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Literatura
01 11 2002
"Las prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro" comentario de Fernando Aínsa
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“Los hombres cambian, pero las instituciones se perpetúan. Esos hotelitos destartalados de calles como la rue Princesse o la rue de Orteaux, donde se alojan los peones que vienen del Mediterráneo, no son otra cosa que la versión moderna de los ergástulos romanos. No encuentro prácticamente ninguna diferencia entre un albañil argelino o portugués y un esclavo de la época de Diocleciano. En esos hotelitos los peones foráneos se instalan a perpetuidad y salen solamente para su trabajo todos los días o un día, el último, rumbo al cementerio”. Esta es una reflexión de Julio Ramón Ribeyro, el escritor peruano que ha publicado en Barcelona un libro de título original: Prosas apátridas. A los cuarenta y cinco años, este delegado permanente adjunto del Perú ante la Unesco, se había descubierto ante una etapa de su vida que inevitablemente se cerraba y con muchas páginas sueltas que habían venido quedando aisladas y fuera del contexto de sus obras más conocidas. “No soy yo el apátrida, lo son las prosas que forman el libro. Sencillamente porque carecen de patria literaria —explica a lo largo de una cordial entrevista—. Son textos que escribí sin un objeto preciso, con la vaga idea de incluirlos luego en alguna novela, cuento o ensayo, pero que se quedaron sin destino, desamparados. Es así que decidí reunirlos, dotarlos de un espacio común, a pesar de su diferente origen, motivo o inspiración. De allí el título de Prosas apátridas”. Julio Ramón Ribeyro conoce ahora el éxito. Literariamente hablando se ha dicho que 1973 fue en el Perú «el año Ribeyro». La publicación de La palabra del mudo en una cuidada edición peruana, la aparición de La juventud en la otra ribera y la reedición de Los geniecillos dominicales (Premio Nacional de novela, 1965), unidas a su regreso a Lima tras varios años de vida en París, donde había trabajado como periodista en una agencia de noticias internacional, habían llamado la atención de la crítica sobre este escritor. El juicio fue unánime. Un crítico alemán, Wolfgang A.Luchting, llegó a escribir: «Yo creo que existen (y se ha establecido) tres grandes escritores en el Perú de estos días, Mario Vargas Llosa, José María Arguedas y Julio Ramón Ribeyro». Con una sonrisa escéptica pudo decir entonces y repetirnos ahora el propio Ribeyro: “Considero injusto entre Vargas Llosa, Arguedas y yo. El sitial del primero está refrendado por su calidad y su celebridad; el del segundo se condolidó, sobre todo después de su muerte. En tanto que yo, que no conozco de las prerrogativas de los vivos activos ni la ventaja de los muertos trágicos, no puedo reivindicar ninguna plaza en ningún escalafón, salvo en una especie de limbo literario donde ni nacido ni muerto espero algo así como el momento de algún improbable Juicio Final”. Este Juicio Final aparece ahora conjurado en la cita de Rabrindanath Tagore que Ribeyro utiliza como epígrafe de sus Prosas apátridas: "El botín de los años inútiles, que con tanto celo guardaste, disípalo ahora: te quedará el triunfo desesperado de haber perdido todo".


