud de la barbarie, escribía Theodor Adorno, ya no era posible escribir poesía. Pero era posible. Pero no olvidemos a Martin Heidegger. Este filósofo alemán ha sido, posiblemente, quien más se ha interesado por dilucidar la esencia de la poesía. Lamentablemente lo ha hecho desde la perspectiva eminentemente filosófica, en el marco de su obra capital (Ser y Tiempo), y no desde una perspectiva estética. Su pensamiento respecto a la esencia de la poesía está resumida en sus famosas cinco sentencias, y en estrecha relación con la obra de Hölderlin, fundamentalmente con la cita de su poema «En memoria»,(Andenken), en uno de cuyos párrafos (IV,63) dice el poeta: «Pero lo que permanece lo fundan / instauran los poetas». Vale decir, y dado que, de acuerdo con la tesis heideggeriana, es la palabra la que da origen al mundo, al ser, la esencia de la poesía consistiría precisamente en eso; fundar, deteniendo el tiempo, instaurando aquello que es sustancial.    
Elliot y Ezra Pound, por nombrar a los más insignes. Pero ya a finales de los años 50’ hacía su aparición en Chile la antipoesía, como muy certeramente la llamó su creador, Nicanor Parra.

LA ANTIPOESÍA
Se trata de una arremetida a fondo en contra de la poesía como ésta había sido entendida hasta ese momento. Se renuncia completamente a la rima (lo cual no era una novedad), a la metáfora y al «bello decir», ridiculizando al «tonto solemne» que había sido el agente y referente de una poesía enmarcada en el dolor, la tristeza, el amor, los sueños y la melancolía. Por ejemplo, Pablo Neruda. Si hemos de entender bien a Nicanor Parra, la antipoesía es el intento de bajar de las nubes a la poesía y ponerla al alcance del pueblo llano. No hay que confundirla con «realismo socialista», no se trata de poesía política, no se pone al servicio de una ideología. El acento se pone en lo anecdótico, en lo jocoso, tratando de causar hilaridad en el lector, riéndose de todo el mundo. Para ello recurre a giros y «salidas» típicas del habla popular, llegando incluso a lo sórdido, lo grosero, expresándose en «el lenguaje de la tribu».
No cabe duda de que la antipoesía se ha difundido ampliamente en la sociedad chilena y ha ejercido una enorme influencia sobre los poetas, no sólo sobre los jóvenes. Pero precisamente el hecho de que eche mano al habla popular y a los giros típicos del folklore chileno, reduce su difusión, ciertamente, no digo sólo al territorio nacional, donde se le entenderá perfectamente, pero fundamentalmente a éste, de modo tal que al fenómeno Parra le falta la universalidad, y en vano esperará el vate el premio Nobel de literatura. La poesía de Parra reniega prácticamente de todos los valores de la poesía tradicional, es un llamado a la subversión, pero no en el sentido político, el Parra maduro evitará incluso tomar partido («La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas»), su subversión queda enmarcada en los límites de lo puramente literario.

GABRIEL CELAYA
No es el caso de Gabriel Celaya (1911-1991), poeta vasco relativamente poco conocido en el ámbito latinoamericano, el cual nos ha dejado en un solo poema su visión del sentido de la poesía, en el cual se aúnan el papel que le correspondería a la belleza en el poema, y su llamado a poner la poesía al servicio de las clases bajas de la sociedad.
Nos detendremos, pues, en el análisis de su poema «La poesía es un arma cargada de futuro», en el cual se resumen sus ideas de los objetivos que debe cumplir la poesía. Veremos que estos objetivos se trasuntan perfectamente en el discurso poético de una parte importante de los vates de habla hispana, especialmente latinoamericanos, y muy especialmente en el ámbito literario chileno.     Primero transcribiremos el poema completo:

La poesía es un arma cargada de futuro
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
más se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:    
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.    
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

(…)
El poeta comienza poniendo de manifiesto que ya nada debemos esperar que cambie la situación negativa en que nos encontramos; situación que llega a tal extremo que es como mirar a la muerte a los ojos (No hay que olvidar que el poema fue escrito bajo la dictadura franquista). Ante tal estado de cosas el poeta estalla, y este estallar significa dar rienda suelta a lo que llevamos opreso: las verdades, transmitidas en forma de poemas. El poeta experimenta con ello una liberación, una catarsis que lo libera de la asfixia. El poema es una herramienta cuyo poder raya en lo prodigioso, y con ella («con el rayo del prodigio») se pone el poeta al servicio de los pobres, entregándosela « como el pan de cada día, / como el aire » mismo.
Dado que el sistema oprime también al poeta, impidiéndole decir aquello que éste siente en lo íntimo, no puede el vate emitir cantos inofensivos, convencionales, como un cuento de hadas («como un adorno»), sin que ello le pese en la conciencia («sin pecado»). Y enseguida deja caer su anatema: «Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales». El poeta es necesariamente un ser comprometido, que se solidariza con los pobres («Siento en mí a cuantos sufren»), y canta, no para sí mismo (« penas personales »), sino para los otros, y ello lo enaltece y lo llena de satisfacción («y cantando más allá de mis penas/ personales me ensancho»).

COROLARIO
El ideario de Gabriel Celaya corresponde claramente con el quehacer político de un grupo importante de poetas contemporáneos en el mundo de habla hispana, pero es curiosamente en Chile donde más se le encuentra. Podrá haber, claro, mucha controversia a la hora de discutir si lo que hacen estos agentes culturales es poesía o no, dependiendo siempre de qué tipo de poética tomemos como referencia: si la que se ciñe al viejo canon de considerar la belleza como el verdadero punto de fuga del poema, o aquella que sacrifica la belleza en aras de la claridad prosística del poema, como ocurre en el caso de Parra.    De modo tal que llegamos al final de este corto ensayo sin haber podido dar una respuesta definitiva a la pregunta medular que nos hicimos, a saber: cuál es la esencia de la poesía. Pues si bien es cierto hay un número importante de estetas, críticos y poetas que defienden el punto de vista tradicional, de considerar la búsqueda de la belleza como el fin supremo de la poesía, hay otro bando no menos numeroso que prefiere comunicar su mensaje directamente, sin metáforas, ni imágenes, ni un lenguaje alto y depurado, sencillamente como en la prosa.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Ulises Varsovia, Valparaíso, Chile, 1949. Estudió historia, geografía e historia del arte en su país. Hizo el doctorado en historia antigua y medieval en Freiburg (Alemania) y estudios en Lengua y Literatura españolas en Zürich. Trabajó como asistente en la Universidad Católica de Valparaíso, como docente en otras universidades chilenas. Actualmente enseña lengua española en la Universidad de San Gallen, Suiza. Publicó 28 títulos de poesía, la mayoría en su editorial Capitanía. Entre los poemarios más recientes se destacan: "Hermanía", (Apostrophes, Santiago de Chile, 2003), "Anunciación" (Myrtos, Córdoba, España, 2002), "Antología Esencial", (Myrtos, 2006), "Vientos de Letras" (Antología, junto con Alexis R., de Myrtos, 2007) "Interiores" (Antología de Myrtos, con Alexis R. y otros, 2008).