Narrativa
04 03 2020
De la muerte y otras cucarachas en un cuento de Luis Seminario
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Juro que nadie sobre la tierra –o bajo ella– ha matado más cucarachas que yo cuando era niño. O al menos no con la misma pasión, deleite y minuciosidad. Con ellas he probado formas de tortura tan indignas que, si el mundo fuera justo, tendrían que asesinarme mil veces y de forma distinta para acercarme en algo al dolor que les he infligido. Pero como no lo es, he obrado con impunidad, sometido a un imperativo violento, cuya raíz desconozco, igual que otras cosas del valle de cucarachas que fue mi niñez.
No sé, sinceramente, por qué las odiaba tanto; tal vez porque siempre las veía rondar en la cocina, entre las ollas con escasa comida o incluso dentro de mi plato recién servido, si demoraba en sentarme a la mesa. (¿Cuántas cucarachitas o cucarachotas habré tragado, sin saber, cenando bajo la luz tenue de una lámpara vieja?). O quizá las odiaba porque le causaban pánico a mi tía. No sé. Como eran indefensas, martirizándolas, seguro, me desquitaba un poco de la pobreza. El hecho es que gozaba arrancándoles las patitas, una por una, con una pinza; incrustándoles agujas o alfileres; inyectándoles lejía, alcohol o kerosene en el cuerpo; o quemándolas en sus escondrijos con antorchas de periódicos viejos. A las grandes, mi modo favorito de matarlas era dejarles caer gotas de vela; las primeras, dirigidas a las antenas y a las patas, las fijaban en el suelo y así podía continuar infligiéndoles dolor sin apuro, mientras paladeaba con fruición los espasmos originados por cada gota calientísima de cera que caía sobre sus cuerpitos blandos de asquerosas cucarachas.
Como toda familia pobre –rabiosamente pobre–, no contábamos con servicio eléctrico y de noche nos alumbrábamos con velas y lámparas a combustible, de las cuales nunca salió un genio bienhechor. La escasa luz mantenía el hogar en penumbras e invitaba a los repugnantes bichos a salir, desde temprano, a merodear por la cocina y el comedor. A veces tenía suerte: atrapaba viva a una grande y la dejaba caer dentro del tubo de una lámpara encendida. Nada me causaba más placer que contemplar al animal corriendo desesperado, en círculo, por la parte baja del vidrio, sin atreverse a trepar hacia la salida (pues el vidrio quemaba a horrores), hasta cansarse y quedar, lentamente, carbonizado.
Una mañana, por casualidad, descubrí una miríada de cucarachitas recién nacidas, apelotonadas en una ranura de la mesa (que se extendía por todo su borde). Fascinado, corrí a buscar cinta adhesiva y sellé el surco cucarachento. Luego, extraje una jeringa de una bolsa de medicamentos y la cargué con kerosene. Ante la confundida reacción de los bichos, que buscaban en vano una salida, inyecté el combustible en su repentina celda.
Eso parecía un campo de concentración nazi para bebés de cucarachas judías.
Ignoro si para un psicólogo este tipo de comportamiento evidencie que poseo –o poseía, más bien– inclinaciones asesinas o algún otro trastorno mental. En fin, eso ahora no importa: de todo lo que les he contado, ha pasado ya buen tiempo. Actualmente friso los cuarenta y hace diez años emigré a Canadá: la pobreza (y por ende las cucarachas) hace mucho quedó atrás. Hasta hoy no conozco una cucaracha canadiense, ni la busco. ¿Me creen?
Aún recuerdo la mañana en que llegué a este gran país, en plena tempête, a cuarenta grados bajo cero. Me parecía estar en otra galaxia. Cuando entré al cuarto que me alquiló una familia québécoise, tanto orden y limpieza me conmovieron. La prueba de fuego la pasé dos horas después, mientras almorzaba un sándwich soso y una Coca-Cola, sentado en el borde de una cama de dos plazas, mirando caer la nieve con la que Montréal me acogía (¿o rechazaba?): primera vez que almorzaba solo, fuera de mi país, sin nadie a quien hacerle, siquiera, un simple comentario cotidiano. Entonces, conocí la soledad.
Mientras desempacaba mis potrosas maletas, sabía que para bien o para mal, empezaba una nueva vida. De repente, entre la sarta de libros viejos que traía, vi, como en un sueño, un ser pequeño, marrón, de patitas frágiles, que me miró – creo– asustado. Era una cucaracha peruana, que mezclada entre los volúmenes, había viajado conmigo sin querer –supongo–. Sorprendido, la observé sin una pizca del odio de antaño. Parecía tan indefensa mirándome inmóvil sobre Cien años de soledad, que quise estrecharla contra mí como a un familiar querido, como a un osito de peluche, como a uno de mis paisanos. Tomé “Conversación en La Catedral” y, casi con amor, la convertí en papilla.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Luis Seminario, Piura (Perú) 1984. Militante y defensor del cuento corto. En 2013, publicó la colección de cuentos “Jugando con sangre”. Actualmente cursa la maestría en Estudios Hispánicos, en la Universidad de Montréal. Ha colaborado en varias revistas de Internet. Su cuento “Cucarachas” recibió una mención honrosa en el concurso Presencia Hispana en Montréal 2019.