Narrativa
04 03 2020
Su nombre es Gervais por Ángel Mota
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A través de los claveles blancos en torno al ataúd, Gervais observó con cuidado al cura. El padre Labbé conversaba en voz baja con una invitada al velorio. Los pétalos obstruyeron la imagen del prelado, mas Gervais no quiso moverse. No necesitó verlo mejor. Supo que era él. Y así lo llamaron todos, desde ese día.
Sobre el blando musgo del bosque boreal, el caribú hunde sus enormes pezuñas en ramas y hongos. El tiempo de la lluvia es tiempo de ese rocío que ahora hace más claro el verde de la hierba y de las coníferas. Sus pezuñas, muy anchas, las que le sirven para escarbar bajo el hielo o la nieve en el invierno en busca de comida, se hunden ahora en el fango y en ese falso suelo de frutos silvestres, nacidos de árboles caídos. El paraje se le hace conocido, pero no es el suyo. Lo sabe y aún, quiere vivir.
Gervais oyó la conversación lastimera de su esposa Mélanie con un par de amigos suyos. Voces que se perdieron y se incrustaron en su memoria e ironía, voces como ecos que se posaron en cada palabra, pésames y lágrimas de dolor por el deceso de su suegra. La madre de quien le había dado tres hijos y una niña. “La señora murió en paz”, “fue una gran mujer,” escuchó de entre numerosos labios, como repetición con eco de letanía. Mas sus ojos se posaron, una y otra vez, en el padre Labbé. Se burló, con sonrisa en sus adentros, de su tono amable con los invitados. El cura invitó a rezar un Ave María a voz quebrada y vieja. Gervais se quedó de brazos cruzados.
El caribú ya no camina solo, detrás lo siguen veinte.
–Son ciento cincuenta, ustedes –dice una voz, que los renos sólo oyen como barullo, como un eco−. Sé que están cansados, fue un largo viaje. De los bosques de la Columbia Británica han venido hasta Quebec. Nosotros le llamamos el parque de los Grandes Jardines.
Los renos notan día con día, desde su arribo, que en este bosque no hay árboles gigantes, ni gruesos, como en el oeste. Los helechos son más pequeños, mas el liquen, esa grisácea mezcla de alga y hongo que crece en las piceas viejas, su alimento esencial, se da a profusión y más cerca de su cuello.
Gervais posó sus ojos en los surcos del ataúd. Coligió las lágrimas en torno suyo como algo vago. Con coraje, pernotó de nuevo en el cura. Vio cómo sus piernas lo movieron a una persona cerca de él. Oyó sus zapatos. Se recordó de niño, se vio de nuevo en la reserva Innu de Mashteuiatsh, en el lago Saint-Jean, al norte de Quebec. Un día que jugaba con otros dos niños al borde del lago, arrojando piedras al agua, oyó llegar a los coches. El motor era inconfundible, eso y las ruedas sobre la tierra y arena. Corrió a esconderse con los otros párvulos, pero no pudieron. De un lado tenían toda la extensión del lago, del otro, los cuatro coches y la policía montada de Canadá. A pesar de los gritos de su madre y las lágrimas escondidas de su padre −impotente so pena de verse en la cárcel o castigado a latigazos si se oponía−, los federales de la reina de Inglaterra los subieron a él y a otros diez niños a los automóviles. No sabían si regresarían. En la funeraria, Gervais inclinó el rostro. Solo pudo ver el piso y zapatos, el pasar, ir y desaparecer de los invitados.
Los caribús se quedan fijos al borde del río Pikauba. Observan su leve corriente como se observa el paso del tiempo, en silencio. Los cuerpos se sumergen en el agua. Se impulsan con las patas contra la corriente y el ahogo. La cabeza con sus grandes astas y el dorso se bañan con el cielo tenue de un día de lluvia. Al otro lado se encuentran con una canoa. Ahí, quieto, está Gervais. No es la primera vez que lo ven, oyen y huelen.
Gervais oyó la voz del padre Labbé a unos cuantos pasos de él. Volvió a oler su sudor, su hedor a incienso y encierro. Encontró entre sus arrugas y cabello blanco el antes rostro joven y los negros cabellos. Sintió de nuevo su mano tensa en el cuello, su aliento en la oreja. Recordó cuando dentro de uno de los automóviles de la Policía Montada que lo sacó de su reserva se vio frente a una gran escuela blanca, toda de madera. Estaba en un campo abierto y vasto. Con mucho miedo y sumas lágrimas bajó del automóvil, vio a cinco hombres con sotana a la entrada de una extensa cerca, con sonrisa afable. Uno de ellos era el padre Labbé. “Están en el Pensionado de Mashetuatish” −les dijo el federal−. Su hogar desde ahora en adelante, cabrones.” “Aquí van a aprender a ser buenos cristianos y sobre todo se van a civilizar” –anunció otro, antes de ir a saludar al prefecto de la orden, con efusivo estrecho de manos.
