Literatura
02 01 2020
Todo: intento poético para descifrar los alfabetos galácticos por Héctor Loaiza
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Anticipando la crisis ideológica de a fines del siglo XX, tuvimos necesidad de buscar nuestra identidad en las antiguas prácticas chamánicas: yo en los Andes y él en las tribus amazónicas de Colombia. Pero nuestras posiciones eran diferentes: mi experiencia con el chamanismo andino me condujo a asumir mi identidad individual, en tanto que Gerardo Luis Rodríguez reivindicó desde el comienzo las raíces colectivas y estaba fascinado por el auge de los líderes carismáticos. La otra diferencia consistía en que el chamanismo andino no utilizaba substancias sicotrópicas, mientras que el amazónico recurre al yagé (ayahuasca) para abrir las puertas del Conocimiento.
Los chamanes de la alta montaña de Cusco me enseñaron la práctica del ejemplo. El chamán es el individuo que, sin utilizar un discurso normativo o la disuasión, se impone a los demás miembros de su comunidad por sus actos irreprochables. En nuestras sociedades, el sabio, el filósofo, el escritor y el intelectual deberían practicar este método para aportar a sus lectores, discípulos y admiradores en sus vidas cotidianas.
Cuando nos encontramos éramos asiduos lectores de Mircea Eliade, de Pawels y Bergier y tantos otros escritores y filósofos. En una de nuestras conversaciones le comenté que no quería terminar en la vejez como el filósofo Jean Paul Sartre, baboso, con las manos que le temblaban e incapaz de comer solo (1). Padecía los efectos del consumo de una potente anfetamina, el Corydrane, la panacea para escribir de los intelectuales franceses en los años sesenta y setenta.
A comienzos del siglo XXI, yo me encontraba trabajando la primera versión de mi novela El nómada estelar. Le hice leer a Gerardo Luis Rodríguez y a partir de ese instante se identificó vital y poéticamente con el protagonista paradigmático, Aléatorius. Escribió en su poema "Nómada estelar": “Le tokó / ir a morir / a otra parte / no era de aquí.”
Los poemas de Gerardo Luis Rodríguez están emparentados con la poesía del francés Antonin Artaud (1896-1948) que, sintiendo nostalgia por los mitos tradicionales, rechazaba la sociedad europea de los años treinta. Tras separarse del movimiento surrealista, Artaud viajó a México en 1936 en busca de una nueva idea del ser humano y de una fuente de inspiración.
Su estadía en tierras mexicanas se transformó en una búsqueda iniciática en la sierra de los indios Tarahumaras. El encuentro con una micro-sociedad cuya cultura ancestral se apoyaba en el trance ritual y el chamanismo, lo electrizó desde el punto de vista intelectual. Participó en la ceremonia del Peyote que le dio la impresión de estar misteriosamente ligado al Todo, de penetrar en el más allá y vivir una experiencia extra-corporal fuera del tiempo. Al final, tuvo la convicción de formar parte del Absoluto. El alucinógeno rompía el continuum del pensamiento y creaba una separación entre el ser que percibe y el mundo. Pero como lo afirmó Kenneth White, el poeta francés fue a México bastante enfermo y la experiencia con el peyote no le sirvió para escapar al hospital siquiátrico ni a los electrochoques a su retorno a París.
Por otra parte, existe una diferencia abismal entre Gerardo Luis Rodríguez y Antonin Artaud, el primero fue formado en un seminario católico de la que le quedó un conocimiento cabal de los Evangelios y después en el materialismo marxista. Sus estudios filosóficos en la Universidad Nacional de Bogotá le hicieron admirar la obra de Sócrates. En su poema “Sócrates y yo” escribió: “Llegué al ágora donde Sócrates / tomó primero el vino de Kios / y luego la cikuta… / ¡Ah tenaz!”
Sus primeras poesías son consagradas a su tema de predilección: la mujer. No la mujer objeto de sacrificio y mutilación del Marqués de Sade o de colección del seductor don Juan, sino a la mujer esencial, como lo definió el sicoanalista francés Pierre Solié (2) en los años ochenta. Según éste, desde principios del siglo XX el sicoanálisis freudiano impuso el reino del padre, el imperialismo del Edipo y la castración de la mujer, ignorando la historia humana de decenas de milenios: Dios primero fue una mujer. Desde India hasta América precolombina era Kali, Cibeles, Ishtar, Isis, Déméter, Pachamama y tantas otras diosas. La aparición de las religiones monoteístas dio nacimiento a la ideología patriarcal y el psicoanálisis heredó ese principio.
La mujer ligada a la naturaleza le inspiró al poeta cuatro poemas: Mujer de agua, aire, fuego y tierra. Su imaginación fértil las identificó a los cuatro elementos de la naturaleza, según la filosofía griega, y que corresponden a las cuatro estaciones de los climas de Europa y los países australes: invierno, primavera, verano y otoño.
