Poesía
02 06 2020
La poesía de Andi Nachon elogia la ligereza y la musicalidad (2da parte)
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LOS CHICOS BESTIALES: CUERPO EN MOVIMIENTO.

 

¿Y si pudiera ver? Digo: si con ojos abiertos
confiara en eso, ahí visible, obvio ante mí. Si así posible
confianza fuera sobre alguna

permanencia: llueve, afuera las hojas
van a estar mojadas, calles
resplandecientes de gente
en prisa en huida
bajo un aguacero capaz
de hacernos recordar: estás aquí mientras la tormenta
sencillamente avanza. Esos pactos, con igual arrojo y sincronía

el agua cae feroz eriza
copas del fresno el rojo
retenido del reflejo en stop. Cierto

tipo de valor. Pero al fin sólo
cuestiones visibles resultan fiables
al menos para mí. Poco ayuda al alma el don
como una alarma
lista para sonar anunciando
próximo temblor: fatalidad nimia

a tono con la llovizna. Ayuda poco es cierto
decir me gusta demasiado todo esto
así que insisto y sé que aquí

puede estarse sin constancia alguna y casi
sin ninguna redención. Si puedo ver, aceptar lo visto

en eso apenas entredicho: ojos cerrados y asciende
de esta lluvia

su celebración. Ojos cerrados si confiás: llueve mi amor
va a llover.

 

LA CURA: ES VIERNES, ESTOY ENAMORADA.

Una estrella el aloe en tu terraza
permanece firme su constelación voraz: crasas
cactus y cactáceas
abiertas a la tarde en dignidad. No hay

altruismo para el día a día, la helada o el viento norte en su caída
aunque ya todo sea resto –plusvalía– suavemente florecida

su incomodidad. De ahora en adelante buscarás
ligereza, liviandad
machacando a la manera de esos globos
fiesteros que al ascenso vemos a lo lejos
volar liberados por otros quién sabe hacia dónde

con augurios de buena fe o sencillamente
cierta felicidad. Más preciso: esos que aman

a la persona correcta y lo saben o mejor
todavía quienes aman
incorrectamente lo saben y deciden
amar igual. Criaturas raras

estas flores carnosas: rosas intensos, ásperos violáceos y espinas
claro que flores al fin, flores igual. Su aparición inesperada
este corto trajinar. Cada tarde

un final con su principio
el atardecer al oeste siempre y definitivamente
la pérdida resulta simple y a perder se aprende. Caerán las flores
algunas damas caerán: algo manchadas
al piso y despatarradas. Pero este viernes

mejor elegir ese instante del aloe
brillante contra las sábanas aireadas
su sincronización ordenada: tanta fe
para mantener una estación, esta temporada.

 

DESARRAPADA Y TONTA: CELEBRACION

–De ser firme una estructura, de tratarse de algo
indudablemente macizo–, dice Pedro mientras la mesera
una a una repasa las cartas, las centra
en el corazón rojo del mantel

cuencos blancos y negras
las listas quedan erguidas. Folio a folio

sus manos limpian y a contraluz
chequean resultados. Una estructura firme y a más
firmeza es indudable mayores
se harán las grietas porque tarde
o temprano todo tiembla. –Flexibles

señala él ante los restos: cena china y tres
amigos a la mesa. Estructuras también
se levantan aquí en la noche del cantón y nosotros

sabemos de consistencias, construcción y cimbronazos más
temprano o tarde llegan. Haremos casitas, si somos afortunados

con la precisión de las manos de esa chica
redes maleables
espera pedro entre nosotros
todo lo otro y todavía
tanto tiempo más. Docilidad

para enfrentar en tránsito
próximas fisuras con el ánimo ese
con que esta noche ella
diligentemente prepara los menús del mañana. A diario

estructuras se sacuden y bambolean
para que vuelvas todo a armarlo. –Afortunados nosotros

–insiste Pedro– que una y otra y otra vez
volvemos a sostenerlo.

