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Teatro
03 11 2003
“Un Poco de Buena Suerte” (primera parte) por Jorge Alberto G. Fernández
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Junto a un banco de parque, o al doblar una esquina de casi cualquier ciudad, en casi cualquier país al Sur de este planeta nuestro; rodeado de andariveles y cachivaches viejos como únicas pertenencias, pasa los días de su vida, Jacobo, un mendigo manco de ambas manos al que por su estilo de vida, cualquiera podría catalogar, a la ligera, de loco. Quiso el destino, —tal vez la suerte, —que una mañana, o una tarde de esta era cristiana, pasara por aquel lugar, Carmela, una mendiga ciega, pero con demasiado orgullo para pedir, que esconde su pobreza tras el romántico disfraz de una gitana que intenta ganarse el pan como adivinadora. Jacobo: (Llega cargado de trastos y cacharros que va ubicando mientras recita una versión muy personal del capítulo primero del Eclesiastés.) Vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho saca el hombre del trabajo con que se afana debajo del sol? Generación va y generación viene, más el mundo permanece igual. Sale el sol y el sol se pone. Sopla el viento hacia el norte y gira luego hacia el sur. Gira y vuelve a girar. Los ríos van todos a dar al mar, pero el mar nunca se llena. No hay hombre capaz de expresar tanta monotonía. Ni los ojos viendo se hartan de ver, ni los oídos oyendo se hinchan de oír. ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará. Nada hay nuevo debajo del sol. ¿Hay algo de que se pueda decir: he aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido. No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que existirán. Yo, el predicador, fui rey sobre Israel en Jerusalén y di mi corazón a buscar con sabiduría sobre todo lo que se hace debajo del cielo. Miré todas las cosas debajo del sol, y he aquí que todo ello es vanidad. Lo torcido no se puede enderezar y lo falto no se puede contar. Hablé con mi corazón y dije: He aquí que me hallo engrandecido en sabiduría sobre todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; mi corazón ha percibido muchedumbre de sabiduría y ciencia. Y di mi corazón a conocer la sabiduría y también a entender las locuras y los desvaríos. Conocí que aun esto era aflicción de espíritu porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia y quien añade ciencia, añade dolor. (Al terminar mira hacia arriba y la emprende con los pájaros.) ¡A callar! Aquí nadie tiene derecho a cantar si no ha cumplido aun con su deber. ¡Pelotón! ¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego! (Se desploma en el suelo y al cabo de un rato de farfullar consigo mismo se queda dormido. Es entonces cuando entra Carmela pregonando su oficio.) Carmela: ¡Adivinadora..! ¡Adivinadora..! ¡Se lee el destino en la palma de la mano! ¡Entérese del

sentido de su propia existencia! Soy la gitana Carmela: descendiente directa de la Pitonisa

délfica que predijo el futuro del mismísimo Edipo. No deje escapar esta oportunidad que tal vez

toque a su

puerta por única vez. Usted puede conocer el destino que los astros le tienen reservado. No permita que la vida haga su juego. ¡Adivinadora..! ¡Adivinadora..! (Tropieza con Jacobo, quien indignado y adolorido se incorpora de un salto.) Jacobo: ¡Ay! ¡Maldición! ¡Hereje! ¡Puñetera! Carmela: ¿Le he dado un golpe...? Jacobo: ¿Qué le pasa, estúpida? ¿No ve por dónde camina? Carmela: Perdone... No me di cuenta... Jacobo: No me di cuenta... No me di cuenta.. ¿Está ciega? ¡Casi me parte un hueso! Carmela: Perdóneme, por favor. Jacobo: No perdono nada. Lárguese de aquí. Siga su camino.

Carmela: (Contrita, va a marcharse, pero se vuelve y con fuerza lo increpa.) ¡Usted es un grosero... un cerdo...! No, un cerdo no. Pido perdón a los cerdos. Es un... un...

Jacobo: ¡A ver, vamos, dígalo ya!

Carmela: Un desnaturalizado.

