Literatura
02 06 2020
Silva de varia lección por Rubén López Rodrigué
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In memoriam Jorge Núñez

En este país todos estamos cansados de la guerra: ya no hay ni un solo hombre que quiera ser soldado, carne de cañón de la clase política. Nadie quiere trincheras sino surcos para cultivar. Nadie quiere fusiles sino tallos donde se despliegan las hojas, los frutos y las flores. Nadie quiere despensas vacías sino graneros de la abundancia. Nadie quiere hablar de muertos sino de logros humanos, del herrero y su fragua. Todos queremos lunas pacíficas en los ojos del caballo, mansedumbre en los pechos de hombres y mujeres. Todos queremos un respeto silencioso para el sueño de los muertos. Todos queremos libertad para creer y crecer. Todos queremos pinturas en los muros y no consignas de odio. Todos queremos más coraje en los corazones y menos cobardía que ataca. En una palabra, todos queremos paz en la mirada.

Nostalgia por ostentosas casas del barrio Prado de Medellín, ahora abandonadas y convertidas en ruinas. Sus puertas, paredes y ventanas dicen que allí existieron hogares marcados por la más profunda ilusión, hogares con un padre silencioso y una madre que era la columna vertebral de la familia, que tendía manteles bordados por ella misma y atizaba la llama de la armonía y la discordia.

En medio de la oscuridad, un rayo de luna cae sobre el lomo de dos libros de mi biblioteca. Recuerdo infantil de las virgencitas de piedra alumbre que alumbraban debajo de las cobijas en la noche.

Campoamor: «La envidia es la polilla del talento». Y es que la envidia arrebatadora florece como cactus en el desierto de nuestro medio, serruchando relaciones, anquilosando ideas, incinerando proyectos, quebrando trayectorias.

A pesar de que una tertulia no engendra escritores, sí aporta nuevos oídos para escuchar y degustar con los tímpanos el rumor de una fuente, el gamín que duerme en la alcantarilla, el trino de un pájaro, los niños y niñas con pupilas de vidrio que inhalan pegante en las frías calles de medianoche bajo un aviso de neón. La tertulia da nuevos ojos para contemplar los cuadros fragmentarios que pinta o bosqueja las mujeres que se asoman a los balcones, el hombre ebrio que atracan en el centro de la ciudad, un hormiguero, la playa o el bosque.

Viví la infancia: jugué fútbol, brinqué en la rayuela, tiré el trompo, elevé la cometa. En cambio la juventud no la viví, se me fue entre libros. De esto no me arrepiento, pues ha sido lo más cercano a la noción de felicidad, para no hablar de la biblioteca que para Borges es un paraíso: «Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca».

París es un largo y confuso sueño, un clima sombrío que limita con lo funeral, un mito de que allí se hacen los escritores, una fiesta movible que cada uno lleva dentro de sí, la ciudad que crece de manera tan impersonal e indescriptible. El epígrafe de París era una fiesta es tomado de una carta de Hemingway a un amigo en 1950: «Si tienes la suerte de haber vivido en Paris cuando joven, luego París te acompañará, vayas a donde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue».

Conocí al prematuramente finado Luis Alfredo Duarte en La Habana en el Segundo encuentro de Revistas Culturales, realizado en Casa de las Américas. Llamó poderosamente la atención su espontaneidad, esa humildad de hoja de árbol o de brizna de hierba, la frescura que prefiere embriagarse con el alcohol de frutas y entusiasmarse a cada momento con las múltiples endorfinas de su cerebro. Vivía en Salzburgo (Austria) desde hacía más de dos décadas. De cabellos y facciones que oscilaban entre lo indígena y lo judío, creí que era un judío del centro de Europa. Pero no. Era colombiano, concretamente santandereano. Desde Austria me enviaba cada dos meses el Magazín Cultural Xicöalt, que creó en edición bilingüe de español y alemán para difundir el arte, la literatura y el pensamiento latinoamericanos. En mi biblioteca reposa el busto en miniatura de Mozart que me obsequio como recuerdo de nuestra breve amistad.

