Literatura
10 06 2020
Ernesto Sábato: el festín desconocido por Antonio Costa Gómez
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   Toda su vida fue una crisis, y en las angustias de las crisis siempre tuvo coraje para seguir vivo a pesar de todo, para seguir expresándose y viviendo con su literatura, que nunca fue un mero juego. Fue una literatura trágica, en el sentido de los griegos, y en el sentido de Nietzsche, en el sentido de que una fatalidad nos aplasta pero nosotros seguimos vivos y resistentes hasta el fin, y en esa tragedia está nuestra dignidad como diría Camus, y está la grandeza de los hombres y de los héroes, a veces tan desconocidos o humildes. Una vez en su “Carta a un joven escritor” le dijo a un “querido y remoto muchacho” que había que mezclar una humildad completa para reconocer nuestros errores, para caerse del caballo cien veces y aprender de las críticas, con una confianza profunda en la vida, en lo que tiene cada uno que decir, con la garra necesaria para decir lo que uno lleva dentro a pesar de todo y de todos. Es decir, la angustia que nos revela la vida como decían los existencialistas, como sugería Rilke, se combina con el coraje que nos hace seguir aquí a pesar de todo, con el “coraje de existir” del que hablaba Paul Tillich.

   Pensaba en el balcón en el sentido de sus tres novelas. En “El túnel” la vida es angustiosa, uno está solo en un universo incomprensible, la razón no sirve para ordenarlo sino que se convierte en un encierro obsesivo que impide ver nada, por eso Castel está encarcelado en su razón prepotente que quiere controlar y comprender (o sea simplificar y matar) todo lo que hace María, y esa cárcel de la razón loca es peor que su cárcel física. Pero la sensibilidad oscura le hace poner en una esquina de un cuadro su soledad más íntima, su espera más desesperada, su oculta identidad, y de ese modo, a través de la apasionada sensibilidad artística (igual que de otro modo en los destellos en los momentos de amor) consigue llegar a otro ser. Castel se mueve como un ciego en un mundo desconocido pero en la ceguera un sentido más profundo le hace orientarse y seguir vivo con coraje.

   En “Sobre héroes y tumbas”, el mundo está lleno de tumbas y ruinas, pero los héroes continúan luchando solos hasta el fin, como el general Lavalle con unos pocos hombres cuando todo está perdido, como el propio Martín que es un héroe humilde y solitario que se pierde entre las melancolías del tiempo, los desconciertos de su amada Alejandra convertida en dragón, los desconciertos de la vida toda, y al final se va a Patagonia a buscar la limpieza mental apoyándose en un dios desconocido. Y todo el mundo del conocimiento visible se demuestra falso y engañoso cuando Fernando Vidal Olmos despliega bajo él el mundo de los ciegos caótico y desconcertante, debajo de las apariencias están las alcantarillas y las oscuridades, debajo del orden aparente está el desorden más completo, pero en esa pasión de abajo el héroe quiere encontrar con toda su furia un apoyo más infernal, una certeza más desesperada, hasta el final visionario y surrealista. En “Abaddón el exterminador” el mundo entero es falso y desconcertante, se muestra una crisis total de valores, el ángel exterminador lo extermina todo, y el propio Sábato encuentra en ese fondo de ceguera subterránea, como en una mística infernal, un coraje desesperado que sustente la vida.

   Pensaba en el sentido de sus ensayos. Desde ese desconcertante “Uno y el universo”, donde contrapone su soledad como Pascal a la infinitud inaprensible del universo, porque se ha descabalgado de la ciencia que cree explicarlo todo, y se ha enrolado en la literatura que no pretende eso pero nos hace vivir y nos apasiona. Hasta “Hombres y engranajes” donde denuncia la cosificación y la mecanización de todo, como los hombres son sustituidos por los engranajes, como la vida creadora y libre es sustituida por las máquinas programadas y muertas. Denunció el endiosamiento de la técnica mucho antes de la contracultura que le dio la razón, pero luego hubo una reacción hipertecnológica que atrapó a la humanidad entera en un papanatismo sin fin, una alienación total, una entrega atada de pies y manos a los dioses de Silicon Valley.

