resonancias.org

Número Especial
26 01 2005
Anita nada en los torrentes (fragmento de de la biografía “Anita”) por Alicia Dujovne Ortiz
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Al introducirse en la tierra de la infancia de Anita, Garibaldi entra en materia. Hasta ahora sólo ha conocido de Sudamérica los bordes de las aguas. Ahora la montaña le rodea la nuca, igual que Anita con las piernas. Por su madre, ella es de la costa húmeda y cálida con flores pegajosas, pero por su padre pertenece a estos senderos rocosos y estas selvas nubladas. En el barco Garibaldi le ha explicado la razón de las cosas. Ahora explica ella. En el entramado de la selva también hay cabos que atar. Y es como si al invertirse los papeles, a cada uno de los amantes le fuera dado conocer el placer del otro. Para alivio de todos, Canabarro ha regresado a Rio Grande. Rossetti y Garibaldi, este último al mando de la infantería y de unos pocos marineros (es de verlos caminando con su inadecuado bamboleo por terrenos abruptos) siguen a la columna de Teixeira Nunes, hombre más apacible y cordial que Canabarro, y también más resuelto, para juntarse con los rebeldes que en Lages han proclamado la República. A Garibaldi le dicen Lages y él asiente feliz. Afuera y adentro de él ha quemado las naves. No tiene idea ni de por dónde va, pero su brújula es Anita. Ella también asiente feliz. El haberlo perdido

todo los hace andar de fiesta. Nada cimenta más una unión que el cosquilleo de arriesgarse a seguir perdiendo. Más allá de la revolución, de los farrapos, de Bento Gonçalvez, de Zambeccari, de Mazzini, los une un burbujeo que los hace reír.

Al iniciar la subida todo parece suave. Hay extensos bananales y, de nuevo, aquellas piedras negras de lomos rayados que aparecen al ras. Viejos animales semienterrados. La tierra es colorada y las iglesias, blancas y grises. De a poco los bananitos se achaparran, se van volviendo enanos. Surgen picos velludos, altos, afilados, muy separados el uno del otro, como pintados por un niño. Sobre la roca empapada se dibuja una filigrana de hojitas finas. Fino es también el hilo de agua larguísimo que cae desde las cumbres y se pierde en la neblina de abajo. Ya no cabalgan el uno junto al otro. Ella lo precede, le va diciendo que le deje al caballo la rienda suelta. Son caballos cumbreros. Mejor habrían sido unas mulas pero la mula hay que saberla llevar porque se empaca y hay que tirarla de la brida por esas piedras. El caballo resiste menos pero sabe qué hacer. Es más una persona. Que Garibaldi cierre los ojos y le permita a su cabalgadura saltar sobre los grandes escalones de roca resbaladiza que van bordeando el abismo. Cuanto más suben más se desnuda la verdad. Garibaldi traga saliva. Es la talla de Anita lo que le causa vértigo. Estos picos agudos con la cabeza en las nubes son ella de pie sobre la barca. «Nos va a agarrar la viraçao», la cerrazón, Anita pronostica escudriñando el cielo, y el amante desea voltearla para amarla allí mismo sin esperar a que la niebla los cubra, sólo por la manera en que ha fruncido los labios al pronunciar la sílaba dulce, ambigua, mezcla de dos sonidos que acarician la oreja, çao. Así también lo enardece su lengua cuando apoya la punta en el paladar, dándola vuelta, visible casi lo celeste de abajo, para decir la ele de Garibaldi como si hasta su nombre se quisiera tragar. El aún no distingue en su habla el acento azoriano (como toda la población costeña, Anita desciende por su madre de inmigrantes de las Azores), pero lo sorprende la rapidez con que repite ciertas palabras. Ella no dice «olha», «mira», cuando le enseña con el dedo un pájaro raro. Ella dice tres veces : «mira, mira, mira». Garibaldi se sentiría mutilado si Anita lo privara de un solo «mira». Su embeleso requiere tres.

Va vestida de hombre. Lleva un sombrero calabrés con una pluma, heredado de quién sabe qué patriota mazziniano muerto por aquellos parajes, y un áspero capote. El pelo se lo ata como sea. Las mujercitas al bies se peinan en bandeaux. Hasta la madre que está en Niza

llorando y rezando por él se peina en bandeaux. Anita se mete nomás la mecha ondeada por detrás de la oreja, sin saber que la oreja nunca se muestra. ¿Pero no muestra las piernas con sus calzas marrones, ceñidas, de muchacho, montando a horcajadas en vez de continuar con esa hipocresía de cabalgar de lado? ¿A quién le puede preocupar una oreja? Garibaldi que nunca se ha atrevido a soñar con una hembra soldado repite detrás de ella, que apenas se da vuelta a sonreírle mientras le indica «echate hacia adelante, abrazate al pescuezo del animal», il mio tesoro, la donna del mio cuore, degna dell'universale ammirazione. Se lavan como pueden en los chorritos de la roca peluda. Anita aprovecha la cerrazón para que nadie la vea mientras disimuladamente se tantea. La mano sale roja. Van para cinco meses y no está embarazada. ¿Será que no era culpa de Manuel? No tiene ni un trapo que ponerse entre las piernas y se niega a desmontar hasta el caer de la noche, aunque Garibaldi le jure que ni se ve la mancha sobre la tela

