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Literatura
04 03 2020
Bukovski con Vallejo en París por Antonio Costa Gómez
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Bukovski fue a París una vez en 1978. Y se encontró con Vallejo a través de los muros del tiempo. Bukovski hablaba de Los Ángeles pero en realidad era más un escritor de París. Los estadounidenses de Hollywood con su matraca del triunfo no comprendían su metafísica del fracaso. Y Vallejo era parisiense antes de morir bajo la lluvia de París.
Yo me metía en la cama con una botella de vino y un libro de Bukovski. Fue una temporada en Compostela. Era una manera de sentirme vivo, de no encontrarme solo. Porque Bukovski me acompañaba de verdad. Estaba ahí a mi lado de verdad. Y también Vallejo estaba al lado de Bukovski. En el mundo de la literatura los dos salen a tomar copas en París o en Compostela.
Una vez Bukovski se acordó de César Vallejo. En un poema publicado en el libro “Lo más importante es saber atravesar el fuego” dice: “Vallejo escribe como un hombre / está más allá de nuestro entendimiento / me gusta pensar que Vallejo sigue vivo”. Sí, estaba vivo y sigue vivo y sus palabras chirriaban. Pero Bukovski dice que Vallejo no grita. Vallejo susurra, como susurran todos los que hablan hondamente.
Yo estaba una vez en Niza y pensé en César Vallejo. Lo vi en una foto algo trágica tomando el sol de Niza. Tomando el sol como Chejov para poder morir más tarde. Para seguir viviendo en nosotros. Estaba en el Paseo de los Ingleses y tomaba ese sol dramático y pasajero como lo haría Katherine Mansfield.
Mi padre decía que Vallejo era su dios hermano y parodió con amor su poema “Considerando”. Y para mí es el mejor poema de mi padre y se me quedó para siempre. Toda la tirada de los libros de poemas de mi padre estaba en el cajón de arriba de su armario pero ese poema de verdad que tenía garra. Porque lo había contagiado Vallejo.
Mi padre hizo un montón de gilipolleces. Pero al final lo aprecié por eso. Porque me hizo amar a Vallejo. Y en su libro de poemas “La ronca garganta de mi ser” me hizo apreciar la ronca poesía de César Vallejo. Vallejo de ese modo atravesó diversas etapas de mi vida como un aguardiente gallego, como una borrachera sorda y lúcida.
Hace mucho tiempo en Lugo discutí con unos jovencitos compañeros de Filología sobre Bukovski. Yo quise ser escritor durante siete años y al final me puse a estudiar Filología otra vez. En aquel momento rechazaba a Bukovski y su libro “La máquina de follar” porque me consideraba un romántico. Mucho después consideré que Bukovski en realidad era un romántico y que el romanticismo se agazapa en su cinismo. El cinismo tal vez sea el verdadero romanticismo. Eliminar todo lo falso y postizo. Creer aún en la sinceridad, en que hay algo auténtico
Muchas veces he admirado a Bukovski. También leí a John Fante porque Bukovski lo admiraba. Siempre pasa igual. Para Bukovski, Henry Miller era demasiado predicador, pensaba demasiado. Y a Henry Miller DH Lawrence le parecía demasiado poético. Le interesaba más Proust, con todo su refinamiento. Y es que en Proust hubo mucha valentía.  Por eso amo a Proust y amo a Bukovski
No sé si lo aguantaría en aquel programa de televisión francesa donde no dejó hablar a nadie, habló borracho y se puso a mear. Pero desde lejos lo admiro. En realidad hacen falta esas cosas. Siempre que después escribas cosas geniales. Conocía a un tipo en Madrid que también armaba shows y no dejaba hablar a nadie en las reuniones, pero después escribía gansadas
Amo las novelas autobiográficas de Bukovski, “Cartero”, “Mujeres”, “Hollywood”. Figúrense iba a decir Balzac. Pero hay algo de Balzac en Bukovski. También el Balzac visionario de “Serafita” estaba borracho, borracho de intensidad y experiencia, muy alejado de los notarios.