  Y “Heterodoxia”, ese ensayo en fragmentos libre y desordenado, donde se niega a todos los alineamientos y las ortodoxias, donde no quiere estar en ninguna cárcel mental, dice con libertad y sinceridad todo lo que siente, y alarma a tirios y troyanos que están cómodamente instalados en una creencia y no quieren inquietudes, aunque él era la inquietud permanente, porque él estaba más vivo que nadie, y la vida no cabe en ninguna doctrina. Y “El escritor y sus fantasmas”, donde señala las raíces más hondas y misteriosas, y por ello incontrolables y rebeldes, de la creación literaria, que nace de la misma fuente que el mito y el sueño, y por eso son radicalmente libres y reveladoras, al contrario que las ideologías que lo manipulan todo para que encaje en ellas. El señaló que un escritor es muy superior en sus creaciones a lo que afirma en sus declaraciones conscientes, que las novelas son mucho más verdad honda que los ensayos, sobre todo si estos son doctrinales. Que es mucho más profundo Balzac en sus novelas que cuando hace declaraciones a la prensa. Y eso que Sábato no conocía las oleadas de lo políticamente correcto como doctrina liquidadora final que lo censura todo. Y sus “Apologías y rechazos”, ensayos sobre los dos Leonardo, el misterioso y el científico, o sobre nuestro tiempo del desprecio, que con arrogancia lo desprecia todo.

   Y su autobiografía “Antes del fin”, donde en una especie de agonía desolada nos da las claves de su vida en un mundo desconcertante y helado, donde su padre le enseñó el coraje, donde tuvo que actuar con coraje interior en muchos momentos de su vida. Y “La resistencia”, donde sigue propugnando el coraje contra un mundo cada vez más inhumano y angustioso, contra un mundo cada día más kafkiano, que además tal vez él entrevió cada día más fascista, más lleno de muros, más bruto e ignorante, con más desigualdades feroces y ricos encastillados, con más tecnología aplastante automatizando nuestras vidas. Hermann Hesse en “El juego de los abalorios” parece que se rindió un poco, su defensa del solitario rebelde acabó en proclamar una comunidad sistemática, pero Sábato murió expresando la resistencia, el coraje, el hombre libre y personal en medio de la destrucción del hombre. Y expresando que, aunque todo parezca absurdo, como dijo alguna vez, debe de tener algún sentido oculto, porque si no todos nos suicidaríamos, o sea, que como diría Pascal, la vida tiene sus razones que la razón desconoce, y existe un dios desconocido que nos sostiene y nos susurra aun este tiempo sin dioses pero con máquinas todopoderosas.

  Pensaba en el balcón en la crisis que ahora pasa la obra de Sábato, como nuevas generaciones de escritores flatulentos lo cuestionan y dudan de su valor. Un tipo que escribe novelas como quien suelta pedos cada dos minutos, sin sustancia y sin vida, sin poner nada en ellas, desdeña a quien puso toda su vida y su sangre en sus libros, a quien se partió el alma para decir unas cuantas cosas palpitantes y sinceras. El tipo desprecia la sinceridad porque no tiene nada dentro que soltar sinceramente y desprecia la hondura y el empeño porque él es superficial y vacuo. Y no sirve de nada aquella frase de que “no hay nada más profundo que la piel”, porque ese tipo tampoco vive de verdad la piel, porque la piel también puede vivirse profundamente, y de hecho es la piel lo que pone profundamente Sábato con todas sus evocaciones y todos sus sueños. Pero tipos como ese no tienen, como decía David Herbert Lawrence, sensualidad sino sensorialidad. Porque claro que Sábato estaba en la piel, y muchísimo más que estos que no tienen ni piel, sobre todo cuando decía que no nos valen las matemáticas heladas ni la astronomía de los astros tan ordenados para salvarnos del caos, sino el hombre de carne y hueso, como decía Unamuno, este hombre de la tierra aquí abajo, este fuego, este amor, esta espera de la muerte, este ser vivo y que bulle no convertido en algoritmo helado.

