resonancias.org

Número Especial
26 01 2005
El hilo roto (primer capítulo de la novela Las perlas rojas) por Alicia Dujovne Ortiz
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Ya tenía pensado abandonar la Argentina cuando Milovan me regaló el collar. Era un collar de cuentas diminutas que daba varias vueltas alrededor del cuello.

Pensé que parecían gotitas de sangre; no se lo dije.

Él, en cambio, me dijo, con esa ferocidad que nunca supe si estaba o no en relación con el texto, o si era simplemente su acento extranjero el que recargaba de sentido lo que no lo tenía, porque sus labios hechos para el serbocroata o lo que así llamábamos entonces le sobraban al hablar el castellano de Buenos Aires, y tanto músculo labial concebido para una lengua toda de consonantes le quedaba flotando en volados y producía sonidos carentes de razón:

“Te lo traje de Kosovo”.

Qué sería Kosovo, recuerdo que pensé mientras me colocaba hileras e hileras de ese rojo delgado, de modo que no lloviesen largamente sobre mi pecho sino que todas ellas, salvo una, quedaran juntas y gruesas como una gargantilla. Iba a decir degüello. Qué sería Kosovo. En la Argentina estaban los militares pero ese Kosovo pronunciado con semejante furia más me hacía reír que pensar.

Milovan era el consejero de la Embajada de Yugoslavia, en aquel tiempo entera. Corría el año 1976 y yo lo había conocido en una fiesta de otra embajada de un país latinoamericano donde algunos de los invitados sabíamos que, refugiado en el primer piso, estaba el presidente peronista de un solo mes: Campora. No fue sólo por eso que Milovan me gustó con sus cachetes relucientes y su ñata de eslavo color de rosa. Me gustó por el misterio del primer piso que a todo le ponía coronita, pero además porque era mío. El Novelista me conoce. Soy Su obra. Como también Lo conozco sé que, pese a las diferencias abismales, todos los que me envía son el mismo. A éste me lo había empaquetado especialmente y con cariño, de suerte que a través del celofán captara lo que amo - hombre cándido, robusto, agrario y proveniente de Europa Oriental-, no las entradas de la frente ni la extensión de la nariz que, si bien respingada, recorría un trecho similar a la de otro presidente depuesto, Nixon.

En realidad Milovan sólo se parecía a Nixon a las siete de la mañana, cuando se vestía de gris para ir a la Embajada, la suya. En la Embajada latinoamericana adonde estaba Campora daba toda la impresión de ser lo que era, un campesino serbio. La vida lo transformaba de 7 a 19 horas en funcionario estatal de nariz prolongada y borde del pelo dibujado como una doble V, es cierto, pero, ¿cómo podía imaginármelo la noche de la embajada con su Cámpora encima si, de noche y en copas, Milovan no era Nixon y si, además, yo necesitaba la ilusión total y sin mengua del eslavo rosado? Siempre he puesto mi voluntad al servicio del oscuro deseo, sin preguntar más nada.

Al llegar a su casa, la misma noche, le entoné mi lamento serbio, ése que habla de un árbol, “o iavoré iavoré”, y que yo conocía por haberme casado en primeras nupcias con un refugiado búlgaro llamado Petar. Lo cantaba con el cuarto de tono temblón, acentuando los trémolos a la diabla por no entender la letra pero con mucho sentimiento. Tras haberme escuchado con ese aire alerta y hasta profundo de ciertos perros que inclinan la cabeza de lado para pescarnos la intención, Milovan me dijo exactamente lo que más me conmueve:

“Te parreces a Monalisa, querrida”.