Julio Ramón Ribeyro en París en los años sesenta

La utilidad de los años inútiles ¿A qué llama Julio Ramón Ribeyro sus años inútiles? Sus libros se han escalonado regularmente de 1955 a la fecha, redondeando una visión del mundo homogénea y profundamente peruana. En Los gallinazos sin pluma (1955) el tema central eran los seres marginales de la realidad y los suburbios limeños. Estos outsiders no estaban marcados por ninguna teoría existencial, eran los representantes de la marginalidad a que lleva la pobreza y la ignorancia. El mismo tono aparentemente impersonal, asordinado y falsamente naturalista reaparece en Cuentos de circunstancias (1958). Pero en la tensión de esa objetividad se adivinaban las fisuras que tiene el mundo de las apariencias cotidianas: lo irreal, la crueldad, la injusticia estaban presentes en esos cuentos, como lo estarían en "Tres historias sublevantes" y "Las botellas y los hombres", ambos de 1964. También aquí Ribeyro, tal como había dicho el crítico peruano Julio Ortega, prefirió «el anonimato a la publicidad». La edición misma del libro eras marginal. Eran libros mal impresos, estaban llenos de erratas y carecían de distribución fuera de la librería que los había impreso. Mientras tanto, Julio Ramón Ribeyro, como algunos de sus compañeros de generación —Enrique Congrains Martín, Carlos Zavaleta. Carlos Germán Belli— vivía literalmente a salto de mata, desempeñando todo tipo de oficios, trabajando para sobrevivir. Este signo de la marginalidad reaparece ahora en Prosas apátridas. El libro ha sido editado por Tusquets en una colección llamada «Cuadernos marginales». ¿Simple coincidencia o se trata de un libro marginal? "Lo más probable es que lo sea —nos dice resignadamente— Es un libro de apuntes y reflexiones. Los lectores prefieren ahora novelas extremadamente complicadas, gruesos tratados que les dan la ilusión de vivir intensamente su actualidad". Pero estas reflexiones y apuntes parecen servir para entender esos tratados o captar su secreto sentido. Así escribe Ribeyro en sus Prosas: “Lectura del tomo quinto de la Historia de Francia, de Michelet. Así como yo olvido los detalles de esto que leo y no guardo más que una impresión general de malestar y de horror, aparte de tres o cuatro anécdotas, el mundo olvida su propia historia, no la interroga y no saca de ella ninguna enseñanza. Diríase que la historia se ha hecho para olvidarse. ¿Qué humano, a no ser un especialista, reflexiona ahora sobre las exacciones que sufrieron los judíos bajo Felipe el Hermoso o sobre la confiscación y destrucción de los templarios? Por ello mismo, en la historia que se escriba en el año tres mil, la segunda guerra mundial, que tanto costó a la humanidad, ocupará tan sólo un párrafo y la guerra de Vietnam una nota al fin del volumen que muy pocos se darán el trabajo de leer. La explicación reside en que el hombre no puede al mismo tiempo enterarse de la historia y hacerla, pues la vida se edifica sobre la destrucción de la memoria.” Los objetivos ilusorios Ahora Ribeyro, tras sus años como periodista, es diplomático. Como ministro consejero del Perú ante la Unesco puede decir que «la diplomacia enseña mucho, aunque entraña el peligro de darnos a veces una visión cosmopolita y superficial de la realidad. La profesión ideal para un escritor sería poder ser escritor. Pero esto casi nunca es posible». Este escepticismo actual no es nuevo. Cuando en 1973, Ribeyro conoció el éxito y la popularidad en el Perú, un ácido sarcasmo brotaba desde el título del libro que lo consagraba: La palabra del mudo. Además descubriría que asistir tímidamente a su propia celebración no significaba nada. Acababa de superar una grave enfermedad que lo había puesto al borde de la muerte y descubría —como Proust— que a los hombres les llega casi siempre lo que han esperado de la vida, sólo que tarde. En "Prosas apátridas", frente a su inmensa biblioteca, se dice: “Y entre estos libros perdidos (los parásitos, los que nadie lee), los que yo he escrito. No digo en cien años, en diez, en veinte. ¡Qué quedará de todo esto! Diríase que la gloria literaria es una lotería y la perduración estética un enigma.” En 1973, respondiendo a una de las numerosas entrevistas que marcaron su visita a Lima, dijo a un prologuista, el crítico peruano José Miguel Oviedo: “De joven había soñado realmente con alcanzar la fama literaria, ser reconocido como un auténtico escritor: ahora que todo el mundo me dice que lo soy, siento que ya no me interesa, que tal vez he corrido tras un objetivo ilusorio y que no valía tanto la pena.” Valga o no la pena el éxito literario, Ribeyro sigue trabajando intensamente. Entretanto, las formas más auténticas del arraigo pueden pasar, pues, por las mejores Prosas apátridas, una fórmula que como peruano y latinoamericano, ha sabido entender en su sentido más profundo y sutil: el que da haber sido marginal no por voluntad propia, sino por la necesidad de la pobreza.


Ribeyro en los años setenta

 

ACERCA DEL AUTOR

Fernando Aínsa, escritor y crítico uruguayo de origen español, trabajó en UNESCO de París desde 1974 hasta 1999. Reside actualmente en Zaragoza (España). Ha publicado ensayos, libros de cuentos y novelas. Entre sus últimas obras de crítica y de ensayo figuran "La reconstrucción de la utopía" Buenos Aires y México; "Travesías", (2000). "Del canon a la periferia. Encuentros y transgresiones en la literatura uruguaya" y "Pasarelas. Letras entre dos mundos" (2002). "Espacios del imaginario latinoamericano. Propuestas de geopoética" (2002). "Narrativa hispano-americana del siglo XX. Del espacio vivido al espacio del texto" Zaragoza (2003). “Rescribir el pasado. Historia y ficción en América Latina” (2003). Algunos de sus libros obtuvieron premios en Argentina, México, España, Francia y Uruguay. Colabora en revistas literarias especializadas de Latinoamérica, EE.UU. y Europa.