Narrativa
02 06 2020
El padre Filogonio por Tomás Ortega
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Hay poetas que enseñan que la vida va en serio y hay amigos que enseñan que la vida no era tan grave. Hay amigos que te dan a conocer historias de grandes y pequeños seres humanos. Este es el encuentro con el padre Filogonio que me detalló uno de aquellos que logran reunir ambas cualidades: Conocí al padre Filogonio por motivo de una clase de periodismo, cuando hacía mi carrera en la Universidad de México, en el D. F. Yo tenía que hacer una crónica y estaba dudando a ver a quien entrevistaba. En aquella época, mi maestro de periodismo fue el que me recomendó hablar con el padre Filogonio. Yo había propuesto otro personaje y me dijo:
—No, no, no, ¿Cómo creees? Ese no te va a decir nada, vete donde alguien que te diga algo importante, vete donde el Padre Filo.
Atendí la recomendación y me fui a hablar con el padre Filo que por aquel entonces tenía la fama de ser todo un personaje. Era profesor de semiótica y una de sus particularidades era que le daba un enfoque sexual a todos sus análisis de imágenes. Y lo lograba con bastante éxito, créeme que lo lograba. Tenía la costumbre de piropear a las alumnas que frecuentaban sus clases en la escuela de periodismo, de una forma bastante sutil y traviesa. Cuando fui para la entrevista a hablar con el dichoso del padre Filo me lo encontré en el seminario y la plática siguió por estos caminitos:
—¿Qué se te ofrece, hijo mío?
—Padre Filogonio, dice mi profesor que venga a hablar con usted. Me gustaría hacerle algunas preguntas sobre su vida.
—Hijo mío, aquí estoy para todo lo que quieras saber.
Y empecé a preguntarle acerca de detalles sobre su vida y esas cosas.
—Padre, ¿por qué se metió usted a cura?
—Hijo mío, fue más bien una razón económica. Yo era el cuarto de seis hermanos y mi familia era muy humilde. Vivíamos en una región de la provincia de Puebla en México, cerquita de Izúcar de Matamoros. Y pues como mis papas no tenían muchos ingresos y el seminario era prácticamente gratis, y viviendo en una provincia bastante alejada de la ciudad y rural, ellos veían a la autoridad eclesiástica como algo extraordinario, y fue en aquella época que entré en el seminario —y añadió sonriendo—: Pero verás, mijo, lo curioso es que yo estaba enamorado cuando tuve que entrar en el seminario.
—¿Sí, padre? ¿Y eso? Cuénteme nomás un poquito por favor.
—Pues sí, hijo mío, como te decía éramos de familia humilde y vivíamos del campo, recogiendo el maíz y la alfalfa y buscándonos la vida como podíamos. De cuando en cuando íbamos al río a darnos un remojón. Ese era uno de los pocos lujos que nos podíamos permitir. Y fue allí donde la vi por primera vez. Andaba con mi hermano mayor, yo tenía 15 años, me acuerdo bien porque pocos meses después ingresé en el seminario y hasta hoy.
—¿Y no me puede dar más información, padre Filogonio?
—Mijito, fue como una revelación celestial y perdóneme el santo Padre, pero aquello no se me olvidará en la vida. Nosotros sabíamos que algunas muchachas del pueblo iban a bañarse a esa parte del río, y de vez en cuando aprovechábamos para ocultarnos detrás de los arrayanes, y la vi como su mama la trajo al mundo. Allí apareció ella: delicada y perfecta como la milpa tierna. Y fue allí cuando descubrí la belleza que encierra el cuerpo femenino. Ella por supuesto nada supo que la estábamos vigilando.
—¿Y qué pasó después, padre?
—Pues que me enteré de dónde vivía y estuve siguiéndola hasta que la conseguí. Pero más tarde siendo novios tuve que optar entre mi camino hacia el seminario o casarme con ella.