Jacobo: ¡¿Cómo?! De contra que casi me mata todavía tengo que aguantarle esto. Carmela: ¡Su madre debió haber muerto en cuanto lo trajo al mundo porque usted no puede haber sido alimentado por la leche de una mujer!

Jacobo: ¿Qué más,? a ver, dígame más.

Carmela: ¡Qué dios lo perdone!

(Da media vuelta y echa a andar cabizbaja. Él se da cuenta, entonces, de que es ciega.)

Jacobo: Eh... un momento, señora, le pido perdón. He sido un bruto. Estoy seguro de que no lo hizo a propósito.

Carmela: Usted me ha maltratado... Jacobo: Perdóneme, por favor. Carmela: Yo no soy dios para perdonar. Jacobo: Venga. Regrese.

Carmela: No, gracias, ya tuve bastante. En mala hora tomé este camino para que usted viniera a echarme en cara mi desgracia. Jacobo: ¿No se da cuenta que lo dije sin pensar? No me había percatado... no sabía que ud. era... Carmela: ¿Una dama? ¿No sabía que yo era una dama? Jacobo: Estaba dormido y...

en medio de una pesadilla. Por eso me desperté exaltado. Le juro... Carmela: No jure nada. Mejor no jure. Jacobo: No se vaya, por favor. No me deje con este peso en la conciencia. ¿Cómo puedo compensarla? Carmela: No se preocupe. Me doy cuenta que está siendo sincero. Además, soy yo

quien se siente apenada por el golpe que le di. Jacobo: No ha sido nada. Carmela: No diga eso. Sé que le dolió.

Jacobo: Bueno, un poco, sí... Carmela: ¿Ya ve? A ver, dígame, dónde fue? Jacobo: En una pierna. Carmela: ¿Y ya se revisó? ¿No le sangra? Tendrá que ir a un médico. Jacobo: No ha sido nada, hasta puedo saltar. (Da algunos saltos.)

Carmela: ¡Tenga cuidado...! Jacobo: (Da un último salto y finge caer al suelo.) ¡Ay! ¡Ay! ¡Mi pierna! Carmela: ¿Qué le sucede? ¿Qué ha pasado? ¿Se lastimó? Jacobo: (Riendo.) La engañé. Se ha asustado. Carmela: Se está burlando de mí. Jacobo: No me lo tome a mal. Fue sólo una broma para suavizar la cosa. Hablando en serio, dígame, ¿qué puedo hacer para compensarla? Carmela: No insista. Le juro que no le guardo rencor. Cualquiera tiene un mal día. Ya usted se ha disculpado y con eso me doy por

satisfecha. Jacobo: ¿Está segura? Carmela: Por supuesto. ¿Sabe una cosa? Tal vez yo sí pueda compensarlo.

Jacobo: ¿A mí? ¿Compensarme por qué? Carmela: ¡Hombre, por el golpe! Jacobo: De ninguna manera. Carmela: ¿Le gustaría conocer su futuro? Venga, deme su mano... La izquierda, que es la del corazón. Jacobo: No se moleste. No estoy interesado. ¿Quiere sentarse? Tiene un banco a su derecha. Carmela: Gracias. Venga, deme la mano. Jacobo: No es necesario, le repito: no se moleste. Carmela: Yo insisto. Jacobo: Es que... no quiero ofenderla, pero le soy sincero, no creo en eso. No

creo en la adivinación. Carmela: Mire que no pienso cobrarle nada... ¿Qué más le da? Jacobo: Bueno, no lo tome a mal, pero es que... fui criado bajo un credo cristiano, ¿entiende? Soy católico, apostólico y romano.

Carmela: ¡Ah! Ya. Comprendo. Pero aun así, ¿qué de malo podría tener? Nadie se va

a enterar. No me diga que es usted un santurrón... Jacobo: No es eso. Lo que pasa es que... ¿qué podría decirme que no conozca yo a estas alturas? Carmela: Tal vez tenga un futuro mejor que su presente y no lo sabe. Jacobo: ¿Mejor...? Mejor imposible, estimada señora. Dígame, ¿aceptaría un té?