Dos horas más tarde se levantó murmurando con merecido orgullo, aunque también se lo viera deshecho:

“Ahorra ya sabes quién es Milovan”. No se había quitado la camiseta ni las medias. De todos modos los hombres que no aflojan durante dos horas seguidas para qué quieren piel. Nunca le acaricié la espalda. Ni falta que hacía. Los pies se los veía cuando se cambiaba las medias al alba para ponerse cara de Nixon. A Milovan el Partido le había enseñado todo lo que sabía, entre otras cosas cómo tratar a las mujeres con respeto. Así la noche de Campora, después de o iavoré iavoré y de la Monalisa, se había quedado en el molde con visible esfuerzo:

“Yo a tí nada no toca un pelo, querrida. Si tú quierres, bésame”.

Es cierto que después había cantado bésame, bésame mucho, pero era inevitable porque palabras como muchacho, corazón o bésame hacen reír a los extranjeros tanto como a nosotros sayonara.

Milovan creía en Tito. Como fierro creía. Cuando le preguntaba “Milovan, ¿qué va a pasar después de la muerte de Tito?”, contestaba con esa sonrisa que le encendía los cachetes y tironeaba hacia arriba la punta de su nariz:

“Nada no va a pasar, querrida. Tito todo aregló parra que parraíso de obrerro siga igual como ahorra”. Dos años pasamos juntos. Los miércoles. A Milovan el padre que era médico (aunque tiempo después pude aportar al dato algunas correcciones) a Milovan el padre le había dado este consejo, al que supo atenerse: “una vez por semana y siempre con mujer que tenga hijos, porque madrre se cuida”. Con mi hija de once años Milovan simpatizaba, ella también le parecía Monalisa por su piel marfileña y su boquita.

Nos queríamos mucho. Nos lo decíamos exclusivamente durante las dos horas del miércoles sin aflojar. El resto de la semana yo soñaba con ser la Embajadora de Yugoslavia. El con qué soñaría no sé; quizás con llevarme, después de jubilado, a su casita de Kosovo donde tenía rosas y un ovejero alemán. Andaba por los cincuenta fortachones, yo por los treinta y ocho adolescentes. Mi adolescencia terminó al dejar la Argentina. La pasión gitana sí que era un sueño compartido. Mientras me enrulaba tiernamente entre los dedos el pelo largo y negro, Milovan murmuraba que su hermano también había amado a una gitana. Perdía los ojitos en la bruma: ¿qué pasaría con ellos, su hermano y él, para que el amor les cayera así, como un mazazo, y siempre con gitanas? Milovan era soltero. El hermano, casado con una mujer muy buena a la que no abandonó por la zíngara que era la mala. Yo me pasaba de ese jueves al otro royendo el hueso: Milovan me había confesado su amor. Hablando del de su hermano, había dicho: “también”.

Mata Hari fui la noche de Campora y Mata Hari seguí hasta el final, antes de abandonar la Argentina. Estaban los militares, ya lo dije. Milovan vivía al lado de la Embajada soviética y yo, hija de un miembro fundador del Partido Comunista argentino ya por entonces fallecido, trabajaba en un diario intervenido por el ejército. El estaba seguro: nos seguían. Sombras. Pasos. Yo no lograba tomármelo a pecho, a causa de un recuerdo de infancia: mi padre por la calle solía detenerse, fingía que se ataba los cordones de los zapatos y miraba hacia atrás, a ver si no venía siguiéndolo un policía de civil. Imposible separar las dos ideas, la del seguimiento y la del juego.

Cada miércoles Milovan me invitaba a la pizzería de la esquina. Bastante codito Milovan. Pocas veces he sido tan feliz como en ese boliche tomando vino barato y estirando el hilo de la muzzarella hasta el extremo del riesgo, y eso que nunca hemos estado peleadas, la felicidad y yo.

No hablábamos de nada, ¿de qué iba a hablar con un yugoslavo que para expresar desazón torcía los volados diciendo: “ni pero con manteca no puede comer”? “Pero” igual “perro”. Cuando tocaba ere decía erre y viceversa. ¿Quién habría sido el incomible, el perro? ¿O sería que el perro le hacía ascos a un bocado tan feo que ni untado pasaba? No hablábamos de nada, nos mirábamos. Yo me devoraba con los ojos sus lóbulos carnosos y velludos como begonias, y sus labios sobrantes cuando no me entendía pero capaces de producir un delicioso chasquido cuando no había nada que entender sino la simple belleza de estar ahí.