(de Volumen I, 2010)

 

Soy buena copiloto, aunque no lea mapas y pasen
los carteles a la velocidad de la luz

nunca me duermo ni dejo solo
al conductor con su magia
en avanzada constante. Soy

buena copiloto y ya: desde los cuatro lo sé y cada
viaje o este único
largo viaje interminable

con su movimiento marcan
su propia realidad. Cuando fui chica la familia
nucleaba en su chevy naranja
el terror de la huida. Ahora

como toda copiloto sé
no hay viaje sin fuga y nada hay
que no haya
empezado en algún dolor.

 

En definitiva, lo suyo es la colección: alinea
y encuadra elementos disímiles. A veces pinceles

colores y tonos que mezcla
en chapitas de gaseosa. Tu hermano mayor
alguna vez pintó y fuiste vos

una asistente precoz: tardes eternas a su lado
bosquejos y líneas de puntos
para armar figuras. Cuando él no está

solapada revolvés sus telas donde las caras
se retuercen y arman
gestos de dolor. Alguna vez

tu hermano mayor dejó atrás al debilucho
y arrastró a la madre de compras: su primer trofeo
culata blanca el revólver, delicado y casi
para la cartera de una dama.

Del hermano mayor, la colección ahora
abarca toda la superficie de su cama: un
fusil de asalto, la colt cromada o el winchester
que en perfección merece
su lugar de exhibición. Los días del padre

vos mentirás en la escuela regalos
rutinas de paseo a sabiendas que
las verdades familiares no se enuncian
de ninguna manera. A los seis
sos una experta: un cucharón de joyero es útil

para volcar plomo y fabricar precisas
puntas de bala. Tu propia colección

mentiras en voz alta de pronto pronunciadas
eficientes al momento de eludir aquello
que no querés decir: belleza
del hermano mayor y su uniforme, la certeza
ineludible de su amor.

 

Un francotirador habla del ejercicio
diario para la templanza: gatillo
aliento
el blanco. Será un segundo apenas y todo
entrará allí en juego. No existen guerras fraternas: kilómetros
avanzados acontecen y caen
líneas azules rojas del mapa extendido

igual a la mano abierta de esa niña
que fuiste vos ante sus ojos. Nada dice del cielo, su miedo
nada de las horas gastadas en la trama
para un posible final. Del sur queda el deseo

su blanco: un espacio inmenso.

Así crecés navegando mapas
a tu manera extraña de copiloto enana. La mira

inhalación y el objetivo

instalado sobre la espera misma, la zona de nadie
donde aquello que está no habla
del dolor que vendrá. Cielos enormes sin más fin
que sus mismas tardes, rutas

recorridas sobre el vértigo
como rastreo
sin sitio a alcanzar. De la perdición
tu hermano mayor anhela su orden: blanco

la mira

exhalación. Zona de nadie donde toda
guerra instala
una guerra entre hermanos.

 

Nada tan arduo como cruzar este mapa, recorrido
repetido al infinito donde mi madre
todavía desespera cada tardanza y se esfuman

nombres y amigos. Tus hermanos
juegan simulacros de batalla, estrategias
de huida y camuflajes. Al tiempo

reclamarás precisiones, indicios
capaces de certificar tus fantasías
como eso: una mera fantasía más. Están los viajes
meses avanzando en auto la falta, están las mudanzas y papeles
sin nombre paterno. Nada más arduo que

el cruce de este viaje
lanzado a un espacio donde a veces
confiás en cierta clave que aparezca, alguna pauta
capaz de dar volumen o sentido
a tanto barullo inasible, casi viento

feroz de Comodoro y la obligación
imposible de atravesarlo. Al tiempo pedirás mapas
un entendimiento adulto o al menos
alguna teoría de la compensación. Todo

tanto más sencillo que admitir
la huida fue real, real el peligro
empujó y empujó al chevy siempre un poco
más allá: tu infancia fue esto

arduo –infinitamente arduo– el trabajo de cruzarla.

