Narrativa
04 08 2020
Isidoro, entre el amor y el deshonor por Susana Merke
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¡Ay! ¡Ay! Isidoro, Isidoro. El día se volvió noche oscura y tenebrosa al regresar a tu casa después de andar un largo camino por campos y bañados. Imaginabas la bienvenida y el recibimiento que ella te daría por tu ausencia. Creías en sus besos y caricias necesitando la estampa de recio varón que le entregabas noche a noche, pero nada fue como lo soñaste.
Tus ojos se nublaron y la ira te encegueció. El resto de hombría guardada en tu alma enloquecida y furiosa, no quiso escuchar reclamos ni defensas. Sólo un portazo para decirlo todo, para comprenderlo todo, y el silencio amargo acompañó aquella imagen que desató la cólera y te arrastró a buscarme para partir desesperado. No volverías a tu casa, a su vida y a sus brazos.
¡Ay! ¡Ay! Isidoro, no necesitabas apurar la marcha; la prisa por regresar al hogar no era buena. Debíamos darle tiempo a los traidores para ocultar su pecado de pasión incontrolable, mientras confiado ignorabas lo ocurrido en tu ausencia. Pájaros de mal agüero nos acompañaban y anunciaban amargos tiempos.
Traición, engaño y desamor eran las palabras que podían definirla. La creíste fiel, la creíste pura y hacendosa al llevarla al altar.  Creíste tocar el cielo con las manos por tanta bendición otorgada por su belleza y juventud, cuando acariciabas su blanca piel y sus revueltos cabellos enloqueciendo de deseos. Nada alcanzó, nada fue suficiente; todo lo ambicionaba, todo lo deseaba en su insaciable codicia de pasión y poder.
Si pudiera ayudarte; si comprendieses mi lenguaje, salvaría tu vida. Por algo retrasaba mis pasos, elegía otros caminos porque sabía que tu apuro por llegar te enfrentaría a la verdad. No encontraba excusas para detenerme y tú ignorabas mi mensaje. Sabía sobre las horas de horror que asomaban y mi deseo de salvarte de tan injusto castigo.
Pocas palabras, miradas profundas lo decían todo y la locura te dominó. Sólo pensaste en huir, en correr sin rumbo conmigo, fiel amigo y compañero, mientras el veneno se apoderaba de tu sangre. Con tus 29 años no pudiste enfrentar el deshonor y las habladurías corriendo de boca en boca sin llegar a tus oídos. Sólo repetías entre lágrimas “no hay retorno; el honor fue herido de muerte”.
Ella no pudo explicar la osadía de su actuar infiel, pero las evidencias alcanzaron para derrumbar el inmaculado hogar construido. Sobraron sus gritos, sus llantos, y el perdón que repetía corriendo detrás de tu figura que desaparecía en la polvareda para volverse espanto. Y él, respetado y querido en la familia cargaría por el resto de sus días la cruz del traidor. Ya nadie lo miraría a los ojos ni pediría sus sabios consejos. Era hombre, y el tiempo disimularía sus pecados pero el olvido de algunos no traería el perdón de otros. Sería herencia oscura en los hijos de los hijos.
Y yo siempre alerta, testigo y cómplice, no dudo en acompañarte en tu hora más amarga. Al galope, marchamos. Tus lágrimas, que también son las mías, bañan mi crines y te arrastro por sendas que se volvieron huellas difíciles de hallar. Por días y noches cabalgamos con sol, con frío, sed y hambre, hasta que mis fuerzas no soportan tu peso que es padecimiento desgarrado. Decido detenerme para desfallecer junto a ti. Prometo cuidarte y protegerte; no te abandonaré porque eres mi amo y señor. Avistamos un monte para hallar paz y calma, a muchas leguas de la casa convertida en infierno.
Pensabas cómo argumentarían tu desaparición, qué mentiras inventarían para justificar lo inexplicable. ¿Alguien te buscaría entre gritos y maldiciones? Todos en silencio la acusarían por no saber de ti, por no acertar el rumbo que elegiste; sus lágrimas pecadoras no convencerían a nadie. La infidelidad de una mujer no se perdona, no se calla ni se compra con palabras, con dinero, con lutos y encierro.