En las primeras décadas del siglo XX, diarios y revistas de Buenos Aires hacían referencia a una gran cantidad de noticias sobre las tertulias que familias adineradas de la ciudad realizaban en salones de casas amplias que alardeaban muebles ostentosos, ostentaban cuadros espléndidos, exhibían ricas vajillas de plata. Los bonaerenses prodigaban atenciones cálidas y espontáneas a los visitantes. Situación que no ha cambiado, según mi experiencia cuando visité la ciudad maravillosa del fin del mundo con edificaciones ornadas de arquitectura inglesa, española e italiana, mientras el amigo Guadi Calvo, reconocido crítico de cine, era mi cicerone. Sus habitantes continuaban siendo tan amables como en los días afortunados de la década del veinte cuando cada familia honorable realizaba su tertulia nocturna, que congregaba a las amistades de la casa y recibía a los extranjeros con las mejores demostraciones de afecto y generosidad.

Al llegar una noche a Bolero Bar, afuera la luna rutilaba su azul nocturno que simboliza el lapislázuli; la misma que debieron adorar nuestros padres cuando la miraban juntos al ritmo del bolero. Un gato de pelaje blanco y luminosos ojos verdes maulló enlunado en el pasillo, que remata en un muro gris, y se escurrió silencioso entre las sombras. Al no encontrar al tabernero en el lugar con su reino en azul oscuro, vivencié que Bolero estaba sin alma. Más tarde llegó y el alma retornó al lugar. Es la clásica transferencia con el tabernero.

La montaña no necesita ni puede entrar por la ventana del poeta. Él es la montaña, las piedras, los prados. Todo lo que ve desde la ventana pertenece a su estancia. El hecho de que el poeta habite una cornisa, la corola de una flor, la hoja de un tamarindo, el ala de una mariposa o el bucle de un cabello, no significa que no habite el mundo.

El poeta —hablo del auténtico poeta— no tiene necesidad, como el arúspice en la antigua Roma, de usar conchas de tortuga o tallos de aquilea para adivinar el futuro. Con la intuición le basta. Acaso sea un contrasentido hablar de un poeta que no tiene carácter, sensibilidad e intuición.

Los muros no pueden cerrar la estancia del poeta: allí caben los bosques, las calles, los ríos. Para él no es imposible caminar sobre las aguas del mar (cosa que sí era imposible para Jesucristo) y en su techo de cielo cabe cualquier habitante del mundo.

El poeta, con su sentido sinestésico, pone a gorjear las flores del biombo y así nos sumerge en el universo de los ruidos imposibles. El poeta escucha el silencio (el silencio sonoro), el ruido de los colores. De modo que escucha a la flor viendo su color. Y cuando muere, lo demás es silencio.

Los poetas apuraban más su poema cuando veían consumirse la vela que les alumbraba. En la actualidad, con la luz eléctrica, parecen escribir con más irresponsabilidad. A un poeta comencé a verlo de boina, chivera y fumando una pipa de brezo. ¿En algo quería parecerse a León de Greiff?

Para Huidobro el poeta no solo debe cantarle a la flor, también ha de hacerla florecer. Es como decir que en la narrativa no se trata de describir la lluvia sino de hacer llover. Los poetas son rosales que quisieron ser poetas.

En las nubes el amanecer escribe su poema a la aurora.

Parodiando a Emily Dickinson, hay quien guarda el domingo yendo a la iglesia. Yo lo guardo quedándome en casa leyendo, dibujando y cuidando el gato que no sabe que es domingo.

Diría que el fondo de mi naturaleza es el de ser un adorador de la belleza: la belleza en la naturaleza, en ciertas mujeres sensuales y tiernas, en la arquitectura, en obras de arte, en especial en la pintura (un Rembrandt, un Van Gogh, un Renoir), en las sinfonías de un Mozart o un Beethoven, en los escritos literarios y por supuesto en la poesía incluyendo el haiku. La finalidad del arte es ante todo producir lo Bello, por eso lo amo. Siento una profunda admiración por esa belleza que brota espontánea y plena en un escritor como Flaubert y que cumplió con su ética persiguiéndola ferozmente. Mi esencia es la estética.