 

En el fin del mundo, el mundo
no termina. Ensenada, Bahía Inútil
Renegada. En el fin
el mundo

no deja de ser ni un segundo
aunque tu hermano, vos, la familia unida

pretendan renombrarlo. Agua del aire detenida
sobre el agua clara en la bahía: dos grises

en continuidad perfecta y sin
escisión posible. Hasta vos anhelarías eso
como instancia última. Tanta

belleza así visible donde acampa
al norte la tormenta y nada
tiene final. Cuando a Ushuaia vuelvas

serás una mujer en sus cuarenta, paradita ahí
frente a la calma, ahora hermana
de esa niña que fuiste y entendió cómo

aceptar qué cuestiones terminan, cuáles
no tienen fin.

(de La III Guerra Mundial, 2013)

 

Te gustaba cuidar las plantas porque era
una manera de acariciar el futuro, de acomodarlo…

John Berger


Largos permanecen los tallos en sus manos, delicada los acomoda uno a uno
en el gesto forma cierta caricia, esa entrega entre sus dedos
cada ramo es estallido en perfume en sorpresa plena ella
hace suceder las fresias. John querido: tu mirada ahí se habría detenido
unas manos marcadas por trabajos, ya sé, jornadas sin fin del invierno al descampado
el don de cobijar contra viento y marea, eso

dicen estas manos cuando vuelven a mí en el corazón del traslado
estoy segura, vos también las habrías amado, querido John, entre extraños te convoco, surfeo
el malentendido del espacio tiempo que miente distancias si te encuentro
acá, cuando digo esas manos, su refugio, casi un nido para mi niña que ayer
cayó rendida apapachada en mis brazos. Una mirada capaz

conecta rastros, estos que vuelven a cada persona del vagón
persona como yo, como Mora o la señora de las flores, trazan un puente invisible, ese que
vos buscabas, John, ahí donde pusiste algo más
que tu confianza. Dentro de la música voy
sin darme cuenta mis manos bailan la puerta, en equilibrio precario una joven

duerme parada las estaciones que se suceden y pasan. ¿Cuántas veces yo
recosté la cabeza en una espalda sin nombre cuántas mañanas
anhelé un subte fuera esas pistas donde una puede
descansar cuerpo y alma en la legión extranjera de otros cuerpos otras
almas? Se detiene la línea H: entra el tumulto de Once, gente sin cara que avanza, tambalea

la chica dormida a mi lado y yo la atajo. John, laten aquí también
aquellas manos de la vendedora y tu búsqueda, eso
presente entre cada cuerpo a veces
si abro los ojos, de soslayo, lo siento. Una a uno somos tallos, ramo
interminable de fresias hilado por cada mano, también acá cuando ella

despierta y dice gracias en sobresalto. Con el arranque veloz
su cara es la cara de Mora cada día al regreso
indómito que la trae del sueño a la vigilia como yo
convoco tu voz entre nos, John, confabulemos la arcadia, desdigamos
tanto horror para estos días donde el imperio contraataca. ¿Cómo

se sostiene cierta esperanza ante el miedo se hace firme
una mirada? John, equivoco la pregunta si olvido qué manera
permite frente a tanto ruido
reconocimiento que iguale cada cuerpo, la medida vasta de su tiempo: apenas
unos días. En la música voy, me repito y digo la historia de otra forma

esta noche apapachada se la contaré a Mora: hay un joven John, una vendedora
esta chica dormida como yo cuando servía mesas y temía
cada mañana por llegar. Hay también latido y tiempo
ese que somos y nos pertenece: uno a uno tallos, flores hiladas sin miedo
por cada mano ante el terror de estos días que somos y no

no son la arcadia, John, vos los sabías, confiaste
de soslayo la historia y esta noche yo
se la contaré a Mora. Así en el corazón del traslado se desdice
el malentendido del espacio tiempo y vamos: una a uno en la música
interminable de estas manos.