Amo esa entrevista con una italiana, “Lo que más me gusta es rascarme los sobacos”. Aunque a veces se me hace algo pesada. Tanto rechazar la cultura y la coherencia tiene algo de pose. Pero se merece un poco de coquetería.
Pero yo vine para hablar de Bukovski y Vallejo. Los dos tuvieron algo de desgarramiento, de hastío. Los dos son metafísicos a su manera. Los dos son tan humanos que están borrachos de ser humanos.
Vallejo usaba las disonancias, el rechinar, el estrujar el lenguaje. Hacía con el lenguaje lo que la lavandera hace con la colada. Destrozaba las palabras para mejor amarlas.
Era trágico, hablaba del cáliz, tenía una especie de cristianismo despellejado y de humanismo en carne viva. Descartaba la metafísica pero hacía metafísica desgarrada. Juzgaba al hombre y lo absolvía. Joder, vamos a hablar claro de una puta vez, le decía al hombre. Ya está bien de paños calientes, de la mermelada de la abuela. Pero al final se iba a tomar copas con el hombre.
Y Bukovski también tenía ese descaro, ese desplante. Ese rechazar la metafísica que es una metafísica. Los dos creían en la sinceridad. En su descaro quedan los restos de la melancolía. Y lo que queda de metafísica en las palabras cuando las rascas hasta el fondo. Una mujer le escribía desde París y él ponía su foto junto a la radio y la sentía viva. Una vez muere un cisne en un estanque y él se siente culpable y la muerte le parece algo vergonzoso. Otra vez siente los años desperdiciados mientras Alicia sale del bar con las bebidas y muestra sus ojos como una película en tecnicolor.
Y eso ya es mucho. Y también lo hacía César Vallejo. Creer que las palabras al fin pueden decir algo de verdad. Que no están de adorno, que no hacemos trampa con ellas como temía Adam Zagajewski. A Zagajewski a veces le da vergüenza ser poeta. Pero Vallejo lo era de una manera que no admitía vergüenza.
Porque se mojaba, porque se ponía en los huesos. Porque para él las palabras daban escalofríos: “Y si después de tanta historia sucumbimos, / no ya de eternidad, / sino de esas cosas sencillas / en la casa o ponerse a cavilar”. Son las cosas sencillas que se afilan y se extrañan, se vuelven metafísicas. Como el rascarse los sobacos de Bukovski o irse a la cama tan sencillamente después de poner la foto de la chica de París junto a la radio. Porque las palabras nos vuelven tuertos de extrañeza y metafísica como un Kafka apretado: “Se dirá que tenemos / en uno de los ojos mucha pena / y también en el otro mucha pena / y en los dos cuando miran mucha pena”. Con una emoción apretada y huesuda como la ironía.
Vallejo fue a Niza en 1929, donde iban los pijos que él despreciaba, pero allí buscó que el sol le diera un poco más de tiempo a su piel. Que el mar le diera más sal áspera y viva a sus palabras. Igual que Jean Vigo allí filmaba las bragas de las chicas. También Bukovski fue a Niza desde París en 1978 con Linda Lee, y un camarero corrió para preguntarle si era el gran escritor Charles Bukovski y se acercaron otros cinco tipos más. Mucho más tarde que Vallejo.
Pero al final Bukovski y Vallejo se encontraron en la bohemia quevediana de París. Vallejo fue a Niza para vivir algo más pero al final se murió en París con aguacero. Y por allí pasó Bukovsky más tarde en pelota metafísica como él.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Antonio Costa Gómez nació en Barcelona en 1956, creció en Lugo. Es licenciado en Filología Hispánica y en Historia del Arte. Publicó libros de todos los géneros: “Revelación” (con prólogo de Ernesto Sábato), “El tamarindo”, “Las campanas”, “La reina secreta”, “La seda y la niebla”, “Las fuentes del delirio”, “La calma apasionada”, “Mateo, el maestro de Compostela”, “El fuego y el sueño”, “El huevo”, “El misterio del cine”. Llegó a la última votación del Premio Nadal 1994 con “Las campanas”. Estuvo entre los finalistas del Premio Herralde en 2014 con “El misterio del cine”. Y entre los finalistas del Azorín en 2018 con “El saber apasionado”. Fue traducido al francés y al rumano.