Para entrar a su casa nos dividíamos, él primero y yo después, así despistábamos a los agentes del espionaje. Yo daba la vuelta de manzana esperando que él entrara y al rato me apersonaba muerta de risa. Me imaginaba envuelta en velos y con apenas un ojo al aire pero ¡qué ojo! Reluciente como un farol, dulce como un lukum. Eso tenía Milovan, me hacía imaginar.

Cuando tomaba vino, menos, pero cuando tomaba slivovitz conducía el auto revoleando la boleadora imaginaria y haciendo iuju como los gauchos y los cosacos. A mí el slivovitz me trabucaba las vocales. Las consonantes no, pero a partir de cierta hora no me salía Tito, me salía Tutu. Fue la noche en que bailé descalza con el pie lastimado. Al despuntar la aurora tuve fiebre, una bola caliente en el talón y una sonrisa de embeleso. Son bailes en cadena los de Europa Oriental, rondas con las manos prendidas; también había uno que se bailaba en fila, uno con más meneo de cadera, no yugoslavo, rumano:

“Es que tú erres de ayá, querrida”. Nada podía halagarme tanto, nada, salvo la Monalisa. En aquel tiempo yo estaba convencida de provenir de uno de esos alláes que se describen revoleando no la boleadora, sino la mano en el vacío. Lo bueno, si lejos, dos veces bueno. Los escritorios de mi diario intervenido se vaciaban de a poco. La Argentina también. Desaparición insoportable para la vista: a mí se me habían hinchado monstruosamente los ojos al ver los tanques del ejército que rodeaban feroces a un grupo de periodistas paliduchos. Es claro que hubo historias peores, por ejemplo la del buzo que se volvió loco cuando en el fondo del Río se encontró con un pueblo de ahogados cada uno con su piedra en los pies y los ojos como huevos, pero quizás a causa de ese cuento del buzo, a mí la dictadura me volvía Mr. Magoo.

Y a Milovan se le acababa el tiempo. Pronto no sería consejero de nada, ni en Buenos Aires ni en Uagadugú donde ya había formado parte del cuerpo diplomático aunque sin frecuentar a nadie los miércoles porque el padre le había dicho que con negras no, por muy madres que fueran.

Milovan se volvía. Se iba. Su media vuelta march movilizaba el aire.

Pero partir ¿adónde? ¿A Belgrado? No, qué Belgrado, París. A Belgrado no me había invitado nunca Milovan. Miento, una vez me había dicho que su gobierno me recibiría con todos los honores. Por una semana. Así que Embajadora de Yugoslavia, minga. Lo mismo nos veríamos mucho porque el trayecto París-Belgrado era barato y, como decía Milovan aproximando el dedo gordo del índice de modo que entre ambos quedara un pedacito de dos, pongamos tres centímetros (con la otra mano me acariciaba y me secaba las lágrimas):

“No llorra, querrida, mundo e chiquito así”. Por esos días fue que se rompió el collar. Las cuentas eran preciosas, no sé de qué material pero muy rojas y, como después se verá, imperdibles. En cambio se conocía que los hilos de Kosovo no eran de buena calidad. No me iba a poner a enhebrarlo perlita por perlita hasta llenarme de canas. Debía estar en el Gulag la mujer que lo hizo. Levanté el desparramo y guardé lo que pude adentro de una caja que después olvidé. Para viajar a Europa con mi hija de trece años me conseguí pasajes gratis ida sola de una revista a la que prometí mandarle notas como agradecimiento. No fue por mala voluntad que jamás cumplí, fue por la vorágine de la vida. También tenía invitaciones de varias embajadas: Italia, Suiza, Austria, Francia, en fin. Viaje de reina y princesita. En harapos. Llevaba 200 dólares contando con que en París el Ministerio francés de algo me pagaría otros tantos. También contaba con el Novelista y conmigo, que, al ser de la misma profesión, era Su más activa colaboradora. Había varios con quienes contar; entre ellos siempre supe que Milovan no estaba.