Carmela: ¿Un té? Jacobo: De hierbas... con tostadas... Carmela: Me daría vergüenza aceptar. Apenas nos conocemos. Jacobo: Precisamente. He ahí un motivo para conocernos. ¿No le parece? Carmela: A tanta insistencia...

Jacobo: Será un placer.

Carmela: Espero no estar dándole mucho trabajo. Jacobo: En lo absoluto. Lo hice hace algún rato y lo conservo caliente muy bien tapado. Podemos hablar mientras lo sirvo. A ver, comience usted. Pregúnteme lo que quiera.

Carmela: ¿Yo? Déjeme pensar... No se me ocurre nada. ¿Por qué no me pregunta usted? ¡Ah, ya sé! Dígame, ¿a qué se dedica?

Jacobo: ¿Cómo? Carmela: ¿Que qué hace? Debe tener un oficio, una profesión... Jacobo: ¿Una profesión...? Carmela: Hombre, Claro. De algo tiene que vivir. No le ha gustado mi pregunta. He sido indiscreta. ¿Se da cuenta? Le dije que no servía para estas cosas. Jacobo: No, no. Es que... bueno... Fui... es decir.... soy... soy escritor.

Carmela: ¡Vaya, qué bien! ¿Y qué escribe? Jacobo: De todo un poco... de esto y de aquello. Soy... más bien una especie de escritor... bohemio. Voy por el mundo observando la vida, la gente, y luego escribo mis historias.

Carmela: ¡Qué bien! ¡Qué bien! Bueno, su turno. Jacobo: Le pago con su misma moneda. ¿A qué se dedica? Carmela: Esperaba la pregunta. Soy una adivinadora profesional. Voy por el mundo leyendo el futuro en las manos de la gente. También leo el pasado, pero para eso no tengo clientes. El hombre que tuvo un pasado malo quiere olvidarlo, y el que lo tuvo bueno, no espera que se lo adivinen, prefiere contarlo. Así que como puede ver. Me resigno a adivinar el futuro.

Jacobo: Ganará buena plata... Carmela: La necesaria para vivir dignamente.

Jacobo: ¡Qué bien! ¿Y es de por aquí? Quiero decir, nunca antes la había visto. Carmela: Yo, al igual que usted, amigo mío, tengo un espíritu bohemio. No soporto estar mucho tiempo en el mismo lugar. Además, por mi oficio me veo obligada a moverme constantemente. Una vez que agoto el potencial de clientes de una región debo mudarme a otra o corro el riesgo de quebrar. Soy un poco como las aves migratorias. En verano vivo en el norte, pero cuando llega el invierno vuelo hacia el sur. ¿Qué le parece? Jacobo: Tengo la impresión, señora mía, que somos algo así como almas gemelas.

Mire, aquí tiene. Las tostadas son de pan bueno, eh, de panadería francesa. Y el té, un compendio de las mejores yerbas que hay por los alrededores.

(Carmela lo prueba y no puede evitar una mueca.) ¿Qué le sucede? ¿Lo encuentra amargo? Carmela: Nada de eso. Está muy sabroso. Es un té a la inglesa... Jacobo: No. Está amargo, lo sé. ¿Sabe que pasa? Nunca consumo mucho azúcar. Nadie sabe lo dañina que puede resultar. Siempre que puedo, trato de procurarme dietas sanas. ¿Quiere saber una cosa? Soy un vegetariano empedernido.

Carmela: Pues no sabe lo que se pierde. Yo soy una omnívora sempiterna. (Ríen.) Jacobo: Me gustaría un día, si me permite, mostrarle un pequeño huerto que cultivo. Tengo ahí toda clase de vegetales y hasta unas flores silvestres que si no lo toma a mal podría obsequiarle... Carmela: (Hurgando en sus bolsillos.) ¡Me encantan las flores silvestres! Son mucho más... más... ¡Vaya qué cosa! No logro dar con la palabra.¡Qué más da! Son mucho más que las de jardín, ¿no le parece?