 

-Lo siento madre: me confundí, me compliqué- dice empapado cuando entrega
la caja torcida, húmeda y más
de una hora tarde. Yo, que ahora soy madre, sólo asiento ante la pizza
rebusco, perpleja, en los bolsillos más propina. Afuera

sigue la tormenta, más afuera aún
estarán mi madre, su madre, algo así como la vida. Quedamos el chico
del delivery y yo cruzando
este tiempo del perdón que él insiste: lo siento

me confundí me compliqué y yo
otra vez acepto. En un rato, él arrancará la moto volverá
a esa esquina donde amigos, cerveza y porro hagan de esto
apenas otra entrega fallida. Un rato más y ya

nada quedará de la pizza. Pero ahora retumba la tormenta en mí resuena
el mantra: me confundí, me compliqué, como él como todo
busco un perdón que por ahí no venga. Madre

quién no llega tarde al lugar equivocado quién
no pide a la tormenta alguna reconciliación
una pizza torcida en la mano
entre equivocada y confundida apenas
otra entrega fallida.

 

Un error del sistema, ahí: suspendido cuando estrellamos
dolorosamente una en la otra hasta quedar, la vista y nosotras
suspendidas por las aguas turbias

pleno Riachuelo y ahí está, tenaz y evidente
el error. Es anomalía su presencia
la señalás y al momento

el arrepentimiento llega. Para ella
sólo maravilla cuando grita “tortuga marina” y vos deseás
la criatura por favor siga viva. “Acuática”

corregís y te sorprenden parsimonia y aletas
cruzan las aguas sucias
ante su mirada atenta. Un error

persistente del sistema, como toda supervivencia
su caparazón avanza
contra viento y marea. Nada ahí donde nada

pareciera subsistir. Contra la baranda, Mora y yo apoyadas
observamos con cautela, dos freakys
desbordadas por el mundo natural y al borde

del Riachuelo oscuro. Detenés tu mano
en su hombro blando y el estallido
quedó atrás, ahora sólo es consciencia sólo

portento: nadie pensó de vos
serías madre y acá estás, como la tortuga, al vilo de la maravilla
compartida con tu hija. Un detén del tiempo, algo

que atesorar: Mora, vos y esa tortuga
sobreviviente ante la mirada atenta de tu nena
ella sigue sus rastros y espera

tenga algún lugar donde llegar. Sobre el río
se desploma la tarde y nosotras
detenidas dentro de su maravilla.


(de En la música vamos, 2019)

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Andi Nachon (Buenos Aires, 1970). Es Profesora de letras, poeta y guionista. Publicó “Siam” (1990), “Warszawa” (1996/2017), “Taiga” (2000/España 2016), “Goa” (2003), “Plaza Real” (2004), “36 movimientos hasta” (2005), Volumen I (2010), “La III Guerra Mundial” (2013) y “Viernes de chicas” (2016). También han sido editadas tres compilaciones de su obra: “Taiga no Rio de Janeiro”, Ediçoes da passagem (Rio de Janeiro, 2001), “Villa Ballesta/Ñuñork” (Surada, Chile, 2003) y “La irrupción del desorden” (Kriller, Madrid, 2019). Con ilustraciones de Sebastián Bruno editó “De vos a mí, digo” (Suscripción, 2002) y con fotografía de Constanza Vicco “En destello” (La luminosa, 2013). En 2007 realizó la selección y prólogo de la antología “1961-1980. Poetas Argentinas” para Ediciones Del Dock. Su poesía reunida de 1990 a 2019 fue editada con el título “En la música vamos” nombre de su último libro (Editorial Bajo La Luna Nueva, 2019). Integra las antologías “El turno y la transición”, compilador Julián Ortega, (Editorial Siglo XXI), “Monstruos”, compilador Arturo Carrera, (Editorial Fondo de Cultura- ICI), “Poesía Erótica argentina 1600-2000”, compilador Daniel Muxica (Editorial Manantial), “Agua de beber”, compiladora Mónica D´Uva (Editorial Nusud) y “Penúltimos” compilación de Ezequiel Zaidenwerg (UNAM, 2014) . Es profesora adjunta del Taller de Poesía I de la Licenciatura en Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes.