Narrativa
04 03 2020
La gaviota por Rodrigo Torres Quezada
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A través de los ventanales, José observa los rascacielos que se yerguen soberanos rompiendo el cielo. Una capa gris de humo pareciera danzar sinuosa entre las esquinas de las construcciones. Algunas nubes asoman y él las observa como si fuesen las últimas sobrevivientes de una tormenta. Suspira. De pronto, siente a su lado la presencia de alguien.
—Señor Ramírez. ¿Sucede algo?
Es su jefe. José le mira con nerviosismo.
—Disculpe, me distraje.
—Menos ensoñación y más trabajo, ¿le parece?
José asiente. Vuelve a mirar el computador, vuelve a colocarse los audífonos y vuelve a lo suyo:
—Buenas tardes, soporte técnico. ¿En qué puedo ayudarle?
Afuera, las nubes avanzan lentamente.
Apenas llega a su hogar, recibe la visita de una pareja amiga. Son Carlos y Beatriz. Llevan conviviendo tres años y son personas felices. José les invita a tomar asiento. Les sirve vino en unos vasos de plástico.
—José, amigo, tenemos excelentes noticias— exclama Carlos.
—¿Sí? — José observa desanimado. De pronto recuerda que tiene treinta años y, muy dentro de él algo parece fundirse en un camino sin vuelta.
—¡Nos vamos a las Islas Atlánticas de Galicia! Y queremos invitarte —dice Beatriz dando un aplauso. Su sonrisa parece brillar.
—Bueno, gracias por la invitación —contesta José en un tono dubitativo—. Pero ¿y mi trabajo? Tendría que adelantar las vacaciones.
—¿Y? ¿Dónde está el problema? ¡Hazlo, hombre! —exclama Carlos con un movimiento histriónico de brazos.
José observa con detención su televisor. Están dando el noticiario. Se muestra el atraco a un banco. Traga saliva.
El guía turístico los lleva por un sendero en el cual es fácil sacar fotografías y grabar el paisaje. Carlos y Beatriz se sienten dichosos, se dan un largo beso en la boca y ríen. José camina lentamente. Se queda atrás del grupo. Observa el horizonte. El mar parece un gigante que sueña. Su respiración se percibe cada vez que las aguas llegan a la playa y se recogen. José se siente sobrecogido por la vista. Un grupo de aves sobrevuela el cielo. Parecen montar un espectáculo circense. Sólo que aquí no están domadas.
Seguro de que es imposible perderse, se separa del grupo y mediante pasos largos se interna por unas rocas. Cada vez está más cerca de la playa. Le parece ver en el mar figuras que salen hacia la superficie como sombras que se fusionan con el agua. Está seguro de que son delfines. Toma su cámara fotográfica y saca una foto. Escucha un ruido bajo suyo: son decenas de aves que tienen nidos. Se sienta en una piedra y desde ahí les saca fotografías. Se ha olvidado del trabajo. Siente como si siempre hubiese pertenecido a la isla. Entonces, descubre algo: hay una gaviota argentea. Tiene un ala gacha por un costado. Cuando las demás gaviotas emprenden el vuelo, ella les observa, hace un movimiento, trastabilla y prefiere quedarse posada en su nido. José observa con detención al ave. Esta le mira a él. Por unos segundos sus miradas se cruzan.
—¡He, señor! Vuelva de inmediato al sendero. Está prohibido pasar más allá —exclama el guía.
—¡José, vuelve! ¿Qué haces ahí? —grita Carlos quien junto a Beatriz no se explican que su amigo haya infringido una norma.
José vuelve con el grupo. El guía le repite lo que advirtió en un principio: que todos deben permanecer juntos, etc., etc.
—Hay un ave herida, tiene un ala rota— dice José.
—Les suele pasar. A veces porque chocan con las rocas, se lanzan con precipitación al mar o porque pelean por su territorio— explica el guía.
—¿Y no la van a rescatar? —pregunta José.
Las personas del grupo observan curiosas. El guía toma su comunicador y le dice a alguien que envíen a un veterinario al sector.
—Ahora debemos proseguir— exclama el guía.
José observa las rocas. Las aves siguen su vuelo describiendo una coreografía perfecta, como si bailasen al ritmo del viento. Allá, más abajo, un ave las observa. Desea emprender el vuelo. Pero no puede.
Al día siguiente, José regresa tomando el mismo sendero. Carlos y Beatriz se han quedado en el hostal dispuesto exclusivamente para los turistas. Se hicieron amigos de otra pareja, unos portugueses que celebran su aniversario de bodas. José sintió que no tenía nada que hacer ahí y decidió dar una vuelta.
Baja por las rocas del día anterior y llega hasta el nido de las aves. La gaviota sigue ahí. Parece dormir. Cuando esta le ve, se queda inmóvil unos segundos. Luego mueve la cabeza y se limpia el ala herida. José lleva un poco de sésamo y semillas de maravilla. Deposita todo al lado del ave. Esta observa desconfiada. Por un buen rato le da una mirada a la comida sin tocarla.
—Come —le dice José, luego le indica el cielo—. Hay otras que te van a quitar la comida. Vamos.
Luego, el animal por fin come.
—Desde este lugar el mundo no parece tan terrible— exclama José.
Más allá, a unos metros, la playa es acariciada por el mar. Un anciano recorre la orilla, tranquilo. El sol es majestuoso y el hombre parece venerarlo con un gesto de cabeza. Cuando el ave termina de comer, José se acerca a ella y la toma fácilmente. El animal parece rendido. Intenta darle un picotazo a José pero desiste de inmediato. La lleva hasta un centro en donde hay veterinarios especialistas en los animales del Parque.
—Encontré esta gaviota. Está herida— explica José.
El veterinario toma al ave y examina su ala.
—No es tan grave como parece —exclama— Con cuidados, en una semana debería estar lista para volar.
José sonríe.
Para sorpresa de los veterinarios, José va todos los días a visitar a la gaviota. Siempre le lleva sésamo. El animal está más vivaz, se mueve dentro de la jaula y le da picotones a los barrotes.
—Muy pronto volverá a estar libre— exclama José.
—Sí, así será —contesta uno de los veterinarios quien está dándole cuidados a un cormorán.
—Yo debo volver al trabajo —dice José.
El profesional le observa confundido. No sabe si debe contestar algo o no. José aprieta con fuerza los barrotes en donde está la gaviota.
—En unos dos días más la liberaremos.
—¿Puedo acompañarlos? —pregunta José.
—Claro.

Cuando el día indicado llega, José acompaña a los veterinarios hasta la playa. Llevan a la gaviota en una jaula transportin. Abren la compuerta. El ave sale con timidez hacia la playa. Observa el mar como si lo viese por primera vez. Arriba, otras gaviotas describen un ir y venir acompasado. El ave observa a José. Este camina hacia ella. Se agacha y la aferra entre sus manos. Por unos segundos hay un silencio sólo interrumpido por la melodía del mar. Los veterinarios se miran entre sí. José avanza con la gaviota hacia la orilla. Echa hacia un lado los brazos y les da impulso. Entonces suelta al ave.
—¡Vuela! —le grita.
El animal agita sus alas, traza un sube y baja, para luego surcar el cielo y unirse al grupo de gaviotas.
—¡Vuela! —sigue gritando José— ¡Sé libre! ¡Sé libre!
Entonces se sienta en la arena. Se lleva las manos al rostro.
—Sé libre —dice casi en un susurro. Luego se restriega los ojos. Los veterinarios se quedan a su lado.
La luz del día comienza a declinar en las islas.