El itinerario de nuestro viaje establecido y las valijas hechas, una noche llama la secretaria de Milovan.

Vieja, soltera, mala. Las demás secretarias emparejaban índice y mayor para insinuar alguna cosa entre ella y él. Pareció regocijarse al anunciármelo: no sólo por el dolor que me causaba sino con inocencia: así el que ríe en los velorios se pellizca feliz, porque el muerto es el otro.

Seguramente había andado revoleando Milovan la boleadora y haciendo iuju sin mí, pero con slivovitz. El auto se le había doblado en dos. Al incrustársele el manubrio, los intestinos se le habían desparramado por las alcantarillas. Juntaron cuenta por cuenta para volvérselas a meter adentro. Por experiencia yo sabía que enhebrarlo del todo les llevaría tiempo. La secretaria me prohibía visitarlo hasta que ella dijera. Cuando por fin me dejó, puse la oreja al alcance del señor amarillo que me susurraba desde la cama con un hilo kosovar de voz:

-Querrida, cosa espantosa pasó a mí.

Con el correr de los días (la secretaria siempre allí, firme, relojeando el encuentro con ojo de Moscú), ese rehén desconocido fue recomponiendo los rasgos de Nixon. Los del eslavo rosado nunca más. Se acercaba el día de mi partida y se lo dije. Preguntó solamente:

“¿Por qué tan apurrado?”.

Sintiéndome una piltrafa se lo expliqué todo: invitaciones, fechas, situación del país.

No en el primer avión ni con lo puesto necesitaba irme sino, digamos, en el quinto, y con dos valijitas. Varios amigos míos habían muerto y no de viejos. Y si yo estaba miope, otros observaban con lupa.

Me habían citado, le conté, de un diario al que llamaban “Il Corriere della Massera”. El director, un gordo, me había tratado según el mismo modelo del patrón, ese Contralmirante que por un lado te mandaba a arrancar el pellejo a tiras mientras por otro te llamaba como a un gatito con el índice arqueado (recordemos que Massera anhelaba atraerse al público del diario intervenido, próximo a los mismos a los que él torturaba; el fenómeno ya ha sido estudiado, algunos torturaban llorando, hay pocos que no sueñen con hacerse amar). Por un lado, pues, el gordo me tomaba de reportera estrella, por otro averiguaba. “Mantenía- le conté a Milovan o a su sosías ocre- un papelito invisible preso entre el escritorio y su barriga. Mirando el papelito me preguntó si era cierto que yo andaba con un diplomático yugoslavo. ‘¿No quiere que le presente a uno norteamericano, mejor?’, sugirió. También me preguntó si era judía pero se respondió a sí mismo: ‘no importa, yo no tengo problema’. Y siempre con la vista clavada abajo, como el bebé que observa fascinado entre sus piernas el rulito de carne, exclamó hasta contento: ‘¡Ah, tiene una hija!’, para agregar dubitativo: ‘espero que sea de su esposo’. Y para rematarla me acusó de haber escrito libros comunistas, allá por los años ’40 y ’50”.

Ahí sí que me le sulfuré:

“Esa es Alicia Ortiz, mi mamá, caramba, míreme bien y dígame si por esos años yo pude haber escrito otra cosa que la composición tema el mar que salió premiada”.

El gordo había entrecerrado los ojos como si calculara.

“Está bien. Voy a rectificar su ficha en el servicio de inteligencia. Pero igual su situación está muy encarajinada, m’hija, después no diga que no se lo previne. Y usted, de todo esto, en su diarito intervenido muzzarella, ¿eh?”.