parda. La cerrazón los envuelve cada día, al comienzo de la tarde. Imposible avanzar, los cascos de los caballos patinan en la nada. Invisibles a menos de estar muy juntos, con la ropa humedecida por las gotas de la niebla cerrada, ellos se acurrucan contra el murallón rocoso del que apenas distinguen el pedazo donde apoyan la espalda, unen los ásperos capotes y tiritan de a dos con la humedad en los huesos, mezclando los olores, los piojos, descubriendo una cuarta forma de hacer el amor, distinta que en la playa con las piedras color carne, distinta que en las cabañas adonde había que estar atentos por si llegaba el padrino, distinta del cuchitril del Rio Pardo. Ya van siendo muchos más que ellos dos, a fuerza de cambiar lugares. Varios Garibaldis con varias Anitas. ¡El planalto!, anuncia Anita parada sobre los estribos (es costumbre de esas tierras llevarlos largos; los gauchos se prenden al fierro con los dedos curvados, más de ave que de hombre, que la bota descubre; también Anita deja colgar las suyas muy abiertas a causa de la ancha montura con vellones, soltando los estribos para que el ritmo las hamaque). ¡El planalto! Garibaldi se inmoviliza ante la pampa alta, y mira con asombro, alternativamente, el altiplano de oxidados matices y el rostro aceitunado de la mujer que apenas sonríe. Siempre se ha preguntado de qué país habrá sacado Leonardo ese paisaje raro que está detrás de la Gioconda. Ahora lo sabe.

Anita nuevamente enfurruñada se alza de hombros. Sólo al llegar la noche, acurrucada, pero sombría y recelosa, se anima a preguntarle por esos dos: Leonardo y… la mujer. Y como todas las noches el maestro la arrulla con su voz de otro mundo. Ya le ha contado de Mazzini. De la logia secreta donde ha jurado. De una novela, I promessi sposi, que ella va a devorar en cuanto pueda. Ahora le toca el turno a Monnalisa. El planalto es una tierra seca pero de aguadas traicioneras y con nieblas rampantes en las oquedades. Lo cubren plumerillos rojizos con chispitas de luz. «Tu barba», dice Anita, y acaricia el prodigio de un doble pelo, grueso rojo en la cara, dorado suave en la cabeza.

Tu barba, tus ojos. Cómo es posible tener ojos así, entre avellana y turquesa. Tu nariz. Cómo es posible tener la nariz hendida y de carne tan fina que puesta de costado el sol la vuelve roja con selvitas azules. Cómo es posible que estés ahí. Las selvas del planalto son achaparradas, con hojas chicas y opacas de un verde oscuro. Ríos escondidos transitan bajo la masa impenetrable de copas redondas que los cubre y encajona; un boscaje aterido, monótono. Sobre el suelo cobrizo y muy por encima de esos montes insípidos, tupidos y de baja estatura; a veces suplicantes, otras amenazantes y siempre como pájaros de mal agüero con sus alas abiertas, se alzan las araucarias.

«Decime si estoy soñando, o si éstos no son los pinos parasol que vi cuando era chico pero vueltos monstruos».

«Son pinos», ella le confirma con el ceño fruncido. La araucaria es pinchuda, sí. Alta y negra, extiende sus muchos brazos y tiene garras igual que el urubú. Y en el planalto hay miles y miles de araucarias diseminadas, nunca unidas en bosques, solitarias como almas en pena. ¿Pero se puede saber qué les encuentra el gringo éste de tan terrible?

 

ACERCA DEL AUTOR

Alicia Dujovne Ortiz nació en Buenos Aires y reside actualmente en París. Estudió Literatura en la Universidad de Buenos Aires. Tiene una larga trayectoria como periodista en La Opinión y La Nación de Buenos Aires, en Excelsior de México, La Vanguardia de Barcelona y le Monde de París. En 1978, se mudó a Francia. Fue asesora de la editorial francesa Gallimard. Publicó libros de poesía, narrativa y las biografías "María Elena Walsh” (1982), “Maradona soy yo” (1993) y “Eva Perón” (1995) editado por Aguilar que tuvo una excelente acogida en Argentina y en el mundo. Entre sus novelas se encuentran: “El buzón de la esquina” (1977), “El agujero en la tierra” (1983), “El árbol de la gitana” (1997) y “Mireya” (1998). En 2003, publicó “Dora Maar” una biografía de la que fue compañera de Picasso.