  Otro tipo escribió, cuando Sábato murió (hay que ser mezquino y necrófilo para eso) un artículo en que se burlaba de que Sábato con cerca de cien años no oyera bien, escribe que le hizo no sé qué pregunta a Sábato y el autor le dijo humildemente: ¿me lo puede repetir?, y al mezquino autor eso le parece ridículo. Supongo que con esa anécdota quería decir que Sábato estaba fuera de la realidad, pero el que estaba totalmente fuera de la realidad y la vida era él, que no comprendía siquiera el deterioro del tiempo (que Martín y Bruno notaban con sutileza cuando volvían a los lugares de su infancia), que no comprendía siquiera la fragilidad física del ser humano. Ahora lo cuestionan porque era profundo y trágico y este es un tiempo de trivialidad y de tuits, lo cuestionan porque él tenía mucha más fuerza y más garra que todos estos flatulentos de la era del tuit.

   Pensaba en el balcón en quien era, en qué representaba, en que algún día volverán a él y se enterarán, cuando se acaben las modas superficiales y deshumanizadas. Una vez le escribí protestando porque en algunos ensayos ponía la razón como el bien y el sentimiento y la intuición, lo oscuro y lo misterioso, la noche y la pasión, como el mal. Y me contestó que las palabras son polisignificativas, y se pueden entender de varias maneras, que el en cualquier caso lo que combatía era la cosificación y la robotización, la deshumanización del hombre, el quitarle al hombre su chispa y su alma. Y más tarde lo entendí, porque para él el infierno, como para Dante, era la esencia de la vida plena y dramática, era el núcleo de la tragedia, él mismo señala que lo que nos interesa de Dante es el infierno porque está lleno de vida y palpitación y el Paraíso nos aburre con su melaza y su didactismo.

  El admiraba a Malcolm Lowry porque en la autodestrucción del Cónsul en “Bajo el volcán” se sintetiza toda su vida visionaria, a medida que se destruye como en su apocalipsis de “Abaddón” se muestra todo lo que tiene el hombre de más fuerte y asombroso y disparado en su agonía. El mismo Sábato señala en algún lugar que según Blake Milton estaba de parte del Diablo sin saberlo en “El Paraíso Perdido”, y él también en el fondo quería más ese infierno palpitante y rebelde y contradictorio que el cielo ordenado de los buenos chicos. Sábato como Blake en “Las bodas del cielo y el infierno” sostenía que el infierno significa la energía y la pasión que las doctrinas quieren reprimir, y que la pasión es tan reveladora como el conocimiento convencional, y la cisterna contiene mientras el manantial se desborda, y la puerta del exceso conduce a la sabiduría. Y era tan visionario y profético como Blake, y tenía su mismo sentido trágico contra este mundo que nos quiere aplastar con la tecnología absolutista y la ramplonería, con el mecanicismo más totalitario. Y creía en un dios desconocido sin barreras que nos exalta y nos sustenta. Y en el fondo toda su obra y su persona son un festín desconocido y trágico, agónico y revelador, en memoria de ese dios desconocido.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Ernesto Sábato nació en Rojas, provincia de Buenos Aires (1911) y falleció en Santos Lugares (2011). Hizo su doctorado en física y cursos de filosofía en la Universidad de La Plata. Trabajó luego en el Laboratorio Curie, en París, y abandonó definitivamente la ciencia en 1942 para dedicarse exclusivamente a la literatura. Ha escrito varios libros de ensayos sobre el hombre en la crisis de nuestro tiempo y sobre el sentido de la actividad literaria, Uno y el universo (1945), El escritor y sus fantasmas (1963), Apologías y rechazos (1979) y su última obra que puede considerarse como sus memorias, Antes del fin (1999). Publicó tres novelas: “El túnel” (1948), “Sobre héroes y tumbas” (1961) y Abbadón el exterminador (1974). En 1975, Sabato obtuvo el premio de Consagración Nacional de la Argentina y un año más tarde se le concedió el premio a la Mejor Novela Extranjera en Francia por “Abaddón el exterminador”. Recibió el premio Cervantes en 1984, máximo galardón literario otorgado a los escritores de habla hispana.