El señor amarillo de la cama entreabrió los volados. Esta vez el chasquido no sonó delicioso. Faltaba el broche de oro. Lo puse: “Si hasta sabían que mi hija no es de mi marido, ¿cómo van a ignorar que te llevaste la valija, Milovan?”.

La valija la había llenado mi madre con libros marxistas de la Editorial Problemas publicados por mi padre, Carlos Dujovne, antes del ’43 y después del ’45, año en que Perón lo sacó de la cárcel de Neuquén donde se había pasado esos dos años, de allí la interrupción, junto a los otros miembros del Comité Central. Dos años antes, la revolución del GOU donde Perón participaba (“4 de Junio, bandera idolatrada de la Patria”), había mandado a quemar montañas de esos libros. Yo me acordaba del humo en la librería, de la mano de mi madre que apretaba la mía diciendo “nazis” y de cuando mi padre ya no estaba pero mandaba cartas de Neuquén, con dibujos, en general leones.

Hacia 1977 mi madre había repetido la operación. A todo el mundo en aquel tiempo le daba por ahí. No había patiecito ni terraza sin su auto de fe. Mientras los vecinos del departamento de arriba, alertados por la humareda, se asomaban, ella había encendido, pues, su fogatita, en el mínimo patio. Las novelas soviéticas sobre el Porvenir Radiante bailaban enroscándose sobre sí mismas, nunca más vivas que al morir.

Eso sí, los Marx, los Lenin y los Stalin de la Editorial Problemas, nunca: con la primera quemazón bastaba. ¿Cómo sacárselos de encima? Ahí fue donde Milovan se apareció una noche de sombrero encasquetado y se llevó la valija con las pruebas de la infamia para esconderla en el sótano de su Embajada:

“Acá tendrás valija con libros padrre cuando termine dictadurra, querrida”.

El señor amarillo de la cama se limitaba a asentir. No creo que entendiera, sufría. Yo me daba cuenta de que haberme quedado en Buenos Aires a cuidarlo, por mucho que la espía pateara en contra, seguramente no me habría convertido en Embajadora pero sí en jubilada de Kosovo en mi casita con las rosas y el pero, digo el perro.

Di media vuelta y me fui.

Veinte años después, en París, guardo nuevamente mis cosas en seis grandes baúles de lata verde y azul comprados en el barrio árabe de Barbès porque me vuelvo a la Argentina. Tantas veces las he guardado en recipientes varios, desde mi partida de Buenos Aires en 1978, cuando lo dejé a Milovan amarillo y translúcido con sus sondas de igual color y transparencia, que ciertos gestos salen solos.

Sé que lo primero será sacar de las paredes los adornos, mi verdadera casa: el muro cambia y el perifollo no. Pero esta vez el tironeo para arrancar un clavo ya de por sí sobresalido (martilleo sin fe, calculando el tiempo que habrá de pasar hasta que lo desclave), amenaza con ser más arduo. Los cuadros, los libros, las carpetas marrones traídas de Buenos Aires en 1988 tras la muerte de mi madre y los carpetones rojos y blancos que me compré en Paris para clasificar, o al menos apilar en forma desordenada pero junta toda esa memoria, se vuelven por donde vinieron. Los añadidos en Francia conocerán el mar.

Son tan pesados los seis baúles que, para subirlos al tercer piso sin ascensor de 1, rue Campo Formio, 75013 Paris, he debido apelar a la ayuda de unos muchachos argentinos que tocan tango. A los muchachos argentinos la idea de que me vuelva a la Argentina les resulta insufrible. Se enojan. Cuando me fui de Buenos Aires muchos también se enojaron. Todo movimiento pone el dedo en la llaga.