Jacobo: Sin dudas. Cuando yo lo digo. Somos almas gemelas. Pero, ¿qué busca? Carmela: Aquí está. Un caramelo de menta. ¡Qué pena! Sólo me queda uno. Tenía una caja llena y sin darme cuenta me los he comido todos. Pero creo que podemos compartir este. ¿Qué le parece? Tome. Pártalo a la mitad. Jacobo: ¿Partirlo? ¿A la mitad? Carmela: ¡Hombre, claro! Una para usted y la otra para mí. Jacobo: Si quiere que le diga la verdad, me gustan los caramelos, pero los evito a como dé lugar. Son enemigos declarados de la dentadura.

Carmela: Vamos, no me va a despreciar medio caramelito. Es más, no tiene que masticarlo. Échelo en su té para que vea qué sabor le da.

Jacobo: No hace falta. Quédeselo usted. Ya le dije, no me gusta comerlos, pican los dientes... Carmela: Pero, ¿me va a hacer semejante desaire? No lo puedo creer. ¿Qué daño puede hacerle medio caramelo disuelto en el té? Dígame. Jacobo: Ya veo. No le ha gustado. Carmela: No es eso. Mire. Mire como me lo tomo. ¿Ve? No es nada contra su té. Se trata de mostrarle una variante saludable y sabrosa.

Jacobo: Es que no tengo con qué picarlo... Carmela: ¡Vaya! ¡Qué calamidad! Pártalo entonces con los dientes. Jacobo: ¡Eso sí que no! Mire que puedo perder uno. Ya le digo: cómaselo usted. Carmela: Como se ve que no me conoce... Y a propósito de conocernos, llevamos horas hablando y todavía no nos hemos presentado. Jacobo: Tiene razón. ¡Qué vergüenza! Me llamo Jacobo. ¿Y usted? Carmela: Carmela, para servirle. Jacobo: Es un placer, Carmela. Carmela: El placer es todo mío. (Extiende su mano, pero Jacobo disimula.) Jacobo: Creo que por ahí debo tener una navaja; mi vieja navaja de afeitarme. Carmela: No, su navaja no, pudiera mellarle el filo. Jacobo: Hace bastante tiempo decidí dejarme crecer la barba. Me da un aspecto más... Carmela: Bohemio... Jacobo: Eso. Más bohemio. ¡Pero qué sensibilidad la suya! Cuando yo lo digo...

Carmela: Somos almas gemelas. Olvide su navaja, ¿quiere? (Parte el caramelo con los dientes.) Jacobo: ¡Tenga cuidado...! Carmela: Aquí tiene su mitad. Échela en el té, no se va a arrepentir. Jacobo: (Echa su mitad en el té, lo agita un poco y lo prueba.) ¡Delicioso! ¡Delicioso! Creo que de ahora en adelante voy a comprar caramelos de menta para acompañar mis tisanas.

(Saborean la infusión y comen el pan con avidez. Al terminar, Carmela se incorpora.)

 

ACERCA DEL AUTOR

Jorge Alberto G. Fernández, La Habana, Cuba, 1971. Hizo estudios profesionales de inglés y veterinaria. Transitó por diversos grupos teatrales de aficionados de La Habana hasta 1995, cuando ingresa al grupo de teatro Jácara. En 1999, dirige y actúa en su primera pieza teatral, “Gisselle o El Bache” que obtiene un primer premio en el Encuentro municipal de escritores. En 2001, recibe premio con la obra “Habana – New York - ¿Habana?” así como con el cuento “El otro lado del espejo”, mención en el concurso internacional del website argentino El Escriba. Pone en escena en 2002 su obra “Quién es Usted” obteniendo un premio. Obtiene premio municipal con la obra “Deyanira” y estrena la puesta en escena de “La Moira”. Ha publicado “Opera Prima”, Editorial Extramuros, La Habana, 2003.