—¿Y por qué al final eligió el camino eclesiástico, padre?
—No tuve elección, hijo mío. No podía prometerle nada, era muy pobre y tuve que inclinarme por seguir los dictados de mis papas y meterme para cura.
—¿Y qué ocurrió con la vieja?
—Lo de siempre, hijo mío, ella encontró uno con más posibilidades y se acabaron casando.
—¿Y se arrepiente de su decisión, padre?
—Ni crea, mijito, yo no tuve elección y además los caminos del Señor son inescrutables.
Y estando en la plática, apareció una alumna a preguntar sobre un examen. A lo cual el padre Filo aplazó su cita con ella hasta más tardecito y cuando la chica se iba yendo el padre me dijo mientras se sonreía:
—Te huyas, te voy a seguir mamacita.
—¿Usted cree padre que los ricos son como las mujeres, los podremos odiar pero nunca hacerles daño? —repuse, ufano, intentando sonsacarle después de la interrupción.
—Hijo mío, estoy de acuerdo totalmente. Además la riqueza se encuentra de muchas maneras —y añadió con mirada picara—: Y esa mexicana hasta no tiene malos bigoteees.
Más tarde, cuando seguimos conversando, salió un tema que me llamaba muchísimo la atención, su nombre, Filogonio, y entonces le pregunté:
—Padre, pues a mí me gustaría saber si usted por ejemplo cuando fue niño tuvo algún problema por su nombre. Tiene usted un nombre muy particular, Filo-gonio, es un nombre que no es muy común. Y me gustaría saber si usted tuvo alguna contrariedad cuando era niño.
—Bueno, mira hijo, la verdad es que a mí, mi nombre me encanta, me fascina. Es un nombre formidable. Filo–Gonio —vocalizando con detenimiento cada silaba—. Fiiilo–Gooonio: amigo o amante de los ángulos.
Y entonces a mí me vino a la cabeza eso de su fama y su gusto por las mujeres y le pregunté:
—Bueno, veo que usted es amante de las formas y de los ángulos. Pero, padre Filo, ¿le gustan también las curvas?
A lo que el padre muy elocuente me volteó con una cara bastante picara y me dijo extendiendo los brazos con una descomunal sonrisa:
—Hijo mío, lo bueeeno en la viiida hay que gustarlo.
Cuando mi amigo terminó de contarme su encuentro con el padre Filogonio añadió:
—Así que desde entonces sigo la filosofía del buen padre Filo, gusto lo que hay y lo demás lo desechamos ¿verdad?
Un tiempo después le pregunté si podía relatar su entrevista en uno de mis cuentos y me contestó:
— Claro, aunque lo podría hacer más pintoresco, pero tú eres el artista.
Luego pensé que la vida no era tan grave y que los artistas de verdad eran como él. Y desde entonces, intento seguir su ejemplo, en todos los sentidos.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Tomás Ortega nace en Burgos, España, en 1980. Hasta los veinte años vive en su ciudad natal, Después de pasar por Valladolid y Lisboa, se licencia en Historia en la Universidad de Granada. Más tarde, recala en Madrid, donde trabaja para el Ministerio de Educación. Da clases de auxiliar de español en La Martinica y Nîmes (Francia), y posteriormente es lector de español en la Université de Québec de Montreal (UQAM). Obtiene la maestría en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid y enseña en un Instituto de Bachillerato bilingüe en ?ód? (Polonia) y en la Université Laval (Canadá) y en Sevilla donde reside en la actualidad. Ha publicado dos libros de poesía, “Invención de laberinto” (Devenir, España, 2012) y “YoTúÉl” (Fósforo, México, 2014), un volumen de cuentos en formato audiolibro “Historias nómadas” (Audiomol), y el ensayo “Las caras de la guerra”, la guerra civil española a través de los personajes de las viñetas, (Tebeosfera, 2018). Colabora en diversas revistas literarias.