La noche en que los baúles ya están en Campo Formio, inmensos, abiertos, amenazantes, sueño con uno. No es ni verde ni azul sino de plata, y brilla incandescente. Sé que no puedo tocarlo porque me quemaré. Está elevado sobre el piso. Al despertarme pienso: “el Arca de la Alianza”. Los muchachos no se enojan, los muchachos se asustan: volver, tremendo y majestuoso como un pacto, es más pesado que partir.

También de día los baúles dan impresión. No me basta con seis, me hace falta uno más; acaso oscuramente necesite que sean siete. Pero esta vez no pido ayuda: me voy sola a Barbès y me compro un séptimo baúl chiquito y negro. Como puedo lo arrastro por la calle y me detengo en una esquina.

Un hombre se me acerca. Acaba de terminar la guerra de Kosovo. Ahora por fin conozco el nombre, reconozco el origen de Milovan y su collar, comprendo que de todas maneras el destino de jubilada en Kosovo tranquila con las rosas y el pero digo el perro habría resultado imposible. Las perlas rojas eran nomás de sangre tal como desde el principio lo sospeché sin abrir la boca, eran también de sueño en pedazos. “¿Qué va a pasar cuando muera Tito?”. Pobre Milovan con su inocente fe; ¿se le habrá desperdigado la utopía por las alcantarillas igual que su intestino? Al verlo (al hombre) pienso: “es un albanés”: las caras albanesas angulosas y de cuadradas mandíbulas salen mucho en los diarios estos días. El presunto albanés menea la cabeza y dice con un gesto también meneado, que evoca la doble posibilidad, y en un francés que yo traduzco al castellano de Milovan: “Omnibus agara baúl, ómmibus no agara baúl. Yo crea no agara baúl”. Me doy cuenta de que estoy en la parada de un ómnibus y le grito furiosa: “Lo que espero es un taxi, señor, ¿usted qué se mete?”. “Acá nada no parra taxi”, sentencia el albanés, y se va. Absoluto del pinchaglobos: ¿qué ha ganado, pregunto, sino el placer de ponerme freno? Hay que rendirse a la evidencia, la mujer que arma su equipaje siembra el terror. Rue Campo Formio comienzo a llenar con mis cosas todos esos baúles, los verdes, los azules y el negro, que tanta desazón han causado en varios argentinos y un albanés. Cuando la veo. Allí.

En el suelo.

Veinte años y más de treinta y cinco mudanzas después, una perlita roja. Paso a paso me han seguido las perlas de Milovan. En ocasiones las encuentro cuando me estoy mudando, otras sencillamente al sacar del armario alguna vieja cartera, al abrir una caja para buscar un aro.

He tratado de explicarme: “claro, como son tan minúsculas se han quedado incrustadas en las costuras o en el fondo de un bolsillo o enredadas en hilos de mejor calidad”. La explicación no me impide gritar cuando las veo. Alzo la cuenta roja y la guardo sin mirar, en donde sea. No hay forma de perderlas, están, reaparecen, regadas por los suelos más dispares. No sé si van guiándome como piedritas en el bosque ni si hablaba de ellas cuando dije que irse va sembrando el terror.

 

ACERCA DEL AUTOR

Alicia Dujovne Ortiz nació en Buenos Aires y reside actualmente en París. Estudió Literatura en la Universidad de Buenos Aires. Tiene una larga trayectoria como periodista en La Opinión y La Nación de Buenos Aires, en Excelsior de México, La Vanguardia de Barcelona y le Monde de París. En 1978, se mudó a Francia. Fue asesora de la editorial francesa Gallimard. Publicó libros de poesía, narrativa y las biografías "María Elena Walsh” (1982), “Maradona soy yo” (1993) y “Eva Perón” (1995) editado por Aguilar que tuvo una excelente acogida en Argentina y en el mundo. Entre sus novelas se encuentran: “El buzón de la esquina” (1977), “El agujero en la tierra” (1983), “El árbol de la gitana” (1997) y “Mireya” (1998). En 2003, publicó “Dora Maar” una biografía de la que fue compañera de Picasso.