Señaló de una manera sutil la emotividad y la sensibilidad en los atributos que le dio a la Mujer de agua: “…Deja las apariencias y las baratijas se trae y se toma sus kopas / forma lagunas y abre sus endijas primero komo pitonisa / la somete al rayo de la luna de brujas se las trae kancerina / bebe bebe y bebe a ríos kándida y licenciosa…”
El aire que simboliza el intelecto, le inspiró un magnífico poema: “… pasas komo ventarrón kariñoso / komo exhalación merkuriana por las sábanas / komo las akuarianas brisas / de las vanidades por las playas / visitante de todos los korazones / hurakán de loas y perfumes balanza mensajera del xol…” Y concluye: “…kontigo muxer de aire / inventamos las lenguas sekretas / los sonidos del amor…”
En su poema Mujer de fuego, aludiendo al planeta Marte, se refirió al signo que le corresponde, Sagitario. Describió los atributos de esa mujer idealizada: “…Ese fulgor de tus ojos sagitarios / inflama el horizonte / hasta el íntimo goce…” La amada, a la que le asignó las virtudes del fuego, representa lo que anima, transforma y hace evolucionar a los demás.
Adornó con figuras retóricas su retrato de la “Mujer de tierra”, identificada a la tendencia del signo Capricornio de refugiarse en las sombras y lo material: “…Son las buskadoras de simientes astrales / las idólatras de la korona de sombras / sobre las montañas kapricornianas…” Se refirió al simbolismo de la madre que está ligado a la tierra, como receptáculo y matriz. Sugirió su ambivalencia: la vida y la muerte. Nacer es salir de su vientre y morir, es volver a la tierra.
En “Los Evangelios de tu cuerpo” escribió: “Dedíkome a leer / los evangelios de tu kuerpo / Sayonara de los últimos suspiros…” Comparó al cuerpo de la amada con las sagradas escrituras que está muy lejos de cualquier ortodoxia: “Hoy xoy / todos los amaneceres / todos los despertares / todos los sueños todos los olvidos hoy xoy / el árbol ke le hacía falta al boske…”
Gerardo Luis Rodríguez se proyectó lejos de nuestro mundo en su poema “Mujer Maga”. La amada es un puente —como diría Cortázar— para alcanzar niveles de conciencia elevados. El poeta escribió: “De los suburbios de la galaxia / vienen tus karicias kurativas / sinkronizadas kon el verbo adivino / tu visión horada…”
Describió a la amada vestida con “huipil” —vestimenta para oficiar un ritual— lanzando invocaciones con el fin de alcanzar el Eterno Retorno: “…Y kon la magia / se abren las puertas / de tus kaderas sísmikas / el sekreto siete klaves / de las posturas de la karne sideral…” Se refirió tal vez a las posturas del yoga tántrico que permiten la compenetración corporal y espiritual de una pareja para elevarse hacia la conciencia colectiva.
Nos participa los signos de su situación en el mundo: sus “insomnios” que es un mal de escritores e intelectuales de nuestro siglo. Pero nos sorprende que un poeta iniciado a los misterios del chamanismo de las tribus amazónicas, sucumba también a esta dolencia.
Escribió con claridad aludiendo a ese territorio idealizado: “…Desde KUKARAMAKARA / la ciudad de los tambores inmortales / un xol kantante enamora xielos / y besa tu sangre invisible / La luz siempre... y mis vuelos...”
Volvemos a la visión filosófica junguiana de Pierre Solié que, al estudiar los antiguos cultos femeninos, describió a la “mujer esencial” que renovó al sicoanálisis adaptándolo a las necesidades de nuestro milenio. Desde los hippies de los años sesenta hasta el surgimiento de la conciencia ecológica del siglo XXI, es la figura de la Madre Tierra, la Naturaleza, que se despertó de su sueño de muchos milenios. Reemplazó al hijo edípico desfalleciente e impuso la figura de las hijas e hijos amantes de la Naturaleza.
Y para concluir, los poemas de Gerardo Luis Rodríguez nos hicieron sumergir en su mundo interior, donde lo visible se une con lo invisible, la luz con la oscuridad y lo femenino con lo masculino. Ante nosotros desfilaron sus sueños, las imágenes obsesivas de sus experiencias alucinógenas con los chamanes y sus pulsiones más recónditas. TODO eso expresado con una lengua mimética y musical.

 

 

 

 


(1) Un fils rebelle (Un hijo rebelde) por Olivier Todd, Editorial Grasset, París, 1986.
(2) La femme essentielle (La mujer esencial) por Pierre Solié, colección L’esprit jungien, Editorial Seghers, París, 1980.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Gerardo Luis Rodríguez, tras haber seguido estudios de filosofía en la Universidad Nacional de Bogotá, vivió en Chile durante el gobierno de Allende. Después del golpe de Estado de Pinochet en 1973, escapó a la persecución policial. Como escritor, publicó seis libros, entre relatos y poemarios. Residió en Francia durante diez años. Participó con un ensayo en el libro colectivo "Alain Laborde, Dix années de pinture (1984-1994)", editado en Pau (Francia). A través de la creación artística, persigue el objetivo ambicioso de sincronizar las fuerzas del Yo con las del universo. Sigue escribiendo para ser fiel a la misión que se ha dado en Europa: fomentar el diálogo entre las culturas.