Narrativa
02 10 2020
La víspera de la primogénita por Octavio Buelvas
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Barranquilla,, octubre 20 de 2014
Sé que se acerca porque ya lo viví, conozco ese aturdimiento en la mirada mientras balbucean en un lenguaje poco común al castellano, o a cualquier lengua viva, los gemidos, el rugido gutural, el esfuerzo improductivo y las pausas que buscan articular una mejora del silencio.
De todas las palabras que pronunciará el resto de su vida, él, está a punto de decir la primera…

Barranquilla, octubre 24 de 2014
Va a cumplir seis meses y todos en casa hemos hecho una apuesta, cada uno ha escrito en un pequeño papel amarillo una palabra, y hemos depositado los papeles con mucha solemnidad dentro de un marranito de barro, los papeles contienen la primera palabra que cada uno piensa que va a pronunciar, nadie quiso mostrar su palabra, todos hemos manejado la situación con un ritualismo masónico.
Quien gane, podrá elegir el destino del próximo viaje familiar.

Barranquilla, octubre 28 de 2014
Son las 5:35 de la mañana, se ha levantado con un buen humor que contagia, ríe a carcajadas de todo y para todos, nos mira a mi mujer y a mí con unos ojos pícaros, ya se pone de pie solo, agarrándose de las barandas de la cuna, y flexiona las piernas una y otra vez mientras deja salir un sonido carrasposo de su garganta, sonido que se intensifica cuando ve su tetero.
En medio de las risas él ha señalado el abanico de techo con su pequeña mano izquierda y ha abierto la boca, los dos nos hemos quedado inmóviles esperando el desenlace, es una escena hermosa, de una delicadeza ensordecedora, el tiempo se ha detenido en la habitación y todas las cosas y personas que habitamos en ella, hemos quedado sin espíritu, en espera de que él nos nombre para poder existir, yo me quedé con una gaveta a medio cerrar, un paño húmedo en la mano y una postura de tango un poco extraña para la hora, mientras mi mujer se quedó con el tetero en su mano izquierda y el termo del agua en la derecha, toda ella levemente inclinada hacia la cuna tratando de mantener la pose.
Ha sido sin embargo una falsa alarma, todavía con la mano alzada ha desviado la mirada hacia la mamá y ha soltado una carcajada enorme, mostrando los dos flamantes dientes en la parte inferior.

Barranquilla, octubre 30 de 2014
Son las 7:15 pm y está viendo por trigésima novena vez el capítulo de POCOYÓ donde hacen una carrera con Eli, Pato y Pajaroto, hay una concentración de ajedrecista en su mirada, abre los ojos con ligeras expresiones de sorpresa, como si entendiera lo que pasa en la pantalla, en el instante en que se acaba el capitulo y se queda inmóvil la pantalla del portátil, él, sin levantar la vista se ha agarrado fuerte de la baranda, ha inflado su pecho a más no poder, y ha pronunciado una vocal:
— Aaaaaaaa.

Una vocal perfecta, inocente como él, sin la mancha de ninguna consonante, sin el significado impuro de las palabras, sólo una vocal alargada y bien definida.
Dejó salir una vocal que no estaba prisionera en su boca, muy por el contrario, la creó de la nada con saliva y carne, junto a la correcta cantidad de aire, el punto exacto en el que la lengua debía colocarse y vibrar con la humectación necesaria, y abrió la boca en la medida perfecta para que la pronunciación fuese memorable.
Así la creó, sin más ni más, su primera vocal, no era una palabra por supuesto nadie había ganado todavía, ya que habíamos apostado por una palabra, pero ¿quién iba a rechazarla?

Barranquilla, noviembre 2 de 2014
Es un domingo algo nublado, y como él no sabe de días, ni requiere saber el nombre del día que ilumina para moldear sus labores, se ha despertado muy temprano, está algo serio, parece preocupado por la cantidad de objetos que tendrá que babear hoy, luce indeciso entre babear los de color amarillo o los de color rojo.