El pintor habla con la mano y el espectador escucha con los ojos. Un pintor hacía bellas pinturas en el lienzo a pesar de no tener dedos, los mismos que se había comido un marrano cuando él era un bebé en la finca donde vivían. No tenía dedos pero sí tenía talento, mirada y técnica.

En la época universitaria compré una flauta dulce, pero no aprendí a tocarla. La flauta era una moda para el relax y preferí que la dulzura la emitieran otros. En la infancia me fascinaba la dulzaina.

Con el paso de los años hice de mi cuarto un paraíso: en las paredes cuelgan pinturas y retratos de escritores, en los estantes reposan los mejores libros. Y varias veces al día el minino lanudo (Leopasco) de ojos de miel y pelaje color jengibre con vetas cafés, llega a pedir mis caricias con un tierno maullido.

La imaginación escenifica que el invierno en Europa y Estados Unidos obliga a la gente a refugiarse en casa, y el calor del fuego en el hogar los impulsa más a leer, pensar, estudiar, contar bellas leyendas. El invierno con el bamboleo de las motitas, con el frío de la nieve y la escarcha, ¿hace más poética la vivienda?

En la noche cuando llueve me encanta meterme entre las cobijas a leer mientras degusto un café; pero no a Kant. Y cuando el día amanece frío, lluvioso, en cama disfruto más de la lectura paladeando un café.

Una flor o una hoja con sus nervaduras disecada dentro de un libro da la sensación de estar en medio de un jardín de ideas.

Compré un libro usado de poesía, en especial francesa, con el nombre de El cielo en el río. Al leerlo me percaté que le habían cortado varias hojas, seguramente con bellos poemas que los enamorados después les escribieron a las muchachas queridas como si fueran de su autoría.

Podemos viajar estando en casa, para eso están los libros. Recordemos la bella frase de Emily Dickinson: para viajar lejos no hay mejor nave que un libro.

Una bella palabra (por ejemplo, lapislázuli) fulgura como una luciérnaga entre la hierba. Hay textos tan hermosos que empalagan como el exceso de miel. La excesiva floritura de un escrito podría ocultar una mediocridad de contenido.

Edmundo Arias, quien vivió contiguo a la casa que mi padre habitó con los abuelos y el tío Neftalí en Pereira, y después fue amigo suyo las noches de parranda en el club San Fernando en el tiempo en que trabajó en un laboratorio farmacéutico de Cali, visitaba a Bolero Bar. Rutila por su armonía el tema bailable Ligia (sin letra) de Edmundo Arias, interpretado de manera magistral por la Billo's Caracas Boys. La segunda esposa de Jorge (la primera con seguridad no le aguantó las parrandas y bebetas que bien soporta como un roble) se llama precisamente Ligia. Desde años atrás no la he vuelto a ver en Bolero Bar y en su representación vienen, una que otra vez, las dos preciosas niñas de la pareja, Sarita y Luisa, a bailar flamenco ornadas con vestidos floreados, abanicos, castañuelas y taconeo.

El nazi Goering decía: «Cuando oigo hablar de cultura, saco mi revólver». Ahora habríamos de decir: «Cuando oigo hablar de revólver, saco mi cultura».

 

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Rubén López Rodrigué es escritor y editor. Nació en Santa Rosa de Cabal (Colombia), pero es antioqueño por familia y formación. Fue fundador y editor de la revista Rampa. Hizo estudios inconclusos de antropología y sociología. Tuvo una columna sobre Medellín en El Muro, la guía cultural de Buenos Aires. Fue integrante del taller literario de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, dirigido por Manuel Mejía Vallejo. Hizo parte del staff de la revista literaria española Oxigen y de la revista internacional de arte y cultura Francachela. Ha sido colaborador en distintos medios escritos de Colombia y el exterior. Miembro del jurado del I Concurso de Cuento Resonancias, de Francia, en 2012. Es autor de los libros “Contra el viento del olvido” (Hombre Nuevo, 2001, en coautoría con William Ospina y John Saldarriaga), “La estola púrpura” (Los Octámbulos, 2009), “Las heridas narcisistas de la humanidad” (ITM, 2013), “El carnero azul” (Tiempo de Leer, 2013), “Flor de lis en el País de la Mantequilla” (Tiempo de Leer, 2014).