Los caribús evitan la canoa, nadan a un lado de la orilla más lejano. Gervais no se mueve, los observa con una sonrisa analítica.
“Ustedes son nuestro animal sagrado. Lo saben. Ustedes mueren y renacen cada año para nosotros. Son una bendición –les dice en silencio−. Por eso han venido a dar vida aquí. En este bosque, en el parque de los Grandes Jardines, como le llaman los blancos.  Antes, sus ancestros comían estos líquenes, bebían de estas aguas, pero se extinguieron. Los cazamos demasiado. Es culpa nuestra y de los blancos. Lo siento –quise explicarles, con deseos de que lo entendiesen−. Entonces el gobierno provincial decidió traerlos a ustedes desde allá, para que vuelvan a vivir en lo que antes era su casa” –les contó, observándolos con leve sonrisa.
Gervais ayudó a hacerlo, a acompañarlos en su adaptación. Ahora los observa entre las coníferas como una necesidad de sentirse vivo.
El innu Gervais escuchó las plegarias en silencio y estoico, ya de pie junto a su esposa, quien no cesó de llorar por su madre, muerta de un infarto. El indígena, de reojo, notó cómo el padre Labbé comenzó a observarlo con interés, con una sonrisa, diríase amable. En la memoria de Gervais escuchó la voz de rabia del padre Labbé, su mano sujetándolo del cuello en su pupitre, mientras lo rociaba con golpes en la cabeza y cuerpo, y eso por haber hablado en su lengua materna con uno de los niños. A la mirada tenaz del padre Labbé sobre él en la sala funeraria, volvió a ver los ojos temerosos de todos los innus sentados en la escuela, con los cabellos cortados, por orden real y eclesiástica. Volvió a sentir la estupefacción cuando el cura les ordenó olvidar “sus malditas costumbres salvajes.”
El caribú se aleja entre los árboles, entre los musgos desiguales que forman montículos y valles de verde intenso. Se inclina para beber agua con todo el peso de sus astas. Comienza a reconocer el terreno, lo hace suyo y eso a pesar del miedo profundo que siente, debe acostumbrarse a ese nuevo aliento de ramas y aire.
El padre Labbé se acercó lento a Gervais. Algo de temor y curiosidad se reflejó en sus ojos. El Innu lo oyó acercarse. Lo esperó entre el desprecio y el enojo contenido.
− ¿Eres un indio? –le preguntó por fin el padre Labbé, de pie junto a Gervais, con taza de café entre las manos.
−Sí –respondió apenas, sin mirarlo a los ojos.
−Yo enseñé muchos años en un pensionado –le avisó afable−, en el de Mashetuatish, en el lago Saint-Jean, pero ya hace muchos de eso –sonrió pleno, como un querido recuerdo.
−Sí, yo también estuve en un pensionado –respondió algo vago, los ojos en el ataúd.
− ¿Después de todo fueron buenos los pensionados, no crees? –se animó el sacerdote, con sorbo a su café.
Gervais evocó cómo, sentado en su pupitre, vio a uno de los niños más grandes de otro salón entrar al aula de un portazo. Se acercó al padre Labbé. Le dio un golpe que lo tumbó al piso para luego sujetarlo del cuello. Recordó sus palabras exactas:
−¿Ya vas a dejar de violar a mi hermanito?
Se acordó que al agresor lo sacaron del pensionado y nunca más se supo de él.
−Sí, estuve en el pensionado de Mashetuatish –agregó, observando al cura en los ojos, con mueca astuta−. Mi nombre es Gervais, y en innu es Amutik: el caribú observador ¿Te acuerdas de mí?

Con el tiempo los renos se acercan a Gervais, se acostumbran a su presencia. Puede entonces aproximarse a ellos, verlos de pie junto a él. Es como si él y los renos unieran sus manos a la resina, a las copas de los árboles, como si el temor de las nubes trajera paz a sus gritos, los de ambos. Es un tesón de vida a su profunda tristeza y enormes deseos de vivir.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Ángel Mota, Ciudad de México, 1970. Desde 1992 reside en Montreal. Ha obtenido un doctorado en literatura comparada en la Universidad de Montreal. Imparte conferencias en festivales de literatura y en universidades de Canadá y México. Ha publicado sus poemas y cuentos en diversas revistas y libros colectivos de Canadá, España, EE.UU, México, Italia y Chile. Sus ensayos sobre arte y literatura fueron editados por la UNAM de México, University of Toronto, el Fondo de Cultura Económica (México), Viceversa (Montreal-París) y la revista Hispanohablante de la Universidad de Montreal. Ha publicado tres libros: “La casa de Nadie y otros relatos”, cuentos sobre la violencia en Ciudad de México en los años 90, Editorial Lugar Común, Ottawa, 2010. “La confesión en el paraíso”, novela histórica del México colonial, Ediciones Milenio, Lleida (España), 2014 y el poemario bilingüe, erótico-amoroso: Un écho de ta voix-Un eco de tu voz, L’Harmattan, París, 2017.