Barranquilla, noviembre 4 de 2014
Es mi cumpleaños y tengo un buen presentimiento, no sé por qué, pero creo que hoy va a decir su primera palabra, realmente no es un presentimiento, es un anhelo, qué ese sea mi regalo de cumpleaños, qué su primera palabra sea “Mamá” si… “Mamá” yo no quiero que diga primero “Papá” no me parece justo.
Así que me he levantado de primero y he ido a su cuna deseando perder la apuesta, todavía duerme, veo esas pequeñas manitas, de una dulzura corpórea irresistible a la vista, su respiración pausada, el contorno de esa minúscula protuberancia que tiene entre la boca y el entrecejo y que todos le llaman nariz, su escaso cabello, y esa postura fetal que todavía conserva cuando duerme.
Pongo mi dedo índice dentro la palma abierta de su mano izquierda, y finjo moverlo desprevenido esperando que se despierte, balanceo suavemente la mano de un lado a otro, y hay apenas unos ligeros espasmos en sus dedos, pero no se despierta, entonces deslizo la punta del dedo índice por el contorno de su rostro; desde la parte alta de su frente hasta la punta de la nariz, allí me detengo y hago pequeños círculos hasta que dentro de los párpados serpentean con suavidad sus ojos, y sus mejillas, con esa tersidad que conmueve, tiemblan anunciando el despertar, un despertar inducido pero al fin y al cabo despertar.
Abrió los ojos y me miró cavilando todavía desde la otra orilla del sueño, los cerró nuevamente para estirarse a plenitud, empujando delimitaciones invisibles dentro de la cuna, dentro de esa pijama diminuta se regodea reconociendo el entorno, el cuadro que le regaló la abuela, un tejido con una oración católica enmarcado y puesto estratégicamente en la cabecera muy a pesar de mi reticencia a objetos religiosos en la casa, examinó las estrellas fluorescentes que pegamos en el cielo raso y que iluminan en la noche cuando se apagan las luces, los peluches exiliados al otro extremo de la cuna, y luego alzó la vista hacia el abanico de techo, como intentando entender su movimiento, tratando de dilucidar si ese extraño objeto hacía el aire o sólo lo movía, y en medio de esa última mirada lo cargué, muy suavemente, abarcando con mis manos todo su torso y sosteniendo su cabeza con los dedos índice desde la parte alta de su cuello.
Me senté en el mecedor mientras lo cargaba, sin dejar de mirarlo, quería decirle tantas cosas y al mismo tiempo quería callarlas, quería hablarle en un idioma que él pudiera entender antes de los primeros treinta años, un idioma austero, atemporal, minimalista, que pudiésemos compartir a tiempo, ¡no cuando ya para qué!
Mi madre esperó treinta y dos años a que yo lo entendiera, ¿y si a mí no me alcanza? ¿y si el tiempo no juega en mi favor? ¿y si la parca milenaria rectifica la fecha que yo creí lejana? Esa mañana me dolía el pecho, porque tenía la certeza que no nos iba a alcanzar el tiempo mi niño, no nos iba a alcanzar, así que resolví dejar mis pensamientos a un lado mientras jugaba con tus pequeños dedos, con esas uñas tan diminutas que tanto trabajo costaba cortarte porque nunca te quedabas quieto, tratando de adivinar en la punta de tus dedos las líneas de tus huellas, imaginando en la suavidad de tus rodillas las futuras cicatrices que anidarías en recuerdos, y de repente, la quietud de tu cuerpo me llevó lentamente hacia tu mirada, y la encontré clavada en mis ojos, directa, llena de calma, resuelta pero indulgente, gestando una revolución carmesí en tu garganta que más que acertar el camino, estaba creándolo, entonces abriste un poco la boca y dijiste…

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Octavio Buelvas, nacido en Colombia. Psicólogo con estudios en artes audiovisuales y especialista en CRM e Inteligencia de Mercados, ha trabajado por más de quince años en el sector de Retailers desempeñando distintos cargos en las áreas de Mercadeo e Investigación en países como Colombia y Panamá. Escribe cuentos y poesía, participó en el IX Premio nacional de cuento La cueva.