Desfalleciente en la arboleda y recostado sobre la hierba fresca, sólo vislumbrabas estrellas asomando curiosas e impertinentes para acompañar tu calvario. Allí retorciéndote en tu amargura de hombre ultrajado, decidiste terminar con la parodia: en un amor de tres, uno sobra.
No puedo detenerte, no está a mi alcance torcer tu decisión… el destino te espera para cumplir lo que ya está escrito. Si pudiera hablar para convencerte que la vida no se acaba por una mujer, que tus ilusiones pueden encontrar otra senda para transitar, lejos de los ojos que te condenan y de las voces murmurando a tus espaldas.
De la peor manera te hallaron varios días después, los que sin tregua te buscaron siguiendo las señales que dejaron mis herraduras. Con el sol ardiente quemando sus espaldas, con la luna guiando sus pasos, no se detuvieron. Entre gritos y llantos comprobaron lo que todos sospechaban. La desesperación los invadió y sus rostros se transformaron frente al horror. Hasta el más duro de los hombres de la partida ahogó sus lágrimas frente tan atroz espectáculo.
Necesitaste gran valor y buscaste el guardado en tus entrañas. Sólo los hombres, los verdaderos hombres pueden elegir un árbol, atar un lazo y ponerle fin a su existencia.
Te velan a cajón cerrado porque ni tu madre, que te tuvo en su vientre, te hubiese reconocido. Tus ojos ya no brillan, tu piel curtida perdió su color y tu impronta se convirtió en despojos. Ya no serás el mimado hijo de la casa, que prometía con su actuar y poder de decisión acrecentar los bienes familiares, trabajar la tierra hasta dar la vida y tener hijos para prolongar la estirpe.
No hay flores. Velas ardientes resguardan tu féretro junto al odio y resentimiento de tus hermanos y amigos. Sed de venganza frente a semejante atropello y juramentos pronunciados entre dientes, flotan en el aire lúgubre y pegajoso. Silencio de muerte y llantos sofocados se entremezclan con rezos exaltados, para que tu alma desdichada alcance el perdón y el cielo de los valientes.
Sé que las palabras están prohibidas frente a tanto dolor, y lo único que corresponde es salvar la honra del apellido mancillado, aunque los culpables en una farsa sin perdón están ahí, golpeándose el pecho con los puños cerrados. Isidoro, estabas en lo cierto “no hay retorno para la humillación”.
¡Ay Isidoro, Isidoro! ¿Habrás llegado al cielo y cicatrizado tus heridas? Acá en la tierra que decidiste abandonar con tu acto de arrojo, tu imagen continúa vagando por las noches para visitar a los que te amaron de verdad. Les traes el mensaje de tu decisión para preservar la hombría. Descansas en paz. Tu bondad infinita, quizás, te permitió perdonar sabiamente a los que ultrajaron tu nombre en ese enero ardiente de 1925.
Decido partir, ya no puedo vivir en este lugar sin ti, amo y señor. Sé demasiado. Te vi sufrir y morir. Espero encontrarte en otros caminos, en otras tierras, en otros montes, en las noches bajo las estrellas. Juntos cumpliremos los sueños arrancados aquel negro día de locura y muerte.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: La primavera de 1958 vio nacer a Susana Merke en la llanura santafesina (Argentina). Hizo sus estudios primarios en la escuela Simón de Iriondo y luego para el Bachillerato en el antiguo Colegio Nacional de la ciudad de Rafaela. Su inquietud por las letras la llevó a trasladarse a la capital de la provincia, Santa Fe, donde ingresó en la Universidad Nacional del Litoral para obtener el diploma de profesora en Letras. Partió a la Capital Federal, Buenos Aires, en dicha ciudad dictó cátedras en Literatura Argentina, Americana y Española durante trece años, y a fines del siglo XX regresó a su tierra natal. Enseñó en escuelas medias y desde hace varios años sintió el llamado de la escritura. Recibió distinciones en concursos literarios, y el 16 de junio presentó su primera novela “Las voces del pasado no mueren”.